Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8  (Leído 316 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8
« en: Enero 12, 2018, 03:05:57 pm »
CAPÍTULO 8
-Por amor de dios, mi señora -dijo Veradis con un tono tranquilo-. Debes mantener la calma.
Isana lanzó una mirada algo irritada sobre el hombro hacia la joven mientras se paseaba de acá para allá por sus habitaciones, la mayor habitación en la más fina posada de Riva.
-¿Cómo voy a relajarme, sabiendo el tipo de hombres con el que estoy tratando?
-No todos los hombres del Senado son una especie de maquinadores magistrales, poniendo todas sus energías en adquirir más poder e influencia a expensas de todos los demás.
-No -coincidió Isana-. Alguno son maquinadores incompetentes.
Veradis arqueó una ceja, con algo de desaprobación en su expresión.
Isana exhaló. Cruzó las manos ante ella y tomó un profundo aliento, haciendo un esfuerzo por apaciguar sus emociones.
-Lo siento. Ahora que sabemos que mi hjo está de vuelta, van a pujar mucho más fuerte para quitarle su derecho de nacimiento. No debería haber puesto esa carga sobre tus hombros, Veradis.
-Por supuesto que sí, mi señora -replicó Veradis-. Esa es una de las cosas para las que estoy aquí. Eso, y sugerir que podría llevar un pañuelo diferente a la audiencia del Senado. Ese lo ha hecho trizas. -La joven se levantó y caminó solemnemente hasta detenerse ante Isana, ofreciéndole un pañuelo blanco doblado. Isana lo cogió con una suave sonrisa.
-Sólo un hombre con una cierta disposición de ánimo prospera en el Senado -le dijo Veradis en voz baja-. Tiene que saber hablar bien. Tiene que poder convencer a otros de su punto de vista. Tiene que estar dispuesto a negociar  y aceptar compromisos. Y por encima de todo, tiene que porteger a los ciudadanos que han votado por él... y sus propios intereses. Eso ante todo. Mientras sus constituyentes estén complacidos, estará seguro en su posición. -Veradis movió los hombros con un encogimiento elegante-. Los senadores van muy lejos para proteger los intereses de los que han votado por ellos. Algunos van de puntillas al borde de los límites entre la representación legítima y la empresa criminal. Algunos bailan alegremente pasando continuamente de acá para allá sobre esa línea.
La joven cerezana sostuvo la mirada de Isana, y dijo:
-Pero a su propio modo, se pued3 confiar en ellos más que casi en cualquier otro hombre del Reino. Actuarán para proteger sus intereses. Lo que significa que hacen enemigos entre los suyos. Puedes confiar en que tengan viejas deudas o hagan componendas entre ellos, mi señora.
Isana sonrió un poco.
-El senador Theoginus dijo casi lo mismo.
Veradis sonrió.
-El tío Theo es un incorregible viejo comerciante de caballos. Pero sabe de esto, mi señora.
-¿Se puede confiar en él? -preguntó Isana.
Veradis lo consideró con seriedad.
-Bajo estas circunstancias, eso creo. Después de todo, Valerius es de Aquitaine... una de las ciudades más apartadas de la amenaza vord. Mi tío era uno de los hombres que quería que se tomaran acciones respecto a la advertencia del Conde de Calderon sobre la amenaza vord. Diría que es casi sincero, y que es muy probable que también esté en lo cierto.
Isana sacudió la cabeza.
-Tienes que dejar de considerar si tu tío podría estar mintiéndote o no.
-Mi tío, el senador -dijo Veradis, sus ojos serios chispearon un momento-. Sí, mi señora. Le amo, y le conozco.
-Supongo que es demasiado tarde para revisitar esa preocupación -dijo Isana-. Ahora deben estar reunidos en asamblea.
Veradis asintió.
-Mi señora... sea cual sea el resultado de hoy, deberías saber que hay mucha gente para la que siempre será usted la verdadera Primera Dama de Alera.
Isana alzó una mano.
-No, Veradis. Hay demasiado en juego. Lo único que puede destruirnos es la división. Yo creo que Alera es un Reino de leyes. Si los legisladores así lo deciden... -Sacudió la cabeza-. Intentar retenerlo, desafiarlos abiertamente, sólo haría daño al Reino. Deberíamos evitar volver el foco de nuestra lucha hacia cualquier cosa que no sea mantener ese foco donde debería estar.
No hubo nada que lo traicionara en su cara, pero Isana sintió de repente afilarse el interés de Veradis.
-Si Valerius se sale con la suya, no serás nada más que una estatuder otra vez. Tu hijo no sería más que el hijo bastardo de un ciudadano. Y Aquitainus Attis, el hombre responsable de la Segunda Batalla de Calderon, y de las muertes de tus amigos y vecinos, dirigiría el Reino.
-Exactamente -replicó Isana-. El Reino. Que todavía seguirá aquí. -Ella sacudió la cabeza y suspiró-. No he olvidado lo que ha hecho. Pero no sobreviviremos a lo que se avecina a menos que permanezcamos juntos. Si eso significa que debo... -se encogió de hombros-, si debo aceptar volver a mi casa, con muchos más enemigos, y que Aquitaine nunca tendrá que responder por lo que hizo en el Valle de Calderon, que así sea.
Veradis asintió con lentitud. Luego preguntó:
-Y Octavian. ¿Lo verá del mismo modo?
Isana consideró la pregunta un momento. Luego asintió.
-Eso creo, Sí.
-Incluso así -dijo Veradis-, sabes que si Alera prevalece contra el vord, después Aquitaine no podrá permitirse dejar a Octavian vivo y en libertad.
Isana hizo una mueca. Luego alzó la barbilla. La cara fuerte y atractiva de Aquitaine apareció en su cabeza, y dijo a Veradis:
-Si Aquitaine se convirtiera en Primer Señor, sería aconsejable que eligiera sus batallas... y sus enemigos... con gran cuidado.
Veradis la miró con intensidad, luego negó despacio con la cabeza.
Isana inclinó la barbilla a un lado, frunciendo el ceño inquisitiva.
-Mi padre solía hablarme con frecuencia sobre la naturaleza del poder -dijo Veradis-. Una de las cosas de las que se lamentaba con frecuencia era que la única gente que verdaderamente valía la pena que lo tuviera, era la que no lo buscaba.
Isana frunció el ceño.
-No entiendo.
Veradis sonrió, y por un momento no hubo nada solemne o triste en su cara. A Isana le sorprendió la delicada belleza de la joven.
-Sé que no -dijo-. Eso prueba el punto de vista de mi padre. -Inclinó la cabeza, un gesto majestuoso y formal, y dijo-: acataré sus deseos, mi señora.
Isana estaba a punto de replicar cuando hubo un golpe rápido en la puerta, y Araris se asomó dentro.
-Mi señora -murmuró, inclinando la cabeza-, tienes un visitante.
Isana arqueó una ceja mientras se giraba hacia la puerta y se alisaba el vestido. Decidiera lo que decidiera el Senado, enviarían a un representante para llevarla ante ellos... pero sus sentidos le decían que la calma habitual de Araris estaba sacudida en cierto grado. La elección de escoltas del Senado dirían mucho sobre el resultado del debate.
-Gracias, Araris. Por favor, que entre.
Isana no estaba segura de a quién esperaba, pero Aquitainus Attis no había estado en su lista mental. El Alto Señor entró, resplandeciente de escarlata y negro, aunque llevaba prendida la heráldica oficial de la Corona para la Casa de Gaius, el águila escarlata y azur, en la pechera de la túnica. Su cabello dorado oscuro estaba inmaculado, incluso oprimido bajo el esbelto círculo de acero de la conora alerana, y sus ojos oscuros parecían tan intensos y concentrados como cualquier otra vez en la que Isana había visto a este hombre.
Aquitaine inclinó la cabeza con cortesía, si bien muy ligeramente.
-Señora -murmuró.
-Lord Aquitaine -contestó Isana, manteniendo el tono neutral-. Qué inesperada... -sonrió, un poco-... visita.
-El momento es importante. Con todos los senadores en la cámara, sus informantes se muestran negligentes en sus tareas. Me gustaría hablar contigo a solas si es posible.
-Es usted un hombre casado, señor -replicó Isana, sin rastro de acusación en la frase. Es una cuestión considerablemente más irrecusable estos días, pensó-. Creo que sería bastante inapropiado.
-En realidad -replicó Aquitaine-, ya he certificado mi divorcio de Invidia, efectivo desde hoy.
-Que terrible carga se ha levantado de sus hombros -dijo Isana. Aquitaine inhaló con lentitud, por la nariz, y exhaló del mismo modo. Isana sintió el más ligero rastro de frustración en el hombre. Fue rápidamente velado tras un artificio de metal.
-Preferiría -dijo Aquitaine- tener esta discusión en privado.
Isana le evaluó mientras esperaba a que terminara su frase.
-Por favor -añadió Aquitaine, su voz no fue más que un gruñido.
Veradis se aclaró la garganta, y dijo:
-Esperaré fuera, mi señora.
-Como desees -dijo Isana-. Pero Araris se queda conmigo.
Araris atravesó la puerta a un paso que sugería que había empezado a moverse antes de que Isana hubiera terminado la frase. La mantuvo abierta para Veradis, luego la cerró tras ella cuando salió.
Aquitaine sonrió.
-¿No confías en mi, señora?
Isana le sonrió y no sonrió.
Aquitaine dejó escapar un risa breve y bastante áspera.
-Hay pocos que puedan tratame así, Isana, y por buenas razones. No me considero a mí mismo un hombre irrazonable, pero no reacciono bien a la descortesía o la falta de respeto.
-Si fueras el Primer Señor -replicó ella-, eso sería un problema. Pero no lo eres.
Él entrecerró los ojos.
-¿No?
-Aún no -dijo Isana en un tono que se detuvo a un punto de ser beligerante. Sostuvo la mirada del hombre con calma durante un minuto entero de silencio, luego dejó caer la voz a un registro más conversacional-. A menos que el Senado ya le haya anunciado el resultado de la audiencia, supongo.
Aquitaine sacudió la cabeza y respondió del mismo modo.
-Valerius, por supuesto, me asegura que ocurrirá precisamente como él pretender. Lamentablemente, soy consciente del valor de tales promesas.
Ella le dedicó otra mirada afilada, y la boca de Aquitaine se extendió en una sonrisa leonina.
-¿Crees que he venido aquí a regodearme en tu pérdida, señora?
-La posibilidad se me había ocurrido -admitió.
Él negó con la cabeza.
-No tengo tiempo que malgastar con un gesto tan mezquino.
-¿Entonces por qué está aquí?
Aquitane cruzó hasta el aparador del cuarto y se sirvió vino de una botella en un vaso preparado. Lo cogió y lo hizo girar perezosamente en el vaso.
-Por supuesto, los senadores están en frenesí. Presienten la oportunidad de reducir los poderes del Primer Señor, a pesar de la horrible realidad que tenemos ante nosotros. Y, si se salen con la suya... y Alera sobrevive, por supuesto... tendrán éxito. Y ya vimos lo que ocurre tras la debilidad del Primer Señor de Alera. A pesar de cómo se presentan las cosas en el futuro, tú y yo tenemos un interés común en defenderlo.
Isana le estudió mientras él tomaba con cautela un sorbo de vino. Luego dijo:
-Asumamos por un momento que estoy deacuerdo. ¿Qué propones?
-Matrimonio -dijo Aquitaine con calma.
Isana se encontró sentada en una silla sin recordar con claridad cómo había llegado allí. Sólo miraba a Aquitaine mientras sus labios se tomaban su tiempo para formar sus siguientes palabras, cuando un ardiente destello de rabia celosa estalló en Araris, que estaba inmóvil como una roca con la espalda contra la puerta. La contuvo rápidamente, colocando una mano en la empuñadura de la espada al hacerlo, pero al mismo tiempo esa simple oleada de emoción dejó a Isana tambaleante, como si hubiera salido de una celda oscura para mirar directametne al sol. Después de un momento, se las arregló para tartamudear unas cuantas palabras.
-¿Estás loco?
Los dientes de Aquitaine destellearon otra vez.
-Es una línea de trabajo alocada -respondió-. Pero en realidad supone una solución viable. Yo retendría la corona, con la línea de sucesión pasando a tu hijo tras mi muerte o retiro. Y, dada la naturaleza de nuestra relación, su seguridad personal se convertiría en mi responsabilidad, o perdería el respeto de la ciudadanía al no ser capaz de proteger a mi propio heredero.
-¿Y qué hay de tus hijos? -preguntó Isana.
-No tengo ninguno -replicó Aquitaine-. Ninguno que yo sepa, al menos... y desde luego ningún heredero legítimo. Y tu artificio de agua te capacitará para controlar completamente si dar un heredero legítimo a tu marido o no, puedes escoger no tener nunca hijos míos... en cuyo caso Octavian ascenderá sin dificultad al trono cuando sea mayor, más sabio, y esté más listo para gobernar el Reino.
Isana entrecerró los ojos, pensando.
-Por supuesto -dijo-, si algo me ocurriera, serías libre para tomar otra esposa. En cuyo caso, el hijo que ella tuviera tendría un reclamo al trono... un reclamo bloqueado por mi hijo.
Aquitaine dejó escapar una risita pesarosa.
-Indivia siempre fue una artista de la traición -dijo-. Veo que la supervivencia a tu asociación con ella no fue accidental.
-Además -continuó Isana-, ¿cómo ibas a estar seguro de que no estoy maquinando para eliminarte, cuando hayas bajado la guardia?
-Porque no lo harás -dijo Aquitaine con simplicidad-. No eres ese tipo de persona.
-¿El tipo de persona dispuesta a matar para proteger a su hijo?
-El tipo que apuñala a otra por la espalda -dijo-. Tú me mirarías a los ojos. Puedo vivir con eso.


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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8
« Respuesta #1 en: Enero 12, 2018, 03:06:20 pm »
Isana se le quedó mirando. Para ella, Aquitaine siempre había sido la contrapartida masculina de Invidia, un socio en sus crueles empresas políticas. Nunca habría sospechado que pudiera ser del tipo que entendía que no todo el mundo maquinaba contra todos los demás, capaz de asesinato y traición cuando había ganancias suficientes. Aunque tal vez no debería ser una sorpresa. Invida había sido capaz de ver la fidelidad en los demás, un núcleo esencial de... de honor, suponía Isana, que hacía que la palabra de uno valiera más que unos cuantos segundos de cálido aliento.
Desde luego había explotado ese rasgo en Isana.
-Dime -dijo Isana-. ¿Por qué iba a acceder a este plan en vez de apoyar la legítima sucesión del Reino?
-Por tres razones -respondió él sin pausa-. Primero, porque al hacerlo obviarías la necesidad de la actual lucha en el Senado, arrancando los dientes a los diversos senadores involucrados. Valerius ha impulsado este conflicto predicando la idea de que son tiempos de guerra y necesitamos una cadena de mando inmediata y firme. Nuestra unión quitaría fuelle a Valerius, evitando que el Senado se separe en facciones por este tema, y evitaría un procedente peligroso en el que el Senador dicta los términos al Primer Señor.
-¿Segundo?
-Porque significaría que no tengo ninguna razón para hacer daño a tu hijo ni necesidad de defenderme contra él. Octavian es capaz, lo reconozco. Pero a fuerza de experiencia y con la ventaja de mi posición, yo lo soy más. Cualquier lucha de poder entre nosotros sería desastrosa para él, personalmente, y para el Reino entero.
Habría sido más fácil desdeñar con sarcasmo el comentario de Aquitaine, pensó Isana, si Veradis no hubiera presionado con ese mismo punto tan enfáticamente.
-Y tercera -dijo Aquitaine-, porque va a salvar vidas. El vord se acerca. Se ha malgastado ya demasiado tiempo precisamente porque hay dudas persistentes sobre quién lleva verdaderamente la corona. Cada día, nuestro enemigo se hace más fuerte. Ya sea Octavian o yo quien lleve la corona, estos días de duda nos paralizan. Yo estoy aquí. Él no.
Isana arqueó una ceja hacia él.
-Me pregunto, Lord Aquitaine, si estaba usted de pie cerca de una charca anoche. O ante cualquier otro cuerpo de agua.
Aquitaine alzó la palma de una mano en un gesto de concesión.
-Concedido, lo más probable es que esté vivo y de vuelta de Canea. Concedido, su despliegue de poder fue impresionante... -Aquitaine sacudió la cabeza, su expresión le recordó a Isana a un hombre preparándose para comer algo desagradable-. Impresionante no. Inspirador. Sus palabras a nuestra gente fueron más que una simple declaración de su presencia. Les proporcionó coraje. Los proporcionó esperanza.
-Como debe hacer un Primer Señor -dijo Isana.
-Todavía debe estar en la costa oeste, en alguna parte. Es una larga marcha hasta aquí, Lady Isana. Si nuestra gente sigue insegura con respecto a quién los lidera hasta que él llegue, puede que ya sea demasiado tarde para que cualquiera de nosotros vea otra primavera. Creo que podemos evitarlo trabajando juntos abiertamente. La unión voluntaria de nuestras casas tranquilizará la mente de los ciudadanos y el resto del pueblo. Si permitimos que el Senado decida, siempre habrá dudas, preguntas, cuadros dirigentes y conspiraciones, sin importar cuál de nosotros esté en el trono.
Aquitaine se adelantó y extendió la mano.
-No viviré para siempre. Puede que caiga en la guerra venidera. Sea como sea, al final, la corona será suya. No tendremos necesidad de ponernos a prueba el uno al otro. Se salvarán vidas. Nuestra gente tendrá su mayor posibilidad de sobrevivir.
Otro destello de rabia golpeó los sentidos de Isana, mientras Araris daba medio paso hacia delante desde su posición junto a la puerta. Esta vez fue lo bastante aguda para que Aquitaine la sintiera también. Se giró para parpadear varias veces hacia Araris. Luego miró del uno al otro, y dijo:
-Ah. No me había percatado.
-Creo que deberías marcharte, Attis -dijo Araris. Su voz era tranquila, y muy, muy seria-. Será lo mejor para todos.
-Lo que ocurre fuera de estas paredes es más importante que tú, Araris -dijo Aquitaine con calma-. Es más importante que yo. Y apesar de que tus inclinaciones por defender a las mujeres por razones equivocadas siguen estando claras, tus emociones son completamente irrelevantes en el problema que tenemos entre manos.
Los ojos de Araris destellearon, y otra oleada de rabia presionó contra Isana. Imaginó que podia sentir como inclinaba hacia atrás sus pestañas.
-Que raro -dijo Araris-. Yo no lo veo de ese modo.
Aquitaine sacudió la cabeza, con una sonrisa precisa y sin sentido en la boca.
-Ya no somos escolares, Araris. No tengo ningún deseo en particular de ninguna intimidad más allá de la que requieran las apariencias -dijo-. Por lo que a mí respecta, me complacerá que vivas tu vida privada como escojas, Lady Isana.
-Araris -dijo Isana, tranquila, y levantó la mano.
Los ojos de él permanecieron sobre Aquitaine otro segundo ardiente. Luego la miró, frunciendo el ceño, mientras ella le urgía en silencio a entender lo que estaba a punto de hacer. Después de un interminable número de latidos, Araris se relajó visiblemente y volvió a su posición junto a la puerta.
Aquitaine observó la retirada del espadachín y se volvió hacia Isana, frunciendo el ceño pensativo. La miró un momento, luego bajó lentamente la mano, y dijo:
-Tu respuesta es no.
-Su oferta es... razonable, Lord Aquitaine -dijo ella-. Muy, muy razonable. Y sus argumentos suenan bien. Pero el precio que me pide es demasiado alto.
-¿Precio?
Ella sonrió un poco.
-Tendría que darle mi palabra. Abandonar cosas que me han llevado toda una vida construir. Abrazar engaños e ideales vacíos. Eso dejaría mi corazón y mi mente fríos, tan quemados, vacíos e inútiles como todas esas granjas que ha destruído para ralentizar al vord. -Aquitaine pareció pensativo un momento. Luego asintió, y dijo:
-No lo entiendo. Pero debo aceptar tu respuesta.
-Sí. Creo que debe.
Él frunció el ceño.
-Octavian sabe que debe protegerse contra mí. Y yo, por mi parte, me protegeré de forma similar contra él. Si es posible, evitaré una confrontación directa. No tengo ningún deseo en particular de hacerle daño. -Sostuvo la mirada de Isana-. Pero estas cosas tienen una forma particular de cobrar vida propia. Y veré el Reino entero, fuerte y listo para defenderse.
Ella inclinó la cabeza hacia él, muy ligeramente, y dijo:
-Entonces lo más sabio sería aceptar la voluntad de Gaius Sextus, Lord Aquitaine.
-Gaius Sextus está muerto, señora. -Inclinó la cabeza igual de ligeramente en respuesta-. Y mira adónde nos ha traído la voluntad de esa vieja serpiente.
Aquitaine asintió una vez hacia Araris y salió a zancadas de la habitación.
Araris cerró la puerta detrás del Alto Señor y se volvió hacia Isana. Exhaló lentamente, y sólo entonces levantó la mano de su espada.
Isana se acercó pisando suavemente y se rodearon mutuamente con los brazos. Ella le abrazó muy fuerte, apoyándole la mejilla contra su pecho. Se quedó allí varios momentos, con los ojos cerrados, los brazos de Araris se envolvieron a su alreddor, sujetándola sin presionar demasiado fuerte contra los eslabones de acero de la armadura. Mientras permanecían así, Isana sintió que la fresca reserva de artificio de metal que él había estado usando para contener sus emociones cedía.
Por un rato, sólo existió su presencia, la calidez de su amor, tan firme como cualquier roca, e Isana dejó que ese calor hiciera retroceder el frío de las preocupaciones y miedos.
Después de un rarito, pregunto.
-¿Hice lo correcto?
-Sabes que sí -replicó él.
-¿De veras? -preguntó-. Tenía razón. Tenía varias razones.
Araris produjo un gruñido en la garganta. Después de un momento, dijo:
-Tal vez. Así que pregúntate algo.
-¿Qué?
-¿Podrías vivir una mentira?
Ella se estremeció.
-Lo he hecho antes. Para proteger a Tavi.
-Y yo -dijo él-. Yo estaba allí. -Gesticuló hacia su cara marcada-. Pagué un precio por ello. Y cuando... cuando acepté esa carga, fue lo mejor que me había ocurrido desde la muerte de Septimus.
-Sí -dijo Isana tranquila. Alzó una mano para posarla sobre la cicatriz de la cara, sobre la vieja marca de cobardía grabada allí. Se inclinó y le besó la boca con gentileza-. No. No puedo volver a hacerlo.
Él asintió y apoyó su frente contra la de ella.
-Entonces, ahí lo tienes.
Se quedaron inmóviles un rato, y al final Isana preguntó:
-¿Qué quería decir Aquitaine con defender a la mujer equivocada?
Araris produjo un sonido pensativo.
-Algo que ocurrió después de Siete Colinas -dijo-. Septimus conducía una de las alas de caballería personalmente, en la persecusión del enemigo después de que tomamos el campo. El mando terrestre huyó hacia media docena de explotaciones diferentes donde... donde no habían utilizado a sus esclavos con demasiada amabilidad.
Isana se estremeció.
-Uno en particular... He olvidado su nombre. Un tipo alto y larguirucho, un conde. Era bueno con la espada, y sus criados lucharon a muerte por defenderle. Hicimos falta yo, Aldrick, Septimus y Miles para romper su última línea de defensa. Y apenas nos las arreglamos. -Suspiró-. La cosa se puso fea antes de lograrlo. Y este conde mantenía un buen número de esclavos en su recámara. Una de ellas se suicidó cuando le vio morir. Las demás no estaban en mucha mejor forma. No había una que tuviera más de dieciseis años, y todas tenían collares disciplinarios.
Isana se sintió enferma de repente.
-Tomamos a la mayor parte del personal de la explotación vivo. Uno de ellos les había puesto los collares. así que liberamos a tres de las chicas, pero la cuarta... -Araris sacudió la cabeza-. Puede que tuviera catorce años. Llevaba el collar desde que tenía diez. Y estaba...
-¿Mal? -sugirió Isana con gentileza.
-Rota -replicó Araris-. No tenía ni idea de como relacionarse con otra gente aparte de ofreciéndose a sí misma. Apenas podía vertirse. Se le había dado regularmente vino y afrodina. Era una niña hermosa, en realidad, pero podías verlo en sus ojos. La habían dañado, y no iba a volver.
-Por supuesto, el Princeps le extendió su protección. Pero se volvía más agitada y desesperada con cada día que pasaba. Su mundo se había invertido. No sabía donde encajaba, o qué hacer. Para cuando volvimos a Alera Imperia, sólo temblaba y gritaba. -Miró a Isana-. Era una artífice de agua, una fuerte.
Isana inhaló.
-Pero... eso significa que sus dones estaban floreciendo...
Araris asintió.
-Sentía exactamente lo que sentían los hombres cuando la tomaban. Pobre niña. La muerte hubiera sido más amable que lo que estaba pasando. -Se aclaró la garganta-. Bueno. No podía dejar de gritar y llorar hasta que una noche pasó. Septimus envió a Miles a comprobar como estaba... él le había estado haciendo ojitos desde que la vio por primera vez. No tenía más que dos o tres años más que ella. Miles siguió las órdenes del Princeps y encontró a la chica y a Aldrick.
-Oh, cuervos -suspiró Isana.
-Miles estaba celoso, y furioso porque Aldrick la usara así... aunque a la chica no parecía importarle. Así que desafió a Aldrick a juris macto en el acto.
-El famoso duelo en Alera Imperia -dijo Isana.
Araris asintió.
-Miles iba a hacer que le mataran, así que le empujé delante de una carreta. Así es como se dañó la rodilla. Y yo ocupé su lugar en el juris macto.
Isana le frunció el ceño.
-¿Por qué?
-Porque lo que estaba haciendo Aldrick estaba mal. Pretendiera o no tranquilizarla. -Le dedicó una sonrisa breve y macilenta-. Hay cosas que simplemente no puedes ignorar.
Ella asintió lentamente.
-Sigue.
-No hay mucho más -dijo Araris-. Vencí a Aldrick, pero no pude matarle. Era uno de los singulares del Princeps, como un hermano para mí. Pero mientras estaba de rodillas, Septimus se acercó y le castigó, delante de la mitad de la capital. Le echó de su compañía y dejó claro en términos inequívocos que Aldrick debía permanecer fuera de su vista si quería seguir respirando.
-¿Qué pasó?
-Nadie en Alera Imperia le habría dejado lavar sus platos gratis después de lo que Septimus dijo. Así que cogió a la chica y se marchó.
-Odiana -dijo Isana. La imagen del alto y severo Aldrick y la mujer dulcemente curvilínea de pelo oscuro que siempre estaba en su compañía brotó en sus pensamientos.
Araris asintió.
-Por mi parte, yo intenté ser amable con ella. Ayudarla a comer. Darle mi manta en una noche fría, de camino a la capital. Supongo que por eso ella me ayudó en la Segunda de Calderon. Pero después, pensé que habría sido mejor no haber luchado con él una vez Miles estuvo a salvo en una tuba de sanación. El duelo hizo que los eventos que lo provocaron fueran de conocimiento público. Septimus no tuvo más elección que despedir a Aldrick, y tan duramente como fuera posible. Si yo lo hubiera manejado de otro modo, tal vez Aldrick hubiera estado en la Primera de Calderon. Tal vez eso habría supuesto una diferencia. Tal vez muchas cosas serían distintas ahora.
-¿Lo crees así? -preguntó Isana.
Araris sinrió débilmente.
-No sé. Pienso en ello con frecuencia, lo que podría haber hecho de otro modo. Pero supongo que todos lo hacemos con las elecciones importantes.
Sonó una llamada en la puerta.
-Ah -dijo Isana-. La escolta del Senado, supongo. -Rompieron su abrazo, e Isana se alisó con cuidado el vestido-. ¿Te importaría abrir la puerta, por favor?
Araris volvió a una inmaculada postura militar e inclinó la cabeza hacia ella. Luego fue a la puerta, extendió una mano...
Y la puerta salió volando de sus goznes con un chillido de metal desgarrado, golpeando a Araris en el pecho, y lanzándole contra la pared opuesta.
Unos hombres con armadura negra entraron en la habitación, moviéndose con velocidad y precisión. Uno de ellos apartó la puerta del cuerpo postrado de Araris. dos más sujetaron armas contra el hombre desmayado. Dos apuntaron hojas relucientes hacia Isana que, congelada, miraba con los ojos abiertos de par en par.
Los hombres no estaban vestidos con armadura negra.
Estaban cubiertos de quitina vord. Las relucientes bandas de collares disciplinarios brillaban en sus gargantas.
Hubo un destello de luz en el vestíbulo, y una figura esbelta cubierta por una gran capa oscura entró en la habitación. Una mano delgada, femenina, se alzó para señalar con una sola uña verdinegra a Isana.
-Sí -siseó una voz zumbona y alienígena-. Sí. Reconozco el olor. Esta es.
-Señora -urgió una voz queda en el vestíbulo-. No podemos circunvenir las furias centinelas mucho más tiempo.
La reina vord... porque no podía ser nadie más... cruzó la habitación hasta Isana y le aferró la muñeca en una garra aplastante. Isana contuvo un grito de dolor mientras algo se rompía con un crujido quedo.
-Traedlos a ambos -dijo la reina casi ronroneando-. Oh, sí. Ahora es mi turno.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8
« Respuesta #2 en: Enero 12, 2018, 03:07:05 pm »
Y ahora hasta el martes, que me voy de vacas y sin pc.
A controlar las ansias.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8
« Respuesta #3 en: Enero 12, 2018, 06:55:51 pm »
 06a 06a Buen momento para un cliffhanger
“Por los amigos ausentes, los amores perdidos, los viejos dioses y la estación de las nieblas.Y ...

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 8
« Respuesta #4 en: Enero 14, 2018, 04:23:26 pm »
ufff. La cosa se pone tensa.

En cuanto a los comentarios que se han hecho sobre La reina Vord, a mi no me parece tan raro el cambio. Aunque si que se ve un poco forzado. Esta reina se despertó con el contacto de la sangre de Tavi. Está claro que está "contaminada". Por eso creo que cada vez tiene sentimientos más humanos, y porqué intenta entenderlos. No se si estaré en lo cierto.