Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 18  (Leído 322 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 18
« en: Enero 25, 2018, 09:21:59 pm »
CAPÍTULO 18
Para Amara, el siguiente par de horas fueron un borrón desesperado.
Bajó directamente en medio de la Legión de la Corona, cuyos legionarios habían estado estacionados en Alera Imperia durante años, y muchos de los cuales la reconocerían de vista. Casi se ensartó a sí misma con una lanza, y el legionario sobresaltado sobre el que casi había aterrizado le lanzó una estocada asesina con su gladius. Sólo la rápida intervención del legionario que tenía al lado evitó que hundiera el acero maldavamente afilado en la garganta de Amara.
Después de eso, fue cuestión de convencer a los hombres de que sólo su centurión podía ocuparse de ella, y al centurión de que tenía que ser el Tribuno, y así una y otra vez, hasta el capitán de la Legión de la Corona.
El capitán Miles era una versión mucho más formal de su hermano mayor, Araris Valerian. Tenía la misma altura inocua, la misma constitución muscular sólida y parca. Su pelo era algunos tonos más claro que el de Araris, pero los dos tenían suficiente hebras de plata para que eso no supusiera mucha diferencia hoy en día. Sir Miles cojeó hasta ella, moviéndose con energía, cada centímetro de él era un modelo de capitán de legión, su cara estaba oscurecida por la ira. Eso no era una sorpresa. Amara no podía imaginar a un capitán que se sintiera emocionado de que le pusieran en las manos alguna cuestión administrativa ahora mismo, cuando la batalla acababa de empezar.
Miles lanzó a Amara una mirada, y su cara se quedó absolutamente pálida.
-Malditos cuervos -dijo-. ¿Cómo de malo es?
-Mucho -dijo Amara.
Miles gesticuló cortante para que los legionarios que sujetaban los brazos de Amara la soltaran.
-Desearía poder decir que me alegro de volver a verla, Condesa, pero ha sido usted precursora de confusión y peligro con demasiado frecuencia para mi gusto. ¿Cómo puedo ayudarla?
-Querrá decir cómo puede librase de mí -dijo Amara, sonriendo-. Tengo que ver a Aqui... Gaius Attis. Ahora. Lo antes posible.
Los ojos de Miles se entrecerraron, luego una pequeña y dura sonrisa tocó su boca.
-Esto será interesante. Si me sigue, Condesa Calderon.
-Gracias, capitán -dijo Amara.
Él hizo una pausa, y dijo:
-Condesa. Espero que no vaya a intentar usted hacer algo, ah, imprudente.
Ella le sonrió con dulzura.
-¿Quiere coger mis armas, sir Miles?
El resopló molesto y negó con la cabeza. Luego le indicó con gestos que le siguiera.
Atravesaron la luz de resplandeciente de las legiones estardar, pasando de la Legión de la Corona propiamente dicha a un espacio abierto entre los supervivientes de la Legión Imperial y la Primera Legión de Aquitaine. El espacio entre ellos estaba ocupado por la caballería, lo que incluía, al parecer, al grupo de mando que rodeaba a Gaius Attis.
Cuando Amara se aproximó, media docena de hombres con largas espadas de duelo... los singulares de Aquitaine, presumiblemente... sacaron sus armas y de inmediato colocaron sus caballos entre Amara y Lord Aquitaine.
-Tranquilos, chicos -gruñó Miles. Se giró hacia Amara, y dijo-: Espere aquí, Condesa. Hablaré con él.
Amara asintió rígidamente, y Miles pasó entre los singulares y desapareció. No miró a los guardaespaldas y se quedó de pie apoyando el peso en los talones, con las manos a plena vista. La cuesta muy gentil de la tierra le permitía ver sobre las cabezas de los legionarios colocados entre ella y la actual línea de batalla, e hizo una pausa para observar por un momento la batalla. Desde lejos, pensó, no parecía mas que una lucha brutal. Los legionarios parecían trabajadores de un campo, extendidos en una línea, con las armas subiendo y bajando mientras sonaban las trompetas y tronaban los tambores. Los gritos de batalla se fundían con un solo y basto rugido, como el viento o la galera, los gritos individuales quedaban ahogados y parecían insignificantes contra el sonido aglutinado.
Amara murmuró a Cirrus para una visión lejana, luego recorrió las líneas con la mirada.
El año anterior, casi toda la infantería del enemigo había parecido imitaciones veloces de los horribles lagartos de los pantanos de Kalare llamados "garim". La mayoría del resto habían parecido versiones casi de pesadilla de aleranos con armadura, con los brazos transformados en cuchillas, hoces cortantes, mientras grandes alas de escarabajo o tal vez libélulas los alzaban para el combate aéreo.
Los vord habían adoptado nuevas formas.
La mayoría, por lo que vio Amara, parecían una especie de enormes mantis, aunque más robustas, de aspecto más poderoso. Corrían a toda prisa sobre cuatro patas, mientras las dos extremidades delanteras terminaban en unas cuchillas más afiladas. La razón del cambio se hizo patente en segundos, cuando Amara vio una de esas guadañas subir, luego bajar, al final de las antinaturalmente largas extremidades. Su punta pasó sobre la pared de legionarios de la Legión de la Corona, y se zambuyó con un poder inhumano, cerrándose de golpe en la parte superior y trasera del casco de un desafortunado legionario, matándole en el acto.
El vord no se detuvo ahí. La criatura arrastró el cuerpo del legionario hacia delante de la línea, lo zarandeó a izquierda y derecha mientras lo hacía, derribando a los legionarios a ambos lados del hombre muerto. Otro vord se lanzó hacia la brecha en las líneas, y más hombres murieron cuando las criaturas atacaron con sus armas, o engancharonn el escudo de un legionario con ellas, o arrastraronn a otro hombre fuera de la ventaja defensiva de la fila.
El vord había desarrollado nuevas tácticas junto con sus nuevas formas, al parecer.
Pero bueno, también lo había hecho Aquitaine.
Segundos después del ataque vord, un par de hombres saliron de las filas de retaguardia esgrimiendo grandes mazas de tamaño extragrande... caballeros Terra. Extrayendo el poder de la tierra que tenían debajo, se adelantaron con la artillería pesada, destrozando quitina y masacrando vords con cada pasada de sus armas. En segundos, habían matado o hecho retroceder a los vord cercanos, después de lo cual volvieron a sus posiciones originales. Mientras lo hacían, un centurión, bramando hasta que se le quedó la cara púrpura, pateaba a sus hombres a una semblanza de orden y reformaba la fila.
Amara recorrió el frente con la mirada, contando las armas pesadas. La sorprendió cuantos caballeros Terra podía ver esperando en posiciones de apoyo en la tercera o cuarta fila de cada legión, listos para adelantarse y reafirmar cualquier punto débil en la línea de escudos. La doctrina táctica estandart insistía en que el poder representado por los caballeros Terra debía concentrarse en un lugar, golpear en una punta de lanza mortal que pudiera atravesar a cualquier enemigo. Luego comprendió... en la actual situación, la doctrina táctica estándart había sido reemplazada por la desesperación de los defensores del reino. La doctrina estandart se basaba en la presunción de que el talento con las furias de un caballero sería escaso, por la excelente razón de que casi siempre lo era. Pero aquí, ahora, los ciudadanos que presentaban batalla sobrepasaban en número a los caballeros de las legiones. Podrían permitirse colocar los activos normalmente raros para apoyar posiciones en la fila. Todavía quedaría suficiente poder.
Los médicos trabajaban con fervor, arrastrando heridos y muertos fuera de las filas, donde serían clasificados en tres categorías. Primero los más gravemente heridos, que precisarían las atenciones de una tuba de sanación para sobrevivir. La siguiente prioridad eran los hombres con heridas más leves... una visita a la tuba y un esfuerzo comparativamente menor de un artífice los devolvería al frente en una hora.
Y luego... todos los demás. Un hombre con la barriga abierta no tenían esperanza de volver a la lucha, pero tampoco estaban en peligro de expirar por sus heridas ese mismo día. Los hombres con las costillas destrozadas, sin aliento que les permitiera gritar, yacían allí agonizantes, con las caras retorcidas de dolor. Estaban peor que los que habían perdido extremidades y se las arreglaban para dejar de sangrar con vendajes y torniquetes. Un hombre cuyos ojos eran una pulpa ensangrentada estaba sentado en el suelo gimiendo y meciéndose adelante y atrás. Lágrimas escarlata caían por sus mejillas en una máscara horripilante.
Los muertos, pensó Amara morbosa, estaban mejor que todos ellos: No podían sentir ningún dolor.
-¡Condesa! -gritó Miles.
Amara levantó la vista para ver que los guardaespaldas de Aquitaine habían abierto un camino entre ellos, aunque no parecían muy felices al respecto. Miles estaba de pie en el pasillo creado, haciéndole señas, y Amara se apresuró a unirse a él.
Miles la condujo a donde Aquitaine estaba sentado sobre su caballo junto a una docena de sus iguales... el Alto Señor Antillus, el Alto Señor Phrygia y su hijo, el Alto Señor y la Alta Señora Placida, el Alto Señor Cerus, y una colección de Señores cuyo talento o disciplina les había marcado como algunos de los más formidables artífices del Reino.
-Condesa -dijo Aquitaine con cortesía-. La agenda de hoy es algo exigente. El tiempo apremia.
-Se va a poner peor -dijo Amara. Después de una pulsación, añadió-: Su Alteza.
Aquitaine le lanzó una sonrisa afilada.
-Explíquese.
Le informó, con frases cortas y llanas, sobre la horda de furias feroces.
-Y se mueven con rapidez. Tal vez tenga usted media hora antes de que alcancen el frente.
Aquitaine la evaluó con firmeza, luego desmontó, se apartó un poco del caballo, y tomó el aire para verlo por sí mismo. Volvió en un par de minutos y volvió a montar, con expresión cerrada y dura.
El silencio se extendió alrededor del pequeño círculo mientras los ciudadanos montados intercambiaban miradas intranquilas.
-¿Un vínculo? -dijo al fin Lady Plácida-. ¿A esa escala? Es imp... -Hizo una pausa para mirar a su marido, que le lanzó una mirada sardónica. Ella sacudió la cabeza y continuó-. Sí, como es un hecho que está ocurriendo en este mismo momento, por supuesto que es posible.
-Malditos cuervos -escupió al fin Antillus. Era un hombre fuerte, rudo, y tenía una cara que parecía haber sido golpeada con garrotes desde su juventud-. Las furias atravesarán directamente las líneas. O pasarán por debajo de ellas, o por encima. Y se dirigirán directamente a Riva.
Aquitaine sacudió la cabeza.
-Son furias totalmente descontroladas. Una vez las suelten, no hay forma de decir en qué dirección irán.
-Naturalmente -dijo Amara con tono seco-. Para el vord será imposible darles una dirección.
Aquitaine la miró, suspiró, y ondeó una mano en un gesto irritado de aceptación.
-Si hay tantas furias salvajes, el vord no tendrá que apuntarlas -dijo el viejo Cereus de pelo plateado en voz baja-. Aunque sólo puedan traerlas cerca y dejarlas sueltas al azar, algunas golpearán la ciudad. No harán falta muchas para provocar el pánico. Y con lo atestadas que están las calles...
-Las calles se atascarán y atraparán a todos dentro -dijo Aquitaine con calma-. En estas circunstancias el pánico no sería muy diferente a una riada. Obligará a las legiones a maniobrar todo el camino hasta las murallas de la ciudad en vez de marchar a través de él. Nos obligará a dividir nuestras fuerzas, enviando tropas atrás para restaurar el orden. Provocará suficiente confusión para que los agentes vord y los tomadores entren. -Miró sobre su hombro-. Están al norte y oeste de nosotros, esparcidos en una línea, como cazadores. Listos para saltar sobre los refugiados cuando huyan de la ciudad de forma desordenada.
Amara sintió un hundimiento en el estómago. No había pensado en todos los eslabones de la cadena de pensamiento lógico de la jugada de la reina vord, pero lo que Aquitaine decía tenía mucho sentido. Aunque los vord eran bastante mortíferos en un sentido puramente físico, el arma que realmente podía deshacer a Alera en este día era el terror. En el ojo de su mente, pudo ver a los refugiados aterrados y hombres libres siendo asesinados por las furias salvajes, pudo verlos tomando las calles con todo lo que podían cargar, conduciendo a sus niños, buscando una forma de salir de la trampa mortal en la que se habían convertido las murallas de Riva. Alguien se las arreglaría para escapar de la ciudad... sólo para encontrarse presa de un enemigo aerotransportado. Y mientras el resto de los residentes de la ciudad estaban atrapados y envueltos en el caos, las legiones estarían efectivamente atrapadas en su lugar. No podrían retirarse sin dejar a la gente de Riva como cerdos en el matadero.
La gran ciudad, su gente, y sus legiones defensoras morirían juntos en cuestión de días.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 18
« Respuesta #1 en: Enero 25, 2018, 09:22:21 pm »
-Creo que será mejor que detengamos a esas furias -retumbó Antillus.
-Sí, gracias, Raucus -dijo Lord Phrygia con tono ácido-. ¿Qué sugerirías?
Antillus frunció el ceño y no dijo nada.
Aquitaine realmente pareció sonreír por un instante, algo que sorprendió a Amara por su genuina calidez. Desapareció rápido, y sus rasgos volvieron a ser una máscara fría una vez más.
-Tenemos dos elecciones... retirarnos o luchar.
-¿Una retirada? -dijo Raucus-. ¿Con esta multitud? Nunca podríamos coordinarlo enfrentados al enemigo. Sean cuales sean las legiones de retaguardia acabarían echas pedazos.
-Más aún -dijo Lord Placida con voz queda-, creo que es precisamente lo que esperan. Creo que tienes razón sobre que están posicionando a sus tropas arteriales para colocarse detrás de nosotros.
-Aún más -dijo Aquitaine-, no tenemos adonde ir. Ninguna posición será más fuerte que esta. Siendo ese el caso...
-Su Alteza -interrumpió Amara llanamente-. De hecho, eso no es del todo cierto.
Amara sintió que todos los ojos se posaban en ella.
-El Valle de Calderon se ha estado preparando -dijo con clama-. Mi señor marido pasó años intentando advertir al Reino de que este día llegaría. Cuando nadie le escuchó, hizo lo único que podía hacer. Preparó su hogar para recibir refugiados y lo fortificó pesadamente.
Aquitaine inclinó la cabeza.
-¿Cuánto es posible fortificar la propiedad de un Conde?
Amara metió la mano en la bolsa de su cinturón, extrajo un trozo de papel, y abrió un mapa del Valle de Calderón.
-Aquí está la entrada oriental, junto a la calzada. Se han construído murallas de asedio de altura media a lo largo de las cinco millas enteras, desde los acantilados del Mar de Hielo, con fortalezas estandar al estilo campamento de legión cada media milla. Un segundo anillo de murallas rodea el valle en su punto medio, con fortalezas y puertas en cada milla. En el extremo occidental del valle, el propio Garrison ha sido rodeado por murallas del más del doble de ese tamaño, encapsulando una ciudadela construída a un cuarto de la escala de la de Alera Imperia.
Aquitaine la miró fijamente. Parpadeó una vez. Lentamente.
Lady Placida echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa repentina. Se presionó las manos contra el estómago, aunque no podía sentirlo con la armadura, y continuó riendo.
-Oh. Oh, nunca pensé que vería tu cara cuando lo averiguaras, Attis...
Aquitaine atisbó a la alegre Alta Señora y se giró hacia Amara.
-Uno se pregunta por qué el buen conde no se molestó en informar al Alto Señor de Riva o a la Corona de sus nuevas ambiciones arquitectónicas.
-¿No lo hizo? -preguntó Amara.
Aquitaine abrió la boca.
-Ah. Por supuesto. Así Octavian tendría una plaza fuerte si necesitara alguna contra mí. -Sus ojos pasaron a Lady Placida-. Asumo que el conde ha disfrutado del beneficio de algún apoyo de Placida.
Lord Placida miró a su esposa con una expresión bastante alarmada.
-Me gustaría pensar que me habrías, ah, informado si ese fuera el caso, querida.
-De Placida no -dijo ella con calma-. De la Liga Diánica. Tras la deserción de Invidia, la mayoría nos sentíamos lo bastante estúpidos como para dar los pasos necesarios para corregir nuestra equivocada confianza en su liderazgo.
-Ah -dijo su marido, y asintió, pacificado-. La Liga, claro. Entonces no es asunto mío.
Amara se aclaró la garganta.
-La cuestión, Su Alteza, es que de hecho hay un lugar más donde podríamos aguantar... un lugar mejor que este, podría argumentar. Allí la geografía favorecerá mucho la defensa.
Aquitaine cerró los ojos un momento. Estaba muy quieto. Luego abrió la boca, tomó un profundo aliento, y asintió. Sus ojos se abrieron, ardiendo con una súbita energía.
-Muy bien -dijo-. Estamos a punto de ser asaltados por furias de considerable fuerza y variedad. El hecho de que sean feroces en realidad no importa. No tenemos ni el tiempo ni los recursos para pacificarlas o destruirlas. En vez de eso, les ofreceremos un cebo. Las mantendremos concentradas en las legiones en vez de sobre el populacho de Riva. -Consideró al grupo reunido, pensativo-. Creo que dividiremos el trabajo por ciudades. Altos Señor y Señora Placida, por favor, convocad a vuestros lacayos y divididlos entre ambas legiones de Placida. Aseguraos de que las legiones mantienen su integridad.
Aria inclinó la cabeza agudamente, una vez, luego ella y su marido desmontaron y se lanzaron hacia el cielo.
-Raucus -continuó Aquitaine-, tú cogerás a tus ciudadanos y a las legiones antillanas, y Phrygius cubrirá a sus propias tropas... y sí, sé que los dos tenéis más legiones en el campo en este momento y que vuestros artífices estarán muy esparcidos. Lord Ceres, si no le importa, reuna a los ciudadanos de Ceres, Forcia, Kalare, y Alera Imperia y divídalos para asistir a las legiones del norte.
Phrygius y Antillus asintieron los dos y giraron sus caballos, lanzándolos a la carrera en direcciones opuestas, hacia sus propias legiones. Cereus lanzó a Amara una sonrisa, asintió, y se lanzó al aire.
Aquitaine dio una serie de instrucciones tranquilas y específicas a los Señores que quedaban, y los hombres partieron en rápida sucesión.
-Capitán Miles -dijo, al fin.
-Señor -dijo Miles.
Señor, notó Amara. No, mi señor.
-La Legión de la Corona procederá hacia la puerta norte de Riva para escoltar y proteger a los civiles -dijo Aquitaine.
-Estamos listos para continuar la lucha, señor.
-No, capitán. Después del año pasado, su legión ya había perdido cuatro quintos de sus fuerzas antes de unirse a la batalla de hoy. Tiene sus órdenes.
Sir Miles hizo una mueca pero saludó.
-Sí, señor.
-Y usted, condesa Calderon -suspiró Aquitaine-. Por favor, sea tan amable de llevar la noticia a su propio señor, Lord Rivus, de que será su responsabilidad proteger a la población de Riva mientras los evacua hacia el Valle de Calderon. Que se coordine con su marido para asegurarse de que ocurra tan rápidamente como sea posible.
Amara frunció el ceño e inclinó la cabeza.
-¿Y usted, Su Alteza?
Aquitaine se encogió de hombros lánguidamente.
-Habría preferido dirigirme directamente hacia la reina en cuanto se rebelara a sí misma. Pero teniendo en cuenta lo que está ocurriendo, no tendrá ninguna necesidad de aparecer.
Amara comenzó a hacer otra pregunta.
-Ni mi ex-mujer -dijo Aquitaine llanamente.
Amara le frunció el ceño.
-Las legiones. Les está pidiendo que luchen con furias salvajes y con el vord al mismo tiempo. Que luchen mientras una horda de refugiados se aleja tambaleante. Que luchen mientras ellos mismos se retiran.
-Sí -dijo Aquitaine.
-Los harán polvo.
-Exagera el peligro, condesa -exclamó Aquitaine-. Solo arena fina.
Amara se le quedó mirando.
-¿Eso fue... fue una broma?
-Al parecer no -replicó Aquitaine. Volvió la cara otra vez hacia las líneas.
Sus ojos estaban tranquilos, y velados...
... y hechizados.
Amara siguió su mirada y comprendió que estaba observando a las bajas estridentes del suelo, los hombres cuya proporción de agonía y mortalidad había superado el ratio de atención la inmediata. Se estremeció y apartó la mirada.
Aquitaine no.
Amara volvió a mirar a la propia batalla. Los legionarios estaban manteniendo a raya la oleada enemiga... por ahora.
-Sí -dijo Aquitaine-. Las legiones pagarán un precio terrible para que los residentes de Riva puedan huir. Pero si no lo hacen, la ciudad se sumergirá en el caos, y los civiles morirán. -Negó con la cabeza-. De este modo, tal vez la mitad de los legionarios sobrevivan a la retirada. Incluso más. Si nos vemos obligados a defender la ciudad hasta nuestro último hombre, todos morirán, condesa. Para nada. Y lo saben. -Asintió-. Lucharán.
-¿Y usted? -preguntó Amara, cuidando de mantener el tono completamente neutral-. ¿Luchará?
-Si revelo mi posición e identidad, el enemigo hará todo lo que esté en su poder para matarme a fin de perturbar el liderazgo alerano. Me enfrentaría en el campo de batalla a la reina. O a Invidia. Por ellas, aceptaría el riesgo. Hasta entonces... seré paciente.
-Probablemente sea lo mejor, Su Alteza -dijo Ehren, adelantandose desde su posición discreta detrás del Princeps-. No es usted reemplazable. Si se le ve entrar en acción en estas circunstancias, es del todo seguro que Invidia, o la reina, aparecerían a fin hacer todo lo que pudieran por eliminarle.
Amara contuvo el aliento y miró detrás de Aquitaine a donde sir Ehren revoloteaba. La expresión del hombrecillo era del todo opaca, pero él había comprendido la situación de Aquitaine. Su reciente tormenta de nuevas órdenes le había dejado sin el apoyo de sus iguales en poder. El resto de individuos con una fuerza similar habían sido despachados a proteger a sus legiones.
Dejando a Aquitaine contra su ex-mujer o la reina vord... debía parecer... aislado.
Un dedo enguantado tamborileaba sobre la empuñadura de su espada. Era la única cosa en él que podría haber sido vagamente considerada una reacción nerviosa.
-Cualquiera de ellas es al menos tan fuerte como usted -dijo Amara-. Si vienen juntas, no tendrá ninguna posibilidad.
-No si, Condesa -dijo Aquitaine, pensativo. Deslizó el dedo sobre la empuñadura de la espada en una caricia inconsciente-. Creo que he agotado mi cupo de "sis". Cuando. Y ya lo veremos. Aún no he sido superado nunca. -Apretó los labios, mirando fijamente a la batalla, luego se sacudió un poco, y dijo-: Lleve el mensaje a Riva. Luego vuelva a mí. Tendré más trabajo para usted.
Amara arqueó una ceja.
-¿Confía en mí lo suficiente para eso?
-Confiar -dijo él-. No. Digamos que tengo insuficiente desconfianza en usted como para no malgastar sus habilidades. -Mostró otra vez esa sonrisa afilada, y ondeó una mano vagamente hacia las líneas del frente-. Francamente, la encuentro un enemigo mucho menos aterrador que nuestros invitados. Ahora vaya.
Amara evaluó al hombre durante el espacio de una respiración. Luego asintió hacia él, un poco más profundamente de lo necesario.
-Muy bien -dijo-. Su Alteza.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 18
« Respuesta #2 en: Enero 26, 2018, 04:56:55 am »
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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 18
« Respuesta #3 en: Enero 26, 2018, 09:52:14 am »
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