Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20  (Leído 345 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« en: Enero 27, 2018, 11:49:40 pm »
CAPÍTULO 20
Riva ardía, iluminando la noche sin luna
-Siempre hay un fuego -dijo Amara, con tono acabado-. ¿Por qué siempre hay un fuego?
-El fuego es una cosa viva -replicó sir Ehren. Miraba fijamente a la ciudad como hacía Amara, levantando la vista desde la planicie de su lado noeste. Los refugiados pasaban junto a ellos en un río aturdido y tambaleante, dirigido por elementos de la legión cívica rivana, y flanqueado por los legionarios de Riva-. Si no lo controlas, busca comida, se alimenta, y crece. Está en cada casa de la ciudad, y sólo hace falta un momento de descuido para soltarlo. -Se encogió de hombros-. Aunque imagino que las furias salvajes tienen algo que ver también.
Una furia de viento surgió de la noche, soltando un chillido agudo mientras se lanzaba hacia el par de cursores que hablaban a un costado del camino. Amara alzó casualmente una mano e hizo un esfuerzo de voluntad. Cirrus se lanzó hacia la furia hostil en una ráfaga de viento, y cuando los dos se encontraron, la furia de Amara se esbozó con una luz fantasmalmente blanca, un espectro de un caballo de patas largas. Como docenas de otros en la pasada hora, el choque fue breve. Las pezuñas de Cirrus acabaron rápidamente con la furia de viento.
-Condesa -dijo Ehren-. Tengo entendido que estaba usted en la ciudad.
Amara asintió. Se sentía extrañamente desprendida de los eventos de la noche, ilesa y serena. No estaba en calma, por supuesto. Después de todo lo que había visto, sólo una loca estaría en calma. Sospechaba que era más bien un entumecimiento. El flujo aterrado y herido de humanidad que tenía ante ella le habría roto el corazón si no hubiera visto cosas mucho peores dentro de las murallas de Riva cuando las furias salvajes las superaron.
-Durante un rato. Llevaba mensajes entre Riva y Aquitaine.
Ehren la estudió con intensidad un momento. Luego dijo:
-¿Tan malo fue?
-Vi una furia de tierra que parecía un gargante derribar un edificio que se utilizaba como refugio para huérfanos -dijo con tono plano-. Vi a una mujer embarazada quemada hasta los huesos por una furia de fuego. Vi a una anciana arrastrada hasta un pozo por una furia de agua, su marido la sujetó por las muñecas todo el rato. Se fue con ella. -Hizo una pausa, pensando en la plácida e inflexible calma de su propia voz, y añadió-. El segundo minuto fue peor.
Ehren cruzó los brazos y se estremeció.
-Odio pensar en lo que habría ocurrido si los Altos Señores no hubieran sido capaces de volver a la ciudad para conducir lejos a algunas de las furias.
-Cierto -dijo Amara.
-Condesa. ¿Está segura de que está bien?
-Perfectamente.
El pequeño cursor asintió.
-¿Y... el Conde?
Amara se sintió más distante. Pensaba que probablemente era la única razón por la que no estaba llorando histérica.
-No lo sé. Era parte del personal de mando de Riva. No estaba allí.
Ehren asintió.
-No... parece el tipo de hombre que se queda dentro cuando está pasando algo así.
-No. No lo es.
-Si tuviera que adivinar -dijo Ehren con reserva-, yo diría que probablemente esté ayudando en la evacuación. Y que le verá tan pronto como todo el mundo haya podido salir de la ciudad.
-No sería raro en él -coincidió Amara. Tomó un profundo trago de una frasca de agua que había olvidado que sujetaba. Luego se la pasó a Ehren-. Gracias.
-Por supuesto -dijo él-. ¿Adónde va ahora?
-Estoy ayudando a proporcionar una patrulla aérea a la columna de refugiados -dijo Amara-. El Princeps Attis cree que sus tropas aéreas se colocarán en posición para atacarnos en la calzada. -Hizo una pausa-. ¿Y tú?
-Me ocupo de la comida y los suministros -dijo Ehren con una mueca-. Lo que me coloca a la altura de un ladrón... especialmente para todos aquellos a los que se le requisa la comida.
-No hay elección -dijo Amara-. Sin racionamiento, la mayoría de esta gente no tendrá fuerzas para llegar a Calderon.
-Lo sé -dijo Ehren-, pero eso no lo hace más fácil. -Ambos se quedaron callados y observaron a los refugiados pasar arrastrando los pies-. Cuervos -suspiró.
-Es difícil creer que esto podría haber sido peor. Hay que conceder crédito al Princeps. Actuó con rapidez. Es ligero de pies.
Amara sintió un pensamiento removerse, bajo el entumecimiento. Frunció el ceño.
-Sí -dijo-. La presencia de los Altos Señores en la ciudad marcó la diferencia... -Contuvo el aliento ante la idea que cristalizó en su cabeza-. Sir Ehren. El vord irá a por ellos.
-Les deseo buena suerte -resopló Ehren-. Los Altos Señores son más que capaces de manejar un ataque de cualquier forma vord que hallamos visto en batalla.
-¿Y qué hay de sus compañeros ciudadanos? -dijo Amara-. Los que se llevaron a Lady Isana.
La boca de Ehren se abrió ligeramente.
-Ah -dijo-. Oh, cielos.
Amara giró sobre un talón, saltó en el aire, y dejó que Cirrus la alzara en el cielo. Reunió velocidad y pronto precipitánsoe como una flecha hacia la ciudad en llamas.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #1 en: Enero 27, 2018, 11:50:46 pm »
Amara remontó hacia la ciudadela del Alto Señor, la más alta de las muchas torres de la gran ciudad. Varias veces, tuvo que esquivar columnas de espeso humo negro. El aire era turbulento por los fuegos que se extendían abajo.
Podía oir la batalla rabiando al sur de la ciudad. Tambores resonando, macerando mensajes. Cuernos bramando. Enormes masas de más esferas de fuego tradicionales rasgaban el aire, resonando irregulamente contra el pecho de Amara. Aunque los gritos de los legionarios heridos no la alcanzaban, los chilllidos de los vord moribundos atravesaban el aire, la distancia restaba la amenaza acerada de sus gritos penetrantes. Sonaban como una lejana y enorme bandanda de pájaros.
Sin embargo, Amara no estaba lo bastante lejos para escapar del dolor y el terror de la noche. Gritos humanos, chillidos y llantos llegaban de la ciudad... los hombres de la legión cívica, que intentaban rescatar a los atrapados por los fuegos, los heridos, los moribundos. Vio a varios vord mientras sobrevolaba la ciudad... guerreros solitarios, más ligeros y de aspecto más rápido que los que atacaban las líneas del frente, que de algún modo se habían abierto paso hasta el interior de la ciudad en la confusión de la noche. Equipos de tres o cuatro hombres armados, probablemente caballeros Ferrous, parecían estar dando caza a los vord, que asechaban entre el laberinto resplandeciente de calles de la moribunda Riva.
Los caballeros Aeris y los cuidadanos con capacidad para volar estaban por todas partes, sobre la ciudad, sacando a civiles atrapados de los fuegos, y Amara supuso que desde lejos debían parecer todos como polillas... siluetas oscuras en el aire de una Riva en llamas.
Las furias rebeldes vagaban por las calles y tejados, repelidas constantemente por los esfuerzos de un solo ciudadano o grupo de civiles trabajando juntos. La propia Amara había rechazado a varias furias salvajes en su camino por la ciudad. Al menos las furias feroces no eran tan numerosas o agresivas como habían sido horas antes, aunque todavía eran mortíferas para cualquiera que se encontrara con ellas sin el suficiente artificio para defenderse a sí mismo.
Se movían luces por las calles, lámparas de furia cargadas por civiles a la fuga: los heridos, los jóvenes y los ancianos que se apilaban en las pocas carretas que quedaban y sus escoltas de legionarios, principalmente. Los fuegos lanzaban luces sobre algunas de las calles, pero las sombras en las demás era más profundas.
La torre del Alto Señor era una isla de orden aislada y tranquila dentro de las murallas de la ciudad. Resplandecían luces a su alrededor, reflejadas por las brillantes armaduras de los singulares que estaban allí de guardia. La torre tenía un amplio balcón de piedra que rodeaba todo el exterior, desde el cual el Alto Señor podía observar su ciudad. Cuando Amara se aproximó, pudo ver al cortejo de Lord Riva, reunido alrededor del propio hombre, mientras se pasaba en un círculo alrededor del balcón, dando órdenes a mensajeros que iban y venían con una prisa desesperada.
Demasiado desesperada, comprendió Amara. El descalobro que se había producido como resultado del asalto vord había convertido la defensa entera de la ciudad en un caos; no había ninguna patrulla aérea visible sobre la torre del Alto Señor. Sin duda, Riva estaba planeando abandonar la ciudad en la siguiente hora y había despachado a la mayoría de sus voladores para escoltar a los refugiados. La mayor parte de los demás estarían incluso ahora salvando las vidas de los atrapados bajo los edificios ardiendo, como había hecho Amara durante un fuego en la capital durante sus días en la Academia, estrangulando fuegos a pequeña escala o utilizando paredes de viento para escudar a los que el fuego podría haber consumido. Cualquier volador que quedara sin duda había sido asignado como mensajero, coordinando con Gaius Attis y las legiones.
Formas negras se precipitaban y amagaban entre el humo, los fuegos y las sombras que cubrían la ciudad, aparentemente moviéndose al azar a través de la crisis. Amara apretó los dientes. Ella y una clase de cursores de primer año de la Academia podrían haber recorrido la ciudad soplando trompetas y escupiendo fuego sin que nadie reparara en ellos, mucho menos los detuviera. Cualquiera de esas veloces formas humanas en movimiento podía ser un volador enemigo.
Estudió con apuro la ciudad, luchando en vano por identificar a Gaius Attis o uno de los Altos Señores o Señoras. Se lanzó varias docenas de yardas hacia arriba para intentar conseguir una vista mejor. Las torres elevadas de Riva... grandes furias, ¿qué clase de maldita falsa ilusión competitiva había infectado a los arquitectos de la ciudad, para construir tantas de estas malditas cosas?... presentaban una laberinto aéreo vertiginoso de cornisas, arcos, y espirales. Los fuegos de abajo y las columnas de humo emitidas en cada ángulo, hacían difícil juzgar las distancias, y reducían cada figura aerotransportada a una silueta sin rasgos.
Ahí, cerca del nivel de la calle. Un chillido aviar ascendió desde abajo, y un halcón de llamas bajó en picado hasta un callejón, avalanzándose como un ave de presa. La luz de la furia de fuego iluminó brevemente a uno de los infiltrados vord, que acechaba a no más de diez metros de una carreta cargada de civiles heridos. El halcón de fuego explotó en una bola de fuego que destrozó al horroroso enemigo, dejando detrás media docena de fuegos pequeños y grandes manchas grasientas. Saltaron chispas de los pequeños fuegos, arremolinándose en un flujo que se apresuró a subir por el aire y se acumuló en la muñeca extendida de una mujer vestida con armadura de legionario. Las chispas se congelaron en la forma de un pequeño y casi delicado halcón de caza, que dejó escapar otro chillido penetrante que de algún modo contenía una feroz sensación de triunfo primitivo.
Amara se lanzó hacia Lady Placida, quien se echó la larga trenza roja sobre el hombro y se giró hacia ella antes de que Amara llegara a acercarse a treinta metros, espada en mano.
Amara aflojó el paso, levantando ambas manos, hasta que se hubo acercado lo suficiente para que Lady Placida viera sus rasgos a la luz lanzada por el brillante halcón.
-Condesa Amara -dijo Lady Placida. Devolvió la espada al costado con una gracia fluida. Su voz era áspera por el humo y la extenuación. Sus ojos se volvieron a fijar en la carreta, y ondeó la mano hacia al anciano que tiraba de la mula agobiada, indicándole que continuara-. ¿Qué puedo hacer por usted?
-¿Sabe que ya no hay una cortina aérea sobre la ciudad? -gritó Amara.
Los ojos de Lady Placida se desorbitaron, perceptibles incluso a la media luz contra su cara manchada de humo.
-¿Qué? No, esto ha sido una absoluta locura. -Miró a su alrededor, claramente calculando-. pero eso significaría... malditos cuervos. Somos vulnerables.
Amara asintió.
-¿Dónde está Aquitaine?
-En la plaza suroeste. Probablemente siga allí. -Lady Placida ondeó la muñeca y lanzó su pequeño halcón a la noche-. Condesa, informe al Princeps de la situación. Yo advertiré a los ciudadanos... ¡detrás de usted!
Amara redirigió inmediatamente a Cirrus, y bajó seis metros de golpe, a su izquierda, y detrás de ella. Se dió la vuelta mientras lo hacía, y tuvo una breve visión de un hombre con armadura de quitina negra, con una espada larga en la mano, lanzándose hacia ella y compensando su amago. Ella se retorció y arqueó la espalda en medio del aire, y la espada pasó a no más de dos centímetros de la punta de su nariz.
Con un mazazo mental de reconocimiento, Amara comprendió que conocía al joven que llevaba un collar y la armadura del vord. Su nombre era Cantus Macio, un joven ciudadano de Forcia que había asistido a la Academia en uno de los dos cursos que ella había estado allí. El pelo rubio oscuro era más corto de lo que recordaba, su cara y su cuerpo eran más pesados por la madurez, pero le recordaba. Había compartido varias clases con ella y había pertenecido a la minoría de ciudadanos que trataban al relativamente pequeño número de hombres libres de la Academia con cortesía y respeto... y había sido uno de los artífices más capaces de su clase.
Los ojos de Macio no mostraron un reconocimiento similar. Estaban abiertos y vacíos. Amara cambió rápidamente su curso para oponerse al de él, lo que le proporcionaría una pista más grande antes de que él pudiera alterar su propia senda de vuelo, amagando ligeramente alrededor de una columna de humo de forma que Macio no pudiera verla inmediatamente.
Sobre Amara, tres formas más armadas como los vord se habían lanzado sobre Lady Placida. Esta saltó ligeamente en el aire, a derecha e izquierda, luego sacó su espada fina y golpeó en el mismo movimiento. Surgió un chaparrón de chispas verdes, y el volador enemigo al que había alcanzado pasó junto a Amara cayendo en un giro descontrolado, dejando a su estela una brillante espiral de sangre escarlata. Golpeó una pared con una fuerza enfermiza, mientras Lady Placida salía disparada directamente hacia arriba, girando para comprometerse con los otros dos ciudadanos tomados.
Cuando el enemigo que llevaba la delantera se acercó a ella, Lady Placida extendió una mano, y la lanza de madera de un estandarte incrustada en el costado de una torre, de repente se retorció y salió disparada como un garrote, golpeando a uno de los voladores enemigos en la cadera y haciendo que se tambaleara. El segundo volador se acercó al alcance de la espada, y surgieron chispas en fuentes esmeraldas cuando su hoja se encontró con la de Lady Placida, repicando media docena de veces mientras los dos pasaban el uno junto al otro.
Lady Placida giró en el aire para quedar de cara a Amara, la sangre fluía de un corte en una de sus mejillas.
-¡Condesa! -gritó-. ¡Encuentre al Princeps! -Luego volvió a darse la vuelta, apretó los labios en una mueca desafiante, mientras el ciudadano golpeado por el palo pasaba junto a ella, espada en mano. La luz y la música acerada del choque de dos artífices de metal poderosos atravesaron la noche ahogada por el fuego.
Amara levantó la vista hacia Lady Placida durante un latido, desgarrada, pero su deber estaba claro. Incluso más que a sus artífices, el Reino necesitaba liderazgo. Puede que el Princeps Octavian estuviera en camino, pero no estaba aquí. El Princeps Attis estaba. Si Alera le perdía ahora, en estas caóticas circunstancias, la confusión sobre quién debía tomar el mando podría acabar con la destrucción de las legiones al igual que de los civiles a los que luchaban por proteger. Puede que nunca alcanzaran las fortificaciones de Calderon.
Se giró y ordenó a Cirrus que los lanzara hacia el penacho de humo más próximo, lo que mejor la ocultaría de cualquier persecución, y se apresuró hacia el sur a través de las torres de la ciudad. La ruta era traicionaera, mortal. Esbeltos puentes de piedra se arqueaban entre algunas de las torres, y casi dio con la cabeza en uno de ellos, oculto como estaba por el humo y las sombras. Palos de estandartes y esculturas de piedra sobresalían también de las torres... pero no se atrevía a volar al nivel de la calle. Abajo, donde los refugiados y los civiles de las clases más bajas habían morado en gran número, donde había cuerdas de tender la ropa que cruzaban con frecuencia las calles. Golpear una a velocidad de vuelto sería letal.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #2 en: Enero 27, 2018, 11:51:08 pm »
Encontró la plaza sur en momentos... un espacio ancho y abierto de piedra moldeada por artificios que había sido utilizado como mercado prácticamente desde la fundación de Riva. Una figura solitaria estaba de pie en el centro preciso de la plaza... y incluso desde su altura, Amara reconoció el porte y perfil de Gaius Attis. En un círculo a su alrededor, llenando la mayor parte del resto de la plaza, había más de una docena de furias feroces, la más pequeña de ellas era más grande que un toro gargante. Una serpiente, con escamas de granito y obsidiana, se enroscaba sobre sí misma, más ancha que una calle larga de la ciudad. La forma mortífera y etéra del tiburón de viento que Amara había visto antes venía después, girando y paseando en un círculo alrededor de Attis. Un toro formado por raices anudadas y ramas de madera resoplaba y sacudía la cabeza, cada uno de sus cuernos era más largo que la lanza de un legionario, mientras sus cascos raspaban y marcaban la piedra de la plaza.
El aire relucía débilmente a causa del poder, las energías de esas enormes y agresivas furias se espesaron hasta que Amara sintió que apenas podía respirar. Bajó la mirada unos cuantos segundos, atónita. Las furias de ese tamaño y fuerza eran tremendamente poderosas, el tipo de seres que sólo podían ser controlados por los ciudadanos más poderosos del Reino. Si alguien hubiera controlado aunque fuera a uno de estos seres, habría sido alguien con la habilidad y el poder de un Alto Señor.
Y Gaius Attis estaba, con toda tranquilidad, sujetando a una docena de ellas como si no fueran más que niños revoltosos.
Mientras observaba, él levantó un brazo, con la mano apretada en un puño. El gesto fue una llamada, como un hombre tirando de una cuerda pesada. La furia que se enfrentaba a él casi directamente, una criatura larga con aspecto de lagarto echa de agua lodosa, se arqueó como si sufriera una súbita agonía y dejó escapar un aullido como de mil teteras hirviendo. Luego simplemente explotó en gotas individuales de agua, conducidas por los vientos de un huracán... directamente hacia Gaius Attis. Él echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un grito bajo de dolor. Entonces, sin pausa, se giró hacia la furia de fuego con la forma de un sauce andante animado, agitando las manos, y el agua de la derrotada furia lagarto se lanzó hacia el árbol. Cuando el vapor salió a chorros, Gaius Attis lanzó el brazo hacia ella otra vez del mismo modo, llamándola con un gesto, y el vapor y el fuego volvieron hacia él, arremolinándose a su alrededor, y otra vez volvió a gritar.
A Amara la golpeó la sorpresa... Gaius Attis estaba reclamando nuevas furias. No se atrevía a aproximarse a él, no en medio de ese caldero hirviente de poder crudo. Aunque Cirrus no hubiera sido reacio a acercarse, no lo habría intentado. Reclamar furias era un asunto peligroso. Reclamar furias de semejante tamaño era... prácticamente una locura. Las energías desatadas por una furia podían fundir los huesos de un hombre, hacerle trizas, y Amara no tenía el formidable conjunto de talentos de Gaius Attis que la aislara de semejante daño.
En vez de eso, aterrizó en un tejado cercano, reuniendo a Cirrus a su alrededor, y le urgió a un artificio para hablar a distancia. Sólo funcionaba con una línea de vistión directa, y no sabía lo mucho que las descargas de energía de abajo podían distorsionar su mensaje, pero no se le ocurría nada más.
-Su Alterza -dijo, con voz urgente-, hemos perdido el control de los cielos locales. Antiguos ciudadanos están atacando a los ciudadanos que todavía están intentando ayudar en la evacuación. Es imperativo que parta usted inmediatamente.
Attis alzó los ojos y comprobó los tejados cercanos hasta que divisó a Amara. Hizo una mueca y respondió con una voz cortante por el cansancio.
-Unos momentos más. No puedo permitir que estos seres campen a sus anchas, cursor. Dejarán toda esta región inhabitable durante mil años.
-No sea un maldito tonto, Su Alteza -exclamó Amara en respuesta-. Sin usted, puede que no quede nadie que la habite.
Attis gruñó, sus ojos oscuros ardieron durante un momento con un fuego bastante literal.
-Uno no lo deja todoo y aleja sin más de un asunto como este, condesa. Puede que no haya notado a las once furias bastante grandes e irritadas que están intentando matarme en este momento.
-¿Cuánto tiempo le llevará librarse de ellas?
Aquitaine dio una sacudida crispada con la cabeza, luego extendió una mano hacia la furia de madera con forma de toro y apretó los dientes.
-No lo sé -dijo, con voz extenuada-. No mucho. Si hay algún superviviente ahí afuera cuando queden libres, no tendrán ninguna oportunidad. Si dejara usted de tirarme del brazo con esta charla...
Amara hizo una mueca, ordenó a Cirrus que regresara y sintió una presencia que se acercaba por su espalda mientras una cinta de hielo le recorría la espina dorsal. No malgastó tiempo en mirar atrás. Se lanzó hacia delante, fuera del tejado de cinco pisos, y aterrizó como una roca.
El borde de piedra del tejado explotó a su espalda en medio de una nube de gravilla. Una de las piedras la golpeó con fuerza en la espalda, otra en el muslo. Se concentró sombría en el dolor, llamando a Cirrus para que detuviera su caída, girando el cuerpo en medio del aire, y, apoyada por la furia, aterrizó en una postura felina. Saltó hacia delante mientras rodaba, y un instante después una bota pesada golpeó la superficie de la plaza con fuerza suficiente para provocar grietas en la piedra a lo largo de más de siete metros en todas direcciones.
Amara extrajo la espada incluso mientras se ponía en pie y la alzó en una guardia alta. Se encontró a Cantus Macio mirándola directamente con los ojos en blanco.
-Macio -dijo, con voz temblorosa-. Hola. ¿Me recuerdas? ¿De la Academia? ¿Amara?
Él inclinó la cabeza, observándola.
Luego alzó la mano, y el fuego arremetió contra ella en un vortice arremolinante.
Amara llamó a Cirrus, alzando una pared de viento para detener el fuego que se aproximaba, pero Macio era simplemente mucho más poderoso que ella. La ráfaga de viento empujó contra ella con una fuerza tremenda cuando intentó frenar la tormenta de fuego, y Amara se encontró lanzada hacia atrás como si fuera una hoja.
En vez de luchar con el movimiento, giró en él, llamando de nuevo a Cirrus para que la alzara en el aire... sólo para ver el brillo de algo moviéndose tras un velo de viento, y sentir un sorprendente dolor cuando un puño invisible se estrelló contra su mandíbula.
Amara se tambaleó, su concentración para mantener el vuelo quedó destrozada, y se desplomó. Por suerte, había tenido poco tiempo para ganar altitud o velocidad, pero incluso así, el aterrizaje sobre la dura piedra de la plaza fue una experiencia bastante dolorosa. El entrenamiento la hizo convertir su movimiento en una voltereta rodante, pero aún así se golpeó las extremidades con brutalidad. Se le cayó el arma de la mano, y se consideró afortunada de no haberse herido o empalado en ella.
Luchó por levantarse, aterrorizada. La velocidad era su única oportunidad. No tenía el poder que haría falta para enfrentarse a Macio y a su aliado velado directamente. La única forma de sobrevivir sería llevar la batalla al cielo abierto. Descubrió el muro de uno de los edificios que enmarcaban la plaza y lo utilizó para ayudarse a ponerse en pie.
Se había puesto de rodillas para cuando el puño de Macio le tiró dolorosamente del pelo. La levantó con una fuerza nacida de las furias, hasta que sus pies abandonaron el suelo.
Sentía los brazos pesados como plomo. Sacó el cuchillo del cinturón y lo empujó arriba y hacia atrás, apuntando al brazo que la sujetaba. Si pudiera cortar los tendones, no importaría mucho cuanto artificio de tierra tuviera Macio... el mecanismo del brazo se rompería, y su agarre desaparecería. El corte tocó algo rígido, probablemente la armadura de quitina que encapsulaba a Macio. Retorció los hombros, empujó un talón hacia él, apuntando a la rodilla. El golpe acertó, pero suspendida como estaba, fue débil. Macio gruñó y cambió de postura, y sus siguientes dos patadas golpearon lo que sintió como un muslo acorazado, sin hacerle ningún daño.
Amara sintió el brazo de Macio reunir poder y golpearla contra la pared de piedra que tenía detrás. Se mordió la lengua cuando su espalda y sus hombros golpearon la piedra. El sabor de la sangre le llenó la boca. Las estrellas nublaron su visión, y sus extremidades colgaron sueltas y flácidas.
Moverse. Tenía que moverse. La velocidad era su única posibilidad.
Macio sacó la espada con un movimiento deliberado, frunciendo el ceño hacia ella mentras lo hacía. Entonces colocó la punta de la espada contra sus costillas, justo por debajo del pecho izquierdo. Sería una estocada al corazón.
-Amara -dijo, su voz era la de alguien que había reconocido a un antiguo conocido en un banquete. Asintió para sí mismo, luego dijo-: La Academia ya no existe, sabes. -Sus dedos se tensaron sobre la empuñadura de la espada-. Lo siento.

Desconectado Araghan

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #3 en: Enero 28, 2018, 12:34:59 am »
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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #4 en: Enero 28, 2018, 06:41:57 am »
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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #5 en: Enero 29, 2018, 11:07:59 am »
Muchísimas gracias por ir subiendo tan rápido los capítulos. Yo estoy esperando a que este traducido por lo menos 2/3 partes para empezar a leermelo. Cuando lo haga comentare que tal me parece :).

Desconectado margenis

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 20
« Respuesta #6 en: Enero 29, 2018, 11:55:07 am »
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