Autor Tema: Los aeronautas, capítulo 50  (Leído 379 veces)

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Los aeronautas, capítulo 50
« on: Enero 03, 2021, 01:19:39 pm »
Capítulo 50 
Aguja Albion, Habble Landing, Túneles de ventilación
 
Alguien sacudió al Mayor Espira para despertarlo, y él parpadeó y abrió los ojos para encontrar a Ciriaco de pie junto a él, con el rostro curtido. 
-Señor. Esa mujer está aquí.
Espira gruñó y se levantó. No estaba seguro de cuánto había dormido, pero no era mucho, y había incluido sueños que esperaba no recordar. Se levantó de su catre, rígido por el frío suelo de piedraguja. 
-Será mejor que prepare a sus hombres -le dijo al sargento.
-Sí, señor -dijo Ciriaco, y se dispuso a hacerlo.
El brazo del hombre nacido guerrero, aunque todavía estaba muy quemado, ya no mostraba un ángulo incómodo, y cuando se alejó se balanceaba con naturalidad. Espira se encontró deseando por un momento que su propia familia hubiera tenido alguna gota de sangre de un nacido de guerrero. Si hubiera nacido como Ciriaco, su espalda no estaría tan maltrecha en este momento.
Por supuesto, si hubiera nacido como Ciriaco, tampoco sería mayor en los Marines auroranos.
Espira se puso la chaqueta, se enderezó y salió del pequeño pasillo lateral privado que ocupaba en su calidad de oficial al mando. Cuando apareció, los hombres ya se estaban levantando y recogiendo sus armas y equipo.
Cavendish y su monstruosa mascota estaban cerca, esperando. Había algo tenso y duro en los ojos de esa mujer. Sark tenía el mismo aspecto que siempre, pero Espira había trabajado con el nacido guerrero el tiempo suficiente para darse cuenta de que la ligera dilatación de las pupilas en los ojos torcidos de Sark significaba que estaba tenso y listo para la batalla.
Había esperado una alegre y arrogante confianza de Cavendish. Fuera cual fuera el asunto que había tratado con los albiones, no había ido precisamente a su gusto. Cualquier palanca que pensara que le habían proporcionado las rehenes no debía haber sido suficiente. Espira apretó los dientes por un instante y luego se obligó a relajar la mandíbula. Las vidas de las dos jóvenes valdrían poco menos que nada si Cavendish decidiera que no tenían ningún valor para ella, y aunque no tenía ningún motivo en particular para que no le gustaran las dos jóvenes y preferiría dejarlas atadas y en su lugar, para ser encontradas más tarde, él mismo cortaría el cuello a las damas en lugar de dejarlas en manos de Cavendish o Sark.
-Madame Cavendish -dijo Espira, inclinándose cortésmente.
-Mayor -dijo Cavendish-.  Creo que ha llegado el momento de actuar.
Espira arqueó una ceja. 
-¿Cree que deberíamos empezar tan pronto?
-Enviaré una señal a la Armada, mayor -dijo Cavendish, con un tono helado.
El milagro de una comunicación tan rápida estaba muy bien, pensó Espira, pero no haría que una aeronave se moviera más rápido si aún no estaba en posición. 
-¿Puedo preguntarle por qué cree que se requiere una acción precipitada, madame?
-Juzgué mal a un hombre -dijo Cavendish-.  El mismo comandante que derrotó a sus hombres en la fábrica Lancaster.
-¿Está aquí? -preguntó Espira-. ¿Y no consideró oportuno informarnos de ese hecho?
-Es uno de los desechos de la Flota con una tripulación de corsarios -dijo Cavendish-. No son soldados profesionales, y su número se ha reducido significativamente, pero pueden hacer mucho ruido antes de que sus hombres los aniquilen, y podrían mermar un poco sus fuerzas.
-¿Dónde están?
-A juzgar por la determinación del capitán Grimm, ya estarán de camino -respondió Cavendish-. Ataque los objetivos primarios y secundarios y dirígase al punto de extracción. Quiero que sus hombres hayan desaparecido para cuando lleguen.
-¿Y dejar atrás una gran fuerza móvil? -preguntó Espira.
-Yo me encargaré de ellos -dijo Cavendish-. No podrán perseguirle. ¿Dónde están las prisioneras?
Espira vaciló.
-Mayor -dijo Cavendish entre dientes.
-En el túnel que bloqueamos -dijo finalmente Espira. Asintió con la cabeza hacia el túnel adecuado-.  Ahí abajo. ¿Qué pretende hacer con ellas?
-Lo mismo que pretendo hacer con el resto de la alegre banda del Spirearch -dijo Cavendish, mirando hacia otro lado, sus ojos iluminados con una extraña emoción que Espira no pudo identificar-. Tome a sus hombres y váyase, mayor. Si valora sus vidas, ninguno de ellos estará en estos túneles dentro de cinco minutos.
Espira observó a la mujer con el ceño fruncido, pero ella no volvió a mirarlo. Luego asintió, volvió a inclinarse y se retiró.
Ciriaco se puso a caminar a su lado. El sargento canoso estudió a Sark durante un momento por encima del hombro herido y luego se volvió hacia Espira. 
-Partimos pronto.
-Sí. Envíe a los hombres como estaba planeado, inmediatamente. Sin la confusión de un ataque general a la Aguja, tendremos que movernos rápido. Dígales que dejen todo el equipo y los suministros del campamento aquí, a excepción de las provisiones. Solo armas.
Ciriaco frunció el ceño, pero asintió. 
-¿Y esas dos chicas?
Renaldo Espira había hecho muchas cosas desagradables y necesarias a lo largo de su carrera. Las órdenes de sus superiores generalmente le eran dadas con el objetivo de beneficiar de alguna manera a esos mismos superiores. No se hacía ilusiones sobre ello. Pero aun así, había en algún lugar dentro de él suficiente conciencia para al menos sentir vergüenza por ello.
Se sintió avergonzado de las siguientes palabras que le dijo al sargento.
-Están prácticamente muertas, y ya no son de nuestra incumbencia, sargento -dijo en voz baja.
Ciriaco miró hacia el pasillo donde estaban las prisioneras y apretó sus grandes manos en puños con un audible crujir de nudillos. Exhaló una vez.
-Señor -dijo-. El mundo podría ser un lugar mejor sin Sark y esa mujer en él.
-Crear un mundo mejor no es nuestra preocupación ni deber, sargento -dijo Espira sin acaloramiento-. A partir de este momento, todo lo que debe preocuparnos es lograr nuestros objetivos, sacar a tantos marines como sea posible de esta locura y regresar a la Aguja Aurora sanos y salvos. ¿Está claro?
Ciriaco emitió un gruñido profundo en su pecho. Pero sus manos se relajaron y asintió una vez. 
-Claro, señor. -Miró a Espira-. ¿Cree que podemos lograrlo?
-Por supuesto -respondió Espira con una confianza que no estaba del todo seguro de sentir-. Si cada uno recuerda su deber y su formación.
-Y no se pregunta por qué lo hacemos -dijo Ciriaco.
-Nuestro deber no es razonar por qué, sargento -dijo Espira-. Ordene al capitán de cada fuerza que se ponga en movimiento. Quiero que todos los hombres a mi mando salgan de estos túneles en tres minutos.

ronubeco

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  • ¿y aqui que se pone?
Re: Los aeronautas, capítulo 50
« Respuesta #1 on: Enero 04, 2021, 07:51:29 pm »
No me digas que el libro termina aquí.
Mi destino es no dejarme someter

crislibros

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Re: Los aeronautas, capítulo 50
« Respuesta #2 on: Enero 05, 2021, 12:01:55 am »
No, esta noche te pongo los 19 restantes, que son una montaña rusa.