Author Topic: Los aeronautas, capítulo 65  (Read 147 times)

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Los aeronautas, capítulo 65
« on: January 05, 2021, 08:20:14 AM »
Capítulo 65
DMS Tiburón de Niebla

El mayor Espira recorrió con mirada a sus efectivos en la bodega de la Tiburón de Niebla. Sus infantes de marina se habían desempeñado con la más excelente disciplina. Sus pérdidas habían sido graves, pero no del todo atroces, y si bien no habían logrado absolutamente todos los objetivos de su misión, habían logrado los principales. La presencia de su fuerza había infligido un miedo paralizante en los ciudadanos de la Aguja Albion. El muelle de Landing había sido destruido, y llevaría meses, sino años, reconstruirlo tras el caos económico interno que se produciría en Aguja Albion. Cavendish había recuperado su libro, aunque Espira no estaba al tanto de su significado, y cualquier otra copia del volumen había sido destruida con el monasterio.
Había conducido a sus hombres a una misión de extraordinaria ambición y extraordinario peligro. Más importante aún, gracias a Dios en los Cielos, Espira también había sacado a la mayoría de ellos con vida. Sus pérdidas habían sido más leves de lo que se había atrevido a esperar.
Por supuesto, había pagado un precio. Había dirigido un ataque contra un Templo del Camino y sus monjes residentes. Había prendido fuego a una habble llena de civiles, enemigos, es cierto, pero civiles al fin y al cabo. Si no lo hubiera hecho, no habría habido forma de que sus hombres hubieran logrado escapar con pérdidas tan leves. Había cambiado las vidas de personas que no conocía por las de los hombres que conocía.
Esa era, supuso, la naturaleza humana.
Estaba orgulloso de sus hombres. Estaba orgulloso de lo que habían logrado, de lo duro que habían entrenado y de cómo ese entrenamiento había dado sus frutos. Estaba orgulloso del golpe que habían asestado a la amenaza que suponía Albion. Estaba orgulloso de haber tomado el mando de estos hombres, sabiendo que él tenía más oportunidades de traer vivos a más marines a casa que cualquier otro oficial al mando disponible para la misión.
Pero no estaba orgulloso de las cosas que había tenido que hacer para que volvieran a casa.
Y, se recordó a sí mismo con gravedad, todavía no estaban en casa.
Los hombres cansados ​​estaban apilados bastante cerca en la bodega de la aeronave. La mayoría de sus marines, siendo buenos soldados, ya estaban dormidos. Algunos todavía estaban demasiado cansados ​​por la acción y hablaban en voz baja. Algunos de los heridos yacían sufriendo en silencio mientras esperaban su turno con el médico de la Tiburón de Niebla. Un cuarteto de veteranos experimentados simplemente había sacado una baraja de cartas y había comenzado a jugar, a pesar de la oscuridad de la bodega.
El estado de ánimo no era tan alegre como podría haber sido. Algunos hombres habían resultado heridos. Algunos hombres habían caído. El júbilo que sentía cada hombre al haber sobrevivido a la misión se veía atenuado por el conocimiento de que otros no habían tenido tanta suerte. No, alegría no. Pero definitivamente alivio. Alivio de que todo hubiera terminado. Alivio de que la Parca no los hubiera elegido hoy. Alivio de estar de camino a casa.
Aunque, se recordó a sí mismo de nuevo, todavía no estaban en casa, pero habían tenido un buen comienzo para llegar hasta allí.
Ciriaco se acercó a través de la penumbra. El sargento alto se agachó bajo las vigas que sostenían la cubierta de la aeronave sobre ellos, asintió con la cabeza hacia Espira, saludó y dijo:
-Quiere verlo en su camarote, señor.
-Por supuesto que sí -dijo Espira. Suspiró y se levantó de su cómoda cama de sacos de tela llenos de bultos-. Ya habrá tiempo suficiente para dormir cuando esté muerto, supongo.
Ciriaco hizo una mueca que pasó por una sonrisa de dolor.
-¿Quiere que vaya con usted?
—No, sargento. Supongo que si fuera a perder el control, lo habría hecho antes. Estaré bien.
Ciriaco frunció el ceño, pero asintió.
-Mantendré controlados a los chicos por usted, señor.
-Asegúrese de que todos estén atados y asegurados. Después duerma un poco. Estoy seguro de que no llevará mucho rato -respondió Espira.
Comenzó a subir la empinada escalera hacia la cubierta y esperaba saber de qué estaba hablando.

*****

La Tiburón de Niebla no era una nave de la Armada. Los tablones y cubiertas fuertemente alquitranadas parecían manchados y sucios, aunque imaginó que proporcionaban una excelente protección contra los elementos y, por supuesto, hacían que el barco fuera menos visible en condiciones de poca luz, lo que sin duda era útil para un capitán que no estaba tramando nada bueno.
Dicho esto, sin embargo, la nave se manejaba con todo el profesionalismo de una aeronave de la Armada, aunque la tripulación pareciera una manada de asesinos y sinvergüenzas. Ciertamente, la artillería de la Tiburón de Niebla había resultado excelente, destruyendo eficientemente el muelle de Landing. Por supuesto, cualquier objetivo que no pudiera disparar no resultaba un desafío, mucho menos uno a cien metros de distancia, pero ni una sola explosión se había desperdiciado, y la Tiburón de Niebla había logrado destruir unas treinta veces su propio peso en naves mercantes enemigas, así como millones de coronas de invaluable infraestructura de Albion.
Los hombres que lo rodeaban eran una tripulación de simios despiadados de ojos malvados, pero habían prestado un buen servicio a la Aguja Aurora. No tenían que gustarle para respetar su capacidad.
Espira llegó a la puerta del camarote de madame Cavendish y alzó la mano para llamar.
—Entre, mayor —dijo ella, antes de que sus nudillos tocaran la puerta.
Espira reprimió un escalofrío y entró en el camarote.
Cavendish estaba sentada en el interior ante una pequeña mesa de té, tranquilamente, recatadamente, con el corpiño del vestido desabrochado y colgando hasta la cintura. Iba vestida solo con un delgado camisón de cintura para arriba. El médico de la Tiburón de Niebla, un Piker enjuto cubierto de extravagantes tatuajes, estaba atando un vendaje que había sido enrollado alrededor de las costillas de Madame Cavendish. Su posición dejaba una indecorosa cantidad de piel a la vista, y Espira se obligó a no mirar la suave fuerza de los hombros de la mujer o la línea limpia y elegante de su cuello.
No estaría bien permitirse pensar en Cavendish como una mujer. Ella era un monstruo.
Todavía sostenía el delgado volumen en una mano y estaba leyendo con una atención inquietantemente constante, incluso mientras el médico la atendía.
Había una litera en la habitación. La litera inferior estaba claramente reservada para Cavendish, pero la parte superior estaba ocupada por las bolsas de diversos objetos que había insistido en llevar a bordo. Espira tardó un momento en darse cuenta de que Sark estaba en la habitación. El nacido guerrero herido y vendado no estaba en una de las literas; en cambio, yacía debajo de la litera de Madame Cavendish, como una horrible araña acechando bajo una moldura decorativa imperfecta. Espira pudo ver por un segundo el brillo de la luz verde-dorada que se reflejaba en los ojos del nacido guerrero, y luego desapareció.
-Mayor -dijo Cavendish, sonriendo levemente-. El buen doctor casi ha terminado de atenderme. Siéntese.
Espira se quitó el sombrero y se inclinó cortésmente antes de sentarse en la única otra silla de la habitación, al otro lado de la pequeña mesa de Cavendish.
-¿Cómo puedo servirla, madame?
-Necesito su evaluación profesional -respondió-. ¿Cuánto tardarían sus hombres en apoderarse de este barco?
Por un segundo, las manos del médico se quedaron congeladas en su lugar.
Espira frunció el ceño, mirando a Cavendish, buscando alguna pista en sus rasgos sobre cómo esperaba que él respondiera.
A juzgar por su expresión, Cavendish también había notado la reacción del médico. Su boca se arqueó hacia arriba en una esquina.
-Hipotéticamente hablando, por supuesto.
¡Ah! Quería que el hombre escuchara lo que tenía que decir.
-La tripulación está superada en número y armamento -respondió Espira lentamente-. Y mis hombres son los mejores. Por otro lado, no sabemos qué medidas ha tomado la tripulación para igualar las probabilidades en prevención a tal acción. Pero estoy seguro de poder decir que mis hombres podrían tomar este barco ocho o nueve veces de cada diez.
-Esas son excelentes noticias -dijo Cavendish-. Doctor, ¿ha terminado?
-Ayup -murmuró el médico a Cavendish. El hombre nunca la miró a la cara-. Debería curarse bien. No veo que la bala arrancara ningún hueso de las costillas, así que no hay astillas. Límpielo dos veces al día, vendajes nuevos cada vez y no salte.
—Usted se encargará de ello, doctor —respondió Cavendish-. Le veré después del desayuno y después de la cena. Planifique en consecuencia.
El hombre claramente se resintió por la orden, pero solo se tocó con los dedos el borde de un sombrero que no llevaba y salió apresuradamente del camarote.
Espira esperó a que el hombre se fuera antes de volverse hacia Cavendish y preguntar:
-¿Por qué?
-Nuestro ritmo es demasiado lento -respondió Cavendish mientras se volvía a poner con cuidado el vestido-. Si eso no cambia, es posible que no alcancemos a nuestra escolta antes de que la Flota de Albion nos alcance. Notifiqué a la capitana Ransom este hecho varias veces y no he recibido respuesta. No me gusta que me ignoren. ¿Té?
-Sí, gracias -dijo Espira.
Cavendish se levantó suavemente, dio la espalda al mayor y se detuvo. Tras un momento Espira se dio cuenta de que ella lo estaba esperando, y se levantó de inmediato.
-¿Señora?
-¿Me abrocha?, ¿le importa, mayor?
-Sería un placer -dijo Espira, dando un paso adelante.
-Será mejor que no sea así -dijo Cavendish en un tono dulce y venenoso.
Espira sintió que su columna se tensaba. Se obligó a inhalar y exhalar profundamente. Luego se dispuso a abrochar una veintena de botones en la parte de atrás del vestido de Cavendish con movimientos rápidos y eficientes.
Unos momentos después, ambos volvieron a sentarse a la mesa para el té que preparó Madame Cavendish. Mientras servía, la lúgubre luz gris de la niebla del exterior cambió y se hizo más brillante. El gris de la mesosfera dio paso al azul cerúleo de la aerosfera cuando la nave emergió al cielo abierto.
Un momento después, la puerta se abrió bruscamente y Calliope Ransom entró en la cabina.

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Re: Los aeronautas, capítulo 65
« Reply #1 on: January 05, 2021, 08:20:32 AM »
La enjuta capitana de la Tiburón de Niebla tenía un aire vulpino, y sus ojos verdes parpadeaban con rabia cruda. Su piel oscura de aeronauta estaba gastada y era de excelente calidad, al igual que la hoja que llevaba al costado, el guantelete en la mano y un trío de pistolas colgadas una tras otra en su cinturón.
-Buenos días, capitana -dijo Cavendish con tono agradable-. ¿Se unirá a nosotros para el té?
-No. Gracias. -Ransom miró fijamente a Espira por un momento, con ojos calculadores. Luego asintió un par de veces y dijo-: Esta es mi nave. Y aunque son ustedes clientes valiosos, son invitados en mi nave, y por Dios en el Cielo se comportarán como tales.
-¿O qué? -preguntó Cavendish con un tono suave.
-Abandonarán la nave -dijo simplemente la capitana Ransom.
-¿Quiere obligarme a cruzar la barandilla, capitana?
-No será necesario -respondió Ransom-. Santos ya ha abierto las compuertas de carga de la bodega que hay debajo de este camarote, incluida la del casco ventral exterior -Dio unos golpecitos con el dedo del pie en la plataforma de madera-. Debajo de esta cubierta no hay nada más que cielo, y las cargas explosivas que romperán este suelo y que harán que todo lo que hay en el camarote caiga en la niebla, junto con usted, su espeluznante amiguito y este lamentable hijo de puta de Aurora.
Cavendish ladeó bruscamente la cabeza.
-¿Perdón?
-Si no salgo de este camarote en los próximos diez minutos, Santos accionará las cargas. Si salgo de este camarote actuando de manera extraña o fuera de lugar, accionará las cargas. Si tiene un mal presentimiento de que están tramando algo, tiene órdenes de accionar las cargas y matarnos a todos.
El silencio creció en la habitación. Espira se aclaró la garganta.
-Creo que está mintiendo, capitana Ransom.
La aguda sonrisa de la capitana se hizo más aguda.
-¿De veras?
-Me pregunto -reflexionó Cavendish en voz alta- si es usted realmente el tipo de persona que manipularía sus habitaciones para asesinar a sus invitados en caso de que estos se volvieran inconvenientes.
La capitana Ransom arqueó una ceja.
-Me pregunto si es usted el tipo de persona que haría una amenaza extremadamente tonta simplemente para llamar la atención de una anfitriona extremadamente ocupada.
-Touché -murmuró Cavendish-. ¿No podría haberse tomado un momento para hablar conmigo? Parece lo más educado.
-La educación es encantadora para las fiestas de té -respondió Ransom-. Tiene un valor limitado cuando uno está intentando dejar atrás a la flota de aeronaves más rápida y mejor entrenada que el mundo haya conocido -Observó a cada uno de ellos-. Un hecho que deberían considerar al calcular si deben o no intentar tomar mi nave. Podrían tomarla, pero no la tomarían entera, y todo Albion les estará pisando los talones en cuestión de horas, si es que no lo están ya.
-¿Qué significa eso? -preguntó Espira.
-Significa que sus marines no son aeronautas. No pueden navegar como aeronautas, no pueden pensar como aeronautas, y no pueden manejar la nave tan bien como aeronautas, y eso se aplica a quienquiera que se ponga al mando de ellos. Si me matan y toman mi barco, nunca volverán vivos a la Aguja Aurora. Los albiones les atraparán y les matarán. Es tan simple como eso.
La boca de Cavendish se abrió en una amplia sonrisa, una que parecía extrañamente fuera de lugar en sus rasgos.
-Creo que puedo respetarla, capitán -dijo. Observó a Ransom con la sonrisa fija, tomó un sorbo lento de té y luego dijo-: La nave se ha ralentizado.
Ransom frunció el ceño. Mantuvo la compostura, pero Espira tuvo la impresión de que Cavendish la ponía casi tan nerviosa como a él.
-¿Cómo puede saber eso?
-¿Estoy en lo cierto?
-Lo está -dijo Ransom.
-¿Por qué?
-Corrosión en la jaula Haslett, según mi ingeniero -respondió la capitana. Lanzó una mirada irritada hacia la popa del barco-. Está provocando un flujo de energía irregular. Tuvimos que apagar el acelerador o arriesgarnos a estropear algo más.
-¿Se puede corregir? -preguntó Cavendish.
-No sin desconectar el núcleo para limpia la jaula de Haslett -dijo Ransom-. Nos veríamos obligados a depender de las velas impulsadas por el viento hasta que se pudiera limpiar y volver a montar la jaula. Podemos correr al ochenta y cinco por ciento, o podemos dejar de usar la red por completo y confiar en el viento.
-¿Y por qué no hacemos eso?
Espira logró evitar hacer una mueca. Cavendish podía ser diabólicamente inteligente y peligrosa, pero la pregunta delataba una vasta ignorancia de la aeronáutica.
Ransom logró responder como si la pregunta no hubiera sonado a la de un niño curioso.
-Las velas eólicas son eficientes, ya que no recurren el consumo de energía del núcleo de energía, pero carecen de la maniobrabilidad que ofrece una red etérica -dijo-. Una nave que navegue con velas propulsadas por el viento hace su mejor velocidad sólo entre un arco limitado de direcciones posibles, y puede ser fácilmente superada por una nave motorizada. Y si no dispone de un buen viento fuerte, una nave impulsada por una red superará a un barco impulsado por el viento.
-Está diciendo que confiar en las velas crea demasiadas variables -dijo Cavendish pensativa.
-Estoy diciendo que se prescinde de demasiadas opciones -respondió Ransom-. Si desmontamos la jaula Haslett, solo tendremos las velas. Sin red, sin sudario, sin armas. Si la Flota nos avistaba, no podíamos hacer nada más que correr, y si el viento no es favorable, seríamos rápidamente destruidos. Una vez que lleguemos a la cita, podremos reparar la jaula.
-¿Por qué entonces?
-Porque tendremos una escolta que nos cubrirá si una nave de la Flota nos encuentra -dijo-. Podremos navegar hacia la niebla mientras la escolta se enfrenta al enemigo. Arqueó una ceja-. Esta pequeña lección de aeronáutica ha tenido un coste para esta nave en términos de eficiencia, porque yo estaba aquí respondiendo a sus preguntas en lugar de hacer todo lo posible para mantenernos a todos con vida. Disfrute de su té, madame. Si puedo evitar más interrupciones, esto debería terminar pronto.
Cavendish dejó la taza de té y el platillo con cuidado.
-No estoy segura de que me guste su tono, capitana.
La capitana Ransom se puso el puño derecho en la cadera.
-Esta es mi nave, madame -dijo-. En consecuencia, soy yo quien toma las decisiones sobre el tono aquí. Háganos un favor a todos: bébase su té como una buena chica y deje de interferir en el trabajo de los profesionales.
Los ojos de Cavendish brillaron con una chispa de ardor, reflejada por el encendido de lo que parecía una pequeña estrella en el cristal carmesí de su garganta.
Espira hizo una mueca. Dejó su taza de té y movió ligeramente su peso en el asiento, para poder tirarse rápidamente al suelo si caso estallara la violencia.
—Eso es de mala educación, capitana —dijo madame Cavendish.
Ransom sonrió.
-Siéntase libre de abandonar mi nave cuando quiera, arrogante bru...
Y en ese momento una campana empezó a sonar a un ritmo frenético.
-¡Cuartel general! -tronó la enorme voz del primer oficial, en la cubierta de la nave.
Ransom escupió una maldición repugnante y se lanzó hacia la puerta del camarote. Justo cuando la abrió, se oyó el aullido de descargas de cañón etérico a un costado, un enorme destello de luz y un sonido como el de miles de huesos secos al romperse.
-¡Abróchese el cinturón! -gritó Espira a Cavendish, incluso mientras se levantaba y corría tras la capitana Ransom.
Salió corriendo a la cubierta a tiempo de ver salir volando toda la red etérica de estribor de la Tiburón de Niebla lejos del barco. Estaba en llamas, a la deriva y caía con gracia perezosa hacia la niebla de la mesosfera. La nave se tambaleó, su arrastre repentinamente desequilibrado, su popa giró a babor mientras la proa giraba en dirección a la red faltante.
Se oyó un sonido de ráfaga, y a apenas de quinientos metros de distancia, una aeronave delgada y elegante que volaba con los colores escarlata, azul y blanco de Albion apareció a la vista desde debajo de la Tiburón de Niebla con una velocidad y gracia aparentemente sin esfuerzo. El nombre en la proa la declaraba AMS Depredadora.
Espira apretó los dientes. Tanto los capitanes de la Armada Aurorana como de la flota mercante hablaban del barco corsario en voz baja y enfadada. La Depredadora había sido la única responsable de casi una cuarta parte de las pérdidas comerciales de la Aguja Aurora en los dos años previos a esta guerra.
Antes de que pudiera terminar el pensamiento, las armas de la Depredadora volvieron a aullar, esta vez disparando por encima de sus cabezas, cortando la red dorsal de la Tiburón de Niebla tan limpiamente como una costurera con sus tijeras. Esta vez, la red descendió deslizándose sobre la nave, ardiendo, soltando chispas como relámpagos en miniatura de descargas de electricidad estática cada vez que tocaba un material que no fuera madera.
Como por ejemplo la tripulación de la Tiburón de Niebla.
Espira miró hacia arriba y vio una telaraña ardiente que caía directamente hacia él. Agarró a la capitana Ransom por el cinturón y tiró de ella hacia la puerta del camarote un instante antes de que la red la alcanzara. En cambio, golpeó el pomo de metal de la puerta, provocando un destello de luz brillante que dejó una marca de quemaduras en el metal. Incluso cuando la red se asentó, la Tiburón de Niebla se desequilibró aún más y su proa se levantó. Espira enganchó automáticamente un par de cuerdas de seguridad en un par de ganchos cercanos, a tiempo de usar su apoyo para evitar que sus pies se balancearan por el vuelco del barco.
-Maldita sea, ¿cómo? -gruñó la capitana Ransom mientras la red se amontonaba sobre su nave, de cientos de pies de largo y una cantidad casi igual de ancho. La cubierta estaba empezando a parecer rápidamente el interior de un nido de tejedores de seda.
Se puso las gafas sobre los ojos.
-¡Santos!- gritó-. ¡Cohetes de señales ahora! ¡No pares de activarlos!
-¡Oído! -gritó el primer oficial. Un segundo más tarde se oyó un sonido silbante y un cometa que arrastraba una cola de fuego ardiente se elevó hacia el cielo.
-¡Equipo de extinción de incendios en cubierta! -gritó ella.
-¡Sí, capitana!
-¡Armas, fuego a discreción!
Segundos más tarde, diez cañones etéricos abrieron fuego contra la Depredadora, pero la esbelta nave ya había alterado su rumbo y descendía abruptamente, evadiendo la andanada y hundiéndose de nuevo en las brumas de abajo. Justo antes de que lo hiciera, se oyó un zumbido, y salieron disparados cohetes de la Depredadora, explotando a mil metros sobre sus cabezas en una espesa y densa nube de humo amarillo.
Ransom observó fijamente la nave que se desvanecía, con los ojos entrecerrados, pensativa. Luego asintió con la cabeza y gritó:
-¡Piloto, cambio de rumbo, veinte grados al oeste!
-¡Veinte grados oeste, oído!
-¡Máxima velocidad adelante! ¡Todo lo que tenga!
Un segundo par de cohetes de señales de la Tiburón de Niebla se elevaron hacia el cielo azul.
-¡Sí, capitana!
La nave gimió mientras se ladeaba y aceleraba, tambaleándose como un borracho. Un barril de madera que no se había asegurado correctamente rebotó en la cubierta inclinada y cayó por el costado del barco hacia el abismo de abajo.
-¿Es esto sabio, capitana? -preguntó Espira en voz baja.
-No -respondió Ransom sin rodeos-. Gafas de protección.
Espira asintió con la cabeza y aseguró la protección para sus ojos, mientras Ransom desenvainaba su espada y comenzaba a cortar las cuerdas de seda etérea que bloqueaban su paso a la cubierta.
-No podemos obligarle a pelear con la mitad de nuestra red desaparecida -dijo-. Ahora somos demasiado lentos. Si lo intentamos, nos superará en maniobras y eliminará el resto de nuestra red en cuestión de minutos, o trabajará los ángulos para posicionarse en los puntos débiles de nuestros campos de fuego y atravesará nuestro sudario. Su nave es más ligera y rápida, por lo que no podemos superarlo o escapar a la niebla, cojos como estamos. Nuestra única posibilidad es llegar hasta nuestra escolta antes de que el capitán Grimm nos convierta en una barcaza.
Espira desenvainó su espada y comenzó a cortar la seda etérea tan pronto como Ransom hubo progresado lo suficiente como para dejarle espacio para blandirla. Ella lo miró y asintió con silenciosa aprobación.
-El capitán Grimm -dijo Espira-. Hay mucha gente en Aurora que está empezando a despreciar a ese hombre.
Ransom enseñó los dientes y sus ojos brillaron cuando otro par de cohetes de su barco salieron disparados hacia arriba y por detrás de ellos.
-Y pensar que ni siquiera han estado casados ​​con él.