Author Topic: Los aeronautas, capítulo 55  (Read 80 times)

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Los aeronautas, capítulo 55
« on: January 04, 2021, 11:10:42 PM »
Capítulo 55
Aguja Albion, Habble Landing, Túneles de ventilación

Bridget parpadeó cuando Folly abrió los ojos, se sentó y dijo alegremente:
—¡Oh, lo logramos! ¡Nos escapamos!
Bridget miró atontada desde el caos en los restos del campamento aurorano hasta el muro de mampostería que los atrapaba efectivamente en el túnel lateral donde ella y Folly habían estado prisioneras. Había un pequeño ejército de criaturas de la superficie preparándose para devorarlos, los pocos hombres que el capitán Grimm había reunido a su lado estaban heridos y cansados, y no tenían forma posible de huir de su enemigo.
¿En qué universo, se preguntó aturdida, su situación actual contaba como una escapada?
Bridget se sacudió sus pensamientos y vio que la aprendiz del eterealista estaba mirando fijamente al vacío.
-¿Folly? -preguntó Bridget-. ¡Folly! ¿Estás bien?
—Señorita Folly —dijo Benedict, inclinando ligeramente la cabeza hacia las dos chicas. Se agachó y examinó a Folly, poniéndole brevemente una mano en la garganta-. Está respirando y sus latidos son fuertes. No parece herida. Quizás ha recibido un golpe en la cabeza.
-Considerando todo, estoy empezando a pensar que explicaría mucho que todos hubiéramos recibido un golpe en la cabeza -dijo Bridget-. ¿Qué vamos a hacer?
-Luchar -dijo Benedict celebrando su broma con una sonrisa sombría. Sacó un pesado cuchillo de su cinturón, lo giró para sujetarlo por la hoja y le ofreció el mango a Bridget-. Aquí tienes.
Bridget tragó saliva y cogió el cuchillo. Era tranquilizador tener el peso de la hoja en su mano, pero sabía que si llegaba a necesitar el arma, los tejedores de seda estarían tan cerca de ella que era poco probable que le sirviera de mucho. Más inquietantemente aún, vio que la mano y los dedos de Benedict estaban cubiertos de su propia sangre, y que más de la misma había manchado la hoja del cuchillo cuando se lo había entregado. Estaba herido, quizás de gravedad. Había manchas de un color feo alrededor de los cortes y rasguños de su antebrazo izquierdo. Veneno, sin duda.
El veneno de los tejedores de seda podía ser mortal... incluso para nacido un guerrero. El corazón de Bridget se hundió un poco y se sintió enferma por la repentina preocupación.
Pero tragó saliva, se puso de pie junto a Benedict y dijo:
-Gracias, señor.
-También vi esto mientras veníamos hacia aquí -dijo Benedict, y levantó la mano. Sostenía el guantelete de Bridget-. Cuando pasamos a su lado se me ocurrió que ya que estábamos podría cogerlo por ti.
Bridget dejó escapar un bufido que no fue del todo una risa.
-Muy amable, señor -dijo, y comenzó a atarse el guantelete al brazo. Sus dedos no volaron con la velocidad y precisión de una verdadera experta, pero se movieron de manera constante y sin vacilar-. ¿Sir Sorellin?
-¿Señorita Tagwynn? -dijo Benedict.
-¿Supongo que vamos a morir aquí? -preguntó Bridget-. Por el amor de Dios, le pido que sea honesto conmigo.
Benedict la miró fijamente un momento. No dijo nada. No tenía que hacerlo. Pudo ver la respuesta en sus ojos.
Bridget continuó poniéndose el guantelete, sorprendida de lo tranquila que se sentía. No era que la perspectiva de una muerte violenta no la asustara; de hecho, se sentía aterrorizada. Pero a la vez...
Ella había elegido estar aquí. Se había puesto en peligro porque había elegido hacerlo, arriesgarse al peligro para que otros pudieran estar a salvo. Independientemente de lo que sucediera ese día, sabía que ya había atraído sobre sí misma gran parte de la atención de criaturas horribles y los monstruos a los que servían, alejándolos de los inocentes. Ella había servido como escudo y espada a sus compañeros albiones.
No quería que su vida terminara este día, ni mucho menos. Pero todas las vidas terminaban. Si hoy iba a ser su último día, tendría un final con significado. Seguramente morir en batalla contra enemigos tan espantosos hablaba con absoluta elocuencia sobre sus elecciones y su vida.
Fuera del túnel, el sonido de arañazos y chillidos se hizo más fuerte.
-Aquí vienen -dijo uno de los aeronautas, con voz tensa por el miedo.
-Tranquilos -dijo el capitán Grimm. Por la emoción en su voz, podría haber estado hablando del clima.
Bridget miró de reojo al capitán. Estaba de pie con su espada ensangrentada en la mano, su guantelete aún caliente emitía volutas de humo donde la jaula de cobre tocaba el pesado brazalete de cuero. Su rostro estaba pálido pero tranquilo, sus ojos fijos en la entrada del túnel.
Su mirada continuó hacia Benedict Sorellin, alto y erguido, su respiración era un poco más dificultosa que unos momentos antes. Eso tenía que ser obra del veneno. Él también se enfrentaba a la oscuridad con un rostro pálido y tranquilo. Hizo rebotar su espada unas cuantas veces en la mano, al parecer sin darse cuenta de que movía la pesada arma de acero como si no pesara más que una servilleta de tela.
Si la naturaleza de sus enemigos hablaba bien de la muerte de Bridget, entonces seguramente la naturaleza de sus aliados hablaría aún más fuerte y claramente de su vida.
Terminó con la última hebilla de su guantelete, lo cebó, aferró el pesado cuchillo en su mano derecha y se giró para enfrentarse al enemigo junto a Benedict.
De repente, Folly respiró hondo y abrió los ojos como platos. Se quedó mirando durante un segundo la entrada del túnel y luego levantó las manos, emitiendo pequeños gemidos, alejándose de la entrada hasta que su espalda estuvo presionada contra la improvisada pared de escombros.
Bridget la miró fijamente durante un segundo... y entonces recordó en un instante la reacción precognitiva de Folly justo antes de que la horda de tejedores de seda infantiles se precipitara desde el techo. Siguió la dirección de la mirada de Folly y se giró para gritarle a Grimm:
—¡El techo, capitán! ¡Fuego!
Grimm la miró durante medio segundo, pero Bridget no esperó a ver qué hacía el hombre. Levantó su guantelete y envió un relámpago de energía aullante hacia el techo del túnel a la altura de la entrada. Mientras lo hacía, el primero de una horda de tejedores de seda se precipitó hacia adelante, corriendo por el techo. La explosión de Bridget falló, pero el disparo de Grimm, que llegó medio segundo después, atravesó limpiamente al tejedor de seda con un rayo de luz resplandeciente y lo envió rodando al suelo.
Los tejedores de seda se acercaron entonces, horribles y terriblemente rápidos, fluyendo como una alfombra viva por el techo del túnel hacia ellos. Sus ojos brillaban, sus mandíbulas tripartitas se abrían y emitían un coro de silbidos y chillidos.
-¡Techo! -gritó Grimm, incluso mientras soltaba más explosiones-. ¡Fuego, fuego, fuego!
Los aeronautas y Benedict hicieron lo mismo y, por un momento, los tejedores de seda fueron arrancados y desgarrados del techo casi tan rápidamente como aparecían. Bridget no tenía idea de si había acertado a algo, aunque parecía justo señalar que difícilmente podría haber fallado en cada explosión. Pensó que se parecía más a bombear agua a un fuego que a ningún ipo de batalla de la que hubiera oído hablar.
Desafortunadamente, sus bombas tenían una cantidad de presión muy limitada. Los guanteletes de los aeronautas comenzaron a recalentarse uno a uno, quemando el cuero y la carne de debajo. Grimm fue el último en dejar de disparar, y la jaula de cobre alrededor de su guantelete brillaba al rojo vivo en algunos lugares antes de que él terminara, dejando que Bridget siguiera disparando a los objetivos sola, su propia arma estaba más fresca y con menos calor residual que las armas que ya habían participado en una larga batalla.
-¡Espadas! -gritó Grimm, mientras la marea de tejedores de seda comenzaba a avanzar, ahora confiados y agresivos.
Las vainas traquetearon y el acero susurró cuando los aeronautas sacaron sus armas. El primer tejedor de seda saltó sobre ellos, solo para ser recibido por un grupo de espadas y apuñalado repetidamente. Pero Bridget pudo ver lo que inevitablemente sucedería, y sus ojos se nublaron con lágrimas de frustración mientras veía entrar a más tejedores de seda. No había ni de cerca tantos como había habido solo un poco antes, tal vez solo unas docenas. Pero superaban en número a los albiones por dos a uno, y un hombre era una criatura mucho más frágil que un tejedor de seda. Habían estado desesperadamente cerca de la victoria, pero ahora era sólo cuestión de tiempo que la muerte los encontrara.
Los tejedores de seda comenzaron a caer sobre la pequeña banda sitiada.
Y entonces Bridget escuchó la música más hermosa de toda su vida.
Cuando un solo gato soltaba un grito de guerra, era un sonido inquietante. Cuando dos gatos de repente se desafiaban el uno al otro de manera similar, era francamente desconcertante.
Cuando cientos de ellos maullaban al mismo tiempo, con una sola voz, el sonido por sí solo era suficiente para hacer que uno se sintiera como si le hubieran quitado la piel a los músculos y los huesos, para evocar horrores heredados de ancestros muertos y olvidados hacía mucho tiempo. Terror crudo ante un depredador mortal. Ni siquiera la implacabilidad alienígena de los tejedores de seda pudo ignorar esa llamada, y las criaturas de la superficie comenzaron a deslizarse y moverse nerviosamente de un lado a otro.
Rowl y los Nueve Garras habían acudido a la batalla.
Los gatos entraron en el túnel con una ola de aullidos, liderados por Rowl, hijo de Maul de los Patas Silenciosas. A su lado se apresuraba Naun, jefe de las Nueve Garras, y un grupo de los guerreros más grandes de la tribu los flanqueaba, cada uno de ellos con un par de espuelas de batalla.
La apretada masa de gatos pareció explotar desde todas direcciones a la vez. Aquellos que nunca habían visto a una tribu de gatos en guerra, o al menos jugando juegos de guerra, verían lo que vino después como un caos absoluto. Los gatos corrían de un lado a otro, aparentemente al azar, arañando con sus garras, saltando, mordiendo y sin lograr nada.
Pero Bridget los conocía mejor. Los gatos sabían que no eran rival para los tejedores de seda mucho más grandes y fuertes de forma individual. En lugar de sacrificar a sus guerreros en oleadas desesperadas que acabarían desgastándolos, jugaban a un juego diferente, obligando a los tejedores de seda a reaccionar ante ellos, a mantenerlos girando y girando e intentando acabar con las amenazas... solo para que los gatos a los que apuntaban se alejaran corriendo antes de que pudieran inmovilizarlos. Los gatos se lanzaban de un lado a otro, siempre pasando al ancho de un bigote del alcance de los tejedores de seda. Las criaturas de la superficie, furiosas y agitadas, solo podían golpear inútilmente el aire donde había estado un gato corriendo, e intentar seguir cada movimiento.
Y entonces, una vez que la fatiga hubo comenzado a frenar a los tejedores de seda, una vez la confusión hubo reducido la fantástica velocidad de sus reflejos, Rowl y Naun atacaron.
Bridget vio como su amigo de repente corría directamente hacia las fauces abiertas de un tejedor de seda. Comenzó a gritar una advertencia, pero Rowl saltó de izquierda a derecha y luego se tiró de espaldas sin disminuir la velocidad. El gato se deslizó por debajo del tejedor de seda y rápidamente comenzó a desgarrar con sus espuelas de batalla.
Rowl dejó escapar otro aullido de guerra y sus patas traseras se volvieron borrosas mientras arañaba y desgarraba el vientre del tejedor de seda que estaba sobre él. Rodó y echó a correr un instante antes de que una ráfaga de apestoso líquido purpúreo y una especie de moco brotaran del abdomen del tejedor de seda. El tejedor de la seda se agitó locamente durante unos segundos y luego se tambaleó de lado, sus muchas patas se movieron inútilmente y lentamente se quedaron inmóviles
-¡Rowl! -llamó Bridget, encantada.
-¡Ratoncito! -cantó Rowl alegremente en respuesta-. ¡No mates a ninguna de mis presas! ¡Tengo una apuesta con Naun! -El gato saltó a un lado, evitando el ataque de un tejedor de seda que Bridget habría jurado que Rowl no podría haber visto, y se alejó corriendo, solo para deslizarse debajo de otro tejedor de seda letalmente acosado en el lado opuesto del túnel. Una vez más, arañó locamente y salió disparado antes de que pudiera ser empapado por las apestosas tripas de su enemigo.
El capitán Grimm se lanzó hacia adelante con su espada en alto, gritando:
-¡Ayudad a los gatos! ¡Abatid a los tejedores de seda! ¡Destrozadlos!
Benedict se abalanzó hacia adelante para cortar a un tejedor de seda que había logrado agarrar la cola de un gato, amenazando a la criatura y obligándola a soltar al gato, luego pateó a otro tejedor de seda alejándolo de un gato herido, saltando para colocarse entre la criatura de la superficie y el felino caído, con los dientes al descubierto en una amplia sonrisa.
Bridget se contuvo. Dada su habilidad con el guantelete, habría sido una tontería comenzar a lanzar rayos de energía en medio de ese caos. Dado lo corto que era su cuchillo, emplearlo le parecía una manera excelente de acabar envenenada por los tejedores de seda, y además, alguien tenía que vigilar a Folly para asegurarse de que una de esas cosas rencorosas no atacara su figura indefensa.
La batalla no duró mucho. Así como los tejedores de seda habían superado en número a los albiones, lo que llevaba a una sola conclusión inevitable, los gatos superaban en número a los tejedores de seda con el mismo efecto. Naun, Rowl y la guardia personal de Naun despachaban a las criaturas cuando cada una se presentaba como un objetivo, hasta que solo quedó un tejedor de seda en pie.
Y en ese momento, Naun dejó escapar un aullido feroz y furioso, y doscientos Nueve Garras se arrojaron sobre la bestia, rasgando y desgarrando en un frenesí de ira. Los gatos no mataron al tejedor de la seda, sino que lo esparcieron uniformemente por varias docenas de metros cuadrados de túnel.
Bridget casi sintió pena por la bestia.
No del todo, pero casi.
-No me jodas -espetó un aeronauta corpulento. Bridget pensó que su nombre era Kettle o Keppel o algo así-. Esos pequeños bastardos peludos no juegan limpio, ¿eh?
-Cuida tu lengua, Kettle -dijo el capitán Grimm-. Considerando todo, creo que sería muy prudente no lanzar ningún insulto involuntario. ¿Mmm?
—Sí, patrón —dijo Kettle, observando la mancha que se extendía y que había sido un tejedor de seda unos momentos antes-. Eso parece de sentido común. No pretendía ofender, gatitos.
Rowl se acercó perezosamente a Ratoncito, luciendo enormemente complacido consigo mismo.
-Cinco -dijo con aire de suficiencia- Cinco tejedores de seda adultos en la misma cantidad de minutos. Maul nunca ha hecho eso.
Bridget intentó hablar y descubrió que no podía. En cambio, dejó caer su cuchillo, dejó escapar un pequeño sonido ahogado y tomó a Rowl en sus brazos, abrazando su calidez peluda cerca de ella.
-Nos salvaste -dijo.
-Por supuesto que sí -respondió Rowl-. No tengo defecto alguno.
Bridget tragó saliva. Y entonces se echó a llorar.
-Estaba tan asustada -dijo-. Pensé que iba a morir muy lejos de casa.
Rowl emitió un ronroneo profundo y complacido en su pecho.
-¿Cómo podría pasar eso -preguntó- cuando me tienes a mí para protegerte?
Ella ahogó una risa.
-Eres imposible.
-Soy un gato -dijo Rowl con aires de suficiencia-. No es culpa tuya, Ratoncito. Es natural que algo tan limitado como un humano me encuentre imposible. Y estás aplastando mi pelaje.
Bridget besó la coronilla de la peluda cabeza de Rowl, lo abrazó una vez más y lo dejó en el suelo. Curiosamente, él no parecía preocupado en absoluto por su pelaje.
-Me gustaría hablar con Árboles de Barco Sombrío.
Bridget parpadeó.
-¿Le has dado un nombre?
Rowl sacudió las orejas como si no la hubiera oído y bostezó.
-¿Le hablarás en albion por mí?
-Lo haré -dijo Bridget-. Benedict, ¿te quedas con Folly?
-Por supuesto -dijo Benedict. Asintió profundamente hacia Rowl y dijo-: Bien peleado.
-Lo sabe -dijo Bridget, antes de que Rowl pudiera pronunciar una respuesta.
Rowl pareció considerarlo un momento, luego se volvió con un movimiento de su cola que indicaba el mismo desinterés que un encogimiento de hombros humano.
-Sí -dijo-. Así es. Ven, Ratoncito.
Bridget acompañó a Rowl hasta el capitán Grimm.
-Maestro Rowl -saludó Grimm con gravedad al gato. Se enderezó, se colocó el sombrero bajo un brazo y le hizo una reverencia muy baja a Rowl-. Ha salvado mi vida y la vida de mis hombres. Estoy en deuda usted.
-Lo sé -dijo Rowl (a través de Bridget)-. Tengo una misión que completar, como miembro de los guerreros de Spirearch. Todavía hay guerreros auroranos sueltos en el territorio de los Nueve Garras. Los Nueve Garras y yo os hemos salvado la vida. Ahora vosotros debéis ayudarlos a defender su territorio.
-Sí -dijo Grimm, asintiendo. Miró a un lado y sus ojos se abrieron de par en par.
Bridget levantó la mirada para ver al resto de la tripulación de la Depredadora emergiendo de uno de los otros túneles en sombras. Las formas rotas de varios tejedores de seda salpicaban el suelo detrás de ellos, al igual que algunas formas humanas inmóviles. Evidentemente, el grupo más grande de hombres había quedado retenido en su túnel por un número relativamente reducido de tejedores de seda. Ahora emergían, con los guanteletes preparados, espadas en mano, mirando con cautela a los gatos.
-¡Alto el fuego! -Grimm gritó-. ¡Bajad las armas! ¡Se acabó! ¡Los gatos están con nosotros!
Los hombres obedecieron a su capitán y Grimm se volvió hacia Bridget y Rowl.
-Sea cual sea el motivo por el que los auroranos han puesto a esos marines aquí, han ido a cumplir con él. Deben ser detenidos. ¿Ayudarán los Nueve Garras?
La cola de Rowl se movió de izquierda a derecha.
-A los Nueve Garras no les importa qué humanos gobiernan la parte humana de la habble. Su guerra era con los tejedores de seda. Luchar contra las criaturas de la superficie es una cosa. Luchar contra humanos con guanteletes es otra.
Grimm gruñó.
-¿Qué pasa con la inteligencia? ¿Pueden decirnos dónde están los auroranos?
En lugar de responder, Rowl se sentó, y un latido después, una pequeña sombra se desprendió de una pared y se acercó para sentarse a su lado. El cuerpo de trece kilos de Rowl eclipsaba al de la gata más pequeña que se sentó a su lado, aunque no mostró ni un gramo menos de dignidad.
-Hola, Mirl -dijo Bridget-. Capitán Grimm, esta es Mirl.
-Me complace saber su nombre -dijo Grimm-. Gracias, Mirl, por tu advertencia. ¿Sabes adonde han ido los auroranos?
-Por supuesto -dijo Mirl, con una mirada de reojo a Rowl-. Mientras vosotros, niños mimados, os divertíais matando presas que ni siquiera son buenas para comer, yo estaba haciendo el trabajo importante.
-¿Qué trabajo es ese, por favor? -preguntó Grimm.
-Seguir a los auroranos, por supuesto -dijo Mirl-. Por cierto, lo hice sin que nadie que dependiera de mí fuera capturado por el enemigo.
Los ojos de Rowl se entrecerraron levemente.
-Acaba ya con eso -gruñó-. ¿Dónde están?
En lugar de responder, Mirl se lamió una pata con fastidio, solo el tiempo suficiente para dejar claro que Rowl no la estaba obligando a hacer nada que no deseara hacer.
Bridget suspiró. Gatos. Levantó una mano pidiendo silencio cuando el capitán Grimm comenzaba a hacer una pregunta. Este frunció el ceño, pero obedeció.
Después de un momento, Mirl habló.
-Están en la casa de piedra con paredes, tierra y plantas verdes.
Benedict se puso rígido.
-El templo. ¿Qué están haciendo allí?
-Matar -respondió Mirl-. Quemar.
La mirada de Bridget se disparó hacia el capitán Grimm.
-¿Por qué harían eso?
-¿Por qué, desde luego? -respondió Grimm, entrecerrando los ojos.
-Debemos ayudarlos, capitán -dijo Benedict con fervor.
Grimm estudió al joven un momento antes de asentir.
-Haremos todo lo que podamos. Creedy, sé que todos están agotados. Pero nos movemos.