Autor Tema: Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 7  (Leído 144 veces)

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Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 7
« en: Junio 18, 2018, 09:43:35 am »
CAPÍTULO 7

UNA GRIETA EN LA MONTAÑA



Han y Bailarín abandonaron los Pinos de Marisa antes del amanecer de la mañana siguiente. Willo los vio partir, abrazándolos como si les diera su bendición. Se quedó de pie observando hasta que se perdieron de vista.
Han y Bailarín trazaron un amplio círculo alrededor de la ciudad de Fellsmarch, y llegaron a Dama Gris por el flanco sur, en la entrada secreta de Cuervo hacia los túneles del interior de la montaña.
Han había transcrito el boceto que Cuervo había hecho en Aediion sobre el mapa que había cogido de la Biblioteca Bayar. Había sido como intentar cantar una canción recordada a medias. Esperaba que fuera lo bastante preciso, que los túneles no hubieran sido descubiertos, y que el paisaje de la montaña no hubiera cambiado. Un montón de cosas podrían haber ocurrido en mil años.
Por otro lado, Han había escrito los encantamientos de apertura para las puertas y pasillos del interior de la montaña. Había hecho dos copias... una para él y otra para Bailarín.
Se había propuesto estar en la montaña a mediodía para tener tiempo de buscar los túneles y abrirse paso a tiempo para la reunión a las cuatro de la tarde. En sus alforjas, llevaba su ropa para el Consejo... su elegante capa azul, la estola de mago que Willo le había hecho, y su mejor pantalón de lana negro.
Dama Gris llevaba toda la mañana irguiéndose sobre ellos, con su pico cubierto por una nube de mar humor y misterio.
En la base de la montaña, Han y Bailarín abandonaron el camino hacia la Casa del Consejo y montaron campo a través alrededor de la base, siempre moviéndose hacia delante. Se mantuvieron atentos a su retaguardia, esperando que cualquier atajo que pudiera encontrar les acercara más a su destino.
Al final, se internaron entre las nubes. Han atrajo la niebla alrededor de sí mismo como si fuera una capa, un añadido a los espejismos que llevaban construyendo toda la mañana.
En los otros picos que rodeaban el Valle, pequeñas parcelas, cabañas y logias del clan salpicaban la tierra y se aferraban a los bancos altos en cualquier lugar donde la tierra estuviera lo bastante nivelada para construir. Rebaños de ovejas pastaban por todas partes excepto en las lomas más verticales e inhóspitas.
Pero había pocas muestras de vida humana en la plaza fuerte de los magos, Dama Gris. Han y Bailarín cruzaron un juego de sendas y caminos para caballos poco utilizados llenos de hierba veraniega.
Lejos de la carretera, sortearon grupos de árboles raquíticos, con las ramas retorcidas por los vientos predominantes. Han no podía sacudirse la idea de que se estaban adentrando en territorio de Bayar. Esto es lo que querías, se dijo a sí mismo. Cara a cara y hoja a hoja.
Él y Bailarín habían dejado sus caballos atrás cuando el camino se volvió demasiado pronunciado para que los animales lo recorrieran. Los ataron en una pequeña pradera, de forma que tuvieran al alcance hierba y agua, colocando encantamientos contra los depredadores de cuatro patas.
Cargando con las alforjas sobre los hombros, Han abrió el camino hacia arriba, algunas veces caminando recto, otras gateando a cuatro patas, con las alforjas golpeando contra sus caderas.
Utilizaba la manga para limpiarse la suciedad y el sudor del rostro. Tenía el pelo aplastado contra la frente. Estaré estupendo para la reunión del Consejo, pensó.
-Debemos estar acercándonos -dijo en voz alta, haciendo una pausa sobre un pequeño saliente hasta que Bailarín le alcanzó.
Hurgando en su alforja, Han revisó sus notas de la sesión con Cuervo. Posó una mano sobre su amuleto, extendiendo la otra en un amplio arco. Pronunció el primer encantamiento, el que debía revelar las barreras mágicas y los canales de poder.
Hebras de magia recorrieron la ladera de la montaña, y esta se iluminó como los fuegos artificiales del solsticio. Una red de hechizos cubría la tierra, capa tras capa de fulgor resplandeciente. Era elegante, hermosa, frágil como cristal hilado, reflejando un feroz y desesperado ingenio que crujía de poder. Su textura le era familiar por sus sesiones con Cuervo. Exquisitamente eficiente.
Han y Bailarín se miraron el uno al otro, con los ojos desorbitados. Han se puso en pie, cerró la mano sobre su amuleto otra vez, y pronunció el primero de una serie de encantamientos para desentrañar. Gentilmente, apartó la magia capa a capa, mientras el sudor le corría por la frente, ejercitando un nivel de paciencia que no sabía que tuviera. Cuervo le había advertido sobre las consecuencias de los errores por descuido.
Gradualmente, emergió un nuevo paisaje que no había sido visible antes... una fisura entre dos enormes bloques de granito; un camino rocoso que conducía hacia arriba.
Cuando toda la magia se hubo disipado, Han soltó su amuleto y se alzó, respirando con fuerza, como si hubiera escalado una montaña a toda prisa.
-Creo que ahora está despejado -dijo cuando su respiración se normalizó-. Pero mi amuleto está medio vacío. Cualquiera con menos poder habría acabado por hoy.
-Me pregunto si las barreras fueron diseñadas para eso mismo -dijo Bailarín-. Para desgastar a cualquier mago que intentara entrar por su cuenta.
Cautelosamente, comenzaron a subir de nuevo, con Han a la cabeza, con las notas bien guardadas dentro del abrigo. Periódicamente, se cruzaban con nuevas trampas mágicas, ocultas con astucia en cada esquina, diseñadas para lanzarles por acantilados o llevarles a callejones sin salida o a deslizarte por barrancos. Han desactivó cada una de ella, agudamente consciente de la disminución de su suministro de magia. De haber tenido alguna duda sobre la identidad de Cuervo, esta se habría disipado. De haberle quedado alguna duda de que su antepasado era un genio de la magia, había desaparecido.
Bailarín volvió la mirada hacia el camino por el que habían venido.
-¿Lo has notado? -dijo, señalando-. Las barreras vuelven a alzarse tras nuestro paso.
Y era cierto. El camino a su espalda estaba ahora oscurecido por un velo de hebras mágicas. Lo que significaba que necesitarían poder para volver por donde habían venido.
Han apretó los dientes. No había nada que hacer excepto seguir adelante.
La entrada de la cueva habría sido fácil de pasar por alto si no hubieran estado buscándola entre las sombras de un enorme bloque de granito con forma de cabeza de lobo. Al contrario que el resto del camino, no había ninguna magia que ocultara la entrada; sólo arbustos y árboles que habían crecido a lo largo de un milenio.
Han soltó un largo suspiro. Esta era... la puerta de atrás de Dama Gris que había estado oculta un millar de años. Con suerte.
Por el ángulo del sol fuera de la cueva, Han supuso que era mediodía. Tenían dos horas para navegar por los túneles y alcanzar la Casa del Consejo. El plan era que Bailarín irían con Han lo suficiente para familiarizarse con el sistema de túneles para su viaje de vuelta.
La abertura en sí era pequeña, y conducía a un largo túnel que recorrieron a cuatro patas. Han se estuvo arañando y se quedó con la boca seca todo el camino. En esperaba ser despedazado o incinerado en cualquier momento por algún desagradable hechizo que Cuervo hubiera olvidado mencionar. De vez en cuando tocaba su amuleto para disipar el humo oscuro.
Un brillo arriba les dijo que estaban alcanzando el final del túnel.
Han emergió primero... a una caverna del tamaño del Templo de la Catedral donde Raisa había sido coronada reina. Luces mágicas ardían en candelabros sobre las paredes, brillando en pilares de cuarzo y espirales de calcita de todos los colores. ¿Realmente podrían haber estado ardiendo durante más de mil años? ¿O habría venido alguien a reponerlas?
Una cascada caía desde treinta metros de altura partiendo de la entrada de un túnel arriba, salpicando en una charca profunda.
Manantiales de vapores espesaban el aire.
Alger Aguabaja podría haber reunido un ejército aquí.
Bailarín emergió del túnel y se puso en pie. Inclinando la cabeza hacia atrás, levantó las manos como un portavoz saludando al amanecer.
-Siento el abrazo de la montaña -dijo, cerrando los ojos y sonriendo.
Pero Han ya estaba recorriendo el perímetro, buscando una forma de seguir adelante.
La encontró en la pared más alejada, oculta a la vista bajo una capa de barreras mágicas. Volvió a deshacer el hechizo... dejando una capa fina, como Cuervo le había instruido... revelando un umbral que conducía a la oscuridad. Deja esa última capa en su sitio, había dicho Cuervo. De otro modo te arriesgas a una inmolación.
Sobre la entrada del túnel había un dintel de piedra, y tallado en el muro a ambos lados estaban los cuervos de Aguabaja.
Tras una rápida comida de pan, queso, y agua, Han se colgó al hombro las alforjas.
Colocó la mano sobre el cuervo tallado en la piedra del lado izquierdo de la puerta. El velo mágico que quedaba se volvió transparente.
-Adelante -dijo a Bailarín, manteniendo la mano donde estaba.
Cuando el pie de Bailarín cruzó el umbral, este salió despedido hacia atrás, aterrizando de golpe sobre el suelo de piedra.
-¡Bailarín! -Mientras Han se arrodillaba junto a su amigo, Bailarín se incorporó sobre un codo, palpándose la parte posterior de la cabeza con la otra mano.
-¿Estás bien? -preguntó Han, deslizando un brazo alrededor de los hombros de Bailarín.
-Creo que voy a tener un chichón en la parte de atrás de la cabeza -dijo Bailarín. Tocó el talismán de serbal que le colgaba del cuello y apartó la mano, chupándose los dedos-. Está ardiendo. Si no fuera por el talismán, estaría muerto.
Han volvió a mirar al túnel. Una vez más, la barrera mágica relucía sobre la abertura. Su ánimo se hundió. ¿Y ahora qué? ¿Qué había ido mal?
-Estoy bien -dijo Bailarín, librándose del brazo de Han-. ¿Qué crees que ha pasado? ¿Podrías haber cometido un error?
Han ya estaba revisando sus notas.
-Coloca la palma sobre el cuervo tallado en la pared del lado izquierdo del umbral. Esto te identificará como un amigo y hará permeable la barrera. Atraviesa el umbral inmediatamente, antes de que la barrera se endurezca. -Miró a Bailarín-. Eso es lo que hice. No veo por qué...
-Tú no la atravesaste -señaló Bailarín-. Lo hice yo. Tal vez la misma persona tenga que hacer ambas cosas. O tal vez la persona tengas que ser tú. Y no yo.
-¿Qué quieres decir? -Han estaba perdido.
-Tú eres de la sangre de Cuervo. Yo llevo la de Bayar. ¿A quién querría mantener fuera Cuervo? -Bailarín alzó una ceja-. ¿Le dijiste algo sobre traerme contigo?
Han negó con la cabeza. No había visto ninguna razón para entrar en esa discusión, no había dicho nada sobre Bailarín cuando Cuervo le había mostrado cómo entrar a hurtadillas en Dama Gris.
Tal vez Cuervo había preparado la barrera contra sus enemigos. Después de todo, había mostrado a Han como mantener a los Bayar fuera de sus habitaciones en Vado de Oden.
-¿Quieres intentarlo de otra forma? -preguntó Han, dudando de si pedir a Bailarín que se arriesgara de nuevo a la inmolación-. ¿Colocar la mano tú mismo en el cuervo y pasar?
Bailarín sacudió la cabeza.
-Esperaré aquí. Así podré conservar mi destello y ocuparme del viaje de vuelta.
-Pero... los dos tenemos que venir por aquí luego. Y también Willo. -dijo Han, recordándole los planes que habían trazado en los Pinos de Marisa.
-Sé que estás acostumbrando a guardar secretos, pero tienes que ser directo con Cuervo. Dile lo que planeamos y veremos si hay alguna forma de hacerlo. -Tembloroso, Bailarín se puso en pie y cruzó la caverna hasta Han.
-Aquí tienes -dijo-. Una donación. -Cruzó las manos sobre el amuleto de Han y vertió poder en él-. Puede que lo necesites.
Tras unos minutos, Han se alejó, liberando amablemente su amuleto.
-No te quedes corto tú mismo -dijo-. Necesitarás suficiente poder para volver a salir. -Hizo una pausa, pensando-. Dame hasta el amanecer. Si no he vuelto para entonces, sal por donde hemos venido. ¿Recuerdas los hechizos que utilizamos para entrar?
Bailarín sonrió.
-No seas tan pesado -dijo, deslizándose hacia abajo por la pared hasta quedar sentado y rodeándose las rodillas con los brazos. -Se dio unos golpecitos en la chaqueta-. Tengo mis notas. Tú eres el que tendrá que ir de puntillas con el Consejo. Aquí se está más seguro.
Una vez más, Han se aproximó al túnel, con más cuidado esta vez. Colocó la mano sobre el cuervo, sintiendo el aguijón de la magia. Luego se adelantó y atravesó el umbral.
No pasó nada.
Dejando caer los hombros de alivio, Han se volvió a mirar a Bailarín a través de la fina niebla de magia. Bailarín le saludó. Han estaba sólo.

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Re:Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 7
« Respuesta #1 en: Junio 18, 2018, 10:16:56 pm »
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Re:Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 7
« Respuesta #2 en: Junio 20, 2018, 09:36:30 am »
Como siempre gracias por tu trabajo Cris.