Autor Tema: Los siete reinos 4: La corona carmesí, CAPÍTULO 3  (Leído 179 veces)

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Los siete reinos 4: La corona carmesí, CAPÍTULO 3
« en: Mayo 14, 2018, 09:47:20 pm »
CAPÍTULO 3
EL BANDO DE ABELARD
Han se despertó con un sudor frío, buscando a tientas el cuchillo que siempre guardaba bajo la almohada. Le llevó un momento aclararse la cabeza, recordar donde estaba. Comprender que no estaba en la Logia de la Matriarca en los Pinos de Marisa, ni en su habitación en el Vado de Oden. Recordar que Rebecca estaba viva, no muerta, sino transformada en otra persona... alguien inalcanzable.
Cambió de posición en su cómodo colchón de sangreazul (no de paja) y acarició el pliegue de lino fino de la sábana entre el pulgar y el índice. Cierto. Estaba de vuelta en sus habitaciones del Castillo Fellsmarch, y alguien estaba llamando a la puerta.
Se deslizó por la cama desnudo, todavía buscando su cuchillo.
-¿Qué pasa? -exigió.
-Es Darby, mi señor. Con un mensaje urgente.
Han se envolvió en la túnica de terciopelo que había colgado a los pies de la cama y cruzó la habitación.
-¿Qué puede ser tan urgente? -dijo a través de la puerta-. ¿El castillo está en llamas? ¿La reina ha tenido gemelos demoníacos?
Darby no dijo nada durante un largo rato.
-¿Perdón, mi señor?
Han descansó la frente contra la madera de la puerta. Había estado en el Mercado de los Harapos la noche anterior, y se había quedado hasta tarde. ¿Cuándo aprendería que era inútil intentar ahogar su dolor y su pena en una taverna? Eso sólo empeoraba las cosas.
-¿De quién es? -preguntó.
-El chico dijo que era urgente, pero no dijo de quién era, señor.
Han abrió la puerta lo bastante para ver uno de los ojos azules ansiosos de Darby. Abrió un poco más y sacó la cabeza por la abertura.
Darby le entregó un sobre sellado con una pequeña inclinación.
-Lamento despertarle, mi señor. ¿Puedo... puedo traerle algo de desayuno? ¿Un poco de pescado salado y cerveza? ¿Algo de pudding? -Tal vez algo en su cara traicionó el estado del estómago de Han, porque Darby añadió raudamente-. ¿O un poco de pan y gachas? Es bueno para tranquilizar el estómago.
Han tragó con dificultad.
-Yo... creo que esperaré -dijo, y cerró la puerta despacio para que no hiciera ruido.
Abrió el sobre de golpe. El mensaje era corto y dulce, con letras rectas y angulosas. Ven a verme inmediatamente. Estoy en Kendall House. M. Abelard.
Huesos, pensó Han. Se había estado temiendo la llegada de la decana. Una complicación más que no necesitaba. Ya se sentía como haciendo malabares con gatos callejeros. Había esperado evitar verla hasta la primera reunión del Consejo.
Ahora que la convocatoria había llegado, sabía que era mejor no retrasar las cosas. Rebuscando gruñonamente entre la ropa nueva de su armario, eligió su atuendo menos lujoso, un sobrio abrigo gris y calzas negras sencillas. También dejó a un lado sus estolas de mago. Abelard podría reconocer la insignia. No quería que pensara que se alzaba por encima de su posición. Aún no.
Nunca antes había tenido seis elecciones de atuendo para escoger.
Han miró fijamente al espejo sobre el lavamanos, peinándose el pelo con los dedos, deseando no parecer tan ojeroso. Con Abelard, tendría que aparentar.
Imágenes de la celebración de los Pinos de Marisa le seguían rondando por la cabeza: Raisa entrando y saliendo de la luz del fuego, echando la cabeza hacia atrás, con las faltas arremolinadas alrededor de sus esbeltas piernas, con brazaletes en los tobillos y muñecas, cantando las viejas canciones. Princesa del clan... de un linaje más antiguo incluso que el de Hanalea.
Reid Nightwalker, vestido para danzar. Rodeando el fuego, vigilando a Raisa como si ella fuera un ciervo y él un gato de las Fells de caza.
Su imaginación le había llevado incluso más allá... Raisa y Nightwalker bajo las mantas, sus extremidades entralazadas, los ojos verdes de Raisa bebiendo de la cara de Nightwalker, sus manos enredadas en esas trenzas Demonai. ¡Aaahh! Han sacudió la cabeza, intentando desalojar la imagen. Puede que Nightwalker esperara una boda, pero, al contrario que Han, no se negaría a un revolcón mientras tanto.
¿Qué se había apoderado de él en los Pinos de Marisa? ¿Qué pensaría Raisa ahora de él? Por no mencionar a Averill y Elena. Cuando había oído que Nightwalker sería el Patriarca del Campamento Demonai, había visto adónde quería ir a parar Averill... un matrimonio entre Raisa y Nightwalker, un triunfo decisivo del clan sobre los magos. Había saboreado las amargas cenizas de sus esperanzas carbonizadas.
Tengo que mantener las ideas claras, pensó. No puedo perder así el control. No si quiero seguir vivo.
La idea de Raisa en la puerta de al lado casi suponía demasiada distracción. Pero no podía colarse por el pasillo de atrás, manteniendo la cama de Raisa caliente para Nightwalker.
Kendall House estaba cerca del castillo, justo dentro del perímetro de la muralla. Protegía a los sangreazul de los círculos exteriores de los protegidos de la reina, además de a aquellos que requerían más espacio del que podían tener dentro del propio palacio.
Las habitaciones de la Decana Abelard estaban en el primer piso, en un ala con vistas al jardín. Un criado hizo pasar a Han hasta un patio que tenía una fuente en el centro. Abelard estaba sentada ante una mesita de hierro forjado, hojeando documentos, garabateando notas ocasionalmente en los márgenes. Su pelo rojizo liso hasta la altura de la barbilla le oscurecía la cara cuando se inclinaba sobre su trabajo. La túnica de decana había desaparecido.
Abelard estaba tan bien vestida como cualquier sangreazul de la corte, con su estola del libro y la llama por encima.
Han miró alrededor. Era una buena elección como lugar de reunión. A cielo abierto, donde el sonido de la fuente cubriría su conversación frente a  posibles espías. Cuando Abelard alcanzó el fondo de su pila de papeles, los hizo a un lado y gesticuló hacia una silla colocada frente a ella.
Han se sentó, descansando las manos sobre las rodillas, con la cabeza un poco inclinada hacia atrás, esperando parecer despejado y duro a pesar de su dolor de cabeza.
Abelard le miró fijamente, apoyando la barbilla sobre los dedos entrelazados y con los codos sobre la mesa.
-Mi queridísimo Alister, has estado ocupado -murmuró-. Yo preocupada por cómo te iría por tu encuenta entre los depredadores de la corte, y descubro que tú eres el depredador jefe.
¿Entonces por qué me siento como una presa?, pensó Han.
-No me concedas demasiado crédito. No he tenido mucha competencia.
Abelard se rió.
-Sí, así es. Pero aún así. Tres meses después de abandonar Vado de Oden eres el guardaespaldas de la Princesa Raisa y su elegido para el Consejo de Magos. Has conseguido un título y tierras. No sólo eso, te has mudado a la habitación junto a la de ella. Impresionante.
Han se encogió de hombros, pensando que la Decana Abelard había averiguado mucho en sólo unos días. O tal vez había tenido a alguien vigilando todo el tiempo.
-¿Qué más has estado tramando? -preguntó Abelard- ¿Qué has averiguado?
Cierto. Han había vido a las Fells fingiendo ser los ojos y oídos de Abelard.
-¿Qué creo o qué puedo probar? -dijo Han.
-¿Qué crees?
-Lord Bayar ha intentado... varias veces... asesinar a la princesa heredera... ahora reina. Ella es demasiado independiente para su gusto. Prefieren respaldar a la Princesa Mellony. Entretanto, Micah todavía espera meterse en su cama y casarse con la reina. -Han no había escupido nada que Abelard no supiera ya-. Me dijo que evitara que ocurriera cualquiera de las dos cosas. Me imaginé que la mejor forma de conseguirlo era entrometerme entre ellos y Su Majestad pegándome a ella.
-Muy de cerca. -Inclinándose hacia delante, Abelard preguntó-. ¿Te estás acostando con ella?
Han resopló, mientras su corazón se encogía dolorosamente.
-¿Qué probabilidad hay de eso?
-No me extrañaria de ti, Alister -dijo Abelard. Extendió la mano y le pasó los dedos por el costado de la cara-. Eres guapo, y tienes un cierto encanto malvado. Y la nueva reina parece haber heredado las costumbres libertinas de su madre, Marianna.
Han contuvo sus recuerdos de Raisa bailando con Nightwalker en los Pinos de Marisa. No dijo nada, esperando no haber traicionado nada.
-Se rumorea que la princesa estuvo escondida en el Vado de Oden mientras Micah y Fiona estuvieron allí. -Abelard mantenía sus perspicaces ojos verdegrisáseos fijos en él.
Han frunció el ceño, como si estuviera desconcertado.
-¿De verdad? ¿Por qué iba a ir allí?
-Esa es la cuestión -dijo Abelard-. ¿Es posible que Micah y la princesa Raisa hubieran planeado encontrarse en Vado de Oden?
La mente de Han dejó de tramar mentiras y se concentró en lo que Abelard estaba diciendo.
-¿Qué?
-Me pregunto si la princesa Raisa ha sucumbido a los bien conocidos encantos de Micah -dijo Abelard con sequedad-. Sé que estuvo viéndole antes de su brusco auto-exilio. Tal vez huyeron juntos.
No sabe que Lord Bayar y la reina Marianna pretendían casar a Raisa con Micah, pensó Han. Ha asumido que Marianna se habría opuesto a ello.
-No sé -dijo Han, pensando con rapidez, andando con mucho cuidado-. Mantengo bien vigilado a Micah. He entrado y salido de sus habitaciones cientos de veces. Micah tiene un montón de chicas, pero nunca he visto ninguna seña de que él y la princesa Raisa estén saliendo.
-¿Saliendo? -los labios de Abelard se retorcieron con diversión.
-Viéndose -dijo Han, mientras todo el rato se preguntaba a sí mismo... ¿era posible? Seguramente él lo habría sabido. ¿No?
Una vez más, había pasado varios meses en Vado de Oden antes de empezar a ver a la chica que había conocido como Rebecca de forma habitual. ¿Y si Micah había cruzado el río para verla? ¿Y si ella había hecho a Micah la misma oferta que a él... ser amantes clandestinos... y Micah había aceptado? Raisa era buena guardando secretos... había mantenido su identidad en secreto ante él durante casi un año.
Inesperadamente, las palabras de Fiona volvieron a él. La princesa heredera ha accedido a permitir que mi hermano Micah la corteje. En secreto, por supuesto.
-Supongo que es posible -siguió Han-. Pero él habría tenido que ocultárselo a Fiona, lo que no sería fácil. Si ella lo hubiera averiguado, se lo habría soltado a su padre en un abrir y cerrar de ojos.
O matado a la propia Raisa, pensó.
Abelard estudió la cara de Han un rato más.
-Has insinuado que hay un distanciamiento entre la familia Bayar... entre Micah y su padre, y entre Micah y Fiona.
-Ninguno de ellos se lleva bien con los demás -dijo Han-. A Fiona no le gusta que Lord Bayar quiera casar a Micah con el linaje Lobo Gris. Piensa, ¿por qué no yo?
Abelard alzó una ceja.
-¿Perdón? ¿Cómo iba a ser eso?
-Fiona crees que deberíamos deshacernos del linaje Lobo Gris por completo -dijo Han-. Está a favor de una reina maga. Y ya puede suponer a quién tiene en mente para ese trabajo.
-Desde luego -murmuró Abelard, frotándose el pulgar y los dedos como si ya estuviera contando el dinero-. ¿Pero no tienes pruebas de eso?
Han negó con la cabeza.
-Sólo lo que me dijo.
-¿Entonces Fiona te ha convertido a ti en su confidente? -Abelard sonrió-. ¿Cómo a ocurrido eso?
Han no le devolvió la sonrisa.
-Espera utilizarme contra Micah. Sabe que nos nos llevamos bien.
-Bueno, ahora -dijo Abelard, tamborileando con los dedos sobre el tablero de la mesa-. ¿Cómo utilizamos esto?
-¿Así que no está deacuerdo? -dijo Han-. ¿Con lo de librarse del linaje Lobo Gris? -Mantuvo el tono casual, la expresión indiferente, aunque mucho dependía de la respuesta.
Abelard miró alrededor, luego se inclinó más cerca.
-Podría considerarlo, Alister, si supiera que el baño de sangre mágica resultante valdría la pena. Mejor tener al linaje de Hanalea en el trono que el de los Bayar. Ahora mismo, hay demasiadas preguntas sin respuesta. Todavía no sabemos si la Armería de los Reyes Dotados todavía existe y, de ser así, quién la tiene.
Otra vez con esas, pensó Han, intentando eliminar el excepticismo de su cara. Casi había olvidado la armería, de los días del grupito de Abelard en Vado de Oden. Pero la decana todavía parecía tener una fijación con eso.
-Si existe... y los Bayar la tienen... ¿por qué no han tomado el control todavía? -dijo Han.
-Hasta ahora, la Casa Aerie parecía satisfecha con ser la primera entre los magos, tal como ha sido desde el Quebrantamiento. -dijo Abelard-. Muchos en la asamblea y el consejo apoyan a los Bayar porque siempre ganan, y los cobardes no quieren pagar el precio de respaldar al lado perdedor. -Hizo una pausa-. Y aún así, tú arriesgas tu vida al oponerte a Lord Bayar. ¿Por qué? ¿Qué esperas ganar?
Han se encogió de hombros, intentando ignorar las nauseas de su estómago.
-Una cosa conduce a otra.
-Te sugiero que cierres tu puerta y contrates un catador. -dijo Abelard con sequedad-. Y trae un ejército a Dama Gris, o nunca saldrás de esto con vida.
No tengo un ejército, pensó Han. Todo lo que tengo es a Cuervo. Y tal vez ni siquiera a él. Cuervo no había vuelto al Aediion desde que Han le había sorprendido llevando a Bailarín de Fuego.
Tras un momento de pesado silencio, Abelard continuó.
-Lord Bayar pretende que eligan a Micah como Alto Mago en su lugar. Luego pondrá a Fiona en el concejo ocupando el asiento de los Bayar. Eso dará a Micah mayor influencia sobre la reina, y acceso constante a ella, si es que no lo tiene ya. Entre tanto, la seducirá. No queremos eso.
-Al parecer tiene que ocurrir algo que les haga parecer perdedores -murmuró Han-. Algo que deje su infalibilidad en entredicho. Algo que espante a sus aliados.
La decana frunció el ceño.
-Déjame eso a mí -dijo-. No te contraté para planear la estrategia política. -Se echó el pelo hacia atrás-. Dolph deVilliers está en el consejo, y odia a los Bayar. Estás tú, y estoy yo. Eso son tres de los seis del concejo. Necesitamos un miembro más de nuestro lado para evitar el voto de desempate de Gavan Bayar.
-¿Nuestro lado? -dijo han.
-Tengo intención de ser Alta Maga -dijo Abelard.
Bueno, pensó Han, prefiero a Abelard junto a Raisa que a Micah Bayar. Pero preferiría estar junto a Raisa yo mismo. ¿Hay alguna forma de hacer que eso ocurra? Su mente resbaló por esa senda hasta que la voz de Abelard le interrumpió.
-Hasta que sepamos más, tiene sentido continuar manteniendo viva a la Reina Raisa y evitar un matrimonio con Micah. Quiero que investiges la posibilidad de que se estén viendo en secreto. -Hizo una pausa-. Si es así, ¿estás preparado para eliminar a Micah?
Más preparado de lo que me gustaría admitir, pensó Han, recordando esos oscuros y desesperados días tras la desaparición de Raisa de Vado de Oden.
-Si usted quiere -dijo, recostándose en su silla como si no le importara una cosa u otra-. Si hace que me valga la pena.
Abelard asintió enérgicamente, con aspecto satisfecho.
-Entretando, intentaré encontrar otra pareja para la reina. Alguien más de mi agrado.
Han se aclaró la garganta, manteniendo el cuerpo relajado y suelto.
-¿Tiene a alguien en mente?
-Yo, si fuera un hombre -dijo Abelard con sarcasmo-. El matrimonio es sólo una cuestión política, después de todo. La clave es casarse, concebir un heredero, y luego hacer lo que te dé la gana.
Consideró la pregunta de Han por un momento.
-Preferiría que se casara con alguien inofensivo -dijo-. Más pronto que tarde. Creía que el principe Tomlin era una posibilidad, pero eso no tiene buen aspecto. ¿El General Klemath no tiene un par de hijos idiotas?
Siempre había un punto en el que Han ya no podía soportar estar con la decana Abelard mucho más. Y era este. Levantó la vista, escudándose los ojos y juzgando el ángulo del sol.
-Se hace tarde -dijo-. Me echarán de menos. ¿Hay algo...?
-¿Al final encontraste a esa chica que estabas buscando? -preguntó Abelard de repente-. ¿La que desapareció de Vado de Oden? Creías que los Bayar podían tener algo que ver con eso.
Justo cuando pensaba que Abelard no estaba prestando atención, me sale con esto, pensó Han. Sólo recuerda, una vez digas algo, no podrás retirarlo.
-No -dijo-. Creo que desapareció para siempre.

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Re:Los siete reinos 4: La corona carmesí, CAPÍTULO 3
« Respuesta #1 en: Mayo 15, 2018, 04:08:59 am »
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