Autor Tema: CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6  (Leído 124 veces)

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CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6
« en: Enero 10, 2018, 10:39:30 pm »
CAPÍTULO 6
Invidia entró en la maciza estructura con forma de domo donde la reina vord tomaba una comida diaria y se estremeció como siempre hacía. Las paredes estaban hechas de croach verde ligeramente reluciente. Había remolinos y montículos por todas partes, despleagados en formas abstractas que eran a la vez hermosas y reveladoras. El techo se estiraba a veinticinco metros de altura, e Invidia podría haber utilizado el enorme espacio de debajo para dar una clase de vuelo.
Las criaturas con forma de araña, las guardianas, abundaban sobre el croach, con sus muchas patas y cuerpos traslúcidos desvaneciéndose misteriosamente en la incandescencia ambiental de las paredes, el suelo, y el techo. Si una guardiana no se movía, uno podía tropezarse con ella, así de bien se fundían con la gigantesca construcción. Cientos de criaturas abundaban en el lugar, escalando por las paredes y los techos, un movimiento constante e irritante.
En el centro del domo estaba la mesa alta del salón de banquetes del Alto Señor de Ceres junto con sus sillas. Era una construcción elaborada y primorosamente esculpida de roble rhodesiano, un regalo para el tatarabuelo del actual Alto Señor. Uno podría haber sentado a media cohorte de legionarios en ella sin oir el choque de las placas de hombros blindados.
La reina vord se sentaba en un extremo de la mesa, con las manos cruzadas primorosamente sobre el mantel. El mantel estaba mugriento, manchado de las grandes furias sabían qué fluidos, y no había sido limpiado.
La reina hizo un gesto con una mano pálida hacia el asiento de su izquierda. El asiento acostumbrado de Invidia era a la derecha de la reina.
Si por alguna razón Invidia hubiera sido reeemplazada, sabía que era improbable que saliera viva del domo. Controló la urgencia de humedecerse los labios y se concentró en su cuerpo, evitando que su corazón corriera más rápido, su voz rompiera a sudar, sus pupilas se contrayeran.
Calma. Tenía que mantener la calma, confianza, y competencia... y por encima de todo, utilidad. El vord nunca había oído hablar de la jubilación. A menos que contara el ser enterrado vivo y disuelto por el croach.
Invidia atravesó la estancia, dando un golpe con el pie a una guardiana lenta que se interpuso en su camino. Se sentó junto a la reina. Tenía que sobrevivir a esta comida. Siempre, sobrevivir.
-Buenas tardes.
La reina miraba a la mesa y permanecía, sus ojos extraños eran ilegibles. Entonces dijo:
-Explica los gestos que los aleranos hacer para mostrar respeto a sus superiores.
-¿En qué sentido? -preguntó Invidia.
-Los soldados hacen esto -dijo la reina, se llevó el puño al corazón y lo volvió a bajar-. Los ciudadanos se inclinan por la cintura. Las parejas juntan las bocas.
-Eso último no es un gesto de respeto -dijo Invida-, aunque los demás sí. Son un reconocimiento del estatus del otro. Se considera que tal reconocimiento es necesario y favorable para la sociedad.
La reina asintió una vez, despacio.
-Son gestos de sumisión.
Invidia arqueó una ceja esta vez.
-Nunca lo había considerado así. Sin embargo, es una descripción válida, si bien incompleta.
La reina volvió sus ojos inquietantes hacia Inidia.
-¿Incompleta en qué sentido?
Invidia consideró la respuesta un momento antes de decir:
-Los gestos de deferencia y respeto son algo más que un simple reconocimiento del mayor poder de otro. Aceptando un gesto así, la persona que lo recibe también reconoce una obligación a cambio.
-¿De hacer qué?
-De proteger y asistir a la persona que hace el gesto.
La reina entrecerró los ojos.
-El que tiene mayor poder no tiene obligación de nada.
Invidia sacudió la cabeza.
-Pero no importa lo poderoso que pueda ser un individuo, sólo es parte de un todo mayor. Los gestos de respeto son un mutuo reconocimiento de ese hecho... de que el dador y el receptor son parte de algo más grande que ellos, cada uno con su papel dentro del todo.
La reina vord frunció el ceño.
-Es... reconocer la necesidad de estructura. De orden. De que por el bien de todos, lo que debe ser, será. Significa aceptación de que uno es parte de ese orden.
Invidia se encogió de hombros.
-En esencia, sí. Muchos aleranos nunca dan a tales gestos una consideración seria. Son simplemente parte de cómo funciona nuestra sociedad.
-Y si tales gestos no se dan, ¿cuál es el resultado?
-Desagrado -contestó Invidia-. Dependiendo de la persona que haya sido desairada, podrían haber repercusiones que irían desde insultos a prisión, o desafío a juris macto.
-Justicia por combate -dijo la reina.
-Sí -contestó Invidia.
-La fuerza sobre la ley. Eso parece rechazar los ideales de la sociedad alerana.
-En la superficie. Pero la cuestión es que algunos aleranos son muchos más poderosos, en un sentido directo y personal, que casi todos los demás. Intentar forzar un comportamiento particular en tales individuos de cualquier forma directa podría conducir a un conflicto igualmente directo, en el cual un montón de gente podría resultar dañada.
La reina lo consideró un momento.
-Así, de forma indirecta se usa para evitar semejantes situaciones. Se anima a los menores a evitar provocar una confrontación directa con alguien de mayor poder. Los de mayor poder deben considerar la posibilidad del conflicto directo con alguien que es su igual en poder antes de tomar alguna acción.
-Precisamente -replicó Invidia-. Y la forma más segura de arreglar los conflictos es através de la regla de la ley. Los que con demasiado frecuencia ignoran la ley en favor del juris macto se convierten en parias dentro de la sociedad y corren el riesgo de que otro ciudadano tome el asunto entre sus manos.
La reina cruzó las manos sobre el mantel y asintió.
-Entre el vord -dijo-, raramente contemplamos formas indirectas para la resolución de conflictos.
Invidia frunció el ceño.
-Tenía entendido que no existía ningún conflicto entre tu raza.
La expresión de la reina titiló con algo que fue a la vez abochornado y hosco.
-Es raro. -Luego se enderezó, se aclaró la garganta... un sonido artificial, dado que, por lo que Invidia podía decir, nunca hacía nada de otro modo... y preguntó-. ¿Qué tal tu día?
Era la señal para empezar el ritual de la cena. Invidia nunca se acostumbraba a ello, a pesar de la repetición. Contestó atentamente y tuvo una conversación absurda con la reina durante un rato mientras las arañas de seda, las guardianas, corrían hacia la mesa llevando platos, tazas, y cubertería. Los vord con aspecto de insecto inundaron la mesa subiendo por las patas en pulcras filas, y colocaron un plato para la reina, para Invidia...
... y para alguien que al parecer se sentaba a la derecha de la reina. La silla vacía con el plato vacío era inquietante. Invidia cubrió su reacción girándose para observar al resto de las guardianas traer varias bandejas cubiertas y una botella de vino ceresiano.
Invidia abrió la botella y sirvió vino en la copa de la reina, luego en la suya propia. Después miró la copa ante el asiento vacío.
-Sirve -dijo la reina-. Tenemos un invitado.
Invidio así lo hizo. Luego comenzó a descubrir las bandejas.
Cada bandeja portaba una sección perfectametne cuadrada de croach. Cada una era sutilmente diferente a la siguiente. Una parecía haber sido horneada... malamante. Los bordes eran negros y crujientes. Otra tenía azúcar en la superficie. Una tercera estaba adornada con un betún gelatinoso y un anillo de cerezas maduras. Una cuarta habías sido revestida con lo que alguna vez había sido queso fundido... pero lo habían quemado hasta dejarlo de color marrón oscuro.
Invidia cortó cada pieza en cuartos, luego empezó a servir el plato de la reina con un solo cuadrado de cada bandeja. Después de eso, se sirvió lo mismo.
-Y a nuestro invitado -murmuró la reina.
Invidia llenó cumplidamente el tercer plato.
-¿A quíen vamos a entretener?
-No estamos entreteniéndonos -replicó la reina-. Estamos consumiendo comida en grupo.
Invidia inclinó la cabeza.
-¿Quién es nuestro acompañante entonces?
La reina entrecerró sus ojos de insecto hasta que solo fueron visibles rendijas brillantes. Recorrió la enorme mesa con la mirada, y dijo:
-Ya viene.
Invidia giraba la cabeza para ver, cuando su invitada entró en el brillante domo verde.
Era una segunda reina.
Compartía rasgos con la reina: Es decir, podría haber sido su hermana gemela... una joven poco mayor que una adolescente, con largo pelo blanco y los mismos ojos brillantes. Allí terminaban las similitudes. La joven reina se acercó con gracia, sin hacer ningún esfuerzo por imitar el movimiento de un ser humano. Estaba completamente desnuda, y su piel pálida estaba cubierta por una pátina de algún tipo de moco refulgente y verdoso.
La reina más joven se acercó a la mesa y se detuvo a unos cuantos centímetros, mirando a su madre.
La reina gesticuló hacia la silla vacía.
-Siéntate.
La joven se sentó. Miró a Invidia a través de la mesa con ojos que no parpadeaban.
-Esta es mi hija. Está recién nacida -dijo la reina a Invidia. Se giró hacia la joven-. Come.
La joven reina consideró la comida un momento. Luego agarró un cuadrado con los dedos desnudos y se lo metió en la boca.
La reina observó este comportamiento, frunciendo el ceño. Luego tomó su tenedor y comenzó a cortar con él bocados, comiéndoselos lentamente. Invidia siguió el ejemplo de la reina mayor y comió también.
La comida estaba... "asquerosa" caía tan lejos de la realidad que parecía una injusticia. Invidia había aprendido a comer el croach crudo. La criatura que la mantenía vivva necesitaba que ella lo ingiriera para alimentarse. La sorprendió averiguar que así podía saber incluso peor. El vord no tenía mano con la comida. La noción misma les resultaba ajena. Como resultado, no podían esperar de veras hacerlo muy bien... pero esa noche habían perpetrado nada menos que una atrocidad.
Masticó la comida lo mejor que pudo. La mayor de las reinas comía con firmeza. La más joven había terminado en dos minutos y se sentaba allí mirándolas, con expresión ilegible.
La joven se giró entonces hacia su madre.
-¿Por qué?
-Compartimos una comida juntas.
-¿Por qué?
-Porque podría hacernos más fuertes.
La joven absorbió eso en silencio un momento. Luego preguntó:
-¿Cómo?
-Construyendo vínculos entre nosotras.
-Vínculos. -La joven parpadeó lentamente, una vez-. ¿Qué necesidad hay de cadenas?
-No vínculos físicos -dijo la madre-. Nexos mentales simbólicos. Sentimientos familiares.
La joven reina absobió eso durante media docena de latidos de corazón. Luego dijo:
-Esas cosas no mejoran la fuerza.
-Hay más tipos de fuerza aparte de la física.
La joven inclinó la cabeza. Miró a su madre, luego, inquieta, a Invidia. La alerana pudo sentir la pesada e invasiva presión de la consciencia de la joven reina actuando sobre sus pensamientos.
-¿Qué es esta criatura?
-Un medio para un fin.
-Es ajena.
-Necesaria.
La voz de la joven se endureció.
-Es ajena.
-Necesaria -repitió la mayor.
Una vez más, la joven se quedó en silencio. Luego, sin cambiar de expresión, dijo:
-Eres defectuosa.
La enorme mesa pareció explotar. Astillas, algunas de seis centímetros de largo y muy afiladas, salieron volando como flechas. Invidia se sobresaltó instintivamente, y se las arregló apenas para poner su antebrazo blindado con quitina entre ella y una lanza de madera voladora que podría haberle atravesado un ojo. El sonido presionó tan fuerte contra los tímpanos de Invidia que uno de ellos explotó, una tormenta de aullidos agudos. Gritó de dolor, se tambaleó en su silla y cayó lejos de la mesa, tomando velocidad de sus furias de viento mientras lo hacían, abrazando la sensación extrañamente alterada de tiempo que pareció extender los instantes en segundos, los segundos en minutos. Era la única forma de ver lo que estaba pasando.
Las reinas vord estaban enzarzadas en una lucha a muerte.
Incluso con la ayuda de artificios de viento, Invidia apenas podía seguir los movimientos de las dos vord. Destelleaban garras negras. Volaban patadas. Los movimientos evasivos se convirtieron en saltos de seis metros que acabaron en la pared más cercada del domo, después de lo cual las dos reinas continuaron con su lucha mientras se encorvaban sobre la pared, saltando y corriendo por el domo como un par de arañas enfrentadas en un duelo.
Los ojos de Invidia parpadearon hacia la mesa arruinada. Yacía echa pedazos. Un surco harapiento había desgarrado una esquina, cuando la joven se había lanzado hacia delante, bajando en picado a través de la enorme mesa de madera como si no fuera más obstáculo que un montículo de nieve suave. Invidia apenas podía imaginar el tremendo poder y concentración que haría falta para que pasara tal cosa... por parte de una criatura que había nacido, al parecer, apenas una hora antes.
Pero por rápida y terrible que pudiera ser la joven reina, el encuentro no era parejo. Donde las garras golpeaban a la reina mayor, saltaban chispas de su carne aparentemente suave, desviando el ataque. Pero cuando la más joven era golpeada, la carne se separaba, y la sangre verde volaba en finos arcos. Los reinas vord luchaban girando, escalando, brincando a una velocidad demasiado alta para ver con claridad, mucho menos para interferir con ella, e Invidia se encontró siguiendo el movimiento simplemente para saber cuando podía necesitar saltar fuera del paso.
Entonces la mayor cometió un error. Resbaló en un charco de sangre de la menor, y su equilibrio falló durante una fracción de segundo. No había tiempo suficiente para que la joven se acercara a dar un golpe más mortífero... pero fue tiempo más que suficiente para colocarse detrás de la reina mayor y agarrar la tela de la capa oscura. Con una torción, envolvió la capa alrededor de la garganta de la mayor y se echó hacia atrás, tirando con unos brazos que parecían frágiles, apretando la tela retorcida como si fuera un garrote contra el cuello de su madre.
La mayor se inclinó en un ángulo sinuoso, luchando contra la prenda estranguladora, su expresión permaneció tranquila mientras sus ojos oscuros caían con un peso palpable sobre Invidia.
La mujer alerana le sostuvo la mirada durante un par de segundos interminables antes de asentir una vez, levantarse, alzar una mano, y con un esfuerzo de voluntad y furias hizo que el aire del interior de la nariz, la boca, y los pulmones de la joven reina se congelaran en una masa casi líquida.
La respuesta fue inmediata. La joven se retorció y contorsionó en una súbita agonía, todavía sujetando desesperadamente la capa retorcida.
La mayor cortó la capa en tiras con sus garras, liberándose, se dio la vuelta, y con media docena de salvajes movimientos desgarró a la joven de la garganta a la barriga, removiendo órganos todo el camino. Lo hizo con calma, el trabajo de una mano experimentada en un matadero más que la intensa incertidumbre de una batalla.
El cuerpo de la joven reina cayó laxo al suelo. La reina mayor no se arriesgó. La desmembró con movimientos pulcros y concienzudos. Luego se giró, como si no hubiera ocurrido nada en absoluto, y volvió a la mesa. Su silla seguía en su lugar aunque la mesa estaba destrozada.
La reina se sentó en la silla y miró hacia delante, a la nada.
Invidia caminó lentamente hacia ella, enderezó su propia silla caída, y se sentó en ella. Ninguna habló durante un rato.
-¿Estás herida? -preguntó Invidia, al fin.
La reina abrió la boca, luego hizo algo que Invidia nunca le había visto hacer antes.
Dudó.
-Mi hija -dijo la reina, su voz fue casi un susurro-. La número veintisiete desde que volvimos a las costas de Alera.
Invidia frunció el ceño.
-¿Veintisie...?
-Es parte de nuestra... naturaleza... -El vord se estremeció-. Dentro de cada reina está el imperativo de permanecer separada. Pura. No dejarse contaminar por el contacto con otros seres. Y eliminar a cualquier reina que muestre signos de corrupción. Comenzó hace varios años, mis reinas menores universalmente intentaban eliminarme. -Su cara estaba surcada por un débil ceño-. No lo entiendo. No me hizo daño físico. Aun así...
-Te hizo daño.
La reina asintió, muy lentamente.
-Tuvo que eliminar su capacidad para producir más reinas para que no se unieran para eliminarme. Lo cual nos hizo daño a todos. Nos debilitó. Por derecho, este mundo debería haber sido vord hace cinco años. -Entrecerró los ojos, y posó su mirada multifacética sobre Invidia-. Tú actuaste para protegerme.
-No lo necesitabas -dijo Invidia.
-Eso no lo sabías.
-Cierto.
La reina vord inclinó la cabeza, estudiando a Invidia con intensidad. Se preparó para la incómoda intrusión de la mente de la reina... pero no llegó.
-¿Entonces por qué? -preguntó la reina.
-Estaba claro que la joven reina no me habría permitido vivir.
-Podrías haber acabado con las dos.
Invidia frunció el ceño. Muy cierto. Las dos reinas habían estado tan concentradas la una en la otra, que difícilmente podrían haber reaccionado a un ataque repentino de Invidia. Podría haber llamado al fuego y haberlas fulminado a ambas.
Pero no lo había hecho.
-Podrías haber huído -dijo la reina.
Invidia sonrió débilmente. Gesticuló hacia la criatura pegada a su pecho.
-No lo suficiente.
-No -dijo la vord-. No tienes ningún lugar adonde ir.
-No -coincidió Invidia.
-Cuando se tiene algo en común -preguntó la reina-, ¿eso se considera un vínculo?
Invidia consideró la respuesta un momento... y no en beneficio de la reina.
-Con frecuencia es el principio de uno.
La vord se miró los dedos. Las puntas de sus uñas oscuras estaban manchadas con la sangre de la joven reina.
-¿Tienes tus propios hijos?
-No.
La reina asintió.
-Es... incómodo verles heridos. A cualquiera de ellos. Me alegro que no te distraigas con esas cosas en este momento. -Levantó la vista y cuadró los hombros, enderezando la espalda... imitando a la propia Invidia-. ¿Qué es lo apropiado en la etiqueta alerana cuando un asesinato interrumpe la cena?
Invidia descubrió una sonrisita en su boca.
-Tal vez deberíamos reparar el mobiliario.
La vord inclinó la cabeza de nuevo.
-No tengo ese conocimiento.
-Cuando mi madre murió, mi padre me puso de aprendiz con los más finos artesanos de la ciudad durante un año. Creo que principalmente para librarse de mí. -Se levantó y evaluó la mesa rota, las astillas esparcidas-. Vamos. Esto es una disciplina más exigente que volar o llamar al fuego. Te lo mostraré.

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6
« Respuesta #1 en: Enero 10, 2018, 10:40:01 pm »
Se acababan de sentar otra vez ante la mesa reparada cuando el siseo y la vibración de las alarmas que soltaban las arañas de seda llenaron el aire.
La reina volvió a ponerse en pie al instante, con los ojos muy abiertos. Se levantó con un movimiento rígido, luego siseó.
-Intrusos. Desplegándose. Ven.
Invidia siguió a la reina al exterior, a la luz de la luna, sobre la gentil luminosidad del croach que se extendía alrededor de la enorme colmena. La reina echó a andar cuesta abajo, paseando veloz y tranquila, y la alarma continuó extendiéndose.
Invidia oyó zumbidos furiosos y agudos, improbables en nada que ella hubiera conocido. La criatura de su pecho reaccionó a ellos con ansiedad, moviendo las extremidades y enviando angustia a través de su cuerpo como un fuego que amenazaba con robarle el aliento. Luchó por seguir caminando a la sombra de la reina sin tropezar, y al final tuvo que poner la mano sobre el cuchillo y recurrir a un artificio de metal para continuar. Llegaron a una amplia charca de agua que se reunía en el centro de un valle poco profundo. No tenía más de treinta centímetros de profundidad y tal vez seis metros de largo. Las aguas superficiales rebosaban de tomadores larvales.
De pie en las aguas del centro de la charca había un hombre.
Era alto, media cabeza por encima del metro ochenta al menos, y vestía con la armadura brillante e inmaculada de los legionarios. Su pelo era oscuro, corto al estilo de los soldados, al igual que su barba, y sus ojos eran intensamente verdes. Había cicatrices finas visibles en su cara, y llevaba algo que se parecía mucho a una condecoración militar, al igual que una capa escarlata sobre la armadura que aseguraba con la insignia azul y escarlata del águila de la Casa de Gaius.
Invidia se encontró conteniendo el aliento con brusquedad.
-¿Quién? -exigió la reina.
-Parece.... -Septimus. Excepto por los ojos, el hombre del centro de la charca era casi idéntico al que una vez fue su prometido. Pero no podía ser él-. Octavian -dijo al fin, casi gruñendo la palabra-. Debe ser Gaius Octavian.
Las garras de la reina vord emitieron un sonido quedo mientras se extendían de forma enfermiza.
La imagen acuosa era a todo color, el indicador de un excelente control de las furias. Así que... el cachorro se había convertido en lobo después de todo.
Los extraños zumbidos continuaban, e Invidia pudo ver algo sacudiéndose en la imagen acuosa, pequeñas salpicaduras de agua saltando como si un niño hubiera tirado piedras. Invidia llamó a sus furias de viento para ralentizar el movimiento de los objetos, enfocándose más en ellos. Tras una inspección cercana, determinó que parecían ser avispas. No eran avispas, por supuesto, pero tenían la misma apariencia malignamente veloz y quedamente amenazadora. Sus cuerpos eran más grandes, y lucían dos juegos de alas, y volaban más rápido que ninguna avispa y en líneas perfectamente rectas. Mientras observaba, uno de esas cosas golpeó la imagen de agua, su abdomen se inclinó hacia delante y expuso una lanza dentada y serrada de quitina vord tan larga como el dedo índice de Invidia. Golpeó la imagen de agua con una explosión de fuerza y salió aturdida por el otro lado para caer al agua.
Invidia se estremeció. Había docenas, sino cientos, de esas cosas saliendo del los innocuos conglomerados de croach.
-Ya basta -dijo la reina, levantando una mano, y una serie de impactos se detuvo en el acto. Los zumbidos cesaron, al igual que los chillidos de las arañas de cera, y se hizo el silencio. La superficie de la charca ondeó con miles de tomadores larvales que saltaban para coger los cuerpos de los avispones aturdidos.
La reina miró la imagen en silencio. Los minutos pasaron.
-Nos copia -siseó la reina.
-Entiende por qué escogimos aparecer de este modo -contestó Invidia. Miró hacia el valle, concentrando su artificio de agua para magnificar su visión hacia la siguiente charca larval. Una imagen de Octavian estaba allí de pie también-. Pretende diregirse a toda Alera, como nosotros.
-¿Es lo bastante fuerte? -exigió la reina.
-Eso parece.
-Me dijiste que sus dones estaban embotados.
-Al parecer estaba equivocada -contestó Invidia.
La reina gruñó y miró a la imagen.
Un momento después, habló al fin. La voz de Octavian era una resonante voz madura de barítono, su postura era firme y confiada.
-Saludos, aleranos, hombres libres y ciudadanos por igual. Soy Octavian, hijo de Septimus, hijo de Gaius Sextus, Primer Señor de Alera. He vuelto de mi viaje a Canea y vengo a defender mi hogar y a mi gente.
La reina vord dejó escapar un siseo ondeante, un sonido completamente inhumano.
-El vord ha llegado, y nos ha infringido una espantosa herida -continuó Octavian-. Lloramos a los que ya han perecido, las ciudades que han sido invadidas, los hogares y las vidas que han sido destruídas. A estas horas, ya sabéis que el enemigo ha tomado Alera Imperia. Sabéis que todas las grandes ciudades se enfrentan a un ataque inminente, si es que no están sitiadas ya. Sabéis que el vord ha cortado la retirada a cientos de miles de aleranos. Sabéis que el croach crece devorando todo lo que conocemos y todo lo que somos.
Los ojos de Octavian relucieron con un repentino fuego.
-Pero hay otras cosas que no sabéis. No sabéis que las Legiones de las ciudades del Escudo se han unido a las reunidas por otras ciudades en la más grande y más experimentada fuerza endurecida por las batallas que jamás se ha visto en la historia de nuestra gente. No sabéis que cada caballero y Ccudadano del Reino se ha unido a la lucha contra esta amenaza, bajo el liderazgo de mi hermano, Gaius Aquitanius Attis. No sabéis que no sólo esta guerra no ha acabado... aún no ha comenzado.
-Durante dos mil años, nuestra gente ha trabajado, luchado, sangrado y muerto para asegurar la protección de nuestros hogares y familias. Durante dos mil años, hemos perseverado, sobrevivido y conquistado. Durante dos mil años, las Legiones han sido nuestra espada y nuestro escudo contra los que pretendían destruirnos.
Octavian echó la cabeza hacia atrás, sus ojos se endurecieron como piedras, su expresión era tan tranquila y firme como el granito de una montaña.
-¡Las Legiones siguen siendo nuestra espada! ¡Todavía son nuestro escudo! Y nos defenderán contra esta amenaza como han hecho siempre. Dentro de mil años, cuando se lean las historias, marcarán esta estación como la más mortíferas de nuestro tiempo. Y en mil años, todavía conocerán nuestro valor, nuestra fuerza. ¡Sabrán que la Casa de Gaius entregó su vida y su sangre, luchó con espada y furia contra este enemigo, y que toda Alera resistió con nosotros!
Una oleada de emoción inundó a Invidia, tan intensa que cayó sobre una rodilla. Combinaba exaltación, esperanza, terror y rabia, todo unido de forma tan intrincada que no podían separarse unas de otras. Luchó por intensificar su artificio de metal, para embotar el impacto de las emociones, y comprendió en algún recóndito y atontado rincón de su mente que la ola fluía hasta ella desde la pequeña explotación cautiva.
Octavian continuó, con voz más dura y más queda que antes.
-Como vosotros, he visto la cara del enemigo. La he visto ofreceros paz. Estad seguros, compatriotas míos, todo lo que os ofrece es la paz de la tumba; lo que ofrece es nada menos que la destrucción absoluta de toda nuestra raza, tanto para los que viven hoy, como para los que han vivido antes de nosotros. Nos pide que nos tendamos dócilmente en la tierra y esperemos a que nos corten la garganta, sangrando indoloramente hasta la muerte de nuestra raza entera.
Su voz se volvió amable.
-Yo os digo esto: los hombres libres de Alera son libres. Son libres de hacer lo que crean más adecuado. Son libres de tomar cualquier medida que estimen necesaria para presevrrar la seguridad de sus seres queridos. Me dirijo especialmente la gente atrapada tras las líneas enemigas, es comprensiible que algunos podáis buscar la seguridad de la rendición. Es una elección que debéis tomar en vuestros corazones. Cuando el vord haya sido derrotado, no habrá recriminaciones, sea cual sea vuestra decisión.
-Pero para vosotros, ciudadanos del Reino, que durante tanto tiempo habéis disfrutado del poder y el privilegio de vuestra posición, ha llegado la hora de probar vuestra valía. Actuad. Luchad. Dirigid a los que resistan a vuestro lado. Cualquier ciudadano que se rinda al Vord, a ojos de la Corona, será considerado un traidor al Reino.
-Sólo puedo prometeros esto: Los que luchen no estarán solos. No seréis olvidados. Iremos a por vosotros. Mi abuelo luchó con el vord con uñas y dientes. Luchó hasta la muerte protegiendo las vidas de su gente. Gaius Sextus sentó las bases sobre la que la posteridad nos juzgará a todos. No aceptaré menos de ningún otro ciudadano del Reino. Ni de vosotros. Ni de mí mismo.
-Nuestro enemigo es poderoso, pero no invulnerable. Contad a vuestros amigos y vecinos lo que habéis oído aquí esta noche. Aguantad. Luchad. Iremos a por vosotros. Sobreviviremos. -La imagen se quedó en silencio un momento... y luego, inquietantemente, se giró para mirar directamente a la reina vord-. Tú.
Invidia tomó un aliento corto y comprobó las demás charcas.
Las imágenes de agua habían desaparecido.
-Es él -diseó Invidia-. Es Octavian el que habla.
-Tú -dijo Octavian, mirando a la reina vord-. Mataste a mi abuelo.
La reina vord alzó la barbilla.
-Sí.
-Te ofrezco esta oportunidad -dijo Octavian, y su voz era fría, tranquila, y por todo ello más amenazadora-. Abandona Alera. Huye a Canea. Llévate contigo a cualquiera de los tuyos que quieras que sobreviva.
La reina sonrió con el más ligero rictus en una sola comisura de la boca.
-¿Por qué iba a hacer eso?
-Porque voy de camino -dijo la imagen de Octavian, muy tranquilo-, hacia ti.
La reina permaneció tan inmóvil como una piedra.
-Cuando termine -prometió Octavian-, no quedará nada de tu raza excepto historias. Quemaré vuestros hogares. Enterraré a tus guerreros. -Su voz se hizo más suave-. Y ennegreceré el cielo con cuervos.
La imagen de Gaius Octavian se hundió en el agua con una gracia perfecta y controlada.
Y después desapareció.
La charca estaba inmòvil.
La reina vord alzó las manos y retiró lentamente la capucha. Luego se acomodó la capa alrededor, aunque Invidia sabía muy bien que no le afectaba para nada la temperatura. El vord no se movió durante un rato... luego, con brusquedad, dejó escapar un siseo y se giró, saltando en el aire y convocando una galera de viento que la llevó a lo alto, dirigiéndose a la pequeña explotación.
Invidia llamó a sus furias para correr tras la reina y la alcanzó para cuando llegaba a la explotación. Descendieron juntas, aterrizando en el patio central. La reina avanzó hacia una de las casas, destrozando la puerta, y entrando a toda prisa.
Invidia se preparó, su estómago se retorcía con agonizante expectación. No deseaba a esos pobres aldeanos ningún mal.. pero no podía hacer nada para salvarlos de la ira de la reina.
Llegaron sonidos de destrozos dentro de la casa. Luego una pared explotó hacia afuera, y la reina se abrió paso hacia la puerta de la siguiente casita. Una vez más llegó el sonido de una destrucción furiosa. Luego pasó a la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente, moviéndose tan rápido que no había tiempo para gritos.
Invidia contuvo el aliento. Luego, deliberadamente, se obligó a entrar en la primera casa... la de la familia a la que habían visitado semanas antes. Invidia podía haber matado a la reina esa misma noche. Si lo hubiera hecho, estos alderanos podrían no haber muerto. Lo menos que podía hacer era obligarse a observar lo que había propiciado con su inacción.
Las piedras crujieron bajo la armadura de quitina de sus pies mientras se aproximaba, oliendo la madera quemada del fuego de la familia provisional. Se preparó un momento para lo que podría ver, luego atravesó la puerta. La mesa de la cocina estaba destrozada. Los cuencos estaban tirados por todas partes. Los platos rotos plagaban el suelo. Se habían destrozado dos ventanas.
Y la casita estaba vacía.
Invidia observó un momento, confusa. Luego, con creciente comprensión, volvió a salir rápidamente por la puerta y fue a la siguiente casa.
Tan vacía como la primera.
Abandonó y la casita y estudió el terreno. Las piedras que crujían bajo sus pies no eran piedras. Eran los cuerpos de cientos de avispones vord, con los aguijones todavía extendidos en un rictus de muerte, destrozados, torcidos, y retorcidos.
La reina vord dejó escapar un furioso gemido, y se redoblaron los sonidos de destrución de dentro de otra casa. En segundos, el lugar simplemente se derrumbó sobre sí mismo, y la reina emergió de él, con esos ojos extraños destacando en medio de sus rasgos furiosos, lanzando a un lado una viga tan ancha como su muslo y varios cientos de libras de piedra con un ondeo de la mano.
-Engañada -siseó la reina-. Engañada. ¡Mientras yo escuchaba sus palabras, me robó mi explotación!
Invidia no dijo nada. Luchó para mantener la calma. Nunca había visto a la reina vord tan furiosa. Ni siquiera mientras destripaba a su hija traidora. Ni cuando Gaius Sextus casi había aniquilado a su ejército en Alera Imperia.
Nunca.
Invidia era bien consciente de que ella misma era uno de los seres humanos más peligroso sobre la faz de Carna. También sabía que la reina vord la haría pedazos sin perder el aliento. Se concentró en permanecer en silencio, tranquila, parte del paisaje. El asalto había sido perfecto. Octavian no sólo había conseguido que su imagen se quedara allí de pie para que los aleranos se reunieran... la había utilizado para disparar las defensas alrededor de la pequeña explotación, cubriendo de ese modo a los invasores. Una vez conscientes de los avispones, sus hombres evidentemente habían sido capaces de circunvenirlos.
Ella había sentido cuando había empezado el intento de rescate. La oleada de esperanza de los del otro lado de la colina. Y había asumido que era resultado del discurso y en realidad se había esforzado por bloquearla.
Pensó que era mejor no mencionar ese hecho a la reina que estaba ahora en frenesí. Nunca.
-Se llevó a los perros -exclamó la reina-. Se llevó al gato. Se llevó el ganado. ¡No me ha dejado nada! -Miró a su alrededor, a la cáscara vacía de la explotación, y con un gesto de la mano desintegró una casita en medio de una repentina esfera de fuego ardiente.
Trozos de piedra fundida volaron por todas partes. Algunas dibujaron un arco lo bastante grande para convertirse en una lluvia de estrellas caídas, varios segundos después.
Luego la reina se volvió a quedar inmóvil. Se mantuó así un momento y bruscamente volvió a pasearse hasta el borde más cercano del croach. Huzo un gesto cortante a la alerana al pasar.
Invidia la siguió de cerca.
-¿Qué harás?
El vord la miró sobre el hombro, con su fino pelo blanco alborotado y una pálida mejilla manchada de hollín, polvo y tierra.
-Él me ha quitado algo -siseó, su voz temblaba de rabia-. Me ha hecho daño. Me ha hecho daño. -Sus garras volvieron a hacer ese sonido chirriante-. Ahora yo le quitaré algo a él.

Desconectado Sacro523

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6
« Respuesta #2 en: Enero 11, 2018, 06:00:32 am »
 23a

Desconectado opticon

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6
« Respuesta #3 en: Enero 11, 2018, 09:42:45 am »
Como sigas publicando un capítulo por día cris te vas a convertir en mi persona favorita 23a

Desconectado nacho

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Re:CODEX ALERA 6: LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR, capítulo 6
« Respuesta #4 en: Enero 11, 2018, 04:32:22 pm »
Yo todas las mañanas desayuno con Codex Alera!!!!! 15a 15a 15a