Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21  (Leído 631 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« en: Enero 29, 2018, 12:34:32 pm »
CAPÍTULO 21
Amara observó los ojos de Macio. Estaban clínicamente ausentes mientras inclinaba la espada para una estocada entre las costillas y tomaba aliento. En el instante anterior a empujar el arma hacia delante, ella se retorció de lado, metiendo el estómago tanto como pudo. Pudo sentir el filo de la espada quemar una linea ardiente a lo largo de su barriga, pero fue capaz de dar un golpe con el puño y acertar un golpe preciso, aunque débil, en el puente de la nariz.
Macio se echó hacia atrás a causa del golpe, involuntariamente cegado por las lágrimas de sus ojos... y luego bruscamente giró la parte superior del cuerpo, agitando la espada arriba y hacia atrás como si esta tuviera voluntad propia. Hubo un crujido de impacto cuando algo golpeó la espada, y una pequeña nube de fragmentos de madera salió salpicando de ella.
Una esperanza descabellada surgió en Amara, atravesando su cuerpo. Los latidos extra de distracción le habían dado tiempo suficiente para reunir sus aterrados y atónitos pensamientos. Llamó a Cirrus para tomar prestada la velocidad de su furia y observar a cámara lenta el mundo que la rodeaba. Incluso mientras lo hacía, volvió a levantar el cuchillo en el golpe que debería haber utilizado en primer lugar, no para cortar el brazo de Maxio sino su propio pelo, por donde él la sujetaba.
El afilado cuchillo le cortó el pelo sin frenar, y quedó libre. Cayó al suelo y se lanzó a un lado. Vio como la espada de él se movía otra vez, con una gracia perezosa en la sensación de tiempo expandido por su artificio de viento. Una flecha larga y delgada con plumas verdes y marrones se abalanzó hacia la cabeza de Macio. El ciudadano con collar interceptó la flecha con su hoja, y una segunda nube de astillas salió volando. La espada de Macio continuó su moviendo, dirigiéndose hacia Amara con una gracia casi delicada. Su propio cuerpo se movía con la misma lentitud, pero fue capaz de golpear la parte plana de la hoja con la mano cuando la punta se dirigía hacia su abdomen, y la espada pasó a su lado para morder la pared de piedra.
Amara rodó sobre un hombro, colocando las piernas juntas bajo su cuerpo mientras lo hacía, y se puso en pie con un salto explosivo. Cirrus se colocó precipitadamente debajo de ella, levantándola y alejándola de Macio, evitando el retorno de la hoja por un pelo.
La plaza se asentaba profundamente entre los altos edificios de Riva, y podía sentir a Cirrus esforzándose mientras luchaba por mover suficiente aire ahogado entre la piedra para elevarla a los cielos. El centro de la plaza habría sido una localización mejor para despegar, pero no era posible aproximarse a través del anillo de enormes furias que todavía se acurrucaban aquí. En vez de eso, atrapada al borde de la plaza, se alzó del suelo demasiado despacio y se vio obligada a dejar de intentar ganar altitud antes de golpear el costado del edificio que era su meta.
Agarró la repisa de una ventana con una mano, empujó los dedos de su bota izquierda contra otra, y, todavía propulsada por Cirrus, comenzó a ascender por el costado del edificio casi como una araña.
La presencia de tanta piedra, que había limitado a Cirrus, también habría afectado a las furias de viento de Macio... y el joven debía pesar casi cien libras más que ella. Una mirada rápida sobre el hombro le mostró que Macio corría hacia ella... pero en vez de emplear artificios de viento para perseguirla, dejó escapar un gruñido y dio un salto explosivo, recurriendo a la fuerza de un artificio de tierra para lanzarse hacia arriba casi tres pisaso de un solo bote. Con los ojos fijos en Amara, hundió las puntas de los dedos en la piedra como si fuera arcilla suave, y con el poder de la tierra, comenzó a escalar el edificio más rápidamente de lo que podía ella.
Amara alcanzó el tejado apenas un aliento por delante de Macio, puso la barriga en el borde, y luchó desesperadamente por auparse del todo hasta el tejado.
Una garra de hierro se cerró sobre su tobillo.
Bajó la vista, desesperada, impotente contra el poder de la mano de Macio... y rezó por haber supuesto correctamente de qué edificio habían provenido los disparos. Macio cogió pie, y Amara supo que su siguiente movimiento sería simplemente tirar de su tobillo y estamparla contra el costado del edificio como si fuera una muñeca de porcelana.
La pared de un metro de la parte alta del edifcio explotó hacia fuera con un crujido resonante de piedra destrozada. Una mano de nudillos amplios aferró el cuello de la armadura de quitina de Maxio en una garra de acero, y empujando hacia atrás, aplastó la cabeza del joven ciudadano contra el costado del edificio. Macio dejó escapar un solo sonido ahogado, luego la mano que le aferraba volvió a golpearle contra la piedra una y otra vez. Los dedos de Macio soltaron flácidos el tobillo de Amara, y su sangre salpicó la pared. Su cuello crujió con el segundo o tercer impacto. Al quinto, la pared cedió, y el cuerpo de Macio se desvaneció en el interior de la torre. Se oyeron unos cuantos sonidos pesados y feos de impacto, de carne desgarrada y huesos rotos.
Amara se volvió a aupar otra vez al tejado y yació allí jadeando de dolor, esfuerzo excesivo y puro terror. Las cosas horribles que había visto esa noche inundaron sus pensamientos, y se encontró sollozando en silencio, aferrándose la barriga como para retener la pena dentro.
La mano de Bernard le tocó el hombro un momento después, y abrió los ojos para mirarle. Su marido estaba cubierto de rastros de humos, su cara estaba completamente negra. Había un corte reciente en una de sus mejillas. Sangre fresca, la sangre de Maxio, había salpicado su túnica, su cara y su cuello. El polvo y los restos de piedra destrozada, mezclados en una pasta con más sangre, cubría su brazo derecho hasta el codo. El gladius de la legión estaba en su costado, en el lado opuesto a un enorme carcaj de guerra, y sostenía su arco pesado en la mano izquierda. La levantó con la mano derecha y casi la aplastó contra su pecho. Amara se aferró a él, sintiendo su calidez y su fuerza contra ella.
-Justo a tiempo -susurró.
-Te dejo sola una hora, mujer -dijo, con voz temblorosa-. Y te encuentró correteando por ahí con otro hombre más joven.
Ella soltó una risita ahogada que amenazó con provocar más sollozos y le abrazó durante unos cuantos latidos más. Luego le empujó con gentileza, y él la levantó en el aire.
-No podemos -dijo Amara-. Hay más de ellos alrededor.
El golpe seco de un artificio de fuego cercano atravesó el aire puntualizando su declaración. Se oyó un rugido extendido, y una nube de polvo comenzó a emerger en el lado más alejado de la ciudad, uniéndose al humo y el fuego.
-¿Más artífices tomados por el vord? -dijo Bernard-. ¿Por qué están aquí?
-Vienen a por los ciudadanos -dijo Amara-. Al menos uno de ellos está cerca, bajo un velo. Me golpeó con bastante fuerza para que otro me atrapara.
Cuando terminaba de hablar, se produjo un aullido de viento sobre ellos, y un par de formas oscuras pasaron, fuego titilando sobre acero, lluvias de chispas estallando irregularmente entre los dos. Otros dos se lanzaron tras la primera pareja, convergiendo con ellos desde diferentes ángulos y altitudes. Unos segundos después, muy lejos, múltiples esferas de luz ardiente volvieron a la vida en una rápida sucesión de explosiones. Le siguieron golpes distantes en estacato. Luego una serie de vetas azules respondieron a las esferas, destelleando en la otra dirección. Un siseo, como lluvia golpeando una sartén caliente, siguió unos momentos después.
-Malditos cuervos -jadeó Bernard-. Esto no es un lugar inteligente donde estar.
-No -dijo Amara-. Esas no son buenas señales.
Bernard le frunció el ceño.
Amara gesticuló cansada hacia el cielo.
-Los artífices enemigos deben haber estado trabajando con sigilo, atacando a nuestros ciudadanos mientras intentaban ayudar a la ciudad. Probablemente llevaban haciéndolo una hora y media o más antes de que yo llegara. Si ahora hay una batalla abierta, eso significa que esas operaciones encubiertas han dejado de ser útiles al enemigo. Lady Placida debe haber avisado a sus compañeros ciudadanos.
Bernard gruñó.
-Tal vez. O tal vez la mitad de los artífices enemigos están montando un espectáculo mientras el resto acecha y espera una oportunidad de emboscar a ciudadanos distraidos.
Amara tembló.
-Eres un hombre tortuoso. -Luego miró a la plaza y otra vez a Bernard-. ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó.
-Vigilar a Aquitaine -dijo. Su voz era reposada y completamente neutral-. Sus singulares quedaron destrozados por esa furia toro. Los que podían caminar tuvieron que arrastrar a los que no. Le dejaron ahí completamente solo.
-Vigilándole -dijo Amara en voz baja-. No cuidando de él.
-Correcto.
Amara se mordió el labio.
-A pesar de la lealtad que un ciudadano debe a la Corona y sus herederos.
Los dedos ensangrentados de la mano derecha de su marido se cerraron en un puño.
-Ese hombre es directamente responsable de las muertes de más de cuatrocientos de mis amigos y vecinos. Algunos de ellos mis malditos aldeanos. Según Isana, no guarda en secreto el hecho de que algún día puede considerar necesario matar a mi sobrino. -Miró a la solitaria figura de la plaza, y su voz ardió acalorada sin hacerse más alta, mientras sus ojos verdes cobraban un barniz helado-. Ese asesino hijo de puta debería considerarse afortunado de que no le haya hecho pagar lo que debe. -Apretó los labios, observando la forma concentrada e inmóvil de Attis entre la media docena de enormes furias-. Ahora mismo, sería fácil.
-Le necesitamos -dijo Amara.
Bernard apretó la mandíbula.
Amara le puso una mano en el brazo.
-Le necesitamos.
La miró de reojo, tomó una inspiración lenta, e hizo un movimiento con la cabeza tan minúsculo que apenas se reconoció como un asentimiento.
-Eso no significa que tenga que gustarme...
Bernard giró la cabeza, y su cuerpo comenzó a seguirla antes de que Amara oyera unos pasos ligeros sobre el tejado. Se volvió a tiempo de ver un borrón en el aire, alguien oculto tras un velo de viento y aproximándose con aterradora velocidad. Luego se oyó un sonido de impacto y Bernard dejó escapar un jadeo, doblándose. El borrón se movió de nuevo, y la cabeza de Bernard se sacudió violentamente a un lado. Algunos dientes se soltaron de su mandíbula y traquetearon sobre el tejado como un puñado de dados de marfil, y su marido se derrumbó en el suelo junto a ellos, sin sentido o muerto.
Amara buscó a Cirrus y su arma a la vez, pero el atacante agitó un brazo casi invisible y un manojo de cristales de sal la golpearon, haciendo que su furia de viento se convulsionara en medio de una agonía etérea. Su espada estaba a medio camino de salir de su funda cuando un hilo de acero frío, la punta de una hoja larga y esbelta, se apoyó contra su garganta.
El arma brilló tenuemente hasta hacerse visible, luego la mano que había tras ella, después el brazo tras la mano, y de repente Amara se encontró cara a cara con la antigua Alta Señora de Aquitaine. Indivia estaba arropada en quitina negra, y esa misma horrible y pulsante criatura parásito seguía alojada en su torso. Su pelo era oscuro y estaba despienado, sus ojos hundidos, su piel tenía una palidez poco saludable.
-Y pensar -dijo Invidia- que he pasado la última media hora examinando toda la plaza buscando a los singulares que estaba segura que Attis había ocultado. Muy propio de él utilizar su inexistencia como camuflaje, aunque supongo que eso los hace imposibles de encontrar. Hola, condesa.
Amara lanzó una mirada a su marido inconsciente, pasó los ojos sobre la plaza de abajo, y apretó los dientes.
-Los cuervos te lleven, traidora.
-Oh, vamos -dijo Invidia feliz-. Ya habían comenzado a picotear mis ojos y mis labios cuando el vord me encontró. No me siento inclinada a repetir la experiencia.
Amara sintió una sonrisa fría extender sus labios.
-¿Se supone que tengo que lamentarme por ti?
-Vamos, condesa -replicó Invidia-. Es demasiado tarde para que ninguno de nosotros busque redención por nuestros pecados.
-¿Entonces por qué no me matas y acabas con esto? -dijo Amara, alzando la barbilla para desnudar más su garganta ante la hoja de Invidia-. Solitario, ¿no? ¿Echas de menos la compañía de otros seres humanos? ¿Necesitas un poco de respeto? ¿Perdón? ¿Aprobación?
Invidia la miró un momento, aunque sus ojos parecían atravesar a Amara como si no estuviera allí. Un ceño le frunció la frente.
-Tal vez -dijo.
-Tal vez deberías haberlo pensado antes de empezar a matarnos a todos -escupió Amara-. Tú no llevas collar, como los otros. Ellos son esclavos. Tú eres libre. Estás aquí por elección.
Invidia soltó una risa áspera.
-¿Es eso lo que piensas? ¿Que tengo elección?
Amara arqueó una ceja.
-Sí. Entre la muerte y destruir a tu propia raza. Podrías desafiar al vord y morir por el veneno que llevas dentro... morir horriblemente. Pero en vez de eso has elegido dejar que todos los demás mueran en tu lugar.
Los ojos de Invidia se desorbitaron, y sus labios se retiraron mostrando los dientes en una mueca antinatural.
-La parte verdaderamente triste -dijo Amara, con desprecio desnudo en la voz-, es que al final, no habrá ninguna diferencia. En el momento en que seas más una amenaza que un activo para ellos, el vord te matará. Eres una niña egoista y petulante. Toda la sangre que mancha tus manos ha sido para nada.
Las mandíbulos de Invidia se tensaron, y puntos de color aparecieron en sus mejillas. Su cuerpo entero comenzó a temblar.
-¿Quién? -susurró-. ¿Quién te crees que eres?
Amara se inclinó hacia la hoja y sostuvo la mirada de Invidia.
-Yo sé quien soy. Soy la condesa Calderonus Amara, cursor de la Corona, leal sierva de Alera y de la Casa de Gaius. Aunque me cueste la vida, sé quien soy. -Desnudó los dientes en una sonrisa lobuna-. Y las dos sabemos quién eres tú. Has escogido tu lado, traidora. Vive con ello.
Invidia se quedó inmóvil. Los muchos fuegos soplaban un viento caliente sobre el tejado. En algún lugar, se produjo un rugido de mampostería cuando un edificio se colapsó. Golpes distantes de artificios de fuego pulsaban irregularmente a través de la noche. La desesperación distante de las trompetas y tambores de las legiones seguían como una música constante y apenas perceptible.
-Que así sea -siseó Invidia.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #1 en: Enero 29, 2018, 12:35:32 pm »
Y entonces el tejado estalló.
Amara llamó a Cirrus, y la furia herida fluyó en su interior, prestando velocidad y agonía por igual mientras el tiempo parecía frenarse. Amara se propulsó hacia delante, agachándose, y pasó bajo el corte rápido que Invidia lanzó a su cuello. Dada la fuerza nacida de las furias de la antigua Alta Señora, con la que dio el golpe, Amara no tuvo ninguna duda de que este la habría matado. Encogió una rodilla contra el pecho mientras se movía, luego, con una mano descansando ligeramente sobre el tejado, soltó la pierna, con toda la fuerza de sus caderas y piernas tras ella, el poder proporcionadao por la fuerza brutalmente concentrada atravesó el talón y golpeó la cadera de Invidia.
La armadura de Invidia absobió gran parte del poder aniquilador del golpe, pero la alcanzó con suficiente fuerza para lanzarla hacia atrás en el aire. La increíble fuerza impulsada por las furias no añadía masa a un cuerpo, después de todo, y la patada de Amara se había movido con tal velocidad que ni siquiera una poseedora de la fuerza superior de un artífice de tierra, habría resultado ilesa.
Amara sintió crujir su tobillo, y el dolor, añadido a la propia agonía de Cirrus, fue suficiente para acabar con su concentración o su artificio de viento. El mundo volvió a su paso habitual, e Invidia se estrelló contra el reborde bajo de piedra que rodeaba el borde del tejado. Lo golpeó con una fuerza brutal, y un grito abandonó sus pulmones. Sacudió la cabeza y levantó una mano, con los ojos llameando de rabia.
Entonces un fuego explotó directamente sobre ella, la furia ardiente de la esfera blanca de un caballero Ignus, intensificada en magnitud. El estallido de calor abrasador se derramó sobre Amara en un flujo que le chamuscó el pelo hasta rizarlo contra su cráneo, y se lanzó al suelo para protege la cara inmóvil de Bernard del calor hirbiente de esa explosión.
Movió a mirar un momento después, con los ojos todavía abrumados por la intensidad, y descubrió que la mitad del tejado del edificio, la parte donde había estado Invidia, había desaparecido sin más. No había escombros, ni fuegos, ni polvo... el edificio simplemente había dejado de existir en el espacio de una esfera del diámetro de un par de carruajes. En los lugares donde el edificio había sido devorado, había un corte tan pulcro como cortado por un cuchillo, el borde del material original estaba chamuscado y perfectamente cortado. Un terrible olor llenaba el aire.
No había señal de Invidia.
Se oyó un sonido del impacto más ligero sobre el tejado, cerca. Amara levantó la vista y vio otra forma velada y casi invisible, de pie a tres metros de distancia, de cara a la esteril destrucción del tejado.
-Espero -murmuró Gaius Attis-, que no se hayan quemado. Intenté contener la expansión del calor.
-Nos ha utilizado -exclamó Amara. Apartó su mirada furiosa de la forma velada de Attis. El dolor era tan puro que casi la cegaba con lágrimas, pero buscó la garganta de Bernard con los dedos. El pulso latía firme y fuerte, aunque seguía sin moverse. Su propia fuerza nacida de las furias le había capacitado para sobrevivir al golpe de Invidia en la mandíbula. Si un golpe semejante hubiera alcanzado a Amara, le habría roto el cuello.
-Era necesario -contestó Attis llanamente. Se giró, estudiando los cielos cubiertos de humo y fuego de Riva-. Invidia nunca se habría expuesto ante mí si no pensara que podía matarme con facilidad, como por ejemplo estando distraído con esas furias. Y si no hubiera encontrado a nadie cuidando de mí, habría asumido que mi guardia estaba demasiado bien oculta, y no se hubiera mostrado por miedo a ser tomada por sorpresa. Usted y su conde son lo bastante capaces para que resultara plausible que se les hubiera confiado advertirme del peligro, pero lo bastante vulnerables para ocuparse rápidamente de alguien del calibre de Invidia.
-Podría habernos matado a ambos -dijo Amara.
-Cierto -respondió Attis-. Pero no sin revelar su presencia.
Amara le miró con dureza un momento, parpadeando para apartar las lágrimas de sus ojos.
-No eran furias feroces -dijo-. Eran las suyas, disfrazadas.
-Obviamente, cursor. Honestamente, ¿cree que me quedaría completamente desprotegido cuando la más ligera perturbación tendría como resultado mi muerte? ¿Cuando una persona con gran cantidad de conocimiento personal sobre mí está por ahí con el vord durante un asalto? -Hizo una pausa, reflexionando-. Lamento no haber podido contarles a usted y al conde lo que estaba haciendo, pero eso habría estropeado el asunto.
-Arriesgó nuestras vidas -dijo Amara-. Hirió a algunos de sus propios guardaespaldas. Y ni siquiera sabía si ella se mostraría.
-Incorrecto -replicó. Se arrodilló para comenzar a recoger al inconsciente Bernard-. Invidia tiene un talento agudo para sentir la debilidad y explotarla.
Se oyó un siseo, y una espada esbelta, cuya hoja relucía con el fuego verde del vord, emergió de repente de la piedra bajo los pies de Attis y se hundió en sus entrañas. Attis gritó y se apartó de la espada, que se liberó de su cuerpo con un gemido y un chisporroteo. Apenas se las arregló para caer de lado mientras un círculo de un metro de piedra del tejado explotaba hacia arriba y hacia afuera.
Una figura emergió desde abajo, toda quitina negra y carne chamuscada, sujetando la hoja verde entre sus manos. Era calva, su cuero cabelludo estaba chamuscado. Amara apenas habría podido reconocer a Invidia de no ser por los punzantes, temblorosos y agónicos movientos de la criatura quemada que se aferraba a su corazón.
-Sé como explotar la debilidad -siseó, su voz era un graznido áspero-, al igual que tu insufrible tendencia a regodearte tras una victoria, Attis.
Attis yacía en el tejado, blanco como una sábana. Su mano derecha se retorcía en lo que pareció una falta completa de movimientos controlados. Ambas piernas estaban laxas. No estaba sangrando, porque la hoja blanca que los altos ciudadanos empleaban casi siempre cauterizaba las heridas. Sólo el hecho de que estaba postrado contra el reborde de piedra evitaba que simplemente yaciera en posición supina. Su mano derecha se movió con torpeza hacia su chaqueta, luego emergió con un papel doblado. Lo lanzó débilmente hacia Invidia, y aterrizó a los pies de esta.
-Para ti. Me encanta lo que te has hecho en el pelo.
Invida desnudó los dientes en una sonrisa. Le corría sangre por los labios quemados. Sus dientes y el blanco de sus ojos parecían raros contra el negro absoluto de la cara quemada.
-¿Y qué es esto?
-Tu copia de los papeles del divorcio.
-Qué concienzudo.
-Necesario. No podía librarme legalmente de ti hasta que los tuvieras.
La sonrisa de Invidia no vaciló mientras se adelantaba, su espada siseaba mientras la llama acariciaba el aire frío.
-Ahora estás libre de mí.
Él inclinó la cabeza en una reverencia burlona, su cara era una máscara de tranquilo desdén.
-Y no ha sido lo bastante pronto.
-Para ninguno de los dos -ronroneó ella.
Se oyó el grito de un ave de presa y un pequeño halcón de fuego blanco golpeó el tejado a los pies de Invidia, extendiendo en un instante una pared de llamas entre ella y Attis.
La mirada exhausta de Amara se alzó a los cielos, donde media docena de voladores, las armas de todos y cada uno de los cuales llameaban con fuego, ya se lanzaban en un picado que los llevaría a la batalla del tejado. Se zambulleron en una cuña irregular, y Placidus Aria llevaba la delantera, espada ardiente en mano, el ruedo de sus faldas chasqueaba y se desgarraba ante la velocidad de su vuelo.
Attis soltó una risa débil, asfixiada y desdeñosa.
-Malditos cuervos -gruñó Invidia. Giró y se lanzó a la parte de atrás del edificio, desvaneciéndose de la vista mientras el viento empezaba a aullar, llevándosa en medio de una espesa nube de humo.
Amara se aferró a Bernard mientras tres de los recién llegados aterrizaban en el tejado y otros tres permanecían en lo alto. El anciano Alto Señor Cereus, con su pelo blanco naranja a la luz del fuego, bajó junto con Lord y Lady Placida, mientras Phrygius, su hijo, y el Alto Señor Riva montaban guardia en el aire.
-Aria -gritó Amara-. El Princeps necesita una tuba sanadora, inmediatamente.
-Para nada -dijo Attis, con tono tranquilo-. Después de todo, ese es el objetivo del artificio de las hojas de las espadas. Es del todo imposible sanar una herida cicatrizada.
-Oh, cállate - exclamó Amara. Después de apretar las mandíbulas un momento, añadió-, Su Alteza.
Aria acudió a Gaius Attis, echó un vistazo breve a sus heridas, y sacudió la cabeza.
-La ciudad está perdida. Ahora nos reuniremos con la retaguardia de las legiones. Tenemos que movernos.
-Como quieras -dijo Attis-. Gracias, por cierto, por intervenir. Odiaría darle esa satisfacción.
-No me lo agradezcas a mí -contestó Aria con acritud-. Agradéselo a Amara. Sin su advertencia, puede que yo no hubiera sobrevivido en absoluto. -Se inclinó, gruñó, y cargó al hombre herido sobre uno de sus hombros.
-¡Aprisa! -gritó uno de los hombres de arriba-. ¡El vord ha abierto una brecha en la muralla!
Sin una palabra, el Alto Señor Placida levantó a Bernard. Cereus deslizó uno de los brazos de Amara sobre sus hombros y la sostuvo en pie junto a él, dedicándole una sonrisa amable.
-Espero que no le importe permitirme hacer los honores, condesa.
-Por favor -dijo Amara. Se sentía bastante atontada-. Siéntase libre.
Los seis se elevaron del tejado con un rugido de viento, y Amara vio poca ventaja en permanecer despierta para lo que venía a continuación.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #2 en: Enero 29, 2018, 02:26:42 pm »
Dios, que mono tengp, muchas gracias por el capitulo.  08a

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #3 en: Enero 29, 2018, 06:43:16 pm »
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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #4 en: Enero 30, 2018, 12:59:00 pm »
Gracias.  06a

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #5 en: Enero 30, 2018, 11:50:10 pm »
 18a
Muchas gracias

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 21
« Respuesta #6 en: Enero 31, 2018, 08:22:13 pm »
Muchas gracias Cris, un trabajo excelente como siempre! Desde luego no afloja la tensión ni un ápice, me está encantando la profundidad y desarrollo q le están dando al personaje de Tavi, esta vez lo tiene realmente difícil para sacar un plan genial como hace siempre.