Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26  (Leído 893 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« en: Febrero 10, 2018, 10:22:31 pm »
CAPÍTULO 26
Sir Ehren estaba sentado junto al conductor de la carreta de suministros. Aunque las calzadas eran lisas, a todo esto, una vez se había ganado suficiente velocidad e inercia, cada simple bache o grieta en la superficie de la carretera hacía saltar la estructura de la carreta, y de ahí a su trasero y su espalda. Aunque el frío inoportuno de los últimos días había terminado, había sido reemplazado por una lluvia firme e implacable.
Volvió a mirar sobre el hombro a las doscientes cuarenta carretas como la que actualmente sufría. La mayoría de ellas estaban apenas medio llenas, si no completamente vacías. Más allá de las carretas andaban los refugiados de Riva, muchos de ellos enfermos a causa de la lluvia y la falta de comida y refugio. Las legiones marchaban por delante y por detrás del grupo, aunque individualmente los legionarios estaban poco mejor que los civiles.
El combate continuaba en la retaguardia de la columna, donde Antillus Raucus había tomado el mando de la defensa. Grandes trompetas marcaban las ráfagas de artificios aleranos. Con frecuencia los relámpajos atravesaban los cielos llorosos, siempre golpeando a su zaga. Las legiones menos maltratadas hacían turnos para romper el empuje del enemigo, apoyadas por la caballería agotada. Traían a los hombres heridos de la retaguardia y se los entregaban a los sanadores abrumados en las carretas médicas. Varias de las carretas de suministros vacías ya se habían llenado de heridos que no podían caminar por sí mismos.
Ehren volvió a mirar hacia delante, a la Legión Phrygian que marchaba en la vanguardia. Justo detrás de ellos venía el grupo de mando con los ciudadanos de más alto rango, incluyendo la carreta cubierta que llevaba al herido Princeps Attis. Técnicamente, se suponía que en cualquier momento Ehren podía acudir al Princeps e informar en persona del estado de los suministros. Si resultaba que eso le sacaba de fría lluvia un rato, sería una faliz coincidencia.
Suspiró. Había sido una racionalización perfectamente buena, pero su lugar estaba a la cabeza de la columna de suministros. Además, era mejor que Attis tuviera tan pocos recuerdos de Ehren ex cursori como fuera posible.
-¿Cuánto falta, tú que crees? -preguntó Ehren al carretero que había a su lado.
-Poco -dijo el hombre lacónicamente. Tenía un sombrero de ala ancha que derramaba lluvia como el techo de un pequeño edificio.
-Un poco -dijo Ehren.
El carretero asintió. También tenía una capa a prueba de agua.
-Poco. Y una garrapata.
Ehren volvió a mirar de reojo al hombre, luego suspiró, y digo:
-Gracias.
-De nada.
Se acercaron caballos a la carreta, con los cascos retumbando como tambores amortiguados. Ehren se giró para ver al conde y la condesa de Calderon montando hacia él. El conde tenía un vendaje en la cabeza, y un lado de su cara estaba tan profundamente magullado que parecía que un fabricante de paños loco hubiera teñido su piel con un tono particularmente virulento de púrpura. La condesa portaba cierto número de marcas menores y más ligeras, souvenirs de la batalla con la antigua Alta Señora de Aquitaine.
Ella y su marido colocaron sus caballos en paralelo a la carreta de Ehren.
-Sir Ehren.
-Condesa.
-Parece usted una rata ahogada -dijo ella, dedicándole una sonrisa débil.
-Rata ahogada sería subir un peldaño -dijo Ehren, y estornudó violentamente-. Feh. ¿En qué puedo ayudarles?
Amara frunció el ceño.
-¿Ha sabido algo de Isana?
Ehren sacudió la cabeza con gravedad.
-Lo siento. No han habido noticias.
La expresión del conde Calderon se quedó en blanco, y miró a lo lejos.
-Su Excelencia -dijo Ehren-, en mi opinión, hay buenas razones para creer que sigue viva.
El conde Calderon frunció el ceño, sin mirar atrás.
-¿Por qué? -dijo entre los dientes apretados.
Ehren hizo una mueca en simpatía. La mandíbula magullada obviamente le hacía muy doloroso hablar.
-Bueno... porque fue secuestrada para empezar, señor. Si el vord la quisiera muerta, no habría ninguna razón para que se tomaran la molestia de arreglar una entrada encubierta en un edificio asegurado. La habrían matado en el acto.
El conde Calderon gruñó, frunció el ceño, y miró a Amara.
Ella asintó hacia él y pasó la pregunta que evidentemente podía ver en la cara de su marido.
-¿Por qué la querrían viva, sir Ehren?
Ehren hizo una mueca y sacudió la cabeza.
-No tenemos forma de saber eso. Pero el vord se tomó muchas molestias para llevársela. Podemos suponer que tiene suficiente valor para el enemigo como para no hacerle daño. Al menos, no aún. Hay esperanza, señor.
-He visto lo que el vord hace a los que cogen vivos -gruñó Calderon, las palabras fueron furiosas y apenas inteligibles-. Decirme que mi hermana está viva y en manos de esas cosas...
Amara suspiró.
-Bernard, por favor...
El conde volvió a mirarla. Asintió con la cabeza una vez y tiró de las riendas de su caballo, guiando a la bestia a unos cuantos pasos de distancia. Se mantuvo dándoles la espalda.
Amara se mordió el labio inferior unos cuantos segundos. Luego se volvió hacia Ehren, recuperada la compostura.
-Gracias, Ehren -dijo-, por intentarlo. Tenemos que hablar con el Princeps Attis.
Ehren se mordió el labio inferior.
-No estoy seguro... de que esté para aceptar visitas.
-A nosotros nos verá -dijo Bernard con rudeza-. Ahora.
Ehren arqueó una ceja.
-¿Ah?
-Antes de llegar, tenemos que discutir con detalle como emplear mejor las defensas del valle -dijo Amara-. Nadie las conoce mejor que nosotros.
Ehren se limpió la lluvia de los ojos y se pasó la mano hacia atrás por la cabeza.
-Me parece bastante razonable. Le preguntaré. No puedo prometer nada.
-Por favor -dijo Amara.
Ehren asintió hacia ella, bajó de la carreta y corrió adelante, hacia el grupo de mando. No era difícil. El grupo entero podía viajar no más rápido que el más lento de sus miembros, y como consecuencia no avanzaban ni la mitad de rápido que una legión en movimiento. Media docena de singulares le reconocieron de vista, y uno de ellos le saludó al pasar la barrera invisible que representaba su presencia.
Ehren llamó a la puerta trasera de la carreta cubierta, todavía corriendo para mantener el paso. Lady Placida abrió la puerta un momento después y ofreció la mano a Ehren. Él la tomó y subió a la carreta.
-Gracias, Su Gracia.
-De nada, sir Ehren.
Plady Placida hizo una mueca.
-¿Cómo está?
-No muy bien. Fui capaz de restaurar en cierta medida el flujo de sangre, pero... con una cauterización así, hay límites. Él está mucho más allá de ellos.
El estómago de Ehren se retorció.
-Se está muriendo.
-También está tendido aquí mismo, escuchando -llegó la voz de Attis, débil y divertida-. Pediría que dejéis de hablar sobre mi cabeza, pero en mi actual condición tengo poca elección.
Ehren intentó sonreir.
-Ah. Mis disculpas, Su Alteza.
-Lo que Aria quiere decir -dijo Attis-, es que esa perra traicionera me fileteó. La parte baja de mi cuerpo ha sido seccionada desde la ingle a las costillas. Mis entrañas son un maldito desastre y sin duda empezaré a apestar en breve. Mi corazón está trabajando demasiado porque al parecer ser partido en dos hace cosas terribles a la presión sanguínea de uno. Las heridas son demasiado severas y extensas para ser sanadas. No puedo comer. Sin los tubos apropiados en mi barriga, la comida simplemente se pudriría en cualquier caso. Puedo beber un poco, lo que significa que moriré de inanición en unas semanas en lugar de de sed en unos cuantos días. A menos, por supuesto, que la infección acabe conmigo primero, lo cual parece probable.
Ehren parpadeó varias veces ante eso.
-S-su Alteza. Lo siento, no me percaté
-No hay necesidad de que te disculpes, cursor. La vida acaba. No puedes culparte a ti mismo por eso.
Ehren le evaluó un momento, luego bajó los ojos y asintió.
-Sí, Su Alteza. ¿Está... siente dolor?
Attis negó con la cabeza.
-Por ahora me las arreglo.
-Tal vez debería descansar.
-Pronto tendré descanso de sobra, en realidad. Por ahora, tengo un deber que cumplir.
-Su Alteza -protestó Ehren-. No está en condiciones...
Attis ondeó una mano despectiva.
-No estoy en condiciones de luchar. Pero en un conflicto a esta escala, contribuiré más a nuestra causa coordinando los esfuerzos de otros y determinando el curso de acción. Puedo hacer eso casi tan bien desde esta carreta que sobre mi caballo.
Ehren frunció el ceño y levantó la vista hacia Lady Placida.
Ella encogió un hombro.
-Mientras mantenga la mente despejada, creo que tiene razón. Es el mejor que tenemos cuando se trata de decisiones tácticas y estratégicas, su equipo ya está en el lugar, y su estructura y métodos ya están establecidos. Deberíamos utilizar eso.
¿Está segura de que no quiere decir "utilizarle", Su Gracia?, pensó Ehren.
Había poco amor entre estos dos.
No es que Ehren tuviera ningún derecho a lanzar piedras. Inspiró profundamente y se mordió la lengua.
-Ya... veo. Su Alteza, la condesa y el conde Calderon han acudido a mí. Solicitan reunirse con usted urgentemente para discutir cómo utilizar mejor las defensas del Valle de Calderon.
-No hay descanso para el malvado -murmuró Attis-. Sí, supongo que tienen razón. Por favor, envíemelos, sir Ehren.
Ehren inclinó la cabeza.
-Como desee.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #1 en: Febrero 10, 2018, 10:23:01 pm »

Uno de los legionarios de la retaguardia se derrumbó cuando la larga columna de refugiados y soldados tenían a la vista la entrada del Valle de Calderon. Al instante, los guerreros vord se abalanzaron para romper las defensas aleranas, sin dejar de atacar. Sólo empujaban hacia delante, mientras seguían llegando más de sus tropas al punto débil de la línea alerana.
Ehren comprendió lo que había ocurrido cuando oyó comenzar a gritar a los refugiados. Se puso de pie en la carreta y miró hacia atrás. Actualmente se movían a un paso gentil, y pudo ver claramente a los guerreros con forma de mantis precipitándose de izquierda a derecha a través de la columna, con sus brazos como guadañas azotando para rociar sangre y muerte sobre los defensores. Los cuernos llamaban salvajemente. Los legionaros que marchaban en las columnas de los flancos formaron para contener al enemigo.
El vord no estaba llevando a cabo su típico asalto entusiasta. Nunca dejaban de moverse, ni siquiera cuando soltaban un golpe mal apuntado. Las bajas eran mucho menores de las que podrían haber sido... pero la pura presencia escandalosa de las criaturas entre los refugiados estaba haciendo algo mucho más mortífero. Los refugiados aterrados se desparramaban, corriendo en busca de refugio entre los árboles.
Los cuernos gritaron una respuesta desde la vanguardia, y el Alto Señor Phrygius dio la vuelta a su legión para empezar a marchar a toda prisa hacia la batalla. Un instante después, varias formas saltaron al aire desde la tienda de mando. Ehren creó reconocer a los Placida, el viejo Ceres, y una figura que bien podría ser la condesa Amara, Los Altos Señores y Señora fueron al oeste. El volador solitario giró al este, y salió disparado como la flecha de un archo.
-¡Reuníos! -gritó Ehren-. ¡Tocad a reunión aquí! ¡Sacad a esa gente fuera del bosque!
El carretero tanteó en busca de su cuerno durante un instante, luego se lo llevó a la boca y sopló tres largas y sorprendentemente melifluas notas, antes de hacer una pausa y repetir el proceso. Las carretas comenzaron de inmediato a apresurarse hacia Ehren, formando en columnas dobles para compactarse en tan poco espacio como fuera posible mientras la Primera de Phrygia pasaba de largo. Una vez despejaron, Ehren y su conductor completaron la maniobra, los carros salieron de la carretera y formaron un enorme cículo, una fortaleza improvisada de paredes de madera de consistencia dudosa.
A los refugiados se les había repetido instrucciones sobre cómo actuar ante una señal de cuerno, en previsión de un momento como este. Probablemente había hecho poco bien. Incluso tareas perfectamente simples eran algunas veces difíciles o imposibles en condiciones de auténtica vida o muerte. Por eso se adiestraba a los soldados y se entrenaba sin fin... para que cuando estuvieran entumecidos por el terror, pudieran no obstante, hacer lo que tenían que hacer. Una vez las carretas se detuvieron, el carretero volvió a tocar la llamada de reunión con su cuerno. Algunos de los refugiados más cercanos gritaron y corrieron al dudoso refugio de las carretas. Otros los vieron y les siguieron. Ehren supuso que incluso era posible que alguno de ellos hubiera entendido la señal. Vio a docenas de refugiados que habían corrido a los árboles volver corriendo. Algunos, pero no todos. Ehren se estremeció. Cualquiera que creyera que el bosque proporcionaría algún refugio contra los vord iba a llevarse un buen chasco. Ya había visto al menos una docena de guerreros mantis deslizándose entre los árboles.
Las legiones y el vord chocaron unos contra otros, mientras los ciudadanos y los caballeros vord pasaban de acá para allá entre la lluvia. Los tambores retumbaban, y los hombres morían. El orden de batalla alerano había sido tragado por el puro caos, pero el vord parecía no tener ninguna de esas dificultades. En términos absolutos, el número de guerreros que habían traspasado la abertura en las líneas de la legión no era grande... pero esos vord, apresurándose arriba y abajo por la columna, tenían un efecto sobre las tropas aleranas completamente desproporcinado en relación a su número. Chillaban y corrían, golpeando al azar a cualquier objetivo que se le pusiera por delante, sembrando el pánico entre hombres y animales por igual.
Estaban soplándose tantas señales de cuerno que Ehren no podía distinguir una de otra, y la red resulta ser una cacofonía sin sentido.
Y entonces Ehren oyó los tambores.
Nunca antes los había oído así... grandes, profundos como el océano, tambores cuyas voces retumbaban tan bajo que se sentían en vez de oírse. Pero si las voces de los tambores le resultaban extrañas, su tono y su ritmo estaban perfectamente claros: Eran voces furiosas.
Tal vez treinta de los guerreros mantis se apresuraron hacia el círculo de carretas en un grupo cohesionado, seguido por un rastro de gritos de los refugiados que corrían en vano hacia sus compañeros. El vord les cortó mientras huían, a pesar de los esfuerzos de un grupo dispar de hombres a caballo de las legiones de tres ciudades diferentes, que intentaron obligar al vord a alejarse de los civiles aleranos.
-¡Lanzas! -gritó Ehren, y los carreteros y las carretas comenzaron a sacar lanzas de sus perchas en los costados de las carretas. Se armaron, luego comenzaron a pasar las lanzas extra a cualquier refugiado dispuesto a luchar, y el anillo de carretas de repente se encrespó con espinas marciales.
Los vord con forma de mantis saltaban chillidos de hambre ansiosa, y los más adelantados saltaron en el aire y llegaron coon sus extremidades extendidas. Ehren vio a uno lanzarse hacia él y apenas tuvo tiempo de coger su lanza del fondo de la carreta, y luego agacharse bajo ella. El vord se empaló en la lanza, que atravesó su armadura hasta la barriga de la criatura y emergió parcialmente por la espalda. El vord chillaba de dolor, y sus patas se sacudían cruelmente. Una guadaña se hundió en el suelo de la carreta. Ehren, agachado, recibió varios golpes contra los hombros y flancos... y entonces el carretero soltó un bramido y empujó al vord lejos de Ehren y de vuelta al suelo del exterior del círculo de carretas, con la lanza de Ehren todavía atravesada.
Ehren agarró la primera arma que tuvo a mano, un saco lleno de nabos. Cuando otro vord intentó subirse a la carreta, giró el saco de verduras y golpeó con fuerza la cara del vord. Su golpe no hizo daño al guerrero mantis, pero distrajo a la criatura lo suficiente para que el carretero lo golpeara con un madero de tamaño considerable... de hecho, Ehren comprendió que era el mango de los frenos de la carreta. El vord se inclinó hacia atrás bajo el golpe, sacudiendo la cabeza, tambaleándose borracho sobre sus patas delgadas.
Y los tambores se hicieron más audibles.
Ehren nunca estuvo seguro de cuanto tiempo duró esa lucha desesperada bajo la lluvia. Reparó en varios cuadrados vacíos de legionarios, mirando hacia afuera, con grupos de refugiados protegidos tras una pared de músculo y acero. Más legionarios estaban en movimiento, pero por el momento, al menos, el círculo de carretas estaba solo.
Dos veces Ehren observó como los caballos de una carreta cedían al pánico y tiraban, intentando escapar. El vord les atrapaba y los hacía pedazos. Un carretero desafortunado se encontraba en la parte de atrás de la carreta cuando el caballo saltó. El vord no hizo ninguna distinción entre él y su animal espantado. Media docena de hombres fueron arrastrados de las carretas. Varios guerreros mantis más pequeños se adelantaron y atravesaron las carretas por debajo, destrozando a los refugiados reunidos dentro de las mismas, derramando más sangre alerana antes de acabaran con ellos.
Y todo el rato, los tambores se oían más fuertes.
Ehren se arrancó una manga de la camisa para usarla como vendaje rápido para la pierna del carretero, después de que el hombre hubiera recibido una mala herida. Más hombres habían caído. Los gritos de los niños aterrados resonaban chillones en el aire. Ehren cogió la mitad rota de una lanza y la utilizó como garrote, apuntando a las cabezas y los ojos, aunque sabía que el arma sería inútil. El vord agarró la carreta de al lado de la suya y la arrastró fuera del círculo, abriendo una brecha en la frágil formación defensiva. Ehren gritó de miedo y protesta, mientras una porción tranquila y desapegada de su mente reparó en que una vez el vord estuviera dentro del círculo, el resto de su vida se contaría en segundos.
Y el suelo comenzó a temblar.
Un bramido macizo y bestial se alzó desde un trueno de contrabajo a un chillido silbante. Ehren giró la cabeza a toda prisa, a tiempo de ver a un enorme gargante negro estrellarse contra el vord que atacaba el círculo de carretas. La bestia era un monstruo, incluso entre los suyos, la parte alta de sus patas traseñas se elevaba al menos cuatro metros del suelo. Su cuerpo corpulento y cuadrado recordaba vagamente a su primo, el tejón común, aunque su cuello grueso y su amplia cabeza claramente se distinguían de la bestia mucho más pequeña, especialmente cuando uno consideraba los colmillos de un metro que salián de su boca y se curvaban hacia arriba a partir de las mandíbulas del gargante.
Esta bestia en particular era un viejo bruto marcado por las batallas, con rayas sin de pelo que indicaban la presencia de cicatrices sobre la carne de la bestia... un pendencieron veterano. Los más veloces entre los vord se escabulleron del camino del gargante. Los más lentos o menos afortunados no se apartaron a tiempo, y las patas gigantes del gargante y su pura masa los convirtió a una pulpa repugnante y gelatinosa.
Sentado sobre la enorme espalda del gargante iba el marat más grande que Ehren hubiera visto nunca. Sus amplios hombros estaban tan cargados de músculos que casi parecía una deformidad. Llevaba una túnica alerana rojo pálido, aunque las mangas se habían cortado para dejar espacio a unos brazos más gruesos que los muslos de Ehren, y una trenza tejida del mismo material le mantenía el pelo largo apartado de la cara. En la mano derecha llevaba un garrote de mango largo, y mientras Ehren observaba, el marat se inclinó por el costado del gargante, agarrando una cuerda de cuero trenzada para evitar caerse, empujando con los pies el costado del gargante, como un hombre bajando la cara de un acantilado con una cuerda. El garrote barrió el aire en un arco grácil, y arrancó de forma bastante literal la cabeza de un guerrero mantis de sus hombros blindados con quitina.
-¡Buen día! -gritó el marat en un alerano alegre y con mucho acento. Una pasada de su garrote aplastó un guerrero mantis que saltaba en el aire antes de que pudiera tocarle, luego se empujó ligeramente hacia arriba sobre la espalda del gargante. Gritó algo y palmeó al gargante con el mango del garrote, y la bestia volvió a bramar, pateando a otro vord lejos de las carretas con sus patas terminadas en garras.
Erhen se le quedó mirando, estupefacto.
El enorme gargante negro y su jinete no habían venido solos.
Había al menos mil de esas grandes criaturas a la vista, y más llegando por la calzada desde el Valle de Calderon, cada uno con uno o más jinetes marat. Aplastaban a los vord que habían penetrado las líneas aleranas como una piedra atravesando una tela de araña. El ruido era indescritible, como el pesado olor almizclado de los gargantes en el aire. Las bestias pasaban como una tormenta, como una ola de músculo y hueso, dejando vords aplastados y rotos esparcidos por todos lados.
Se oyó el aullido de un viento, y la condesa Calderon pasó a no más de tres metros del suelo, corriendo por el rastro de destrucción dejado por el gargante y su jinete de músculos de acero. El ruedo de su capa chasqueaba y crujía como una docena de látigos por la velocidad de su paso. Se desvaneció tan rápido como había aparecido.
Ehren se encontró de pie erguido sobre el carretero herido, con el garrote improvisado en la mano, jadeando en busca de aliento, con los oídos resonándole. De repente el mundo parecía un lugar bastante silencioso.
-¿Qué...? -tosió el carretero-. ¿Qué acaba de pasar?
Ehren miró aturdido por la carretera hacia el oeste, hacia el cuerpo principal de tropas, donde el rabioso bramido de los gargantes quedaba ahogado por muchos otros sonidos. Varias burbujas de humanidad permanecían en su línea de visión, donde refugiados desesperados se habían apiñado para alzar sus inadecuadas furias contra el enemigo, o donde los legionarios habían formado un escudo alrededor de grupos de civiles y habían resistido la acometida. Había muchos muertos y heridos en el suelo.
Pero no había un guerrero vord vivo a la vista.
-Doroga -jadeó Ehren-. Ese era el Jefe de Clan Doroga. Debe serlo. -Se giró hacia el carretero y empezó a ocuparse más concienzudamente de la pierna del hombre-. Creo que acaban de llegar los refuerzos.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #2 en: Febrero 11, 2018, 11:50:29 am »
Buen capítulo, muchas gracias

Desconectado javiss

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #3 en: Febrero 11, 2018, 03:49:05 pm »
Los marat del clan gargante se unen a la guerra. Esperaba que lo hicieran. La lucha contra el vord lo merece. Y Doroga lo sabe

Desconectado Araghan

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #4 en: Febrero 11, 2018, 08:52:52 pm »
gracias 06a
“Por los amigos ausentes, los amores perdidos, los viejos dioses y la estación de las nieblas.Y ...

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #5 en: Febrero 12, 2018, 10:07:24 pm »
que buen cap. gracias por traducirlo

Desconectado MARTKAT

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #6 en: Febrero 16, 2018, 08:26:00 am »
Me gusta mucho esta serie y agradezco la traducción.

Desconectado margenis

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 26
« Respuesta #7 en: Febrero 16, 2018, 12:03:25 pm »
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