Author Topic: Los aeronautas, capítulo 60  (Read 85 times)

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Los aeronautas, capítulo 60
« on: January 05, 2021, 08:15:41 AM »
Capítulo 60
Aguja Albion, Habble Landing, Templo del Camino

-No me gusta, patrón -dijo Kettle en tono quedo, destinado solo a los oídos de Grimm-. Una chica corriendo hacia el fuego así.
-No es una colegiala indefensa, señor Kettle -respondió Grimm-. Es uno de los guardias del Spirearch.
Kettle resopló. El aeronauta canoso había superado todas las refriegas de los últimos días sin un rasguño, notó Grimm, que era mejor de lo que él podía decir. Kettle tenía la habilidad de detenerse en el lugar correcto en el momento adecuado durante una pelea.
-¿Y no es nuestro trabajo hacer de niñera de los guardias del Spirearch, patrón? -preguntó Kettle.
-Correcto -dijo Grimm.
-Y a usted tampoco le gusta.
—No, señor Kettle. No me gusta.
-Entonces entremos tras ellos.
-No sea tonto. No voy a ordenar a los hombres que se apresuren a entrar en un edificio en llamas.
Kettle tamborileó con sus gruesos dedos sobre la empuñadura de su espada.
-Entonces entraremos solos usted y yo, Capi.
Grimm apretó los dientes. Estaba preocupado por sir Benedict y la señorita Tagwynn, y sus instintos le pedían acudir en su ayuda, pero no conocía el edificio y, si entraba, algunos de sus hombres, con toda probabilidad, lo seguirían al infierno. Ya habían resultado heridos suficientes miembros de su tripulación por un día. Si conducía a sus hombres a ciegas hacia ese humo, bien podría atarlos a todos él mismo y arrojarlos al edificio para que murieran.
-No, señor Kettle -dijo Grimm-. Esperaremos.
Kettle gruñó.
-¿Cuánto tiempo les vamos a dar?
-No mucho -dijo Grimm en tono franco-. Si no vuelven a salir en los próximos minutos, ya no saldrán.
Justo en ese momento, varios sonidos huecos, golpes y silbidos sacudieron el aire, y Grimm se dio la vuelta para mirar fijamente por las puertas del templo hacia la habble propiamente dicha.
-Dios en el Cielo -murmuró Kettle-. Patrón, ¿eso han sido...?
-Cargas incendiarias -dijo Grimm con tristeza-. Tal vez a un cuarto de milla de aquí.
-¿En la habble ? -soltó Kettle-. Dios en el Cielo nos ayude. Todos esos edificios de madera...
-Sí -dijo Grimm. Incluso mientras hablaba, oyó una campana de alarma que comenzaba a sonar frenéticamente-. Nadie va a poder pensar en nada más que en combatir el fuego durante un tiempo. Una distracción muy conveniente que permitirá a los auroranos llegar a los muelles  con bastante pulcritud, si se apresuran.
Kettle gruñó entre dientes.
-Entonces ya están en camino.
-No se preocupe, señor Kettle -dijo Grimm-. Tendremos la oportunidad de hacer que respondan por esto.
-¿Cómo? -preguntó Kettle.
-Confíe en mí -respondió Grimm. Respiró hondo y dijo-: Desafortunadamente, esto significa que tendremos que irnos de inmediato, antes de que el fuego se propague y nos atrape en este rincón de la habble.
-Pero, patron... -dijo Kettle.
-A todos los efectos prácticos, ahora estamos en guerra con la Aguja Aurora. Cada uno tiene sus propias obligaciones, señor Kettle -dijo Grimm-. Los guardias tendrán que cuidarse...
Fue interrumpido por un rugido detrás de él, cuando la parte alta del templo, la enorme cámara de la Gran Biblioteca, se derrumbó sobre sí misma, llevándose consigo varias secciones del edificio. El polvo y el humo se elevaron en una gran nube, y el fuego, el que no había sido sofocado por el colapso, en todo caso, se expuso repentinamente a más aire fresco y ardió salvajemente.
-¡Dios en el Cielo! -jadeó uno de los hombres, y una nube de humo y polvo envolvió toda el área.
-¡Conmigo! -gritó Grimm, con la voz ronca por el espeso polvo-. ¡Reúnanse aquí! ¡Aquí!- Siguió gritando, y su tripulación apareció entre el polvo, entrecerrando los ojos y tapándose la boca. Estaban cubiertos por una fina capa de polvo y suciedad que les daba una apariencia fantasmal en la llanura gris de la nube de polvo.
Grimm hizo un conteo rápido y comenzaba a dar la orden de marchar, cuando se detuvo para ver aparecer un último fantasma entre la bruma. Por un momento no estuvo seguro de lo que estaba viendo. Entonces el fantasma se acercó y pudo verlo mejor.
Bridget Tagwynn salió de la neblina, cubierta tan densamente de polvo que podría haber sido una estatua animada. Se movía lentamente, su rostro fijo en un rictus de determinación. La forma inerte de sir Benedict colgaba de uno de sus hombros, con los brazos balanceándose libremente donde colgaban de su espalda. Ella le sostenía con un brazo alrededor de la parte posterior de los muslos, manteniendo su peso equilibrado. En esa mano, aferraba un volumen cubierto de polvo.
En la otra mano llevaba la forma flácida de un gato cubierto de polvo, presumiblemente el maestro Rowl. Una de sus botas dejaba huellas parcialmente ensangrentadas en la fina capa de polvo del suelo, pero no había dejado que la herida la detuviera. Simplemente caminaba, poniendo un pie delante del otro con pasos pequeños, deliberados y equilibrados.
Grimm sintió que sus cejas subían más alto, y por un momento se quedó sin palabras. Un silencio repentino se extendió a través de los hombres de la Depredadora a medida que ellos mismos contemplaban la vista. Los pasos firmes de Bridget resultaron repentinamente ruidosos entre el polvo iluminado por el fuego.
-Kettle -dijo Grimm en voz baja, y los dos se acercaron a Bridget.
La chica parpadeó cuando Grimm se detuvo frente a ella. Hizo una pausa, su equilibrio se tambaleó. Le llevó un momento concentrarse en el rostro de Grimm, y luego asintió para sí misma.
-Capitán Grimm -dijo-. Tengo dos para el médico aquí. -La mano que sostenía el libro se movió un par de veces-. Y esto es para el Spirearch.
Con eso, se balanceó sobre sus pies, y una de sus rodillas se dobló. Kettle atrapó el peso de Sir Benedict sobre sus robustos hombros, y Grimm sostuvo a Bridget e impidió que cayera o dejara caer a Rowl, quien levantó la cabeza ligeramente y recorrió la zona con una mirada turbia y desenfocada, antes de que su cabeza cayera exhausta de nuevo. Grimm vio una línea en el cráneo del gato donde el polvo y la sangre se habían apelmazado en una costra tan gruesa como el dedo meñique de Grimm.
Grimm atrapó al maestro Rowl antes de que Bridget pudiera dejarlo caer, acunó al gato inerte en un brazo y tomó el volumen de tamaño modesto de su mano rígida. A un lado, Kettle y algunos de los hombres estaban montando una camilla improvisada para llevar a Sir Benedict.
-Muy bien, señorita Tagwynn -dijo, guardándose el libro en el bolsillo-. ¿Puede caminar?
-Oh, por supuesto -dijo Bridget-. He estado practicando a diario desde hace un buen tiempo.
Grimm la miró con recelo, pero antes de que pudiera llamar a uno de los hombres, la pequeña aprendiz de eterealista, Folly, apareció de entre la bruma y se deslizó tranquilamente bajo uno de los brazos de Bridget, sosteniendo a la chica más grande.
-El capitán sombrío seguramente es lo bastante observador como para darse cuenta de que Bridget tiene un gran hematoma en la mejilla. Obviamente está aturdida y dolorida. Seguramente también reparará en que ella tiene amigos.
Grimm miró a la señorita Folly un momento antes de hacer una reverencia tan profunda como pudo a las dos jóvenes. Luego miró a Sir Benedict. Lo estaban envolviendo en un abrigo de a bordo donado por uno de los hombres. Media docena de manos compartirían la carga de llevar al joven inconsciente.
-¿Kettle? -preguntó Grimm.
—Veneno de tejedor de seda, patrón, por la hinchazón en este brazo —respondió Kettle con voz sombría-. Y tenemos otra media docena de hombres por el mismo camino, en los túneles. Quizás si lo llevamos de vuelta al eterealista. Bagen dijo que no puede hacer nada al respecto.
-Desafortunadamente, el maestro Ferus está fuera de servicio -dijo Grimm-. Pero haremos todo lo que podamos.
-¿Que dijo? -preguntó Folly, con voz incrédula-. El maestro está... ¿Ha pasado algo?
-Madame Cavendish nos visitó -informó Grimm brevemente- Se ofreció a intercambiar vuestras vidas por la colección del Maestro Ferus. Él aceptó.
Los ojos de Folly se abrieron como platos.
-Oh -suspiró a un cristal que llevaba atado con un trozo de cuerda alrededor del cuello- Oh, eso no es nada bueno. Eso estaba llenando un agujero bastante grande. -Sus ojos se volvieron distantes, desenfocados-. ¿Dónde están las carretas ahora, me pregunto?
-Cavendish se las llevó -respondió Grimm-. Parece que hay probabilidades excelentes de que las haya arrojado por la plataforma del astillero inmediatamente después.
Ella parpadeó y, de repente, sus ojos volvieron a estar alerta y enfocados.
-Él es un muy buen capitán, pero al parecer sería un jugador muy malo -le dijo Folly a su cristal-. Las carretas en realidad se mueven por una calle hacia el astillero. Madame Marioneta probablemente espera adivinar algún tipo de patrón que le dé una ventaja en futuros encuentros.
Grimm arqueó una ceja.
-Jovencita, ¿quieres decir que tú...? ¿Tienes la capacidad de localizar simplemente la colección del Maestro Ferus?
-Eso parece bastante obvio -le confió Folly al cristal-. Ciertos artículos que hay en ella, en cualquier caso. Puede que no sea arrogante decir que soy su cuidadora por una buena razón.
-Cavendish se quedó con la colección -reflexionó Grimm, pensando.
Folly sonrió.
-Parece que lo entiende. Está claro, el maestro esperaba ganarle al capitán sombrío el tiempo suficiente para rescatarme y que yo pudiera recuperar la colección a su vez.
-Y tal vez pretendía más, señorita Folly -dijo Grimm-. Nos apresuraremos a regresar a la Depredadora.

* * *

La caminata por las calles fue frenética, lo que sorprendió a Grimm. Había esperado un pandemonium puro.
Una gran parte del cuadrante norte de la habble estaba ardiendo. El humo era una neblina en el aire que se volvía cada vez más espesa, aunque al menos los abundantes conductos de ventilación que los Constructores Misericordiosos habían extendido por toda la habble estaban haciendo circular suficiente aire para evitar que el lugar se convirtiera en una trampa mortal inmediata. Tripulaciones de ciudadanos habían acudido a combatir el incendio con una gran variedad de medios: mangueras que se bombeaban agua de las muchas cisternas de la habble, filas de hombres que se pasaban cubos de agua de mano en mano, y cuadrillas que derribaban frenéticamente los costosos edificios y arrastrar los materiales para crear cortafuegos.
De hecho, pensó Grimm, había demasiada organización en el caos. Como oficial experimentado, sabía lo que significaba retener el mando en medio de una situación de crisis; sobre todo, para usar una metáfora particularmente adecuada, correr para apagar incendios, uno tras otro. A menudo se requería gran cantidad de gritos y potencialmente el golpe medido de algunas cabezas, en un grado u otro de literalidad. Grimm sabía cómo era el caos.
Y alguien había tomado medidas para evitarlo.
Los equipos de extinción de incendios estaban dirigidos principalmente por hombres a quienes alguien poco caritativo simplemente llamaría matones. Aunque no llevaban uniformes y no vestían ropa en común, todos los hombres tenían un cierto comportamiento, uno al que parecían reaccionar sus conciudadanos de Landing. Se estaba llevando a cabo una evacuación real: las mujeres y los niños caminaban en grupos tranquilos y cuidadosos hacia la espiral de transporte más cercana, para retirarse a un nivel más bajo de la Aguja y lejos del incendio. Hombres y mujeres adultos, liberados de la necesidad de temer y proteger a sus hijos, podía así dedicarse a la lucha para salvar sus hogares y su habble.
Los gremios, se dio cuenta Grimm. Los gremios criminales de Landing habían organizado la respuesta a la emergencia. Lo cual tenía sentido, supuso. Si la habble se incendiaba, se llevaría consigo su sustento junto con el del resto de los residentes de lahabble. Pero aun así, la situación se había desarrollado hacía no más de una hora. A todo efecto, la habble debería estar en un estado de pánico salvaje.
Alguien había advertido a los gremios, les había dicho que estuvieran preparados para actuar en caso de problemas.
La pequeña fuerza de Grimm se movía de forma constante por las calles. Llamaron la atención de los miembros del gremio que se movían por la ciudad, captando algunas sombras que los siguieron a medida que avanzaban, pero nadie intentó detenerlos.
Comenzaron a encontrar cuerpos cuando el grupo recorría las últimas calles que llevaban al muelle. Yacían dispersos aquí y allá, en su mayoría ciudadanos de Landing, en su mayoría armados. Aquí y allá yacía un marine aurorano uniformado entre ellos, pero solo unos pocos. Los auroranos conocían bien su trabajo y se habían movido rápidamente y trabajando juntos. El escaso puñado de ciudadanos y miembros de gremios que se habían opuesto a ellos había sido despachado con despiadada eficiencia.
En el pasillo que conducía al astillero, una docena de guardias del Spirearch yacían amontonados. Los hombres habían muerto defendiendo la salida y habían sido apilados a un lado como leña para evitar que los cadáveres bloquearan la salida.
Grimm no redujo la velocidad, conduciendo la pequeña columna hacia el embarcadero del muelle, sus botas golpeando las pesadas vigas de madera.
Ardían incendios en dos almacenes cercanos y en varios de los emplazamientos de cañones ligeros que defendían el muelle. Al menos tres de las aeronaves atracadas estaban en llamas, y varias formas inmóviles cubrían el embarcadero. El corazón de Grimm comenzó a latir salvajemente hasta que vio la Depredadora , todavía aparentemente sana y salva en su atraque.
Y entonces se produjo un aullido de cañón etérico, y uno de los emplazamientos de armas sin quemar explotó en una nube de astillas ardientes y luz cegadora.
Los ojos de Grimm se fijaron en el lugar donde el Tiburón de Niebla flotaba en la niebla, quizás a unos cien metros del astillero. Incluso mientras él miraba, sus armas hablaron una y otra vez, abriendo enormes agujeros en el embarcadero de madera, rastrillando los indefensos y vulnerables cascos de los barcos del puerto e incendiando aún más el embarcadero. Aullido tras aullido dieron origen a una cacofonía atronadora.
Una de las explosiones atravesó el casco de madera de un barco en el extremo más alejado del mueble y, por pura suerte, golpeó su núcleo de energía.
Se produjo un estallido de luz y calor, tan brillante que cegó a Grimm, tan caliente que le quemó la cara. Fue arrojado de sus pies cuando el embarcadero del muelle dejó escapar un gemido torturado, y toneladas de madera rota volaron en todas direcciones, destrozando los barcos más cercanos al desafortunado transporte.
Y luego, con el grito de las vigas que protestaban, la mitad del embarcadero del muelle se desprendió del costado del Aguja, rota. Los dirigibles atracados muelle abajo y que no estaban listos para volar cayeron como piedras, y Grimm pudo oír a sus tripulaciones gritar impotentes mientras lo hacían. Los estibadores y trabajadores se sumergieron en las profundidades neblinosas junto con el muelle, prestando sus propios gritos al estruendo, mientras la gravedad simple y despiadada los reclamaba a todos juntos, madera, mástil y alma.
Y aún así, ráfaga tras ráfaga aullaron desde el cañón de Mistshark, rompiendo más la cubierta del muelle como un hombre enojado con un martillo que destruye vajilla fina, y reclamando aeronave tras aeronave con metódica precisión, desatando todo el poder destructivo de una embarcación armada sobre el muelle indefenso.
-¡Atrás! -gritó Grimm- ¡Hacia la Aguja! ¡Salid de la cubierta!
Los aeronautas se apresuraron a regresar al refugio de la Aguja mientras el fuego de los cañones se acercaba cada vez más. Grimm fue el último en bajarse del embarcadero, y el fuego enemigo estaba tan cerca que pudo sentir la fuerza a través de las suelas de sus botas.
Grimm tuvo tiempo de darse la vuelta antes de que, con un gemido aullante, todo el astillero comenzara a girar y moverse antes de lo que sería una caída inevitable desde la obstinada altura de la Aguja Albion hasta la superficie. Grimm vio que la plataforma nivelada comenzaba a inclinarse y deslizarse, y los incendios ardían en docenas de lugares. La Depredadora se balanceó impotente en su atraque.
Y entonces el fuego de cañón del Tiburón de Niebla alcanzó a la Depredadora, y el barco de Grimm, su hogar, se desvaneció en una ensordecedora nube de fuego y una luz cegadora.