El descenso al infierno
No le mandé mensaje en lo que quedaba de la semana. No entendía qué pasó, no entendía qué quería yo pero no quería hablar con ella. Dolió y más que nada fue tremendamente confuso. Estaba todo bien cuando se fue. Estábamos hablando de familia, casa, hijos y luego se comió un pibe que se encontró por ahí. ¿Estaría borracha? Estar en pedo no es una disculpa de todas formas. Me dediqué esa semana mayormente a hablar con mis amigas y preguntarles a ellas si tenían alguna idea de qué estaba pasando, qué podría haberle pasado por la cabeza. Qué se supone que debería hacer yo en esa situación. Pero mayormente me pase llorándoles la milonga.
Una de las teorías fue que a veces esas cosas pasan porque se podría estar sintiendo sola, o confundida, y estaba allá, sola, en un ambiente que no favorecía en nada nuestra relación con todos sus amigos, que para tener amigos así mejor perderlos que encontrarlos. También una de ellas me dijo que no necesariamente se iba a repetir. De todas formas era necesario hablar con ella, si no era ahora era más tarde pero tarde o temprano nos teníamos que ver las caras en la universidad y mejor antes que después.
Entre todo esto pasaron tres o cuatro días y ella volvió. Le mande mensaje, no contestó. La llamé, no contesto. No quería llamar a la casa porque fijo me atendía el engendro que me tocó por cuñada y quién sabe con qué me podía salir pero a la larga como no contestaba por ningún lado terminé llamándola a casa. Por suerte atendió mi suegra y no mi cuñada. Me dijo que desde que llegó se encerró en el cuarto y no salía para nada, ni siquiera les había comentado del viaje que no hablaba con nadie y que no sabían lo que le pasaba, que estaban tremendamente preocupados, por supuesto preguntó si yo sabía qué tenía, si le había pasado algo. Y no, no sabía, lo que yo sabía es que se comió un tipo por allá. ¿Me caga a mí y se chupa ella? ¿Dónde se vio? ¿Y ahora qué mierda le pasa? Me pidió que fuera a ver si hablaba conmigo. ¡Claro! El más indicado para hablarle con dulzura (¡ja!). Dado que no podía decir que no allá aparecí más que contrariado. No quería realmente hablar con ella mucho menos verla.
Aunque, pensándolo bien yo la adoraba. Tenía una adicción bastante grande a ella y a todo lo que tuviera que ver con ella. Cuando se fue tuve un síndrome de abstinencia en toda regla. ¿De verdad quería quedarme sin ella por un peteco que se cruzó un día? ¿Quería seguir sintiéndome así? La verdad que no, a decir verdad estaba ofendido pero prefería cualquier cosa a que se fuera, cualquier cosa antes que perderla. Sólo quería borrar esa parte de la historia, no haberme enterado y seguir, volver al paraíso en el que había vivido los últimos meses.
Cuando llegué al apartamento me abrió mi suegra. Me dijo que tenía la ilusión de que me hiciera caso y me dijera qué tenía antes que tomaran otras medidas, no sé de qué otras medidas hablaba pero asumí que debería ser más o menos las medidas que podría tomar mi madre. Sacarme del culo del cuarto, meterme en la ducha y encajarme una buena putiada sobre lo que tiene arreglo y lo que no, aparte de mandarme a estudiar por supuesto.
Pasé al living y me quedé ahí parado en espera de más indicaciones. No iba a pasar al cuarto directamente porque mi suegro podría llegar a meterme al lago otra vez o algo peor. Pero como la mamá me dijo que fuera yo fui y caminando despacito y contando los pasos, buscando al marido a ver dónde estaría escondido esperando para asesinarme. Sin embargo, no lo vi por ninguna parte. Le di un golpecito a la puerta titubeando y mirando a la señora sin saber mucho qué decir ni qué hacer. Ella se dio media vuelta y se fue, y me dejó ahí a solas con la puerta cerrada. Bueno, quien avisa no traiciona, ella nunca dijo que fuera madura ni que tuviera cerebro. Yo sabía bien que era una niña malcriada que no sabía para qué lado gira el mundo. Nadie me mandó meterme ahí, me metí yo solito. ¡Qué pendejita de mierda! Agarré el pestillo y empujé a ver si abría. Nada. Volví a golpear. Nada. Así que le entré a aporrear la puerta y habló. Una voz más áspera y más ronca que su voz sexy de recién me despierto. Estaba siendo un poco groserita la nena, chillaba que qué querían que la dejaran en paz y que se borraran. A esta lo que le hacía falta era una buena dosis de mi madre. Seguro que le iba a gritar que se largara y me dejara en paz al capitán. Ni en sueños, creo que si hacía eso en un sueño se me tornaba en pesadilla así solito.
-¡Abre la puerta!
-¡No!¡Ándate!
-Esto va así, la abres o te la abro a patadas.
-¡Ándate!
En realidad estaba mintiendo, con nada iba a bajar aquella puerta de madera maciza. Supuse que respondería mi madre si le mandara una de esas. Así que le di una buena patada a ver si caía en que le iba a echar abajo la puerta y funcionó. Todavía no entiendo por qué mi señor suegro no lo intentó pero bueno. Cuando le iba a embocar la segunda patada a la puerta, que le dolía menos que a mí, abrió despacito la puerta. Casi le pateo la puerta en plena cara, lindo me iba a ir si le rompía la nariz a la nena.
Apareció ahí con el pelo todo revuelto, la cara inflamada, roja. Los ojos acuosos hinchados apenas entreabiertos y lo que se vislumbraba del cuarto era casi la negrura total. Había bajado del todo las persianas y estaba ahí encerrada a oscuras y a medio vestir. Cuando la vi así se me fue todo el ímpetu que traía y me empecé a preocupar en serio. ¿Le habría pasado algo? ¿Le hicieron alguna cosa? Quizá yo estuviera equivocado y las cosas no fueran lo que parecían. Me asusté y el corazón se me hizo chiquito de pensar que podrían haberle hecho cualquier cosa por ahí.