Autor Tema: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo  (Leído 1070 veces)

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Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« on: Septiembre 19, 2010, 05:44:46 pm »
Disculpad cualquier fallo que pudiera tener, ya que a fin de cumplir y subirlo hoy hemos tenido que saltarnos la corrección.


George N. Lippert
James Potter y la Cúpula de los Destinos.
3º James Potter


PRÓLOGO


Magia, pensó el Senador Charles "Chuck" Filmore. No puedo creer que tenga que rebajarme a esto. Se asomó por la puerta de cristal abierta del edificio y sonrió triunfadoramente a las cámaras posicionadas al otro lado de Chambers Street. La vía pública normalmente atestada estaba acordonada en los extremos, bloqueada por barricadas naranjas y oficiales de la policía de la ciudad de Nueva York, todos los cuales parecían aburridos y hoscos con sus gorras oscuras y los brazos a los lados. Tras las barricadas, se habían reunido multitudes estridentes, saludando y sonriendo a las cámaras. Esa era una de las cosa que Filmore amaba y odiaba a la vez de esta ciudad; no importaba que hora del día fuera, siempre había una fiesta al aire libre lista para estallar a la más ligera provocación, completada por vendedores de camisas, pancartas, y turistas asombrados, con aspecto de peces de acuario que de repente se encontraran en la Gran Barrera de Arrecifes. Filmore saludó a derecha e izquierda, mostrando sus dientes recién blanqueados en una enorme y practicada sonrisa. Los flashes destellearon y titilaron y el populacho animó. En realidad no le animaban a él, por supuesto, y él lo sabía. Estaban animando porque su cara estaba actualmente en la pantalla del Jumbo-tron. No había importado si la cara hubiera pertenecido a un maniquí de Bloomingdales. Esa era otra característica de las multitudes de Nueva York: no discriminaban para nada las cosas que aplaudían, siempre y cuando hubiera una buena oportunidad de que fueran vistos en la televisión haciéndolo.
La cara en el Jumbo-tron cambió. Ahora pertenecía al mago mago zalamero, Michael Byrne. Iba vestido con una camisa negra abierta en la garganta, su lustroso cabello negro le pendía lacio alrededor de la cara, enmarcando su sonrisa atractiva. Byrne no sonrió, por supuesto, como había hecho Filmore. Parecía traviesamente astuto, sus ojos se movían adelante y atrás, como si ni siquiera fuera consciente de la cámara que tenía que estar (Filmore lo sabía por experiencia) a menos de cincuenta centímetros de su cara. Byrne una un showman nato, y era extremadamente persuasivo, incluso cuando no decía una palabra. Eso era en parte lo que le había convertido en un mago tan exitoso sobre el escenario. La multitud quería creer en sus trucos. De hecho, si no hubiera sido por los contagiosos encantos de Byrne, insinceros como obviamente eran, Filmore no podría haber accedido a formar parte de semejante hazaña.
-Hablemos claro por un momento -había dicho Byrne el día en que se habían conocido por primera vez en la oficina de Filmore-. Es usted una de las estrellas en alza en el mundo político, al menos en Nueva York. Todo el mundo lo sabe, ¿verdad? No muchos otros políticos tiene la clase de reconocimiento que tiene usted. Antiguo quarterback de los Jets, carrera en la marina, felizmente casado con una prominente actriz de Broadway. Está listo para emprender el ascenso justo hasta a cima de la lucha en el barro de Washington. Sólo necesita un pequeño empujón; un pequeño impulso que le dispare hasta el ojo de los medios.
A Filmore le había disgustado el hombre casi desde el principio, pero en ese punto, Byrne había estado hablando de un lenguaje que él entendía muy bien, aunque no lo aprobara. Filmore desearía haber podido construirse un nombre puramente por su historial político y su atención a las necesidades de sus electores... a pesar de lo que mucha gente pensaba, era un hombre astuto. Se le daban bien los programas de entrevistas y los shows del domingo por la mañana, parcialmente a causa de su propio encanto de mandíbula cuadrada, pero también porque, al contrario que muchos otros senadores que podría mencionar (pero no lo hacía), realmente entendía el tema que se estaba discutiendo. A pesar de ello, sin embargo, Byrne tenía razón. Los votantes americanos no siempre votaban por los mejores candidatos. De hecho, como bien sabía Filmore, la mayoría tendía a emitir su voto basándose en la apariencia y en dichos ingenisos tanto como en las aptitudes y registros electorales. No servía de nada quejarse de ello, aunque lo encontrara ocasionalmente deprimente. La única elección práctica era reconocer la realidad del mundo político actual, y utilizarla en su beneficio lo mejor que pudiera.
-Usted y el edificio Chrysler -había dicho Byrne, sonriendo y extendiendo las manos-. Dos monolitos de la ciudad de Nueva York, juntos al mismo tiempo. Si funciona... y funcionará... la gente conocerá su nombre de costa a costa. El mío también, por supuesto, pero eso es lo de menos.
-Está proponiendo hacer desaparecer el edificio Chrysler -había replicado Filmore, recostándose en su silla y mirando sobre la ciudad nublada a través de la ventana de su oficina-. Conmigo dentro.
Byrne se encogió de hombros.
-¿Qué mejor forma de cimentar las carreras de ambos al mismo tiempo, Senador? Loa dos sabemos que, hoy en día, el negocio del espectáculo y el político están son en realidad solo dos caras de la misma moneda. Además, será divertido.
Filmore lanzó una mirada de reojo a Byrne.
-¿Cómo lo hará?
Byrne suspiró lángidamente.
-Es magia -respondió-. Lo cual significa que es o sorprendentemente simple o abrumadoramente complejo. Ninguna respuesta resulta satisfactoria para el espectador. ¿Entonces qué dice, Senador?
Filmore se habría mostrado de acuerdo, claro está, si bien un poco a regañadientes. Si hubiera requerido algo más que una escala nocturna temporal en el vestíbulo del rascacielos de acero, probablemente no lo hubiera hecho.
Mirando alrededor a través de las puertas desde su ventajosa posición, empezó a tener la sensación de que el truco iba, de hecho, a ser de la variedad "abrumadoramente complejo". Había enormes espejos sobre gradas giratorias, por ejemplo, situados justo fuera de la vista de las multitudes contenidas por las barricadas. Un monstruoso andamio, de casi treinta pisos de alto, había sido erigido delante del edificio. Estaba equipado con una cortina tamaño rascacielos que podría subirse y bajarse a la orden de Byrne, dando a su equipo tiempo para accionar cualquiera que fuera el complicado mecanismo que iba a hacer falta para crear la ilusión. Mirando hacia la plataforma de observación oficial, a media manzana de distancia, Filmore se hizo idea de cómo iba a efectuarse propablemente el truco. No lo entendía del todo, pero entendía lo suficiente para saber que el truco entero dependía de incontables detalles diminutos, desde focos y ediciones de cámaras hasta psicología de masas y el ángulo de la puesta de sol. A su propio modo, Byrne era muy inteligente, aunque, como el hombre había sugerido, ver algo de la complicada puesta en escena tras el telón de semejante truco definitivamente tendía a reducir la apreciación que uno tenía de él.
Ahora que estaba oficialmente fuera de cámara, Filmore se giró y cruzó el vestíbulo desierto, entrando por una puerta lateral que había junto al mostrador de seguridad. Allí, encontró una pequeña habitación dominada por dos máquinas de soda, una gran sofá de cuero y una televisión de plasma. En la pantalla, una pasada remota de las cámaras externas mostraba lo que el resto del mundo iba a ver.
El guardaespaldas de Filmore, John Deckham, un antiguo compañero jugador de futbol con la cabeza perfectamente calva, estaba sentado en el sofá, observando los actos en la enorme pantalla de plasma con mediano interés.
-Tenías buena pinta -comentó Deckham, asintiendo hacia la televisión-. Hicieron un primer plano de ti saludando. Muy "hombre del pueblo".
Filmore suspiró mientras se sentaba en el extremo opuesto del sofá.
-Parece una payasada. Odio las payasadas.
-Las payasadas hacen girar el mundo. -Deckham se encogió de hombros, alzó una bolsa de pistachos y vertió un puñado.
Filmore se colocó para ver el evento. En la pantalla, Michael Byrne alzó los brazos mientras la cámara enfocaba dramáticamente hacia él, enmarcándole contra la puesta de sol mientras esta se reflejaba en las ventanas de espejo de la ciudad.
-Y ahora -anunció Byrne, su voz estaba amplificada sobre la multitud, resonando grandiosamente-. Me habéis visto escapar de la prisión de Alcatraz. Habéis presenciado mi triunfo sobre el Sepulcro Egipcio de Doom. Habéis observado como desvanecía a un elefante vivo, y luego un avión de línea, y finalmente un tren de carga en movimiento. Ahora, por primera vez, efectuaré la mayor hazaña de ilusión jamás intentada. No solo desvaneceré uno de los más grandes iconos de la ciudad de Nueva York, el legendario Edificio Chrysler, de sus mismo cimientos. ¡Lo haré mientras está ocupado por vuestro senador, un icono en sí mismo, el honorable y respetado Charles Hyde Filmore!
En la pantalla, la multitud ovacionó otra vez. Filmore pudo oir el eco de sus gritos emanando del vestíbulo de abajo. Byrne sonrió triunfante a la cámara, extendiendo los brazos, con las palmas hacia arriba, regocijándose en medio de la luz del sol moribunda. Cuando la multitud comenzó a callarse otra vez, bancos de focos giraron para colocarse en su lugar, iluminando la parte delantera del edificio como si fuera una enorme joya. Byrne alzó los brazos, todavía con las palmas arriba, y luego los dejó caer. En ese preciso instante, cientos de metros de tela roja se desplegaron desde el andamio que había frente al edificio. Se vertió como agua, reluciendo grandiosamente ante los focos, y finalmente golpeó la calle con un ruido audible. Desde la perspectiva de las cámaras de televisión, al igual que desde la de los espectadores de la plataforma de observación, la cortina ocultaba completamente el edificio. De pie con la silueta contra la tela roja ondeante, Byrne bajó la cabeza. Parecía estar profundamente concentrado. La multitud esperaba conteniendo el aliento.
Al final del sofá, Deckhan escarbó en su bolsa de pistachos.
-Entonces, ¿cómo va a hacerlo? -preguntó-. ¿Te lo ha dicho?
-No -replicó Filmore-. Secreto profesional y todo eso. Sólo sé que se supone que tenemos que esperar un minuto o así mientras él convence a todos de que el edificio ha desaparecido. Cuando se acabe, el edificio reaparecerá y yo volveré a salir a la puerta delantera, saludando como un idiota. Gracias y buenas noches.
-¿Somos los únicos en todo el edificio?
Filmore asintió con la cabeza, sonriendo pesaroso.
-Ese Byrne es un genio. Lo arregló para que el Departamento de Salud Pública evacuara el edificio, afirmando que sólo podía asegurar la seguridad de una persona... la mía... cuando el edificio cruzara a la dimensión desconocida.
-No es cierto -rió Deckham, triturando pistachos.
Filmore asintió de nuevo. En la pantalla de la televisión, Byrne todavía estaba de pie con la cabeza agachada, los brazos colgando a sus costados como si alguien le hubiera apagado. Comenzó un retoble de tambor. Lentamente, Byrne comenzó a alzar de nuevo los brazos, y mientras lo hacía, daba la espalda a la pared de tela roja reluciente. El redoble se incrementó, convirtiéndose en un crescendo casi insoportable. Ahora Byrne estaba completamente de espaldas a la cortina, con los brazos alzados y la cabeza baja, el cabello le oscurecía la cara, y él todavía continuaba quieto.
De repente, el edificio alrededor de Filmore se estremeció violentamente. Llovió polvo del techo y la corriente parpadeó, chasqueó, y murió. Filmore se sentó erguido, alarmado.
-¿Qué fue...? -empezó, pero se detuvo cuando un zumbido intenso en los intestinos del edificio cobró vida. Las luces vacilaron de nuevo y la pantalla de la televisión parpadeó hasta volver a mostrar movimiento.
Deckham parecía cauteloso.
-¿Se supone que eso ha pasado?
-Yo... eso creo -respondió Filmore lentamente, asintiendo hacia el televisor-. Mira.
Aparentemente, la escena de fuera no había cambiado. Byrne todavía mantenía los brazos en alto y la cabeza gacha. Finalmente, de forma teatral, dejó caer los brazos y alzó la cabeza, arrojando hacia atrás el cabello negro. Estallaron ráfagas de chispas blancas en el aire y la cortina roja cayó, arremolinándose y ondulando en su caída. Más allá sólo había espacio vacío, puntualizado por el cruce de los rayos de docenas de focos. El gran edificio resplandeciente desde luego parecía haber desaparecido. La multitud estalló en un frenético aplauso y una banda en vivo atacó una fanfarria tumultuosa.
-No está mal -comentó Deckham, relajándose un poco-. Parece bastante real.
-Psse -replicó Filmore, entrecerrando la vista hacia la pantalla-. Está demasiado oscuro. Deberías poder ver los edificio de atrás. Los focos están distrayendo a todo el mundo.
-Supongo que eres demasiado cínico para la magia, Chuck. Mejor te quedas en la política, ¿eh? -El hombretón se puso en pie, haciendo una bola con la bolsa de pistachos entre sus enormes manos-. Voy a hacer una visita a la sala de hombres antes de marcharnos.
-Claro -masculló Filmore, todavía observando la pantalla. Deckham se sacudió unas cuantas cáscaras de pistacho de los pantalones y desapareció a través de la puerta del baño en una esquina de la pequeña habitación.
Fuera, Byrne había ordenado que la cortina fuera alzada una vez más. Lentamente, fue levantada, ocultando una vez más la misteriosa vista oscura y el barrido de focos. La pantalla de televisión mostró una panorámica de los observadores de la plataforma principal, mostrando su absorta admiración, los ojos abiertos de par en par y las bocas abiertas. Filmore imaginó que se habían visto forzados a practicar esa expresión durante los ensayos. Tal vez Deckham tuviera razón: tal vez simplemente fuera demasiado cínico para la magia. Ah, bueno, pensó, peores cosas se han dicho de la gente.
Al otro lado de la habitación, la puerta del vestíbulo se abrió lentamente cuando una brisa la atravesó. Filmore frunció el ceño. La brisa olía a algo vagamente inusual, aunque no podía identificarlo del todo. Era un olor fresco, salvaje y carnal.
-Y ahora -anunció grandiosamente la voz televisada de Michael Byrne-, el testigo de la consecución del hecho de esta noche. Damas y caballeros, déjenme presentarles a su Edificio Chrysler, y su senador, Charles Hyde Filmore! -Alzó las manos una vez más, de cara a la cortina esta vez. Sonó otro redoble, incluso más alto esta vez.
-Aprisa, Dekcham -dijo Filmore, poniéndose en pie-. La gorda está a punto de cantar.
Otra vibración sacudió el edificio, haciendo que las luces parpadearan una vez más. En algún lugar lejaro y muy arriba, algo se rompió. Filmore miró nervioso alrededor.
En la pantalla, Byrne dejó que sus dedos temblara en el extremos de sus brazos abiertos. El tambor siguió con el redoble, cortando la tensión como un cuchillo. Finalmente, con una floritura grandiosa, Byrne se lanzó hacia delante de rodillas, bajando los brazos como si él mismo estuviera tirando de la enorme cortina para destapar la escena. La cortina cayó, desatada de su correa esta vez, y vagó de lado con la brisa. Se amontonó en la calle de forma desordenada, levantando una nube de polvo y grava.
Detrás no había nada.
Filmore parpadeó hacia la pantalla, con los ojos muy abiertos. Algo había ido mal. No era sólo que el edificio Chrysler siguiera desaparecido, era la misteriosa negrura que había llenado el espacio. Se podían ver los edificios distantes más allá del polvo levantado, sus ventanas reluciendo amarillas en la semioscuridad de la noche creciente. Byrne no se había movido. Permanecía en primer plano de la escena televisiva, de rodillas, con la cabeza alzada hacia la inesperada visión. Un silencio extraño llenaba la calle alrededor.
-¡Ha desaparecido! -chilló de repente una voz lejana. La vista de la cámara cambió, dedicando un primer plano a la calle Chambers. Acres de cortina roja suelta podían verse a la luz de los focos, cubriendo la calle como una manta. La cámara giró. Donde debería haber estado de pie el edificio Chrysler había un enorme agujero roto. Las tuberías y el cableado eléctico sobresalían de los lados del hueco, escupiendo agua y chispas-. ¡Ha desaparecido! -gritó de nuevo la voz-. ¡Desaparecido completamente, y también el senador!
La multitud respondió como una bestia. Un rugido bajo se alzó, confusión e incredulidad mezclado con pánico, y el rugido rápidamente se convirtió en una cacofonía. La vista giró, concentrada en la plataforma de observación. Hizo un zoom, centrándose en la figura de Michael Byrne. Él estaba todavía arrodillado, con la cara en blanco, completamente perplejo e incrédulo. Para Filmore, parecía virtualmente catatónico.
-¡Deckham! ¡Algo va mal! ¡Sal de ahí!
No hubo respuesta. Filmore cruzó hasta la puerta del baño y la abrió. Era una habitación muy pequeña, con sólo un inodoro y un lavabo. Estaba perfectamente vacía. Un par de zapatos descansaba en el suelo frente al inodoro, de cuero negro, todavía atados. Filmore se agachó hacia ellos, mudo.
Otro soplo de aire de fragancia salvaje atravesó la habitación, trayendo con él el rugido de la multitud. Filmore se giró, asomándose por la puerta que daba al vestíbulo. Ésta se cerró lentamente sobre su propio brazo neumático. El televisor todavía parpadeaba y trinaba, pero Filmore no reparaba ya en ello. Lenta y cautelosamente, cruzó el suelo.
El vestíbulo estaba mucho más brillante que antes, iluminado por una niebla extrañamente brillante que presionaba contra las puertas de cristal. Filmore rodeó el mostrador de seguridad y oyó un sonido húmedo. Bajó la vista y vio que había pisado un charco. Ondeaba alrededor de sus zapatos, siguiendo su curso alegremente sobre el suelo de mármol hacia los bancos de ascensores. El suelo entero estaba cubierto de agua. Reflejaba el brillo de las puertas, lanzando serpientes de luz reflactada hacia los techos altos. Filmore se sentía como si estuviera en un sueño. Lentamente, se abrió paso hacia las puertas principales. Tal vez, pensó, esto sólo fuera parte del truco. Tal vez Byrne simplemente era mejor showman de lo que había creído. La vista más allá de las puertas de cristal era consistentemente blanca, moviéndose fantasmalmente, casi como niebla. Filmore saltó de repente cuando un golpe de viento sacudió las puertas, empujándolas hacia dentro con la presión suficiente para que las atravesara más de ese aire de olor exótico. La brisa ondeó sobre Filmone colándose a través de su cabello y agitando su corbata. El aire era húmedo y cálido.
Filmore extendió el brazo y tocó la puerta. Se preparó, cuadrando la mandíbula, y empujó.
La puerta se abrió con facilidad, admitiendo una explosión de brisa cálida y brumosa y un rugido pesado. Había pensado que el ruido era el rugido de la multitud de Nueva York, pero ahora sabía que había sido un error. Ninguna colección de voces humanas podía hacer ese sonido. Era ensordecedor y consistente, enorme como el cielo. Filmore salió hacia ese sonido, esforzándose por ver a través de la blancura cegadora.
El viento se levantó de nuevo, repentino y húmedo, y empujó lejos la niebla, dispersándola lo suficiente como para que Filmore pudiera vez finalmente la fuente del sonido. Inclinó la cabeza hacia atrás, más y más alto, con los ojos saltones hacia la bizarra e inexplicable enormidad de lo que estaba presenciando.
Rodeando el edificio, abarcando los tres lados, había una pared de agua estruendosa, tan alta y tan amplia que parecía empequeñecer la brillante torre de acero. Era una cascada de tales proporciones que desafiaba la lógica. Filmore se encontró estupefacto, casi incapaz de moverse, aun cuando le humedecía con su neblina palpitante y  dura. De algún modo, imposiblemente, el edificio Chrysler había sido transportado, se había desvanecido, hasta una localización completamente fantástica.
Filmore se sacudió, rompiendo su parálisis, y se dio la vuelta, volviendo a mirar al edificio que había tras él. Se erguía totalmente intacto, inclinándose ligeramente, sobre un saliente de roca en medio de un río extremadamente tropical. Sus ventanas goteaban agua, reflejando la montaña alrededor y sus selvas exhuberantes y salvajes.
-Saludos, senador -gritó una voz, sorprendiendo a Filmore tanto que giró sobre sus talones y casi se cae-. Siento lo de su guardaespaldas, pero el trato era una única persona. Podría estar en cualquier parte, pero déjeme tranquilizarle, no está aquí.
-¡Qué...! -tartamudeó Filmore débilmente. Abrió y cerró la boca varias veces, vacilante ante la figura mientras esta se aproximaba a través de la niebla, caminando con garbo. Parecía ser un hombre, vestido todo de negro. Una capa aleteaba alrededor de sus hombros y su cara estaba cubierta con una máscara rara y metálica. Mientras la figura se aproximaba, Filmore vio varias formas más vestidas de forma similar saliendo de la niebla palpitante, manteniendo las distancias pero vigilándole cuidadosamente.
-Disculpe la omisión, Senador -gritó la figura oscura, deteniéndose de repente. Su voz cargaba el dejo educado de un acento británico. Parecía estar sonriendo-. Entiendo que hay tradiciones que cumplir. Esto es, despues de todo, un truco de amgia. -El hombre cerró una mano sobre su boca enmascarada, se aclaró la garganta, y luego extendió ambos brazos con un gesto grandilocuente que pareció abarcar todo el edificio Chrysler, la cascada rugiente, e incluso al propio Charles Filmore.
-¡Ta-daa! -gritó, claro como el cristal entre el sonido rugiente. Y luego rió, y rió, y rió.
*****

A una gran distancia de allí y algunas semanas después, un cocinero de comida rápida golpeó una campanilla con la palma de una mano y soltó con un golpe sordo un plato humeante sobre el mostrador.
-Número tres, corto de cebolla, extra mayonesa, cógelo mientras aún está caliente -gritó sin mirar.
Una camarera con vestido de rayón sucio se sopló molesta el cabello de la cara.
-No te mees en los pantalones. Lo cogeré en un segundo. -Se giró de vuelta hacia la pareja con sobrepeso apretujada en el reservado de la ventana. Se inclinaban sobre los menús sobados como si fueran exámenes finales. El hombre levantó la vista hacia la camarera, con los ojos nadando en un enorme par de gafas de montura negra.
-¿El atun es una ración consistente o en uno de esos cuencos elegantes.?
-Elegantes... -la camarera parpadeó. Se mofó de buen humor-. No sabe donde está, ¿verdad?
-Estamos en Bridgned, ¿no? -dijo de repente la mujer con sobrepeso, mirando a la camarera y luego preocupada a su marido-. ¿No? Te dije que debíamos tomar la autopista. Nos hemos perdido, ¿verdad?
-No, quiero decir... -empezó la camarera, pero el hombre la interrumpió, sacando un gran mapa plegado del bolsillo de su pechera.
-Bridgent -dijo enfáticamente, desplegando el mapa y apuñalándolo con un dedo regordete-. Aquí, ¿ves? Viste la señal cuando dejamos la última rotonda.
-He visto un montón de señales hoy, Herbert -dijo la mujer de mal humor, poniéndose derecha remilgadamente en la cabina roja.
-Miren -dijo la camarera, bajando su libreta de comandas-, si necesitan algunos minutos más...
La campana del mostrador sonó otra vez, más alto esta vez. La camarera miró hacia atrás, con su genio llameando, pero otra camarera pasó tras ella y le tocó el hombro.
-Lo cojo yo, Trish -, dijo la camarera más joven (y decididamente más guapa)-. Mesa tres, ¿verdad?
Trish exhaló y frunció el ceño hacia la ventanilla de pedidos.
-Gracias, Judy. Te lo juro, uno de esos días...
-Lo sé, lo sé. -Judy sonrió, cruzó el estrecho pasillo y saludó con una mano para indicar que lo había oído un centenar de veces antes.
Judy arrancó un hoja de su libreta y la pinchó en uno de los clips del carrusel del cocinero. Con un movimiento hábil, recogió el plato y lo llevó a una mesa de la esquina junto a la puerta.
-Aquí tiene, querido -dijo, deslizando el plato sobre la mesa delante de un hombre de mediana edad con el cabello negro y fino-. Que lo disfrute.
-Muchas gracias -replicó el hombre, sonriendo y desenrrollando su servilleta de forma que sus cubiertos repiquetearon sobre la mesa-. Vaya, si creyera podía servirme cada día alguien como usted, puede que nunca me marchara de aquí.
-Que adulador -respondió Judy, ladeando la cadera-. ¿No es de por aquí, entonces?
El hombre sacudió la cabeza con irrisión.
-No es probable. soy de costa arriba, Cardiff. Sólo estoy de paso.
-¿De veras? -dijo Judy, sonriendo enigmáticamente-. Yo tengo familia por ahí, aunque apenas la visito. ¿Me pregunto si conocerá a alguno de ellos?
La sonrisa del hombre se volvió condescendiente.
-Cardiff es un lugar grande, querida. A menos que tu padre sea el alcalde, parece improbable que pudiera conocerles, pero adelante.
Judy se inclinó hacia el hombre y se colocó una mano sobre la boca, como si estuviera a punto de compartir con él un secreto.
-Potter -dijo-. James Potter. Es joven... no un niño, pero tampoco un hombre aún.
El hombre entrecerró los ojos en una parodia de pensamiento profundo, como si relamente quisiera decir que sí, solo para mantener a la guapa camarera charlando con él, pero no pudiera obligarse a hacerlo. Dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza.
-Lo siento, no puedo decir que le conozca. Francamente, ya no me cruzo con muchos chicos, ahora que mis propios hijos son ya adultos. El más joven acaba de marchar al servicio miliar, ya sabe...
La camarera asintió con la cabeza, enderezándose.
-Hágamelo saber si necesita que le vuelva a llenar eso, ¿vale?
Sonrió de nuevo, una sonrisa algo más plástica que la que le había dedicado unos momentos antes, y luego se dio la vuelta.
Trish, la camarera más vieja, estaba de pie junto a la caja registradora contando sus propinas del día. Sin levantar la mirada, dijo-: ¿Qué te pasa con ese crío, Potter? Llevas preguntando por él desde tu primer día aquí, ¿hace cuanto, tres semanas?. Por cierto, no creo que tenga ningún parentesco contigo. ¿Qué pasa? ¿Se metió con tu hermanito o algo? ¿Sus padres te deben dinero?
Judy rió.
-Nada de eso. Es sólo... un amigo de un amigo. Alguien con quien perdí el contacto y a quien quiero volver a encontrar. No es nada. Una especie de hobby, en realidad.
Trish se rio secamente. Cerró de golpe el cajón de la registradora y se metió un delgado rollo de billetes en el delantal.
-Vaya hobby. He visto tu pequeño apartamento, ¿recuerdas? Si quieres un hobby, tal vez deberías probar la decoración. Ese lugar está tan desnudo como la alacena de la Vieja Madre Hubbard. Ni siquiera tienes una cama. Espeluznante, en mi opinión.
Judy no estaba escuchando a Trish. Sus ojos se habían fijado en el ventanal de delante, sin expresión y sin parpadear, transfigurada.
-¿Qué pasa, Judy? -preguntó Trish, levantando la mirada-. Parece que alguien acabara de pasar sobre tu...
Judy alzó una mano, con la palma hacia fuera, indicando a la mujer mayor que se quedara callada. Trish se quedó callada.
Judy miraba a través del ventanal, entre las caras de la pareja con sobrepeso que todavía discutía sobre el mapa, más allá del la acera estrecha y la farola, al otro lado de la calle, hacia un hombrecillo que avanzaba lentamente por un callejón, golpeando ligeramente el suelo con un bastón retorcido mientras lo hacía. Los ojos de Judy se entrecerradon ligera y enigmáticamente.
Tras ella, el cocinero golpeó ruidosamente la campanilla otra vez. Un plato traqueteó sobre el mostrador. Ni Trish ni Judy se movieron.
-Número seis -gritó el cocinero, mirando a las dos mujeres a través de la pequeña ventanilla de entregas, sus mejillas estaban rojas y sudorosas-. Salchicha y puré, sin escabeche... -siguió, gritando a voz en cuello, pero su voz se cortó bruscamente cuando Judy volvió a alzar la mano, gesticulando vagamente hacia él. Él la miró fijamente, sin moverse, como congelado en el lugar.
Judy salió de detrás del mostrador, caminando con un paso veloz y decidido que era completamente impropio de su movimientos anteriores.
-Creo que ya estamos listos para pedir -dijo la mujer con sobrepeso, sonriendo esperanzada hacia ella. Se quedó conelada cuando Judy la pasó. La campanilla tintineó sobre la puerta cuando esta se abrió completamente por su propia cuenta, tan veloz que succionó una ráfaga de aire a través del comedor, haciendo volar los menús de las mesas y sacudiendo las hojas de pedidos del carusel del cocinero. Nadie de dentro pareció notarlo. El hombre de mediana edad de cabello negro y fino estaba sentado con el tenedor alzado hacia la boca, inmóvil como una estatua.
Judy se internó a zancadas en la brumosa luz del sol y comenzó a cruzar la calle. Sonó una bocina y unos frenos chillaron cuando un camión se echó sobre ella, dando un bandazo sobre un charco profundo, pero el conido se cortó de golpe cuando Judy alzó la mano. Unos dedos de hielo surgieron del charco y abrazaron el camión tan firmemente que lo detuvieron en el acto. El camión emitió con chillido de metal retorcido y la cabeza del conductor golpeó el parabrisas, destrozándolo como si fuera un brillante explosión de estrellas. Judy todavía no apartaba los ojos del hombrecillo del bastón. Él hombre se giró hacia el ruido del camión misteriosamente detenido, con los ojos penetrantes y cautelosos. Vio aproximarse a Judy. Su expresión no cambió, pero cuando se giró, lo hizo con una postura muy mejorada. Empezó a correr callejón abajo, aferrando el bastón a su costado. Judy sonrió feliz y saltó la cuneta, siguiendo al hombre hasta el callejón.
Él se metió en una calle estrecha, sin mirar atrás, pero Judy era asombrosamente rápida. Todavía sonreía, y era una sonrisa hermosa, llena de deleite y de una espece de admiración incipiente.
-¡Déjame! -gritó el hombre, todavía corriendo. Se lanzó por una pequeña escalera hacia la puerta decrépita de un apartamento y comenzó a meter a tiendas una llave en la cerradura-. ¡Déjame, no he hecho nada malo!
Judy alcanzó la parte baja de los escalones justo cuando el hombre daba con la llave de la casa, abrió la puerta de un tirón y se metía dentro, todavía aferrando el bastón al costado.
-Por favor, espera -dijo Judy, alzando la mano, pero el hombre no miró atrás. Ni se detuvo en el acto como todos los demás. Cerró la puerta de golpe y Judy oyó cerrarse el cerrojo. Su sonrisa de estrechó, afilándose en los bordes, convirtiéndose en una mueca dura. Alzó la mano una vez más, cerrando el dedo índice bajo el pulgar, y apuntando a la puerta. Parecía como si pretendiera lanzar con un golpecito al aire una mota de polvo. Soltó el golpe. La pesada puerta de madera explotó hacia dentro con una reververación, hecha pedazos. Se destrozó en una docena de pedazos, todos los cuales salieron volando hacia arriba por la escalera de más allá. El hombrecito esta todavía a mitad de los escalones, encorvado y aferrando la barandilla, temiendo moverse.
-No hice nada malo -lloró con una voz aguda y trémula, todavía sin mirar atrás-. ¿Qué he hecho? ¿Qué quieres? ¿Por qué no puedes dejarme en paz?
Judy se adelantó y comenzó a subir lentamente las escaleras. Los trozos de puerta se hacían a un lado mientras se acercaba a él.
-¿Quién crees que soy? -preguntó, su voz sonaba a la vez complacida y divertida.
-Bueno, está claro, ¿no? -dijo el hombre, temblando. Finalmente miró atrás hacia ella sobre el hombro derecho, todavía aferrando su bastón-. Eres del Ministerio. Averiguaste lo de mi bastón. No es una varita auténtica, no en realidad. La ordené especialmente a través de correos, pero eso ya no es ilegal ¿verdad? Quiero decir, apenas funciona. Eso no viola mi libertad condicional. No tienes que enviarme de vuelta.
-Tú... -dijo Judy, todavía subiendo lentamente la escalera, sonriendo maravillada-. Tú... eres un mago. Una persona mágica, ¿verdad?
El hombre miró pasmado hacia ella sobre su hombro, dándole la espalda a medias.
-¿Qué quieres decir? ¿Ahora vás a burlarte de mí? ¿Me lo restriesgas por la cara, que ahora tengo que seguir adelante y vivir como los condenados muggles? Todo por un pequeño robo. Cumplí mi condena en Azkaban, de cabo a rabo. Si mantengo la nariz limpia otros ocho meses, recuperaré mi varita. ¿Por qué vas a asustarme hasta matarme y burlarte luego sobre lo de ser mago.. ?
El hombre se detuvo cuando vio la verdad en la cara de la mujer. No se estaba burlando de él. Casi le había alcanzado ya. Los dos estaban de pie entre las sombras de la escalera. Ella estaba dos escalones más abajo y aún así sus ojos estaban al mismo nivel. La mirada acuosa del hombre se abrió de par en par y comprendió que esto se debía a que ella flotaba a varios centímetros del suelo, todavía sonriéndole en la oscuridad.
-Ya veo -dijo ella, sacudiendo la cabeza con asombro-. Una sociedad enteramente mágica, viviendo en secreto. Qué interesante absurdo. Dios, cuantas cosas han cambiado. Y aún así ahora tiene sentido. No me sorprende... pero qué buena suerte que le haya visto, amigo mío, y haya reconocido la extraña naturaleza de este bastón suyo. ¿Cuál, si puedo preguntar, es su nombre?
El hombre todavía estaba temblando, tanto que sus dientes castañetearon cuando respondió-. B...b... Blagwell -tartamudeó-. Harvey Blagwell.
-Un nombre desafortunado. -La mujer frunció el ceño-. Dígame, señor Blagwell, me pregunto si podría ayudarme. Ando buscando a alquien. He preguntado a mucha gente y ninguno de ellos me ha sido de ninguna ayuda, aunque ahora entiendo por qué. Tengo la esperanza de que resulte usted ser diferente.
Blagwell sacudió la cabeza, con los ojos saltones. La mujer se inclinó hacia él, flotando más alto en el aire para cubrirle con su sombra.
-¿Alguna vez ha oído hablar de alguien llamado... James Potter?
Blagwell la miró fijamente, con los labios temblando. Dejó escapar una especie de tos, y luego una risa ronca y ahogada.
-¿P... Potter? -dijo, sacudiendo la cabeza como si se burlara de él-. ¿Estás... bromeando, verdad?
La sonrisa de Judy creció. Se estiró más allá de sus límites normales de belleza, convirtiéndose primero en una sonrisa abierta y luego en un rictus lunático y sin humor.
-Cuéntame más -suspiró.
-¿Qué... qué quieres saber? -exclamó Blagwell, echándose hacia atrás, languideciendo bajo la fuerza de su mirada-. Todo el mundo los conoce. S... s... son tremendamente famosos, ¿no?
-Ella está allí -respondió la mujer con una voz extrañamente cantarina, su cara ahora perdida en las sombras-. Lo sentí en el recuerdo de sus pensamientos. No fue mucho, pero fue todo lo que necesité. Fue allí, buscando refugio tras su prueba en el lago. No pude seguirla, su rastro se perdió, pero permanecieron dos palabras, impresas en el éter donde una vez se alzó el árbol, dos palabras que sabía me llevaríán hasta ella: James Potter. Cuéntame donde puedo encontrarle. Dime, y todo el mundo volverá a ser feliz. Tal vez incluso tú, mi desafortunado amigo.
-¿Quién eres? -gimió Blagwell, aterrado.
La voz de ella surgió de la oscuridad, a la vez incitadora y enloquecida. Todavía estaba sonriendo.
-Llámame Judith -dijo-, llámame la Dama del Lago.

*****

Cinco minutos después, la mujer volvió a salir por la puerta rota, sonriendo para sí misma, satisfecha. Finalmente había averiguado lo que necesitaba sabir. Le había llevado casi dos meses, dos largos meses de vagar y preguntar, alquilando pisos vacíos sólo para evitar las sospechas de los que la rodeaban. Ahora, por supuesto, todo tenía perfecto sentido. Esta era una época absurda y extraña, una época donde el mundo mágico se ocultaba en secreto, desconocido para los dull no-mágicos. ahora entendía por qué había sido llamada a esta época, como había vuelto a tomar forma, y quién lo había hecho. Entendía lo que se pretendía que hiciera. Iba a ser una tarea difícil, pero la disfrutaría. La disfrutaría inmensamente.
Cruzó la acera y encontro en enorme charco de agua cerca de la cuneta. estaba cubierto de una fina pátina de aceite que reflejaba un arcoiris. Se vio a sí misma reflejada en el agua fangosa, vio su propia sonrisa. Era desde luego una sonrisa hermosa, que inspiraba a la gente, que hacía que quisieran ayudarla. No sorprendía que el gran hechicero una vez hubiera caído ante ella. Judith lo recordaba vagamente aunque no era su recuerdo, no en realidad. Estaba adherido a esta forma, a la forma humana que había asumido, como una nota pegada al escote de un vestido. Ella no era la Judith que el hechicero había conocido y amado una vez, y aún así ocupaba una versión de la figura de esa Judith, mirando por los ojos de esa mujer, sonriendo con su hermosa sonrisa. Ciertamente el hechicero había caído en esta sonrisa, y casi lo había perdido todo siguiéndola.
La verdad es que todavía podría perderlo.
Judith se apoyó en una rodilla, todavía bajando la mirada al charco. finalmente tenía lo que necesitaba.
Una cosa tan común, en realidad, y aún así tan difícil de encontrar, al menos en esta época envuelta en la noche. Sostuvo la mano sobre la charca, formando un puño. Una daga surgió del puño, con el mango incrustado de joyas, la hoja negra y húmeda. Permitió que algo rojo goteara de la punta manchada del cuchillo. Golpeó la superficie del charco, formando ondas y haciendo que la pátina aceitosa comenzara a girar, para formar figuras nebulosas. Una magia tan elemental, pensó, y aún así tan rara. Ella la entendía instintivamente, por supuesto. Después de todo, así era como había llegado a ser quien era.
-Múestrame -dijo al charco-. Muéstrame donde están. El chico, James; su hermano, Albus, la serpiente; su madre Ginny, la antorcha. Múestrame donde están para que pueda buscarles, y encontrarla.
La sangre de Blagwell se diluyó a través de la charca y la pátina aceitosa se profundizó e intensificó, formando una imagen. La Dama del Lago se inclinó más cerca, ansiosa y complacida, observando como la imagen se solidificaba. Bosques, un lago, y luego un castillo, enorme y de crecimiento descontrolado, con puas formadas por torretas y torres, y ventanas que brillaban intensamente. La imagen se nubló, zumbó, se enfocó, mostrándole lo que necesitaba saber.
Ahora todo estaba claro. Judtih conocía su tarea y adónde debía ir. Pronto, este mundo despertaría, terrible e irreversiblemente, y a eso seguiría el caos. Judith adoraba el caos. Lo respiraba como si fuera aire. Lo ansiaba, incluso ahora.
Se enderezó, alizando el rayón descolorido de su vestido de camarera, y comenzó a caminar. Pronto se cambiaría, vistiéndose con ropas que se asemejaran más con su estatus. Entretanto, se sentía complacida. Su misión había comenzado. Encontraría a la chica, y luego simplemente observaría.
La chica era su destino... su hermana y su hija, su némesis y su aliada. Estaban entrelazadas, intrincada y permanentemente. Lo quisiera o no, la chica ayudaría a Judith. La llecha la llevaría exactamente a donde tenía que ir.
Judith limpió la daga, su derecho de nacimiento, ausentemente en el vestido. Comenzó a canturrear.


jano1701

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #1 on: Septiembre 19, 2010, 07:40:47 pm »
muuuuuchas gracias, leyendo.

a ver como sigue.

thurston

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #2 on: Septiembre 19, 2010, 09:50:44 pm »
Gracias Cris y demás personas que trabajan detrás de este proyecto.

Saludos!
« Última Modificación: Septiembre 19, 2010, 09:56:18 pm por thurston »

0-ideas

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #3 on: Septiembre 20, 2010, 07:22:58 pm »
Gracias!!!!!  :emot018: :emot018:

walliams20

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #4 on: Octubre 23, 2010, 06:33:20 am »
Hey cris gracias por este adelanto... espero ansiosamente que terminen para poderlo leer... la verdad se merecen un premio por el excelente trabajo que estan haciendo por los fans de los potter XD... por fa cuando terminen de traducirlo avisen donde se puede descargar... es que soy nuevo en este sitio y no se de donde se puede conseguir... Una vez mas gracias por el aporte... espero para leerlo completo...

daropao

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #5 on: Noviembre 18, 2010, 11:06:21 am »
Gracias, Cris!!! ...pero tenemos una mala noticia.
Geo ha parado la escritura de JP4 indefinidamente por querer centrarse en la otra saga paralela de Ruins of Camelot con la que tiene menos problemas de derechos de autor.

 :emot003: :emot019:

Pjmen

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #6 on: Enero 09, 2011, 04:03:51 am »
Muchas gracias por el esfuerzo.... Que sus meritos le acompañen siempre  :)

Genne

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #7 on: Enero 25, 2011, 11:17:04 pm »
 :emot017: Gracias!!!!! he estado haciendo tiempo, por las malas lenguas de que jp4 tardara en salir. Pero, ya no puedo esperar mas!! Sin mas, empezare a leer ahora!! emot027 emot027 emot027 emot027

daropao

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #8 on: Abril 05, 2012, 08:44:59 am »
 :emot020: :emot020: :emot020: :emot020:
Buenas noticias en esta nuestra comunidad ... Geo informa en el facebook de James Potter series que ha reiniciado el curso de JP4 .... Al fin!!!
¿Rescatamos el proyecto de JP3?

fzmarce09

  • Visitante
Re: Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #9 on: Diciembre 19, 2012, 11:50:23 pm »
Hola!!!!!!!! Alguna novedad de la traduccion del 3er libro de james potter????Geo esta bastante avanzado ya en la escritura del 4to y dijo que probablemente luego de navidad o a mas tardar en enero lo tendria terminado...en su pagina ya tiene subidas 47 paginas de este nuevo libro(el 4to) sera que el 3ro tambien esta a punto de ser terminada su traduccion???ojala sea asi...  aqui las 47 paginas de JP4 (the morrigan web)  http://www.jamespotterseries.com/chapters/JPMW_incomplete.pdf

lauraubia

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Re:Lo prometido es deuda, comenzamos con James Potter 3. Prólogo
« Respuesta #10 on: Marzo 15, 2013, 05:46:29 pm »
Hola, por fin me animo y voy a empezarlos, pero ¿no son más que tres?.
Un saludo.