Autor Tema: Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 8  (Leído 101 veces)

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Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 8
« en: Junio 18, 2018, 09:44:36 am »
CAPÍTULO 08

SANGRE Y POLÍTICA



Raisa caminaba por el borde del terreno del desfile, intentando concentrarse en los soldados que estaban desfilando para ella.
No era fácil. Era esa clase de día de verano que inspiraba a los poetas y músicos, y transforma a los amigos en amantes. Las abejas zumbaban sobre el prado, revolcándose en las flores y luego tropezando unas con otras cuando intentaban alzarse.
Los vientos que habían rugido en las Espíritu unos meses antes se habían acallado hasta convertirse en una brisa, que llevaba los recuerdos del jazmín y el laurel de la montaña. Hanalea suspira, dirían los poetas del clan, y todo el mundo sabía que no servía de nada intentar trabajar.
Espontáneamente, lo pensamientos de Raisa volvieron a Han Alister, a la pregunta que le había perseguido desde su coronación... desde aquella desesperada danza sobre Hanalea: ¿Adónde vamos a partir de aquí?
Detente. No puedes pensar en eso ahora. Tienes que concentrarte, especialmente hoy.
Se detuvo en medio del terreno del desfile, enfocando los ojos sobre el campo que tenía delante. Las golondrinas giraban en lo alto, pájaros de alas rojas se aferraban a las ramas de los árboles hasta que estuvieron tan ruborizados como el Ejército de los Montañeses de las Fells que se alineaba ante ella.
Excepto que la mayoría de no eran Montañeses.
Demasiados extranjeros, pensó Raisa, cuya mirada recorrió a los soldados con sus variados uniformes. La mayoría vestía el distintivo pañuelo a rayas que los identificaba como mercenarios: una compañía de Delphi vestida de lana color pardo, la infantería de Arden con chaquetas escarlata, la caballería de Bruinswalow con túnicas de batalla de color arena.
Y, aquí y allá, un destello de verde bosque y marrón de los nativos.
-¿Qué progreso se ha hecho en el reemplazo de los mercenarios? -preguntó Raisa al General Klemath-. ¿Cuántos soldados se han cambiado?
-Está en marcha, Su Majestad -dijo Klemath-. Debe entenderlo, no son sólo los soldados los que deben ser reemplazados. Los oficiales que vienen de los reinos bajos también. Lleva tiempo reclutar y entrenar.
-¿Cuántos? -exigió Raisa.
-Uno, Su Majestad. -Klemath estudió su ejército, sin sostenerle la mirada, apretando la mandíbula testarudamente-. Hay varios más en marcha, aunque temo que perderemos la batalla de la disponibilidad en el proceso. -Su tono dejaba claro que pensaba que esto era un plan alocado trazado por impulso por una reina joven e inexperta que debería conformarse con sus fiestas.
Raisa miró a Amon, Averill, y el orador Jemson, que estaban de pie detrás de Klemath. Ellos asintieron ligeramente.
-Eso no es aceptable -dijo Raisa-. Había esperado mucho más progreso a estas alturas.
-No puedo producir oficiales cualificados chasqueando los dedos -dijo Klemath, haciéndolo para demostrarlo.
-¿Se le ha ocurrido que usted podría ser reemplazado con un chasqueo de mis dedos? -replicó Raisa, chasqueando los dedos bajo la nariz del general.
Klemath se tensó. Sin dejar de mirar fijamente al frente, dijo:
-Eso no sería inteligente.
-¿De verdad? -La voz de Raisa era tan fría como el agua del Dyrnne-. ¿Eso es una amenaza, General?
-Quería decir que no es el momento apropiado para llevar a cabo otra transición, Su Majestad -dijo Klemath, pareciendo recordar con quién estaba hablando-. Mientras las cosas todavía están inestables en el sur. Cambiar demasiadas cosas a la vez es difícil.
No pierdas los nervios, no pierdas los nervios, no, no...
-Nadie ha dicho que vaya a ser fácil -dijo Raisa-. Pero sé que hará usted el esfuerzo necesario para acelerar las cosas ahora que sabe lo que pienso. ¿Lo he dejado claro?
-Sí. Su Majestad -dijo Klemath, asintiendo. Aunque no sonriendo-. Por supuesto.
Y con eso, Raisa le despachó a él y a sus tropas.
-Venid conmigo -dijo a los demás. Entró a zancadas en la casa de guardia con Amon y el resto a su estela. Pasó por la sala de guardia hasta la oficina de los sargentos. Mawker empujó su silla hacia atrás y se puso en pie tambaleante, poniéndose firme, con el puño sobre el corazón.
-¡Su Majestad! Yo nunca... Esto es un... Nadie dijo...
-Denos unos minutos, por favor, sargento Mawker -dijo Raisa, inclinando la cabeza hacia la puerta.
Él se apresuró a salir, dejándola a solas con Amon, Averill, y el orador Jemson.
-Ya está -dijo Raisa, sentándose al borde del escritorio de Mawker-. Klemath se marcha tan pronto como podamos encontrar un reemplazo. -Chasqueó los dedos y les frunció el ceño-. No confío en él, en absoluto, y no me van a ningunear.
-Si le reemplazas, hija, tendrás que proceder con mucho cuidado y muy tranquilamente -dijo Averill-. Esgrime un poder consideraba en el ejército.
-¿Has examinado las hojas de servicios de los candidatos que te he enviado? -preguntó Amon.
-Algunas. No todas -admitió Raisa. Había demasiado cosas que hacer-. Me gustaría tener a un graduado en Wien House con algo de auténtica experiencia en el ejército. La mayoría de los hombres que me has enviado son de la guardia.
Amon se encogió de hombros.
-Sí. Es la gente que conozco mejor -dijo-. En los que confío.
-Lo sé -dijo Raisa-. Pero va a ser difícil para alguien así ser aceptado como comandante del ejército.
-¿Qué tal Char Dunedain? -dijo Amon-. ¿Qué piensas de ella?
Raisa frunció el ceño.
-En realidad no la recuerdo. Háblame de ella.
-Es originaria de los Acantilados de Tiza -dijo Amon-. Pasó un par de años en Wien House, luego capitaneó a un grupo de nativos que fueron como mercenarios a Arden. Luchó allí durante cinco años, y el hecho de que sobreviviera tanto es impresionante. Volvió aquí y entró en el Ejército Montañés bajo el mando de Fletcher como coronel. Pero después de que Klemath tomara el mando, hubo fricción entre ellos. Al final fue a ver a mi padre y le pidió que la transfiriera a la Guardia. Eso suponía ser degradada, pero lo hizo de todos modos.
-Parece la experiencia correcta -dijo Raisa-. ¿Cuánto lleva en la Guardia?
-Seis años -dijo Amon-. Mi padre estaba realmente impresionado con ella, y no es... era... fácil impresionarle. De hecho, es la que fue enviada a la Muralla Oeste para reemplazar a Gillen. Confió en ella para limpiarlo todo y está haciendo un buen trabajo.
Raisa recordó lo que Dimitri Fenweather había dicho sobre ella el día de la coronación. El nuevo comandante de la Muralla Oeste es una mujer, pero es sorprendentemente justa y de trato fácil.
-¿Puedes arreglarlo para que la conozca? -preguntó Raisa-. ¿Cuánto te llevaría ocuparte de que venga aquí desde la Muralla Oeste? ¿Y podríamos hacerlo sin levantar sospechas?
-En realidad está aquí -dijo Amon-. En la sala de guardia. Pasamos junto a ella al entrar. Le pedí que viniera a Fellsmarch durante unos días. Quería que me informara de la actual situación en la frontera. Hemos estado prestando mucha atención a nuestros vecinos del sur y tenemos que asegurarnos de no perder de vista ningún riesgo en el oeste.
Típico de Amon Byrne, anticiparse a los problemas y ocuparse de ellos antes de que se volvieran incontrolables. Asumiendo la responsabilidad de temas que no eran precisamente cosa suya.
-Entonces, pídele que entre -dijo Raisa. Cuando Amon salió, Raisa señaló a Averill y Jemson las sillas que había a lo largo de la pared-. Vosotros dos escuchad y hacerme saber lo que pensáis.
Amon volvió con una guardia alta y delgada con un uniforme de montaña manchado. Se detuvo delante de Raisa y saludó.
-Su Majestad -dijo-. El capitán Byrne me dijo que le gustaría conocer el estado de nuestras posiciones a lo largo de los acantilados.
Los ojos de Dunedain eran de un sorprendente color gris contra su piel cobriza. Su pelo era castaño veteado por el sol, recogido hacia atrás con un cordón. Su nariz se había roto, y se había curado mal.
-Es usted mestiza -soltó de golpe Raisa.
-Sí, lo soy -dijo Dunedain-. Como usted, creo. ¿Eso es un problema? -Sostuvo la mirada de Raisa con franqueza, sin rastro de tono defensivo.
-No, sargento, sólo inesperado. No hay mucha gente del clan entre los montañeses.
-No, Su Majestad -dijo Dunedain-. Debería haber más.
-¿Por qué no hay más, usted que piensa? -preguntó Raisa.
Dunedain miró fijamente a Amon, como si buscara una guía.
-Tranquila, sargento -dijo Amon-. Puede hablar libremente con la reina.
-Por varias razones -dijo Dunedain, relajándose un poco-. Solía haber más gente del clan en el ejército. Éramos muy útiles en las guerras de montaña. Pero hoy en día el ejército pasa demasiado tiempo de maniobras en los llanos. Nosotros disfrutamos de marchar por un campo sin ningún propósito. Nuestros enemigos llegarán a través de las montañas o por el mar. No hay otra forma de llegar hasta aquí. Sería mejor detener al enemigo antes de que alcanzaran el valle, dado que es ahí donde tendremos ventaja. -Se corrigió a sí misma-. En mi opinión, Su Majestad.
-Pero tenemos que saber cómo luchar en las llanuras también -argumentó Raisa-. Sólo por si acaso.
-Los mercenarios del general Klemath ya saben cómo luchar en las llanuras, señora -dijo Dunedain-. Lo que tienen que aprender es cómo luchar en las montañas.
-¿Qué más? -dijo Raisa.
-El general Klemath no hace uso a los clanes de las Espíritu -dijo Dunedain-. Creo que esa es la razón por la que no quiere pasar tiempo en las montañas. Yo fui entrenada por su predecesor, el general Fletcher. Desde que el general Klemath tomó el control del ejército, muchos de los nacidos en las montañas han abandonado el servicio. Cuando las fuerzas nativas quedaron diezmadas, las reemplazó con mercenarios. Es culpa suya que ahora no pueda encontrar suficientes nativos.
-¿Por qué se marchó usted? -preguntó Raisa-. Dado que pagó un alto precio en cuestión de rango.
-El general Klemath y yo tenemos diferencias filosóficas -dijo Dunedain-. Tal vez deberíamos dejarlo así. -Miró de Raisa a Amon y vuelta-. Ahora, ¿quiere saber cómo están las cosas en la Muralla Oeste?
-Oh, sí -dijo Raisa-. Por favor.
Dunedain realizó un informe sucinto sobre temas políticos, militares y económicos a lo largo de los acantilados. Lo que dijo casaba bien con la experiencia de Raisa en su breve tiempo allí.
-En suma, la carretera está reparada, y el comercio debería incrementarse cuando el tiempo mejore. Yo sugeriría invertir más fondos en ayudar a los Waterwalkers y asegurarnos de que nos ven como buenos vecinos. Eso ahorraría más costes militares, ya que nos servirían como primera línea de defensa. Nadie va a atravesar los Fells si ellos no lo permiten.
Dunedain hizo una pausa, como para verificar que Raisa quería más, luego continuó cuando Raisa se lo indicó con un gesto.
-Ha habido una mejora clara en el Dyrnne, y eso ayuda. Los Waterwalkers son del tipo guarda rencor si perciben que han sido heridos o sienten que no están siendo respetados.
-Todos somos de ese tipo, sargento Dunedain -dijo Raisa. Pensó un momento-. Dígame... ¿qué opina usted de los magos, sargento?
-No me gustan ni me disgustan, señora -dijo Dunedain-. He tenido poca interacción con ellos, francamente. No soy demonai, aunque podría haberlo sido. Fui nombrada demonai, pero en vez de eso decidí ir a Casa Wien.
-¿Por qué? -preguntó Raisa, observando a Averill, que estaba contra la pared. Estaba sentado, con las manos cruzadas, vistiendo su cara de comerciante-. La mayoría lo consideraría un raro honor, especialmente para un mestizo.
-Los demonai son demasiado estrechos de miras, demasiado concentrados en los intereses del clan. Nosotros necesitamos una visión más amplia, o creo que nos veremos superados. -La sargento se frotó la nuca-. Un soldado siempre puede encontrar trabajo -dijo-. Así funciona el mundo... la gente lucha unos con otros.
-Si fuera usted la general de los ejércitos, ¿qué haría de otra forma? -preguntó Raisa-. Si tuviera la autoridad para hacer lo que quisiera.
-Enviaría a los mercenarios de vuelta por donde vinieron -dijo Dunedain, alzando la barbilla desafiante-. El ejército debería componerse de la misma mezcla de gente que las Fells... gente del clan, magos, y llaneros. Gente de los reinos bajos, si están aquí para quedarse. Si los magos no se unen al ejército, deberíamos averiguar de qué otra forma trabajar con ellos. Y también me aseguraría de que el ejército y la guardia estuvieran coordinados. Algunas veces creo que tienen objetivos contrapuestos, Su Majestad.
-¿Qué querrías de tu reina -preguntó Raisa-, su fueras comandante del ejército?
-Querría suficientes recursos para armar y equipar a las tropas con efectividad. Querría a alguien que me entendiera y que entendiera mi mundo y escuchara lo que tengo que decir. Querría que me hiciera saber cuáles son nuestras metas militares. Y luego le pediría que confiara en que yo hiciera mi trabajo -dijo Dunedain sin rodeos.
Raisa sonrió.
-Gracias por sus ideas, sargento Dunedain. Aprecio su disposición a hablar con franqueza.
-Espéreme en la sala de guardia, sargento -dijo Amon-. Hablaremos más antes de que vuelva a su puesto.
Dunedain los saludó a los dos, giró sobre sus talones, y salió.
Raisa se levantó, inclinó la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
Después miró a Jemson y Averill.
-¿Y bien? ¿Qué pensáis?
-Me gusta -dijo Jemson-. Me gusta como piensa y como se expresa.
Averill frunció el ceño.
-Tiene opiniones fuertes -dijo-. Y tú también, Rosa Silvestre. ¿Cómo funcionará eso?
-No te gusta por lo que dijo de los demonai -replicó Raisa.
-No, así es -admitió Averill-. Es ingenuo pensar que todos podemos unirnos y cantar la misma canción con tanta historia a nuestra espalda.
Cuando la reunión se disolvió, Raisa llevó a Amon a un lado y le pidió que buscara un sustituto para Char Dunedain en la Muralla Oeste.
-La quiero de vuelta en Fellmarch -dijo Raisa-. Inventa una buena razón.
-¿Es una sustituta potencial para Klemath? -preguntó Amon, inclinándose para hablar con ella.
Raisa asintió.
-Necesito a alguien de confianza. Quiero poder actual audazmente si hace falta, sin luchar con Klemath a cada paso del camino. Si Dunedain va bien, realizaré el cambio. Sin embargo, mantenlo en secreto. Lo último que necesito es a un general en el campo que sepa que va a ser reemplazado.
Amon asintió. Continuó caminando, mirando a Raisa, con una arruga entre sus cejas oscuras, hasta que ella dijo, con bastante agudeza:
-¿Qué?
-Has cambiado, Rai -dijo él-. Pareces muy... muy confiada. Como si supieras qué estás haciendo.
Otro cumplido Byrne. Hace unos meses, habría reaccionado ante eso.
-¿Oh? ¿Así que estás diciendo que antes era tímida?
En vez de eso, se encogió de hombros y dijo:
-Ya veremos si sé lo que estás haciendo. Necesitaré toda la ayuda que pueda conseguir para salir de esta.
 

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Re:Los siete reinos 4. LA CORONA CARMESÍ. Capítulo 8
« Respuesta #1 en: Junio 18, 2018, 10:17:06 pm »
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