Delincuente
Me invitó al cumpleaños. De verdad me invitó al cumpleaños. Por aquel momento pensé que podría ser un momento para pasar la página. Para olvidar de alguna manera. Pasar de esa incomodidad, esa molestia, ese huir sin descanso.
He tenido novias antes y nunca me pasó eso de terminar con alguien y no podernos ni ver a la cara sin importar quien dejó a quien, porque se dieron las dos cosas. Terminaron siendo mis amigas en diferentes grados de cercanía, sin ir muy lejos, mi mejor amiga es la mexicana a quien adoro y sé que en su momento lastimé dejándola. ¿Porqué con esta tenía que ser distinto? Yo no soy un energúmeno ni un neardenthal. Nunca he sido retardado y aunque, quizás no sepa perdonar, se volver la otra mejilla.
Pensé llevarle aquellos regalos que volvieron conmigo en mi mochila aquel día. De última no tenía a quién dárselos, no los iba a usar yo y tampoco es demasiado justo regalarle a alguien lo que era para otra persona. No quería verlos más en mi ropero sinceramente. Los envolví como pude, con paciencia y los metí en una bolsa. Los dejé ahí en stand by hasta decidir qué puedo hacer. Le podría arruinar bastante la fiesta al caer y quedarme ahí incomodando a todos los presentes con mi sola existencia.
La mexicana, siempre tan dulce ella, me dijo literalmente que no fuera estúpido, que iba a ir a su cumpleaños a hacer el papel de imbécil y que los regalos los prendiera fuego o se los diera a la prostituta de la esquina, a quien fuera menos a ella.
Tenía razón así que partí con una barrita de amigos a ahogar mis penas en un buen barril de cerveza. Y casi le veo el fondo. Cuando se vació el barril decidieron ir a bailar. A mí no me gusta eso de ir a bailar, no me gusta el ambiente de los bailes, no me gustan las minitas que se arriman, ni las que piden tragos, mucho menos las que bailan por allá arriba semidesnudas para que todos las miren, tampoco me gusta la montonera de gente ni la falta de aire. Pero ese día, ese día estaba tan en pedo que iba donde me dijeran que querían ir. Y todo me chupaba un huevo. ¿Vamos al baile? ¡Vamos! ¿Vamos a tirarnos en un pozo? ¡Vamos!
Terminamos en un baile que estaba bastante lleno de gente y supuestamente es donde va la gente del interior. La música no estaba mal aunque no me podría haber importado menos. Podrían haber puesto cualquier cosa y hubiera bailado igual. No habían minitas bailando por allá arriba lo que decía algo bueno del baile. Pasé dando saltitos directo a la barra a pedir mi veneno, me lo mandé y seguí pidiendo más. En algún momento se pegó una minita y me empujaron para que me fuera a bailar con ella. Estaba feísima, qué más da, yo estaba durísimo pero del pedo.
Estaba ahí intentando hacer que bailaba cuando levanté la vista y estaba mi pesadilla en la barra magreándose con el macho. Ni lo pensé y le aventé el vaso que tenía en la mano. ¡Triple! Fue a dar al marote del tipo. Se dio media vuelta y arrancó rumbo a mí. Sabía que me iba a cagar a palos, yo soy bastante bajo y él es bastante alto. Pero no me importaba. Quería que me pegara, que me lastimara físicamente, quería sentir dolor físico que alguien me surtiera a palos. Y me valía madres quien fuera. Agité los brazos en el aire y lo seguí provocando. Le grité puto, que se las viera conmigo si es tan macho y ya ni me acuerdo que burradas más. Por supuesto que me estampó una piña y me caí de culo como bolsa de papas sólo para encontrarme con la mano de un mono enorme en el pescuezo. Literalmente me agarró del cogote y me llevó en el aire hasta la puerta. Posteriormente me aventó a la vereda y caí ahí despatarrado sin entender mucho qué me había pasado.
Me paré como pude y salió el susodicho dando bandazos también con la ayuda de otro gorila a la vereda. Más atrás se sentían los gritos de ella. ¿Qué gritaba? Ni idea. Pero el Palio colorado estaba estacionado enfrente así que crucé la calle dispuesto a romperle el auto. Al fin le iba a hacer daño, algún daño, aunque fuera al auto. Le di lo que según yo era una buena patada a las luces de atrás con lo que conseguí caerme de culo en la calle y ni siquiera se rompieron. Vienen buenas las luces de los Palio. Me ayudaron a pararme y todo. El "puto" me agarró de la camisa y me aventó sobre el auto, me dio una, me dio dos y empecé a vomitar. Como lo entré a regar me soltó y me di el lujo de vomitar la ventana de atrás del auto.
Mientras yo vomitaba se acercó un patrullero alertado por los gritos y cuando terminé de vaciarme me invitaron cordialmente a subir al asiento de atrás del vehículo. Me aventaron para adentro encima del puto y la pendeja. ¡Todos para adentro!
Los milicos por lo menos tuvieron la decencia de no ponernos todos juntos. Uno me preguntó si quería llamar a alguien porque no estaba encausado a lo que respondí que no. ¿A quién iba a llamar? Más me valía que mi madre no se enterara que estaba en una comisaría detenido. Estar ahí quietito no podía ser peor que el que mi madre se enterara. Yo, que nunca había pisado una comisaría ni para dejar saludos, ahí adentro por una idiota. Me quería matar.
En algún momento apareció un milico y me dijo que me vinieron a buscar. ¿A mí? ¿Quién? Por ahí alguno de mis amigos. Me devolvieron mis cosas en el mostrador, cosas que nunca me enteré cuando me sacaron. Y ahí estaba mi suegro firmando papelitos, pasé por él escondiendo la cara rumbo a la puerta de la comisaría dispuesto a salir huyendo muerto de vergüenza. Me alcanzó enseguida de bajar el escalón de la puerta. ¿Qué diablos quería de mí? Agaché la cabeza para la putiada venidera deseando que se abriera la tierra y me tragara. ¿Dónde estaban mis amigos? No estaban, así de simple. Él fue el que me sacó. Lo llamó la nena, la vino a buscar y nos sacó a todos. Vi que estaba la esposa al volante del Palio y los otros dos se iban subiendo. Él se quedó ahí parado mirándome mientras el automóvil colorado se alejaba del bordillo. No sé qué quería que dijera, me miraba serio y yo no podía mantenerle la mirada. Quería ser una tortuga y poder esconder mi cabeza dentro del caparazón, y no sacarla más.
Puso una mano en mi hombro. Dijo que me calmara. Sentía oleadas de vergüenza, de tristeza. Sentía una desdicha tan aguda, tan visceral que parecía partirme el pecho y apretarme la garganta. Pasé de estar ahí avergonzado a estar aún más avergonzado y fuera de control. Llorando como un marrano, como no me acuerdo de haber chillado salvo cuando era niño. Lloriqueaba ahí como una nena, con llanto. Creo que nunca había echado tanto en falta a mi padre cuando el tipo me dio un abrazo y me condujo a la camioneta. Me subió en el asiento del acompañante y se quedó ahí callado dándome palmadas en la espalda hasta que medio conseguí mi compostura de regreso.
Me trajo a casa y no dijo nada en todo el camino. Me acuerdo que me abrió la reja y me preguntó si iba a subir bien hasta el apartamento, le conteste que estaba mal, pero no tanto. No quería que me ayudara más. No quería que me viera más ni verlo más. Es la primera vez que alguien me ve desmoronarme de una forma tan vergonzosa, ni yo me había visto.
Me escondí detrás de la pared de la entrada hasta que arrancó la camioneta. No estaba tan mal ¿verdad? Me caí medio tramo de escaleras hasta el descanso. Terminé la subida en cuatro patas y dormí en el piso del baño.