Autor Tema: Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 9  (Leído 143 veces)

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Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 9
« en: Junio 18, 2018, 09:45:20 am »
CAPÍTULO 9

DE CONSORTES Y REYES



Han recorrió el pasadizo, dirigiéndose al norte según su brújula interna, e internándose en las profundidades de la montaña.
El túnel bajaba directamente durante lo que Han supuso que sería una milla o así, aunque parecía mucho más bajo tierra. No permitió que su luz mágica penetrara más que unos pocos pasos hacia delante. No quería traicionar su presencia ante nadie que pudiera estar más adelante en el túnel.
Al final, el camino giró al oeste y empezó a subir. Han trotó tan rápido como se atrevió, sin saber cuánto le llevaría atravesar la montaña hacia la ladera oeste de Dama Gris.
Una vez, encontró una red de magia casi transparente que se extendía a lo largo del pasillo, y apenas se las arregló para detenerse patinando a tiempo. Esa barrera en particular no estaba en sus notas. Parecía diferente... más tosca que las demás que había visto. La desarmó con una solución estándar.
A partir de entonces, el camino apareció despejado, sólo con trampas y peligros triviales. Había esperado encontrar barricadas naturales de derrumbes, después de mil años, pero estos túneles estaban iluminados y despejados de polvo y restos de rocas. Han pasó charcas humeantes, con los bordes helados y manchas minerales, aguas termales burbujeantes alimentadas por ríos subterráneos, geiseres de vapor que apestaban a sulfuro. No vio a nadie ni ninguna evidencia real de que alguien hubiera pasado por este camino en un milenio. Corrientes de aire fresco le acariciaban la cara procedentes de fuentes invisibles.
Algunos de los túneles adyacentes estaban en el mapa, otros no, sus entradas estaban oscurecidas bajo velos de magia revelados sólo por el hechizo que Cuervo le había proporcionado. ¿Adónde van?, se preguntó Han. Nadie abriría un túnel a través de roca sólida sin una buena razón.
Pero no tenía ningún encantamiento que le ayudara a atravesar esas barreras, ni tiempo, de todos modos.
Cuando el túnel se inclinó gentilmente hacia arriba, los túneles laterales y las intersecciones se volvieron más frecuentes. Las barreras mágicas reaparecieron... encantamientos más simples, menos elegantes.
El túnel terminaba en un aparente callejón sin salida, una gran cámara con aguas termales en el centro, decían las notas de Han. Las paredes se abrieron y el techo se elevó, y ahí estaba.
La charca que había ante él se parecía a los manantiales sin fondo dispersos por las Fells... lugares donde los fuegos interiores de la tierra se acercaban a la superficie. Profundo y claro, ondeaba de calor, y con pinta un poder hervir la carne de un cadáver en cuestión de minutos.
El manantial es un espejismo, decían las notas de Han. Encontrarás una escalera de piedra que se introduce en el agua en el costado más alejado. En el fondo del manantial, hay una puerta que conduce a los sótanos de la Casa del Consejo.
Han rodeó el manantial. Extendiendo la mano, conjuró más luz, vio escalones que se internaban en el agua clara. El calor húmedo del manantial le escaldó la piel expuesta.
Podía oler el sulfuro burbujeando en sus profundidades, ver el vapor alzándose en su superficie. Si era un espejismo, resultaba convincente.
Toqueteó su amuleto, debatiéndose. ¿Y si era real? ¿Y si las notas de Han eran defectuosas? ¿Y si había cambiado algo en los últimos mil años?
No tenía tiempo de demorarse si no quería llegar tarde. Alzando una plegaria a cualquier dios que pudiera estar escuchando a alguien como él, bajó al interior de la charca, buscando con el pie el primer escalón, con el corazón palpitante, cada nervio a flor de piel.
Por la evidencia de sus ojos, estaba hasta la rodilla en agua hirviendo. Pero no sentía ningún dolor, ni el agua empapaba sus botas del clan. Dio otro paso y otro, apretando los dientes, obligándose a seguir. Entrecerró los ojos, intentando limitar las sensaciones de advertencia de su cerebro.
Ahora estaba con el agua a la cintura, luego por el cuello. Dos pasos más, y el agua hirviendo se cerró sobre su cabeza. Continuó respirando con normalidad, continuó descendiendo hasta que alcanzó el fondo de los escalones.
El espejismo se disolvió, y Han se encontró de pie, todavía vivo y totalmente seco, en una cámara de piedra. Las paredes ni siquiera estaban húmedas.
El corazón le martilleaba en el pecho, y se sentía mareado y con el estómago revuelto. Seguramente Alger Aguabaja no pasaba por este trauma cada vez que iba y venía por su sistema de túneles. Debe haber otra entrada, pensó.
Una red de magia frente a los escalones marcaba la salida.
Cuando el corazón de Han se tranquilizó un poco, hizo a un lado la barrera y empujó con gentileza la puerta.
La puerta se abrió a un sótano que apestaba a tierra y piedra. Han examinó la habitación. Allí, en una esquina, la unión entre las paredes y el techo estaba surcada de espejismos. Pasando los dedos sensibles sobre la superficie, encontró dos largos pernos incrustados en la piedra. Cuando los empujó hacia atrás, se abrió una trampilla.
Han saltó, cogiendo los bordes de la trampilla, y se aupó a través de ella. Estaba en un pequeño almacén, atestado de barriles y contenedores polvorientos.
Sintiéndose sucio y sudado tras su viaje, Han, dejó en el suelo las alforjas y se puso su atuendo de mago, haciendo todo lo que pudo por alisar las arrugas con el calor de sus dedos. Terminó con la estola que Willo le había hecho, engalanada con los cuervos de Aguabaja. Metiendo su ropa vieja en las alforjas, las dejó caer a través de la trampilla, luego arrastró un barril para cubrirla.
Se abrió paso a través del laberinto, en la que esperaba fuera la dirección a la salida. Era tan desagradable como cualquier otro sótano. Nadie pasaría aquí más tiempo del necesario. Cada vez que encontraba una escalera, subía a un lugar donde los techos eran más altos y las paredes menos húmedas. Al doblar una esquina casi a la carrera, se encontró cara a cara con una chica de mejillas sonrojadas, con el delantal cargado de cebollas. Ella le miró fijamente, con los ojos desorbitados.
-Lo siento, cariño -dijo Han-. Me he perdido.
Al pasar junto a ella, le rozó la frente con los dedos, eliminando con gentileza el recuerdo de su encuentro. Se alegró cuando alcanzó la planta principal, donde su presencia sería más fácil de explicar.
Utilizando los pasillos de los sirvientes, salió de las despensas y entró en las zonas más formales. Adelante podía oír un zumbido de voces de sangreazul. Al ver unas escaleras que subían a la derecha, las subió al trote, buscando un lugar donde limpiar los rastros de su viaje.
Han se desvió por un pasillo, hasta una zona de apartamentos privados, comprobando las puertas a ambos lados. Las primeras no cedieron, pero encontró una puerta sin cerrar, y se metió dentro, cerrando tras él. Era el dormitorio de una dama, y resultaba obvio que recientemente ocupado. Un vestido yacía arrugado en el suelo junto a la cama, y complementos y accesorios estaban esparcidos por ahí como los restos de algún desastre de vestuario. Había un vestido limpio tendido sobre la cama.
Un reloj en la mesita le dijo que tenía media hora antes de que empezara la reunión. Inclinándose, se examinó en el espejo. Su ropa estaba limpia, pero tenía una mancha de tierra en el puente de la nariz y un largo arañazo en la mejilla, con gotas de sangre seca, recolectadas en algún lugar de Dama Gris. Cogió una tela del aguamanil,  y se frotó la cara.
-¿Quién eres y qué estás haciendo aquí? -dijo alguien a su espalda, con una voz fríamente mortal.
Se dio la vuelta, todavía sujetando la toalla.
Fiona Bayar estaba allí de pie con una bata de seda y pantuflas, con el pelo blanco recogido en la alto de la cabeza. Han observó la puerta abierta tras ella, y comprendió que seguramente acababa de terminar su baño.
Por lo que podía ver (y podía ver mucho), no llevaba nada bajo la seda. Bueno, pensó, al menos no llevaba el amuleto.
-¡Alister! -Como si hubiera le hubiera leído el pensamiento, Fiona buscó su amuleto, que no estaba allí.
-¡Fiona! ah... ¿qué estás haciendo aquí? -No era la cosa más inteligente que se podía decir, ya que era él quien la había sacado del Consejo. Y ella era del tipo que guardaba rencor.
-¿Qué estoy yo haciendo aquí? ¿Qué estás tú haciendo aquí? -Miró más allá de Han, a donde su amuleto yacía sobre la cama, junto a su ropa limpia.
Fiona saltó hacia su amuleto justo cuando Han se movía para interceptarla. Se estampó contra él, y los dos cayeron sobre la cama, con Fiona encima. Podía sentir el amuleto de ella bajo la espina dorsal, pero ella estaba ocupada metiéndole las manos por el cuello, intentando poner las manos encima al amuleto de la serpiente. Él le agarró las manos y las sostuvo con fuerza, con la cara de ella a centímetros de su nariz.
-Si yo fuera tú no haría eso -dijo.
-Pensaba que estarías en la reunión del Consejo -jadeó ella, luchando por liberarse.
-Voy de camino -dijo Han.
Y lo siguiente que supo fue que Fiona le había envuelto sus largas piernas alrededor y le estaba besando como si esperara arrancarle el aliento directamente. La seda no suponía mucha barrera, y de todos modos, la bata se había abierto. Han no pudo evitar reaccionar. Era humano, después de todo.
Finalmente, Fiona subió a coger aire, mirándole con ojos brillantes, como para evaluar el efecto.
-En realidad me alegro de verte, Alister -dijo-. Tenía pensado pillarte después de la reunión del consejo. ¿Cómo me has encontrado tan rápido? Espero que nadie te haya visto entrar aquí. -Le besó otra vez, moldeando su cuerpo contra el de él-. Prometí que tendría una nueva proposición para ti -le murmuró al oído-. Espero que me escuches.
¿Nueva proposición? Oh. Claro. Ahora lo recordaba. Lo había mencionado cuando bailaron juntos en una de las fiestas anteriores a la coronación.
Fiona le presionó los labios contra el cuello, luego detrás de la oreja, y comenzó a luchar con los cierres de su abrigo.
Recuperando al fin el sentido común, Han salió de debajo de ella y abandonó la cama, recogiendo el amuleto de Fiona al hacerlo.
Se quedó de pie, ligeramente aparte, con el amuleto colgando de un puño, contento de que el abrigo le cubriera la parte alta de los muslos.
Ella se levantó de la cama y se acercó a él, con la bata totalmente abierta por delante. Han luchó por mantener los ojos fijos en su cara. Lo más probable era que Fiona estuviera intentando hacer que llegara tarde a la reunión.
-Decías que tenías una proposición para mí -dijo Han-. Escúpelo rápido, o me voy. Como ya sabes, tengo que estar en otra parte.
Fiona se detuvo a un metro de distancia.
-Te he subestimado -dijo-. Oh, sabía que eras atractivo y astuto. Supuse que un flirteo contigo sería interesante, en un sentido peligroso. Para decirlo sin rodeos, pensé que podías ser útil, y entretenido, y fácilmente descartable cuando ya no necesitara tus servicios.
Adulador, pensó Han.
-¿Y ahora? -dijo.
-Estoy impresionada con lo que has conseguido por tu cuenta. Y creo que puedes ayudarme a conseguir lo que quiero. Asóciate conmigo, y cuando sea reina, te convertiré en mi consorte.
Ahora estaba ahí de pie, delante de él. Aferrando su estola, le echó la cabeza hacia atrás y le besó otra vez. Han, distraído por un torrente de pensamientos, no se resistió.
-Aunque tenemos que actuar rápido -susurró ella-. Mi familia... mi padre... tiene intención de casarme para cimentar una alianza política.
-¿Quién es el afortunado novio? -preguntó Han.
Fiona se encogió de hombros.
-Adam Gryphon. ¿Te lo imaginas? ¿Yo casada con un triste y cojo ratón de biblioteca como Adam? -Se apretó contra él-. No podemos permitir que eso ocurra.
Han sintió una ráfaga de simpatía por su antiguo profesor.
-Piensa en ello -murmuró Fiona, contra su pecho-. Eres el guardaespaldas de la reina... una posición perfecta para eliminarla a ella y a esa pálida hermana suya. Luego no tendrán más elección que hacer un cambio en la sucesión. Yo estaré ahí para intervenir, y tú podrás apoyarme en el consejo. Una vez sea reina, mi padre ya no me dará órdenes.
Matar a Raisa. Fiona pretendía matar a Raisa y reclamar el trono para sí misma. El pulso le palpitaba en los oídos, haciéndole difícil juntar dos pensamientos.
Es a ti a la que hay que matar, pensó.
Ella se apartó un poco, estudiándole la cara, todavía sujetándole por la estola.
-¿Y bien? ¿Tenemos un trato?
Sería tan fácil, pensó, estudiando la cara impaciente de Fiona. Nadie sabía que estaba en la Casa del Consejo. Un rápido hechizo de muerte o una hoja en la garganta, y esta amenaza para Raisa sería historia.
Pero sólo era una amenaza entre muchas. Tenía que mantener su juego en marcha... tenía que jugárselo todo si iba a mantener a Raisa a salvo.
No podía fingir estar de acuerdo con el asesinato de Raisa, pero no podía dejar que Fiona contratara a su propio asesino para hacer el trabajo. Mejor estar dentro en este pequeño plan.
Luchó por controlar la rabia en su voz, manteniendo un tono frío y sardónico.
-¿Estarás tú allí para apoyarme a mí cuando me suban al estrado y me cuelguen por asesinato? -dijo Han-. Me parece que yo arriesgo mucho más que tú.
Fiona pareció confusa, como si la oferta de ser su pareja fuera todo lo que él pudiera haber soñado nunca.
-¿Qué más quieres?
-Dices que me convertirás en tu consorte -dijo Han-. Si soy yo quien va a matar, pretendo apuntar más alto.
Parpadeó hacia él, perpleja.
-¿Más alto que consorte? ¿Tú? ¿Qué más podrías querer?
-Tal vez quiera ser rey -dijo-. Ayúdame, y yo te convertiré a ti en mi consorte.
Nunca antes había visto a Fiona Bayar sin palabras. Era mucho más placentero que oír su cháchara.
-¿Tú? ¿Rey? -El color abandonó su cara, dejando una sábana blanca de rabia-. ¿Un arribista, un asqueroso ladrón, hijo de... de un ropavejero? Te hago el honor de una propuesta seria y generosa, y tú respondes con este absurdo...
Y entonces Han perdió los nervios. Estaba tan rematadamente cansado de oir el "quién te has creído que eres" de los Bayar. Y tenía miedo... miedo de haber dado un paso en falso y que Raisa muriera.
Agarró los codos de Fiona, los agarró con fuerza.
-¿Esto es absurdo? ¿Lo es? -La miró a los ojos-. ¿Sabes quién soy?
Los ojos normalmente helados de Fiona se abrieron de par en par, un poco asustados.
-Eres Han Alister. Un ladrón de la calle convertido en mago.
-Mírame, Fiona -dijo Han-. Mírame de verdad. ¿Crees que eso es todo lo que soy? -Una tormenta de magia descontrolada le atravesó, zumbando bajo su piel.
Ella negó con la cabeza, mirándole a la cara como buscando pistas.
-Yo... yo.. no sé qué quieres que diga.
-Los sangreazul estáis muy apegados a los linajes -dijo Han-. Yo soy el matrimonio perfecto del linaje real y la hechicería, de la legitimidad y la magia. Soy el heredero de un legado que ni siquiera vosotros los Bayar podéis igualar, que nos fue robado hace siglos.
-¡Linaje Real! -Fiona se empezaba a mostrar desdeñosa, pero no del todo-. ¿Quién te crees que...?
-Lo que tienes que saber es que no voy a detenerme hasta que consiga lo que quiero. Puedes estar conmigo o contra mí. Pero elige con cuidado.
Dio un tirón al amuleto de Fiona, y ella saltó hacia adelante para cogerlo con las dos manos.
-Hazme saber lo que decides. -Han giró sobre sus talones y se marchó.
 

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Re:Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 9
« Respuesta #1 en: Junio 18, 2018, 10:17:20 pm »
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