Autor Tema: Los aeronautas, capítulo 49  (Leído 374 veces)

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Los aeronautas, capítulo 49
« on: Enero 03, 2021, 01:18:47 pm »
Capítulo 49 
Aguja Albion, astilleros Habble Landing, AMS Depredadora
 
Gwendolyn abrió los ojos y se arrepintió casi de inmediato.
Nunca había bebido vino u otras bebidas espirituosas en exceso, aunque había visto los efectos que producían en muchos de los hombres de armas de la Casa Lancaster después de varias celebraciones navideñas. Siempre había encontrado bastante divertidas sus muecas y sus rostros verdes.
Sospechaba que sentiría más simpatía por ellos en el futuro.
La luz no solo le hizo daño en los ojos, sino que la apuñaló como espadas viejas y oxidadas. Los latidos de su corazón enviaban pulsos de dolor a través de su cráneo y por su cuello como si fueran cables, y por su vida, hacía todo lo que podía para no rodar hacia un lado y simplemente comenzar a evacuar el contenido de su estómago.
Espera un momento. ¿Se había emborrachado? Lo último que recordaba era al viejo y loco eterealista cantando sádica y desafortunadamente la letra de una canción de aeronauta verdaderamente repugnante, y luego...
Luego... ¿una enorme criatura de la superficie? Aunque seguramente eso era un artificio del aluvión febril de pesadillas que había soportado durante no sabía cuánto tiempo. Quizás esto era simplemente una resaca. Si era así, tenía algunas notas de disculpa que escribir a Esterbrook y sus hombres.
Se encontró soltando un gemido y eso también le dolió, además de todo lo demás, sintió como si unos dedos de fuego de repente se le hubieran hundido en las costillas y la espalda. Puso una mano sobre el dolor y descubrió que se encontraba con algo un poco áspero y tenso. Tuvo que abrir los ojos para ver qué era. Vendajes debajo de una camisa bastante fina, su torso había sido enrollado con vendas hasta que estuvieron casi incómodamente apretadas.
Entonces había resultado herida. ¿Mientras bebía? Dios del cielo, por favor no. Benedict nunca dejaría de echárselo en cara.
Se llevó una mano a la cabeza adolorida y encontró más vendas allí, por el amor de Dios. Su cabeza latía en un tempo constante. ¿Una herida en la cabeza? Ah, entonces quizás no se había humillado después de todo. Quizás simplemente se le había revuelto el ingenio por un golpe de algún tipo.
Con eso resuelto, volvió los ojos hacia la habitación en la que se encontraba. Madera. Todo era madera, paredes, suelo y techo. Una pared estaba ligeramente curvada. Lo más probable es que estuviera a bordo de una aeronave, entonces, lo que haría de la pared un mamparo, del suelo una cubierta y el techo un... Bueno, no estaba segura de cómo se llamaban los techos en las aeronaves. Techos, supuso.
Había otro ocupante en la habitación, un hombre al que no conocía, por su vestimenta, uno de los marineros de abordo de la Depredadora. Iba armado con espada y guantelete, pero actualmente estaba sentado en su silla y roncaba pesadamente. Tenía bolsas debajo de los ojos. El pobre parecía completamente agotado y una de sus piernas estaba vendada. ¿Uno de los hombres heridos en el primer ataque aurorano, quizás? Un pobre compañero. Sin duda, estaba allí para protegerla y asegurarse de que no se levantaba de la cama sin hablar con algún tipo de médico, que de todos modos no estaba allí, así que no parecía tener ningún sentido despertarlo. Y además, apenas iba vestida.
Gwen se sentó lentamente. Por un momento su cabeza dio vueltas salvajemente, y luego se calmó de nuevo. Había una jarra y una taza en una mesa cercana que resultó contener agua. Bebió tres tazas, casi sin detenerse a respirar, y en unos momentos se sintió casi humana.
Gwen encontró su ropa en un montón cercano. Estaba manchada de... Dios mío, ¿qué era ese horrible color violáceo? Y olían a algo absolutamente asqueroso. Hizo una mueca de asco, la dejó toda a excepción del guantelete y comenzó a rebuscar silenciosamente en los armarios del camarote hasta que localizó una modesta colección de ropa de hombre en un baúl. Se puso una camisa y pantalones, descubrió que le colgaban como una pequeña tienda y pasó los siguientes minutos recogiéndose las mangas y perneras. Luego se puso el guantelete y se sintió algo mejor cuando la fría presencia del cristal de su arma reposó contra su palma.
Cuando terminó, se miró a sí misma y estuvo segura de que Madre estaría totalmente escandalizada. Serviría.
Gwen salió del camarote en silencio para buscar a su primo. Benedict también se burlaría de su atuendo, pero sabría lo que estaba pasando. Abrió la puerta y entró en la luz del atardecer envuelta en niebla. ¿Tarde? ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Sus últimos recuerdos se desvanecían alrededor de las ocho de la noche anterior, y encontraba ese enorme espacio en blanco en su mente desconcertante.
Más inquietante aún, la cubierta de la Depredadora estaba completamente vacía.
-¿Hola? -llamó Gwen.
No hubo respuesta.
Frunció el ceño y comenzó a caminar a lo largo del barco. Nadie en los mástiles. Nadie en la cantina ni en la cocina. No había nadie en ninguno de los camarotes de pasajeros y la puerta del camarote del capitán estaba cerrada.
Gwen se frotó los ojos con cansancio, y fue en ese momento que oyó la voz de un hombre gritando maldiciones viles, amortiguadas por las tablas de la cubierta. Gwen se acercó a la escotilla que llevaba debajo de la cubierta y las maldiciones se hicieron más claras y fuertes. Las siguió, y poco tiempo después se encontró en la sala de ingeniería, el corazón palpitante de la Depredadora, donde el aire temblaba con el zumbido constante de un cristal de núcleo de poder activo.
Por un segundo pensó que el suelo de la habitación estaba lleno de cadáveres, pero tras un momento vio que estaba cubierto de hombres exhaustos que simplemente se habían tendido en el suelo y se habían echado a dormir. Varios roncaban, aunque ese sonido se veía ahogado por la invectiva del único hombre que todavía estaba de pie.
Era fornido y calvo, y lucía un enorme bigote erizado. Su mono estaba manchado de sudor y grasa, y aunque no era particularmente alto, sus manos parecían lo bastante fuertes como para aplastar cristales entre sus dedos. Estaba agachado frente a uno de los hemisferios ajustable de barras de cobre rizadas conocido como jaula Haslett, y estaba trabajando ferozmente en un perno colocado de manera incómoda que aseguraba una de las barras en su lugar. El ángulo era malo para la llave inglesa, pero sus antebrazos parecidos a bolas no podían deslizarse a través de las barras de la jaula con mucha facilidad, y estaba teniendo problemas para colocar la herramienta en su posición.
Gwen pasó por encima de un hombre dormido y dijo:
-Disculpe, señor.
-¿Qué? -gruñó el calvo, sin levantar la vista de su tarea.
-Estoy buscando a sir Benedict Sorellin. Me preguntaba si lo habría visto.
El hombre gruñó. 
-¿Está aquí?
Gwen miró alrededor de la habitación, a los hombres dormidos. 
-Ah. Definitivamente no.
-Misma respuesta -gruñó el hombre. La llave resbaló cuando comenzó a aplicar presión, y terminó golpeando el marco con la mano-. ¡Maldita seas, joder! –gritó-. ¡Maldita ramera! ¡Serás mi muerte!
Gwen parpadeó varias veces. 
-¿Disculpe, señor? ¿Qué me acaba de decir?
-No estaba hablando contigo -gritó el hombre, enrojecienda toda su calva-. ¡Estaba hablando con la maldita nave!
Lanzó una mirada por encima del hombro y se quedó inmóvil, con la boca abierta por un momento. Luego frunció el ceño, se volvió hacia la jaula Haslett y comenzó a intentar meter el brazo dentro para coger la llave que había dejado caer. 
-Fantástico. Como si no tuviera suficiente que hacer ya. Ahora también tengo que lidiar con aristócratas. El capitán me odia. Eso es lo que pasa. No puedes salir a pelear, Journeyman. Tiene que quedarse en la nave y arreglarla lo suficiente como para que yo la arruine, oficial. Dios del cielo, ese hombre me odia.
Ah, el ingeniero etérico jefe de la nave, Journeyman. Había oído mencionar su nombre cuando la nave estaba atracando. Bueno, ingeniero jefe o no, Gwen sentía que tendría que clavarle las orejas al hombre hacia atrás, pero le dolía horriblemente la cabeza. Realmente no tenía ganas de emprenderla a golpes contra más paredes metafóricas. O literales. 
-Señor, estaré encantada de dejarle trabajar. Si pudiera por favor indicarme donde está el capitán, me largaré al instante de su guarida.
Los ojos del hombre se volvieron rápidamente hacia ella, entrecerrándose. 
-¿Mi qué?
-Guarida -dijo Gwen rápidamente-. Dije que saldría de su guarida.
El hombre volvió a fruncir el ceño y retomó sus intentos de alcanzar la llave inglesa. 
-El capitán se ha ido. Doc se ha ido. Todos los marineros que todavía estaban en pie se han ido. Solo queda mi equipo y estos vagos contratados, y Tarky, pero Tarky apenas puede avanzar cojeando. Supongo que eso significa que su Benedict también se ha ido.
-¿Ha ido adónde?
-¡Rata de túnel engendrada por una ramera! -gruñó Journeyman, liberando su mano.
-Oh por el amor de Dios -suspiró Gwen. Se acercó a la jaula y, antes de que el ingeniero pudiera objetar, deslizó su esbelto brazo fácilmente entre los barrotes, cogió la llave y volvió a sacarla. La giró en su mano y se la ofreció con el mango por delante.
Journeyman la miró con el bigote erizado. Luego agarró la llave inglesa y dijo:
-No debería usted jugar con los sistemas de una nave. Si hubiera rozado su mano contra el arco equivocado, habría recibido la sorpresa de su vida.
-Por eso no toqué ninguno de los arcos activos -respondió Gwen con calma-.  En este momento, solo está obteniendo energía de las barras superiores, ¿no es así?
Las cejas de Journeyman bajaron y luego se alzaron.. 
-Eh. Se ve que sabe algo de naves, ¿verdad?
-Sé un poco sobre aeronaves -respondió Gwen-. Poseo un pequeño conocimiento de sus sistemas.
-Apuesto a que sí -dijo el hombre.
Gwen arqueó una ceja. 
-Sé que la barra superior izquierda está desalineada al menos dos grados. Está usted perdiendo eficiencia por ello. Probablemente por eso el aire es tan cálido aquí.
El ingeniero entrecerró los ojos. 
-¿Y por qué crees eso?
-Por el tono -dijo Gwen-. Hay una pequeña sombra en ese lado.
-Eh -dijo el hombre. Frunció los labios y la observó especulativamente. Luego se levantó, agarró el andamio de dos metros y medio de alto que había en la habitación y lo colocó en su lugar sobre el núcleo de energía. Se subió a él y golpeó un poco la jaula Haslett. Luego volvió a bajar–. Mucho mejor.
Gwen inclinó la cabeza hacia un lado y escuchó el zumbido del cristal de poder. 
-No -dijo ella-.  No lo ha arreglado. Lo ha desalineado al menos otros dos grados.
Puede que el ingeniero hubiera sonreído por un instante, aunque el bigote lo camuflaba. Gruñó, volvió a subir por el andamio y dio unos golpes más.
-¿Así mejor?
-Así servirá -respondió Gwen.
Journeyman bajó de un salto del andamio, la miró de arriba abajo durante un segundo y luego le dio la vuelta a la llave inglesa que tenía en la mano y le ofreció el mango.
Gwen arqueó una ceja y la tomó. 
-¿Y qué voy a hacer yo con esto?
-Has visto en qué tornillo estaba trabajando, ¿verdad?
-Sí.
-Entonces aflójalo -dijo-, si es que puedes.
Gwen hizo rebotar la llave inglesa suavemente en su mano. Si el Capitán Grimm y Benedict se habían ido con los hombres, debían dirigirse a una pelea, pero ella no sabía dónde y dudaba de su capacidad para correr hasta alcanzarlos en su condición actual. Si tenía que sentarse simplemente y esperar a que regresaran, podría volverse loca.
Asintió con la cabeza, se volvió hacia la jaula Haslett y aflojó el tornillo en cuestión de segundos. No porque fuera una experta, sino porque tenía brazos y manos más pequeños y podía colocarlos en el espacio disponible mucho más fácilmente que el ingeniero.
-Bien -dijo Journeyman cuando terminó-. Atrás.
Ella se echó hacia atrás y Journeyman accinó el disparador en la matriz inferior. La mitad inferior de las barras de la jaula comenzó a balancearse, alejándose del cristal de dentro del aparato, como una especie de flor de cobre reluciente. Una luz verde pálida inundó la cámara, brillando desde las profundidades del núcleo de poder de la Depredadora.
Gwen miró fijamente el rico cristal verde por un segundo. No tenía la forma adecuada de facetas de una joya. En cambio, tenía una estructura de cristal de aspecto mucho más natural, como un eje de cuarzo esmeralda brillante, y luego sus ojos se abrieron al darse cuenta de lo que estaba mirando. 
-Dios en el cielo -dijo.
-Ajá -respondió Journeyman. Su tono era inconfundiblemente presuntuoso.
-Esto es un núcleo de energía de primera generación -respiró Gwen-. Antes de que empiece a desarrollar facetas. ¿Qué edad tiene?
-Unos pocos miles de años, al menos -dijo Journeyman.
-Si es tan viejo... -Gwen negó con la cabeza. 
A diferencia de los cristales lumínicos o los cristales de armas o los cristales de cañón o los cristales elevadores, solo los cristales de poder se volvían cada vez más capaces de canalizar eficientemente la energía etérica. Rara vez se consideraba que un cristal funcionaba en su mejor momento antes de que un siglo de uso lo hubiera desgastado hasta dejarlo en las mejores condiciones. Si el cristal era tan antiguo como afirmaba Journeyman, podría producir más electricidad a partir de menos energía etérica que casi cualquier cristal del que Gwen hubiera oído hablar, lo que significaría que la nave podría navegar a más lugares, cada vez más lejos de las corrientes etéricas principales y hacerlo más rápido.
-Este es un núcleo tremendamente eficiente -dijo Gwen-. Debería estar en una nave de la flota.
-Bueno, pues no lo está -dijo Journeyman-. Y no lo va a estar. Es de Preddy y no hay nada más que hablar.
-Increíble -dijo Gwen, sacudiendo la cabeza.
El pecho del ingeniero se hinchó de orgullo. 
-¿A que si? -La miró con los ojos entrecerrados-. ¿Dónde aprendiste de sistemas de los barcos?
-Aprendí de mi madre.
-¿Quién es tu madre?
-Helen Lancaster.
Journeyman frunció el ceño por un momento. Luego parpadeó. 
-¿Lancaster? 
-Lancaster 
-¿Te refieres a esos Lancaster? ¿Los de la fábrica?
-Llevo aprendiendo sobre nuestros productos desde que tuve edad suficiente para hablar -dijo Gwen-.  Incluyendo la ejecución de evaluaciones comparativas del sistema en cada cristal antes de enviarlo, lo que significa saber cómo funcionan los sistemas.
-Esos Lancaster -gruñó Journeyman-. Maldición.
Pareció tomar una decisión y asintió una vez. 
-Voy a empezar a despertar a patadas a estos gandules dentro de un rato. ¿Quieres ser útil mientras tanto? El capitán nos consiguió un pequeño cristal elevador para reemplazar el anterior. Los cristales auxiliares están todos, pero todavía tengo que montar el principal. Me vendría bien alguien con buen oído para eso.
-¿Qué cristal? -preguntó Gwen.
-Uno de los nuevos Mark IV-D.
Gwen le parpadeó una vez. 
-Me ha entendido mal, señor. Me refiero a qué cristal. ¿Cuál de los Mark IV-D?
La boca de Journeyman se extendió en una sonrisa más reconocible esta vez. Señaló con la cabeza hacia el otro extremo de la cámara, hacia la plataforma de suspensión de la nave. 
-Dígamelo usted.
Gwen bajó a la plataforma para mirar el cristal y silbó. 
-Este es el de la explotación de la sección tres, fila dos. Es uno de los mejores del lote. Dios del cielo, si no va con cuidado, con ese núcleo de poder detrás de él, este cristal podría destrozar la nave.
 -Dime algo que no sepa -dijo Journeyman.
-¿Qué configuración está planeando para su jaula?
 -Dispersión estándar, espaciado máximo -respondió Journeyman.
-¿Qué? -preguntó Gwen-. ¿Por qué iba a hacer eso?
-¿De qué otra manera debería hacerlo? – le espetó Journeyman.
-¿No leyó el manual de usuario?
 -¿Manual? Oiga usted, señorita. He sido ingeniero etérico desde antes de que usted naciera. Creo que sé cómo manejar un cristal elevador.
-Evidentemente, no es lo bastante inteligente, si no sabe leer. Proporcionamos esos manuales, especificaciones y procedimientos por una razón, sabe.
Journeyman frunció el ceño. 
-Si lo haces todo según las reglas, como todos los demás, obtienes los mismos resultados que los demás.
-Esa es la idea -dijo Gwen con tono seco.
Journeyman lo dejó pasar.
-Eso puede ser suficiente para cualquier otra nave del mundo, señorita –dijo- Pero no es lo bastante bueno para Preddy. Saco del diez al quince por ciento más de sus sistemas haciéndolo a mi manera.
-¿Qué? -dijo Gwen-. Eso no es posible.
-Quizás no en sus talleres -dijo Journeyman con firmeza-. Pero una nave a cielo abierto es otra cosa. Tienes que saber tratarla como a ella le gusta.
-Bueno, créame: a ella no le va a gustar ese patrón de dispersión -dijo Gwen-. El hemisferio inferior de los Mark IV-D está equipado con sensibilidad variable. Cuanto más te acerques al final positivo, más poderosas serán las vías del cristal. Debe configurar sus barras en una configuración asimétrica para maximizar la sensibilidad. Si opta por un hemisferio estándar, será demasiado fácil verter demasiada corriente. Antes de que sepa lo que ha pasado, estará viendo ese cristal salir volando hacia la luna mientras su nave cae. Cosa que sabría si leyera el manual.
Journeyman apretó los dientes. 
-Siempre mejorando las cosas que no necesitan ser mejoradas –murmuró-, Perfecto. Asimétrico. Muéstramelo.

ronubeco

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Re: Los aeronautas, capítulo 49
« Respuesta #1 on: Enero 04, 2021, 07:48:38 pm »
Jajajaja
Mi destino es no dejarme someter