Autor Tema: El universo Potter. 3 Historias Navideñas de George Norman Lippert. PRIMERA  (Leído 878 veces)

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Historias cortas ofrecidas por el autor George Norman Lippert en su página web sobre James Potter. El escritor las ha cedido gratuitamente a los lectores de internet, habiéndonos concedido permiso para traducirlas al español.
Esta es la primera de 3, esperamos que os guste.


La primera Navidad de Harry


Un cuento de Navidad de los Merodeadores

De G. Norman Lippert
Dedicado a Tom Grey y suportstacie.net

Traducido por
LLL








—Tienes que admitir —decía el hombre joven, levantando el mentón con gesto de aprobación y mirando hacia la atestada calle—, que la ciudad luce estupenda al final de año.
—Puedes admitir todo lo que quieras —resopló la mujer de cabellos color caoba que había junto a él, pasando sobre un charco aceitoso del sendero—. Y aún así no será verdad. Prefiero indudablemente una Navidad en las colinas aledañas de Berkshire. Nunca me acostumbraré a los hombres de nieve de espuma de poliestireno empalados en las antenas de los taxis.
—Las luces son bonitas —comentó el hombre, impasible—. Y la sensacion de ajetreo y bullicio. Es como si estuviésemos en el polo norte y todos alrededor fueran elfos de papá Noel.
—He conocido a bastantes elfos como para saber que eso tampoco sería muy festivo, James —Se caló el sombrero de lana hasta la altura de las cejas y se estremeció—. ¿Y cómo puede hacer tanto frío sin estar nevando?
El hombre sonrió y la empujó juguetonamente con la cadera,
—Anímate, Lil. Es la primera vez en meses que estamos fuera de casa solos. Puede que no sea un paseo en trineo encantado por un maravilloso campo nevado, pero aún así es Navidad. Y alguien a quien conozco definitivamente va a adorar lo que hay dentro de esta bolsa —Levantó una bolsita blanca con las palabras Shugarwhim’s, Callejón Diagon, impresas en letra rojo oscuro. La mujer sonrió algo testarudamente y le arrebató la bolsa de las manos.
—Es demasiado perqueño para saber lo que son los pijamas de fútbol. Todo lo que sabe es que mantienen sus piececitos calientes por las noches.
—No estaba hablando de él —respondió calmadamente el hombre, James, poniendo los brazos alrededor de la mujer, Lily, abrigándola mientras caminaban. Ella soltó un pequeño suspiro y se acomodó a su lado.
—Lo adoro, sin importar lo que lleve puesto. Pero el verde realzará sus ojos, ¿no crees?
James puso los ojos en blanco teatralmente.
—Eso pensé las tres veces que preguntaste allá en la tienda. Todavía no he cambiado de opinión, pero podría pensarmelo mejor si lo preguntas una vez más.
—No te hará daño ser indulgente conmigo, al menos mientras tengamos solamente uno. Espera a que tengamos la casa llena.
—¿Como aquella familia de allá en la esquina de saldos de Shugarwhim? —respondió James con picardía—. Ni siquiera bromees con esa clase cosas. Jamás vi tanto cabello rojo en toda mi vida. Y estoy bastante segudo de que uno de esos “encantadores chiquillos” intentó colar a hurtadillas una bomba fétida de Zonko en el bolsillo de mi abrigo. El pequeño bromista no podía tener más de ocho años.
—Oh, ¿pero viste los gemelos? De veras que sería encantador, ¿no crees?
—Ahora de verdad me estás tomando el pelo. Practiquemos con un bebé un tiempo, y luego pensaremos en un equipo de fútbol, ¿de acuerdo?
Lily no respondió. Simplemente permitió que la pequeña bolsa se balanceara en su costado mientras caminaba, con ojos pensativos.
James le echó un vistazo de reojo.
—No seguirás preocupada, ¿verdad? —preguntó con voz baja.
Lily sacudió la cabeza ligeramente, no exactamente en negación, y se encogió de hombros. Suspiró superficialmente y dijo:
—¿Cómo no estarlo?
James inspiró profundamente mientras se detenían en una ajetreada intersección. Un autobús cubierto de mugre pasó retumbando, dejando atrás un penacho de humo. James se giró para mirar a su esposa.
—Ya oíste al director, Lil. Incluso si esa profecía fuera real, estamos perfectamente a salvo. Como dijo, si es necesario, podemos esconder la casa, escoger un Guardián Secreto y desaparecer hasta que pase el peligro. Si no puedes confiar en que el viejo Dumbledore sepa de qué está hablando, entonces…
Lily miró directamente a los ojos de James, buscándolos, con una ceja muy ligeramente arqueada. Después de un momento, desvió la mirada.
—Vamos —dijo, tirándolo de él por la mano y bajando a la cuneta.
Cruzaron la calle y caminaron en silencio un rato. La multitud muggle se movía alrededor de ellos como un río alrededor de una roca; tensos y ceñudos, cargando paquetes y llamando taxis. Lily levantó la vista hacia las ventanas de los apartamentos por encima de la abarrotada calle. Conocía esta área relativamente bien, a pesar de su profesado desagrado por la ciudad. Una de sus mejores amigas de escuela, Anastacia Troika, vivía ahora en una residencia de tres pisos sin ascensor al otro lado de la calle. Lily escaneó la construcción y encontró con facilidad la ventana del apartamento de Stacia; luces coloridas parpadeaban detrás de las cortinas de encaje. Cualquier transeunte muggle habrían asumido que eran luces de la tele, pero Lily estaba mejor informada. A Stacia le gustaba decorar su árbol de Navidad con pájaros carpinteros rusos vivos, sus diminutas alas intermitentes iluminaban el árbol mientras hacían sus pequeños nidos impecables en las ramas. Lily la había ayudado a erguir un árbol igual a ese en el dormitorio de las chicas Gryffindor durante su tercer año, hasta que Dumbledore había sugerido que las coloridas alas parpadeantes y el tintineante canto de los pájaros estaba probando ser bastante fastidioso para las chicas que intentaban dormir allí cerca. Lily siempre había sospechado que había sido Christiana Corsica quien había protestado a Dumbledore, y no solamente por que los pájaros la mantuvieran despierta de noche. Christiana era simplemente asquerosa y engreída, y tendía a detestar todo lo que podría considerarse más bonito que ella misma. Ésta, al menos, era la sólida convicción de Lily, no es que fuere un hecho comprobado. Aunque parecía raro, Christiana vivía ahora en un ático en la esquina próxima, junto con su repugnante hermano mellizo, Chrystophan. Ninguno de ellos trabajaba, hasta donde sabía la red de antiguos amigos de escuela de Lily, pero la familia Corsica era acaudalada, y todo el mundo asumía que el ático había sido proporcionado a los gemelos por su solitario padre.
Mientas caminaba junto a James, Lily se preguntó cuántas otras ventanas de allí arriba pertenecían a familias mágicas, o cuántas de aquellas tiendas a lo largo de la ocupada calle eran secretamente administradas por magos y brujas. El callejón Diagon y sus alrededores secretos eran bastante extensos, y ahora Lily sabía que muchas de aquellas tiendas, que estaban técnicamente fuera del distrito mágico oculto, también tenían salones secretos en las trastiendas y oficinas de arriba, dando servicios de comida a los millares de colegas mágicos que viajaban por aquella área cada día; “la escorrentía del callejón Diagon”, como su padre siempre lo había llamado cariñosamente. Algunas de las tiendas mágicas no vendían más que utillaje de cocina mágico barato y chucherías, como el espantoso reloj cucú que James había comprado el año anterior, pero algunas comerciaban con servicios mucho más sombríos. Sin motivo alguno, Lily pensó de nuevo en los Corsica y su misterioso ático. ¿Sería posible que estuviesen, de hecho, involucrados en algún tipo de negocio, utilizando su casa convenientemente ubicada como lugar de reuniones? Lily sacudió la cabeza, sonriendo un tanto socarronamente. Sólo por que no te gusta, pensó para sí misma, eso no te da excusas para imaginártela encabezando alguna especie de oscura conspiración.
Decidió no mencionar nada a James acerca de sus cavilaciones. Él había odiado rotundamente al hermano Hufflepuff de Christiana, Chrystophan, y probablemente el pobre mentecato sería condenado mentalmente y sentenciado a Azkaban incluso antes de que llegaran a la puerta principal de su casa en el Valle de Godric.
Cuando los dos se acercaban a la esquina próxima, un papá Noel bastante flaco y de apariencia desdichada tocaba una campanilla y ensalzando ante cualquiera que pudiese oír los impresionantes saldos que tenían en la tienda que había a su espalda. Mientras James y Lily pasaban a su lado, James la cogió por el codo y tiró de ella fuertemente para que rodeara la esquina, dirigiéndose hacia una calle lateral estrecha.
—¿Adónde vamos? —preguntó Lily, frunciendo las cejas hacia su esposo.
—No quiero alarmarte, cariño, sólo caminemos un poco más de prisa y mantengamos los ojos bien abiertos.
—¿De qué rayos estás hablando?
—No estoy muy seguro, pero llevo acechando lo suficiente como para reconocer el acecho. Creo que alguien nos está siguiendo.
Lily contuvo el aliento, pero James habló antes de que ella pudiese dar voz a su miedo.
—No te preocupes, Lil, sea lo que sea, no son más viejos que nosotros, y no hay nadie mejor rastreando a la gente que Canuto y yo. Reparé en él cuando nos detuvimos  en aquella esquina hace una manzana. Se giró y miró fijamente al escaparate de una zapatería como si estuviera intentando contar las botas.
—Entonces deberíamos desaparecernos de vuelta a casa —susurró Lily, con un deje de urgencia—. ¿Por qué le estamos conduciendo a una calle oscura?
—Por que —respondió James tranquilamente, mirando de soslayo sus reflejos en el escaparate de una tienda—, quiero ver quién es.
—James, ¡no! —susurró Lily, mirándolo reprobadoramente—. ¡Eso es una insensatez!
—Quédate detrás de mí —dijo James, y Lily se molestó al comprender que su marido se estaba divirtiendo. Se giró otra vez, de repente, tirando de Lily hasta un callejón muy estrecho sin salida. Al instante, la empujó a un lado, subiendo una serie de escalones hasta una entrada oscura. Permaneció de pie delante ella, con la varita sobresaliendo súbitamente de su mano. Le daba vueltas hábilmente entre sus dedos… un truco que él y Sirius habían practicado durante casi todo el quinto año escolar, creyendo que eso los haría parecer osados, apuestos y pícaros. Lily puso los ojos en blanco.
Se oyó ruido de pasos la acera fuera del callejón y apareció una sombra. Un momento después, una forma rodeó la esquina a la carrera y entró en el callejón. La figura era delgada, envuelta en una larga capa negra. La caperuza había caído, revelando cabellos negros y una nariz aguileña. Lily reconoció la figura inmediatamente y tomó aliento para gritar, pero James fue más rápido. Éste bajó los escalones de un salto, bloqueando la entrada del callejón y alzando su varita.
—Levicorpus —ordenó, pero su voz se vio ahogada por la del recién llegado, que fue una fracción de segundo más rápido con su hechizo de desarme. Se produjo un destello y la varita de James saltó fuera de su mano, repiqueteante sobre una pila de latas viejas al fondo del callejón.
—En serio, Potter —el recién llegado arrastraba las palabras—, deberías intentar aprenderte algunos hechizos nuevos.
—¡Severus! –gritó Lily, pasando por delante de James, y colocándose entre los dos hombres—. ¿Qué haces?
—Probablemente no lo que estás pensando, Evans. Ese barco ya zarpó. Y, por lo tanto, no tengo necesidad de explicarme.
—Estabas siguiéndonos —declaró James, acercándose a su esposa—. No es exactamente la conducta que uno esperaría del próximo profesor de Pociones de Hogwarts.
—Y andar desprotegidos por ajetreadas calles urbanas no es exactamente lo que uno podría esperar de dos personas que fueron alertadas sobre un posible ataque.
James entrecerró la mirada.
—¿Cómo sabes tú eso?
Snape suspiró dramáticamente.
—Para ser un Gryffindor, eres un hombre excepcionalmente desconfiado, Potter. Por cierto, como nuevo profesor de Pociones, se me ha invitado a ciertas confidencias. Dejémoslo así.
Lily estudió los ojos de Snape.
—Pero, Severus, ¿por qué nos seguías?
La mirada de Severus se cruzó con la de Lily por un segundo y luego la apartó, bajando su varita. Pareció luchar consigo mismo por un momento, y después gesticuló hacia James, mirándole furiosamente.
—Por que, Evans, este hombre con te has asociado es tan arrogante e idiota como para pensar que nadie puede tocarlo. Él no puede protegerte. Y si no va a cumplir con tal tarea, alguien tendrá que hacerlo.
—Ya basta —dijo James tranquilamente—. Ya he oído suficiente. Vámonos, Lil.
—Severus —dijo Lily con serenidad, dando un paso para aproximarse a la negra figura—. ¿Cuanto sabes de esto? Sabes más de lo que estás dejando entrever, ¿no es así? Puedo verlo.
—Lil, no puedes confiar en él —dijo James, dándole un tirón por el codo—. Por lo que sabemos, está hundido hasta la cintura con nuestro enemigo.
Snape apartó la mirada de nuevo.
—Marchaos —dijo cáusticamente—. Cuanto más tiempo permanezcáis aquí, más peligroso resultará.
James se giró hacia Lily, encontrando su mirada.
—Espérame aquí. Ya vuelvo.
Ella asintió ligeramente, con las cejas fruncidas. James levantó la mirada hacia Snape, pero el hombre de cabello negro aún miraba hacia otro lado, rehusando cruzar la mirada con James. James sacudió la cabeza con disgusto y pasó con sigilo frente a él, dirigiéndose al montón de latas de la parte de atrás del callejón. Mientras buscaba su varita, pudo oír a Lily y a Severus conversar en voz baja. Snape era desde luego un estúpido arrastrado, pero a pesar de todo, James estaba seguro que era inofensivo. Maldijo mientras se inclinaba para buscar entre las latas oxidadas en medio de toda aquella basura. Finalmente la encontró acuñada en un rincón, encima de un mohoso periódico. La cogió y la limpió con sus vaqueros mientras caminaba de vuelta a la entrada del callejón. Se detuvo de repente y levantó la mirada, examinando los edificios de los alrededores. Lentamente, se giró y dirigió de nuevo su mirada hacia el final sin salida del callejón. Una sonrisa le marcó la cara.
—Sabía que este callejón me resultaba familiar —dijo para sí mismo. Tenía que contárselo a Sirius cuando volviera a casa. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella fatídica noche? ¿Cuatro, cinco años? Imposible. Probablemente Sirius probablemente se reiría y preguntaría si las marcas de su moto todavía eran visibles sobre el pavimento. Sin embargo a Remus no le parecería divertido. Era un tanto supersticioso; seguramente era parte de lo que él llamaba su “maldición”. Ser arrinconado en el mismo callejón por la policía muggle una vez, y otra por Quejicus, era el tipo de coincidencia cósmica que Remus hallaría “portentosa”. James decidió que se lo contaría de todos modos.
—Vamos, Lil —dijo, acercándose a ella y dando la espalda a Snape—. Los demás estarán esperando. La última vez que dejamos al bebé con Remus y Pettigrew, intentaron alimentarlo con un bol de puré de grageas de todos los sabores.
—James —dijo calmadamente, con los ojos todavía sobre Snape—. Severus no tiene dónde pasar Navidad.
James de detuvo y la miró.
—No puedes hablar en serio —masculló—. De veras que no.
—Pues sí, grandísimo tonto. Y sé que harás lo correcto.
James tomó un profundo aliento y miró sobre su hombro. Snape se había guardado la varita y alzado su caperuza de nuevo. Mientras James observaba, Snape pasó junto a él, dirigiéndose a la calle.
—Oye, Severus —le llamó James, esforzándose por mantener la voz uniforme—. Hmm, lamento haber intentar maldecirte. Tal vez realmente solo estuvieses sólo intentando ayudar. Tal vez me dejes retribuirte acompañándonos a la cena en nuestra casa esta noche, ¿eh? Lil ha preparado pato, y Sirius, Remus y Peter estarán allá. Será como en los viejos tiempos.
—Viejos tiempos —ridiculizó Snape, sin girarse del todo. Suspiró—. En verdad no sabes con quien te estás metiendo, ¿verdad? Me invitarías a tu casa, mostrándome dónde vives exactamente, a pesar de todo lo que te ha dicho el director. ¿Tengo razón?
—Bueno —respondió James, con el semblante ligeramente sombrío—, después de todo están intentando decirme que no eres de confianza.
—Intento decirte que nadie es de confianza, Potter. Ya no. Tienes a Dumbledore, y tienes a tu pandilla. Esperemos que hayas escogido bien a tus amigos, aunque tengo mis dudas. Pero debes entender que los que te buscan no se detendrán ante nada. No se lo pensarán dos veces antes de asesinar o torturar. Hasta que comprendas el auténtico peligro en el que estás, seguirás facilitándole las cosas a los que ansían destruirte. Éste puede ser tu último aviso.
—¿Cómo es que sabes tanto? —dijo James, entrecerrando los ojos y saliendo a la calle para encarar a Snape—. Dumbledore no dijo nada de asesinatos. Sólo nos habló de una profecía que podría causar que El-que-no-debe-ser-nombrado y sus despreciables partidarios muestren interés por nuestro hijo, y nos advirtió que vigilemos y estemos atentos. Dijo que nos avisaría si el peligro se volvía muy grave. ¿Por qué deberíamos creer en ti?
—¿De dónde crees que obtiene el director esas pequeñas informaciones, Potter? —siseó Snape de repente, moviéndose en dirección a James hasta que estuvieron prácticamente  nariz con nariz en la oscuridad—. Estos son tiempos terribles, tiempos que exigen los tipos de riesgos y sacrificios que una persona como tú nunca podría comprender. Algunos de nosotros estamos dispuestos a aventurarnos entre las sombras por el bien de ingratos como tú. Algunos de nosotros estamos dispuestos a aceptar responsabilidades que otros eluden. ¿Y por qué lo hacemos? Bien… —Snape balbuceó, mirando de reojo a Lily, que estaba observando con los ojos muy abiertos. Dio un paso atrás y les dio la espalda—. Ni siquiera importa. Lo que importa es que prestes atención a las advertencias que recibes, Potter. Lo que importa es que entiendas a lo que te estás enfrentando. Después de eso, tu destino está en tus manos.
James estudió al otro hombre, con los ojos aún entrecerrados. Finalmente, retrocedió y agarró a Lily por el codo.
—Feliz Navidad a ti también, Severus —dijo.
Un momento después, un ruidoso estallido resonó por toda la extensión del desierto callejón. Snape alzó la mirada y vio que James y Lily se había ido, desapareciendo de vuelta a casa. Descuidada y negligentemente, pero eso no le sorprendía. Sacudió la cabeza muy despacio, enojado y confundido por los sentimientos encontrados que guerreaban en su corazón. Se había arriesgado mucho al seguirlos, vigilando por ellos, pero no parecía poder evitarlos. Quizás era hora de tener otra conversación con el director. Aun no, pero pronto. No se lo contaría todo a Dumbledore; sólo lo suficiente para proteger a Lily. Dejaría que los mortífagos cogieran a James, pero no a Lily. Era arriesgado, pero Snape se estaba acostumbrando bastante a los riesgos. ¿Qué era lo peor que podía ocurrir? Si fuese descubierto, el Señor Tenebroso simplemente lo mataría. De algún modo, pensó Snape, aquello podría ser hasta un alivio.
Pensando en eso, se giró y comenzó a caminar de vuelta por la calle, sin dirigirse a ningún lugar en particular.


*****

Tampoco había nieve en el Valle de Godric.
Peter Pettigrew oyó sonar la alarma en la cocina y se sobresaltó, casi dejando caer el libro que había estado hojeando.
—Te toca a ti, Colagusano —dijo Remus—, yo lo regué la última vez. Mejor apresúrate antes que aquel maldito reloj suene otra vez y despierte al bebé.
—Ya voy —refunfuñó Pettigrew, levantándose y atravesando la sala. Había demasiado calor en la casa, especialmente en la cocina, y eso lo ponía de mal humor. Desde que había perfeccionado sus habilidades de animago, encontraba que la temperatura normal en las casas le parecía elevada. En su forma de rata, ansiaba pasadizos frescos entre las paredes, los rincones rancios de los sótanos, y escabullirse en áticos húmedos. Pettigrew jamás lo había admitido ante nadie, pero su personalidad de rata se había transferido a su forma humana. Algún día, pensó, se transformaría a rata y permanecería así para siempre. La vida era fácil como rata. Sin las competiciones y envidias del mundo humano. Solo dormir y comer, brincar y chillar.
En la cocina, abrió el horno y miró al gran y dorado pájaro. Para él, parecía estar listo, ¿pero el qué sabía? Intentó recordar lo que Lily había dicho antes de salir, pero había dicho tanto que había sido fácil no sintonizarla. ¿Supuestamente tenía que darle la vuelta al pájaro y cambiar al bebé, o era al revés?
Encima de la estufa, un reloj de cucú sonó de repente, emitiendo el sonido de alarma que había perturbado a Pettigrew cuando aún estaba en la sala. El cucú saltó hacia fuera por sus puertecillas, saliendo y entrando en el aire frente al rostro de Pettigrew. Las alas de madera se desplegaron y su cabeza se levantó abriendo el pico.
—Pato asado con salsa de naranja —canturreó el cucú—. Para que se cocine en veinte minutos. ¡Hora de regarlo! ¡Hora de regarlo! ¡A nadie le gustan las aves secas!
—¿Y qué hay de un pájaro cucú achicharrado al instante? —gruñó Pettigrew, sacando su varita.
El cucú inclinó el pico hacia Pettigrew.
—No hace falta que te enfurruñes—regañó el pájaro, y luego se retrajo de vuelta a la pequeña casa, cerrando las puertas antes de que Pettigrew pudiese responder.
Pettigrew regó el ave un poco fortuitamente, sin saber con exactitud cómo utilizar el extraño dispositivo tubular con la vulva de plástico al final. Maldita cocina muggle. James había prometido actualizar el lugar cuando él y Lily se mudaran, pero  estaba muy ocupado con el bebé y Lily y su agradable vidita aquí en medio de la nada. Pettigrew odiaba el campo. Él había crecido en Londres, y había adorado cada segundo. Y además de adulto era bastante prospero. No rico, por supuesto, al menos comparado con Sirius, pero al menos tenían una cocina mágica apropiada. Cerró la puerta del horno un tanto ruidosamente.
Remus gritó desde la sala.
—¿El pato está dando guerra ahí?
—Disculpa —gritó de vuelta Pettigrew rápidamente—. Se me resbaló. Tengo los dedos pringosos por esta cosa.
—Bueno, déjalo ya. Si despiertas al bebé, habrá pañales que cambiar.
—Muy bien, Remus.
Sólo en la cocina, Pettigrew se maldijo así mismo. Estaba bastante irritado estos días y nunca sabía por qué en realdiad. Remus, Sirius y James eran sus mejores amigos y cada vez más frecuentemente se encontraba prefiriendo hablarles con dureza en vez de reírse con ellos. No les hablaba en mal tono, por supuesto, pero eso sólo empeoraba las cosas. La lisonjera simpatía que oía en su propia voz le disgustaba. Cállate, Remus. Quería gritar. No me des órdenes. ¿Tú qué sabes? Sentado ahí tan santurrón y pagado de sí mismo. ¿Quién es el hombrelobo aquí? ¿Acaso yo? No, yo soy el que invirtió años en aprender como alcanzar mi forma animaga para seguirte cuando te transformaras, manteniéndote a salvo del mundo, y al mundo a salvo de ti. ¿Y así es como muestras tu agradecimiento? ¿Dándome órdenes como si fuera una especie de elfo doméstico mentalmente deficiente?
Pettigrew se movió hasta la ventana de la cocina, mirando a través de su propio reflejo hacia la luna de más allá de los largos y espigados árboles. Suspiró, calmándose a sí mismo. Por supuesto no era eso lo que Remus pensaba. Remus se había mostrado agradecido muchas veces. Todos ellos trataban a Pettigrew muy bien, la mayoría de las veces, ¿verdad? En la ventana, su reflejo asintió lentamente. Pero Pettigrew sabía la verdad. Ninguno de ellos lo admitiría, pero todos sabían que él era el patito feo del grupo. Nunca tenía tanta confianza y se mostraba tan despreocupado como ellos. Intentaba con todas sus fuerzas parecerse a ellos, enfrentar la vida como ellos, con la frente en alto, con aquel brillo en los ojos, sin mirar nunca atrás. Sin embargo, en el fondo de su corazón, Pettigrew sabía que lo que en ellos era bravura, era fingimiento en él. Que lo que en James, Sirius y Remus era nobleza, en él era cobardía. Y sabiendo esto, el mayor temor de Pettigrew era que los demás lo viesen algún día como lo que realmente era: una rata en forma humana, y no de ninguna otra manera.
Un semana antes, Sirius había llevado aparte a Pettigrew. Había estado pilotando esa ridícula motocicleta suya y ofrecido a Pettigrew una vuelta en ella, para que pudieran conversar en privado. Pettigrew tenía miedo a la moto, y el miedo le hacía odiarla. Había tartamudeado algo sobre que tenía que regresar a casa, y Sirius había ondeado la mano de ese modo descuidado y sin esfuerzo, como si el mundo entero pudiera saltar de su eje con apenas un mero gesto de su mano. Y quizás, había pensado Pettigrew celosamente, en el caso de Sirius incluso fuera cierto.
—James y Lily van a necesitar tarde o temprano un Guardián Secreto —había dicho Sirius tranquilamente, montando a horcajadas su moto y mirando a la avenida de enfrente—. Estoy pensando en quién podría ser mejor para este servicio, Colagusano. Y pensaba en sugerir que fueras tú. ¿Qué dices?
Pettigrew sabía que la mayoría de las personas se sentiría adulada con tal sugerencia. Era un gran honor, ¿no? Pero Pettigrew no se sentía honrado. Sentía rabia y vergüenza. Sirius no se lo estaba pidiendo por que fuera la persona más confiable u honorable. Aquello era una broma. Sirius le estaba sugiriendo a él, a Colagusano, por que todo el mundo sabía que era inofensivo. Otros podrían tener la fuerza o audacia o incluso la sangre fría para traicionar, pero Pettigrew no. Después de todo era una rata, lo cual en realdiad, cuando lo pensabas bien, era sólo un ratón realmente gordo. Pettigrew sería un buen Guardián Secreto, no por que era fuera el mejor hombre para el puesto, sino por que era el más débil y tímido de todos. Nunca traicionaría a los Potter por que, sencillamente, no tendría el valor para hacerlo.
La semana pasada había habido luna llena. Como de costumbre, los cuatro se habían transformado juntos y escabullido por el jardín de atrás en dirección al bosque contiguo: Remus, el lobo; James, el ciervo; Sirius, el perro; y siempre quedándose atrás, correteando apresurado para mantener el paso, como siempre pasaba, Pettigrew, la rata. Para cuando se habían adentrado en los brazos del bosque, Colagusano se había encontrado más atrás de lo habitual. Quizás los demás corrieran más rápido, sin que les importara mucho esperar a la rata, o quizás el propio Colagusano hubiese simplemente abandonado la cacería. Quizás... aunque si fuera cierto, el propio Colagusano apenas era consciente de ellos... sencillamente se había rezagado a propósito para ver si los demás notaban su ausencia. Si esa había sido su motivación, habría quedado gravemente decepcionado; con el pasar de los segundos, el sonido del trotar de sus amigos se había perdido totalmente en el denso coro de la noche.
Pero Colagusano no había sido completamente olvidado. De hecho, alguien lo había encontrado.
En la cocina, mirando fijamente a través de su propio reflejo, Pettigrew apenas podía recordarlos. A menudo sus recuerdos del tiempo que pasaba como rata eran vagos, pero este recuerdo en concreto parecía haber sido ofuscado a propósitov, o tal vez incluso parcialmente borrado. Circulaba por su cabeza como un enjambre de mosquitos, sin nunca apaciguarse. Había habido hombres allí, todos de negro, moviéndose secretamente a través del bosque, buscando algo. Un de ellos había descubierto a Colagusano, lo había reconocido por lo que era, y luego habían caído ávidamente sobre él. Colagusano había estado aterrorizado; estaba a punto de ser asesinado, y en su forma de rata. Pero entonces una de las figuras le había hablado suavemente, con dulzura y melosidad. Como rata, Colagusano tenía que concentrarse para capturar el significado de las palabras, pero las entendía lo suficiente para saber una cosa: aquel hombre era malvado, quizás con el peor tipo de perversidad imaginable. Y con todo, incitantemente, ese hombre parecía haber visto algo valioso en Colagusano.
—No te aprecián, ¿verdad? —musitó la sedosa voz hacia la rata—. Puedo verlo. Puedo sentirlo. Tus “amigos”, ellos captan tu verdadero potencial. Ah, pero yo sí. Te veo como eres realmente, amigo mío. Un mago como tú puede serme útil. Irás en mi busca, y yo te ayudaré a alcanzar grandes logros. Tú, amigo roedor, puedes probar ser mucho más importante de lo que ninguno de tus “amigos” jamás imaginó. Eso el lo que deseas, ¿verdad? Sí... sí… desde luego que lo deseas… más que nada… más que nada…
—Tortúralo —había sugerido una de las voces—. Haz que nos la muestre ahora, esta misma noche. Sabemos que viven en las cercanías.
—Te estás precipitando —reprendió la voz sedosa, sonriendo—. Tan ansioso, Lucius, y aún así tan burdo. Careces de sutileza. Éste puede sernos más útil de lo que piensas. Con él, observaremos… y esperaremos.
Las palabras perturbaron a Colagusano, como un picor en medio del cerebro. Le aterrorizaron, y temía que todavía así sería asesinado. Pero entonces, de repente, las figuras se desvanecieron, desapareciendo en volutas de humo negro, abandonando la búsqueda, convocados.
Pettigrew creía saber quienes habían sido aquellas figuras del bosque. Creía saber lo que habían estado buscando. Nunca iría en búsqueda de aquella horrible voz, por supuesto. Nunca. A pesar de todo, Pettigrew nunca haría… nunca podría… traicionar a sus amigos.
Pero Colagusano, por otro lado…
Justo en aquel momento la puerta de enfrente se abrió, dejando entrar una fría brisa en la pequeña casa de campo. Junto con ella, llegó la voz de Lily.
—Simplemente no se le comprende, James —decía—. Y quizás tenga razón sobre ti. Estás siendo notablemente suspicaz.
—¿A quién no se comprende? —dijo Remus, cerrando el libro y levantando la vista hacia ellos.
—Nos topamos con Quejicus allí en el callejón Diagon, os lo contaré todo cuando regrese Canuto. Quiero veros la cara a los dos al mismo tiempo cuando os cuente lo que dijo. Por cierto, ¿dónde es que está metido?
—Fue a dar una vuelta por los jardines de la calle —respondió Remus, poniendo los ojos en blanco—. No es que sea un lector asiduo, ya sabes. Comenzó a ponerse nervioso una hora después de que salierais, aunque probablemente regresará en cualquier momento.
—¿Qué hay de mi pato? —preguntó Lily, dirigiéndose a zancadas hacia la cocina y pasando junto a Pettigrew al salir.
—Pregúntale al cucú si quieres estar segura —respondió—, pero yo diría que podemos comérnoslo en cualquier momento.
—Uh, oh, alguien sabe que estáis en casa —dijo Remus, poniéndose de pie.
—Debe haber oído la puerta —dijo James, echando un vistazo a las escaleras estrecha en dirección al sonido del vigoroso llanto de un bebé.
—Iré a buscarle —anunció Lily, reapareciendo por la puerta de la cocina.
—Ah, no, de eso nada —dijo James, subiendo apresuradamente las escaleras—. Primero hay que cambiarlo, y eso significa que es la hora de papá. Tú vas a sacar ese pájaro del horno y luego será todo tuyo.
Remus sonrió.
—Eso es lo que llamo ser un buen papá.
—Oh, si fuéramos muggles, iría a cambiar pañales tanto como se sentaría a tragarse una ópera de principio a fin —dijo Lily, poniendo los ojos en blanco y sacando su varita—. Hagrid nos regaló uno de esos novedosos sistemas limpia pañales con forma de octogator, y los dos se carcajean como gaviotas cada vez que devuelve el pañal limpio y caliente por la boca.
—Suena divertido —comentó Pettigrew, despatarrándose en el sofá.
—¿Necesitas ayuda ahí? —gritó Remus, acercándose a la entrada de la cocina.
—Creo que puedo hacer levitar un pato del… ¡no, espera!
Se produjo el sonido de una puerta siendo cerrada de un portazo y el ruido de patas sobre azulejo. Remus salió del camino hábilmente cuando una figura negra pasó disparada junto él, irrumpiendo en la sala y subiendo los escalones, dejando tras de si un rastro de aire frío.
—¡Sirius! —gritó Lily furiosamente—. Casi me haces que deje caer… ¡y mira el desastre que has montado en el piso de mi cocina!
—Ya me encargo de eso —dijo Remus, ahogando una risita. Sacó su varita y se adentró en la cocina.
Pettigrew continuaba sentado en el sofá, escuchando los sonidos de la casa; Remus y Lily charlaban en la cocina, Sirius y James se reían allá arriba. Un minuto después, los hombres bajaron; Sirius adelante, vestido con pantalones negros y una ceñida camiseta negra con la palabra STYX inexplicablemente estampada en la parte anterior en letras blancas, y James le seguía con el bebé en brazos.
—Hablando de regalos —dijo Sirius—, dejé uno pequeñito en el jardín de tu vecina.
—¡Sirius! —reprendió de nuevo Lily desde la cocina.
—¿Qué? ¡Fue un gnomo de jardín! Por supuesto que no uno de verdad. Sólo una de esas pequeñas estatuillas. Creía que  le gustaban este tipo de cosas.
—Si continuas gastando este tipo de bromas, no permitiré que tengas ni una muda de ropa en mi casa—gritó Lily, sólo ligeramente apaciguada.
—Era un gnomo bien bonito, además—masculló Sirius, inclinándose hacia James—. Se lo compré a aquel mugriento sujeto del final de la calle.
—Limpito y feliz —dijo James, colocando al bebé en brazos de Pettigrew y lanzándose a una silla cercana. Pettigrew cogió al bebé torpemente e intentó sonreírle. En sus brazos patosos, el bebé se retorcía y le miraba fijamente. Muy La pequeña figura se succionaba los labios enfáticamente y se aferraba con fuerza del meñique de Pettigrew con su diminuto puño.
—Ah, allí está —arrulló Lily amorosamente, apareciendo por la puerta de la cocina mientras se secaba las manos en un trapo—. Aquí está mi pequeño Harry. ¿Tus tíos te han tratado bien?
—Tan bien como necesita un lindo bebé durmiente —dijo Remus, uniéndose a Lily y mirando hacia el fardo en los brazos de Pettigrew. Pettigrew levantó la mirada hasta ellos y sonrió tímidamente.
—Todos dicen que tiene los ojos de Lil —comentó James, sonriendo hacia su hijo—, pero el resto de su recio atractivo es puro Potter.
—No sé —dijo Sirius, sentándose en el sofá junto a Pettigrew e inclinándose sobre el bebé—. Está un poco soso. Necesita alguna cosita. Una marca de nacimiento, o un tatuaje, como su padrino Sirius. Algún rasgo característico.
—Ni se te ocurra —dijo Lily, arrebatando al bebé y meciéndolo cariñosamente—. Es perfecto, de los pies a la cabeza. ¿Verdad que sí? Sí, claro que lo eres. Mi perfecto pequeño Harry. Tienes hambre, ¿hmm?
Harry emitió un alegre chillido infantil y se estiró en brazos de su madre. Era demasiado joven para saberlo, pero estaba contento. Todo en el mundo marchaba bien. Todo a su alrededor eran rostros reconfortantes y sonidos amorosos. Era todo maravilloso y caliente en la casita de campo que era su mundo, y su barriguita estaba a punto de llenarse. El tiempo no significaba nada para un bebé tan pequeño, y aquello era bueno. Todo lo que importaba era aquel momento, y el momento mientras durara, antes de que el mundo cambiara una vez más, era perfecto. Hasta donde al bebé Harry le importaba, el momento podía durar para siempre.
Cuando Lily alimentaba a su hijo, mientras el pato se enfriaba sobre el fogón de la cocina, esperando, como era tradición a que Remus lo trinchara, se dejaba llevar por los recuerdos de esa noche. Desde luego era difícil no preocuparse. Por impensable que fuera, había personas allá afuera, lideradas por el horrible Señor Tenebroso, que aparentemente pretendía hacer daño a su pequeño bebé. Con la ayuda de la Orden, habían lanzado encantamientos desilusionadores sobre la casita de campo, pero éstos estaban lejos de ser perfectos. Tarde o temprano, tendrían que tomar medidas más drásticas, o Lily encontraría difícil conciliar el sueño por las noches. Por lo tanto, a pesar del desdén de James hacia el pobre e incomprendido Severus, ella se alegraba secretamente de que al parecer él les estuviese vigilando. Era un hombre confundido y desdichado, y Lily se sentía mal por todo lo que había (y no había) ocurrido entre ellos, pero confiaba en él. No importaba con qué o quién estuviera implicado… y Lily en verdad no quería conocer los detalles de tales implicaciones… sabía que él jamás permitiría que nada terrible le sucediera a ella o a su hijo.
—Si realmente te importo —había susurrado hacia él en el callejón, cuando James se había alejado a buscar su varita—, entonces recuerda esto.
Y ella había abierto la bolsa blanca y sacadoel diminuto pijama. Lo había alargado hacia Severus como si quisiera que él lo tocase. Él no lo había hecho.
—Recordarás que es esto lo que más me importa en el mundo —había susurrado ella, estudiando su cara y sus negros ojos—. Puedes odiar las elecciones que he hecho, pero no odiar lo que amo. Utiliza lo que sabes para protegerlo. No me debes nada, pero si alguna vez te importé de verdad, vuelca esa preocupación sobre él. Puede que él la necesite más de lo que yo lo hice nunca yo. Por favor, Severus.
Severus no había respondido, pero no tenía que hacerlo. Lily había puesto el pequeño pijama de vuelta en la bolsa cuando James regresaba, y Severus había observado con ojos inescrutables. Él no era perfecto, pero le importaba, aunque se odiara a si mismo porque así fuera.
Severus haría lo que pudiese. Puede que fuera un pequeño consuelo, pero por ahora, era lo suficiente.
El bebé Harry sonreía de alegría hacia su madre, feliz y contento. Era su primera Navidad, y era buena.
Afuera, silenciosa y perfectamente, la nieve empezó a caer.


FIN
« Última Modificación: Junio 06, 2010, 02:28:12 pm por crislibros »

sofiro

  • Visitante
Gracias cris, leer a este autor es un placer  :emot020:

daropao

  • Visitante
Re: El universo Potter. 3 Historias Navideñas de George Norman Lippert. PRIMERA
« Respuesta #2 on: Agosto 20, 2010, 03:41:15 pm »
gracias Cris por tu trabajo

Urintumin

  • Visitante
Re: El universo Potter. 3 Historias Navideñas de George Norman Lippert. PRIMERA
« Respuesta #3 on: Agosto 24, 2010, 04:14:44 am »
¿Cuándo demonios están listos los otros?

Pjmen

  • Visitante
Excelente. Muchas gracias.

Urintumin

  • Visitante
Pero, ¿dónde están los otros tres?

Genne

  • Visitante
 emot027 emot027 Genial, me encanto!!!! :emot018:

fzmarce09

  • Visitante
MUCHISIMAS GRACIAS!!!

Jazmin

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Gracias Cris,como siempre superior  emot035 emot035 emot024