Bosques de Etruria, 245 a.c.
La muerte se convirtió en la primera presencia en la corta vida de Mantus. Caminó con él. Le tuteló con su suave mano. Y le cuidó en la oscuridad.
La muerte… en el cuchillo que cercenó la vida de su madre. En los ojos de un padre desconocido al mirar el rostro de Mantus cubierto de la sangre del parto. En la boca de la matrona al limpiar los restos de placenta de la piel del bebe. En los brazos del esclavo asustado que le abandonó en el hueco de aquella sima profunda en la tierra de Etruria. En el cuerpo de la loba que le sacó de allí.
La muerte fue la sombra del bebe. Y del niño que se hizo hombre.
Reflejaba en los ojos de Mantus con cada día que pasaba. En su lucha para sobrevivir en la manada de lobos.
Su madre Loba, como la loba de Romulo y Remo, Luperca, le mostró la senda. Le amamantó y le cuido como si fuera su propio cachorro nacido de su vientre.
Pero él era diferente.
Él no tenia pelo que lo cubriese sino una piel suave. No tenia hocico, ni colmillos para arrancar la carne de cruda de los huesos de las presas que cazaban. No tenia poderosas patas para andar cientos y cientos de distancia para encontrar alimento.
Pero aprendió.
Aprendió a ser un lobo sin serlo. Aprendió que la muerte era una amiga, a sobrevivir en ese mundo donde lo animal primaba.
Los músculos se desarrollaron. La piel se curtió. Pies y manos se perfeccionaron hasta alcanzar la capacidad de devorar extensiones de tierra en su búsqueda de comida.
Crecía como un lobo. Se alimentaba como uno. Peleaba como tal.
Se arrastraba por el suelo para acechar a las presas. Bebía de los ríos y arroyuelos cuando tenía sed. Comía carne cruda, bayas, frutas, peces.
Sus ojos desplegaron una capacidad letal y una visión periférica asesina. Sus aptitudes y capacidades para convertirse en un arma mortífera evolucionaron a pasos agigantados, como si esa vida fuera para él. Como si hubiera nacido para ello.
Era un lobo con piel humana. Un salvaje animal devorado por un ansia estremecedora de matar. Y eso hacia peligrar la estabilidad de la manada. Él no pertenecía a ese lugar, aunque luchó para quedarse.
Luchó con dientes, con uñas, con cada elevación de músculo. La sangre fluyendo de las heridas infringidas por los dientes del Lobo Alfa. El sudor corriendo por la piel desnuda. Esa noche fue otra muerte para él. Un desgarró .de la carne, como amputar una parte de si mismo. Hasta ahora lo único que había conocido. Su existencia como lobo.
Mantus no entendió en ese momento el porque. El porque de otro rechazo mas. En ese mundo no había lugar para él. Pero su destino no era estar allí. Entre los lobos. Como uno de ellos.
Luperca, su madre, se lo dijo con los ojos. Esos ojos negro sangre. Con el golpe del hocico húmedo. No eres uno de nosotros… hijo mío.
Una ultima mirada en la noche y la manada desapareció en el bosque. Mantus, herido de muerte, cayó al suelo rodeado de un charco de sangre. Su sangre, como humano. La sangre del Alfa, como lobo.
Y allí esperó de nuevo a los estertores que lo llevarían a un nuevo lugar. Un lugar donde él pudiera existir en paz. Un rincón donde lamerse las heridas.
Pero las Llanuras Eliseanas no le acogieron, ni esa, ni ninguna noche siguiente.