Autor Tema: FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.  (Leído 315 veces)

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PRÓLOGO
La explotación estaba localizada a varias millas al sur de la arruinada tierra de nadie que una vez había sido Alera Imperia, y era vieja. No se habían visto furias salvajes allí en más de seis siglos. Las tormentas de furias llevaban ausentes más tiempo aún. La tierra, en millas a la redonda, había sido un tapiz de granjas, explotaciones, pueblos, y carreteras durante cientos de años. Las furias salvajes habían sido tan pocas y tan débiles que estaban casi extintas.
Como resultado, la pequeña explotación no había sido construida con murallas de piedra que la rodearan, o con un salón central de piedra para cobijar del clima inspirado por las furias. En vez de eso era una colección de casas de campo y casitas, donde cada familia vivía en su propia casa, separada de los demás. Pero todo eso había sido antes de que llegaran los vord.
Invidia Aquitaine estaba de pie en las afueras de la pequeña explotación, oculta entre las sombras.
Las sombras son abundantes estos día, pensó.
El volcán recién nacido que se alzaba como lápida de Gaius Sextus, el útlimo Primer Señor de Alera, había continuado escupiendo nubes de humo negro y cenizas en los días y semanas posteriores a su creación. Incluso ahora, el cielo estaba cubierto de nubes bajas que soltarían una lluvia primaveral en chisporroteos antojadizos o ráfagas maníacas. Algunas veces la lluvia era amarilla, o roja, y algunas veces verde. Las propias nubes estaban ligeramente iluminadas, incluso de noche, por una furiosa luz escarlata por la montaña de fuego del norte... y en cualquier otra dirección por el firme y fantasmal brillo del croach, la cera creciente que cubría la tierra, los árboles, los edificios, y cualquier otro rasgo del paisaje que el vord había reclamado como propio.
Aquí el vord había incrustado su presencia en lo más profundo. Aquí, en el corazón de lo que una vez había sido Alera, del que se habían llevado la mayor parte. El croach, la presencia viva del vord, lo cubría todo en cien millas a la redonda, ahogando cualquier otra vida.
Excepto en este lugar.
La pequeña explotación era verde. Sus huertos estaba en buena forma a pesar de que el verano no había llegado aún. Sus campos de modesto tamaño ya prometían una buena cosecha de grano. El viento suspiraba en las hojas de sus enormes árboles antiguos. Sus animales pastaban en la hierba de un rico pasto. En la oscuridad, si uno ignoraba la extraña iluminación del cielo, el brillo verde del croach que se extendía por el horizonte en todas direcciones, y el chillido ocasional de un vord, parecía una próspera y normal explotación alerana.
Invidia se estremeció.
El parásito de su torso reaccionó al movimiento con su propio estremecimiento incómodo. Dado que su docena de patas se envolvían alrededor de ella, sus puntas afiladas se hundieron unos centímetros en la carne, provocando dolor. No era nada comparado con la agonía que sufría cuando esa cosa torcía la cabeza, con su cara sin ojos y hundía las mandíbulas inferiores en la carne entre dos de las costillas, enterrándose invasivamente en sus entrañas.
Invidia odiaba a la criatura... pero era lo único que la mantenía con vida. El veneno del perno de la ballesta que casi se había cobrado su vida se había extendido por todo su cuerpo. Se había enconado allí, creciendo, devorándola desde dentro, tan veloz y pernicioso que ni siquiera su propia habilidad para restaurar su cuerpo a traves de las furias había podido con él. Había luchado durante días mientras se tambaleaba alejándose de la civilización, segura de que estaba siendo perseguida, apenas consciente mientras la lucha en su cuerpo rabiaba. Y cuando había comprendido que la lucha sólo terminaría de un modo, se encontró yaciendo en una colina boscosa y supo que estaba a punto de morir.
Pero la reina vord había acudido a ella. La imagen de esa criatura, mirándola sin una onza de compasión o empatía, se había clavado a fuego en sus pesadillas.
Invidia estaba desesperada. Aterrada. Delirando por el veneno y la fiebre. Su cuerpo estaba tan tembloroso y tenso por la fiebre fría que literamente no había podido sentir los brazos y las piernas. Pero pudo sentir a la reina vord, la presencia de la criatura en sus pensamientos, recorriéndolos uno a uno mientras revoloteaban y giraban en medio del delirio.
La reina se había ofrecido a salvar la vida de Invidia, sustentarla, a cambio de sus servicios. No había más elección excepto la muerte.
Aunque habían provocado una ola de agonía en su cuerpo, ignoró los tortuosos movimientos de los parásitos. Como sombras, al final hubo también abundante dolor.
Y una vocecilla le susurraba al oído desde alguna esquina oscura y tranquila de su corazón diciéndole que se lo merecía.
-Sigues volviendo aquí -dijo una joven junto a su codo.
Invidia saltó bruscamente por la sorpresa, sintió correr de repente su corazón, y el parásito se removió, infringiéndole más tormento. Cerró los ojos y se concentró en el dolor, lo dejó llenar sus sentidos, hasta que no quedó ninguna semblanza de miedo en su mente.
Uno nunca mostraba miedo a la reina vord.
Invidia se volvió hacia la joven e inclinó la cabeza con cortesía. La joven reina parecía casi una alerana. Era encantadoramente exótica, con una nariz aguileña y una boca amplia. Llevaba un andrajoso vestido simple de seda verde que le dejaba los hombros al aire, mostrando músculo liso y piel más lisa aún. Tenía el pelo largo, fino, y blanco, que caía con gentileza en una sábana ondulante hasta la parte de atrás de los muslos.
Sólo pequeños detalles traicionaban sus auténticos orígenes. Sus largas uñas eran garras verdinegras, hechas de la misma quitina negra y dura como el acero que blindaba a sus guerreros. Su piel tenía una apariencia extraña y rígida, y casi parecía reflejar la distante luz ambiental del croach, mostrando las venas ligeramente verdes bajo su superficie.
Eran los ojos lo que asustaban a Invidia, incluso tras meses en su presencia. Sus ojos estaban rasgados hacia arriba en las comisuras, como los de los bárbaros marat en el noreste, y eran completamente negros. Brillaban con miles de facetas, como los de un insecto, y observaban el mundo con calmada e impasible indiferencia.
-Sí, supongo -le replicó Invidia-. Te dije que este lugar representa un riesgo. No pareces dispuesta a escuchar mi consejo. Así que tengo que comprobarlo por mí misma, asegurarme de que no se usa como base o escondite para infiltrados.
La reina encogió un hombro, despreocupada. El movimiento fue fácil pero algo torpe... era un manerismo que había copiado pero estaba claro que no entendía.
-Este lugar es guardado incesantemente. No pueden entrar sin ser detectados.
-Otros han dicho lo mismo y se han equivocado -le advirtió Invidia-. Considera lo que la Condesa Amara y el Conde Bernard nos hicieron el invierno pasado.
-Esa zona no estaba consolidada -replicó la reina con calma-. Esta sí. -Volvió los ojos hacia las casitas e inclinó la cabeza-. Se reúnen para comer a la misma hora cada noche.
-Sí -dijo Invidia. Los aldeanos aleranos que moraban en las casitas de la pequeña explotación habían estado trabajando en los campos y ocupándose de los asuntos de una explotación como si no fueran los únicos de su raza viviendo en un radio de un mes de marcha.
No tenían más elección que trabajar los campos. La reina vord les había dicho que si no lo hacían, morirían.
Invidia suspiró.
-Sí, al mismo tiempo. Se llama "cena" o "comida".
-¿Cuál de las dos? -preguntó la reina.
-En la práctica, las palabras son generalmente intercambiables.
La reina vord frunció el ceño.
-¿Por qué?
Negó con la cabeza.
-No lo sé. Parcialmente porque nuestros ancestros hablaban un buen número de lenguas y...
La reina vord miró a Invidia.
-No -dijo-. ¿Por qué comen juntos? -Volvió sus ojos negros hacia las casitas-. Existe la posibilidad de que alguien más fuerte y más grande quite la comida a las criaturas más débiles. La lógica dicta que deberían comer solos. Y aún así no lo hacen.
-Es más que el simple sustento.
La reina evaluó el pueblecito.
-Los aleranos malgastan el tiempo alterando su comida a través de varios procesos. Supongo que comer juntos reduce la ineficacia de esa práctica.
-Hace que cocinar sea más simple, y en parte se practica por eso -dijo Invidia-. Pero sólo en parte.
La reina frunció el ceño aún más.
-¿Por qué más iban a comer así?
-Para estar con otros -dijo Invidia-. Pasar el tiempo juntos. Es parte de lo que constituye una familia.
Las grandes furias sabían que era cierto. Podía contar con los dedos de las manos las comidas que había tomado con su padre y sus hermanos.
-Vínculo emocional -dijo la reina vord.
-Sí -dijo Invidia-. Y... es placentero.
Los vacíos ojos negros la miraron.
-¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
-Le da a uno una sensación de estabilidad -dijo-. Un ritual diario. Es tranquilizador tener esa parte del día, saber que ocurrirá cada día.
-Pero no es así -dijo la reina-. Incluso en su hábitat natural, no es una circunstancia tan estable. Los niños crecen y abandonan el hogar. La rutina se ve interrumpida por eventos más allá de su control. Los mayores mueren. Los enfermos mueren. Todos mueren.
-Lo saben -dijo Invidia. Cerró los ojos por un intante pensando en su madre, y en el poco tiempo que se le había permitido compartir su mesa, su compañía, y su amor con su única hija. Luego volvió a abrirlos y se obligó a mirar el mundo de pesadilla que la rodeaba-. Pero no lo parece, cuando la comida está caliente y tus seres queridos se reúnen contigo.
La reina vord la miraba con agudeza.
-Amor. Otra vez.
-Te lo dije, es la emoción primaria que nos motiva. Amor por los demás o por uno mismo.
-¿Tomabas comidas como esta?
-Cuando era muy joven -dijo Invidia-, y sólo con mi madre. Murió de enfermedad.
-¿Y era placentero cenar?
-Sí.
-¿La amabas?
-Como sólo pueden hacerlo los niños -dijo Invidia.
-¿Ella te amaba?
-Oh, sí.
La reina vord miró de frente a Invidia. Se quedó en silencio dos minutos completos, y cuando al fin habló, las palabras estaban separadas con cuidado para darles énfasis... eso dio a la pregunta una cualidad sorprendentemente vacilante, casi infantil.
-¿Cómo era sentirlo?
Invidia no miraba a la jovencita, al joven monstruo que ya había destruído la mayor parte del mundo. Miraba a través de la ventana más cercana, a la cena colocada en la mesa.
Alrededor de la mitad de la gente de dentro era de Placida, tomados cuando el vord había completado la ocupación de Ceres y trasladados desde las ondeantes llanuras de las tierras de esa ciudad. Incluían a un anciano y una anciana que eran en realidad pareja. Había también una joven madre, con dos niños propios y tres más que el vord había dejado a su cuidado. había un hombre casi de mediana edad que se sentaba a su lado, un granjero que no había sido lo bastante sabio o rápido para evitar ser capturado cuando el vord llegó a Alera Imperia y las tierras circundantes. Adultos y niños por igual estaban cansados tras un día de trabajo en la explotación. Estaban hambrientos, sedientos, y contentos por la comida simple preparada para ellos. Pasarían algo de tiempo juntos en la habitación principal, después de la comida, tomándose unas horas para sí mismos con los estómagos llenos y los cuerpos placenteramente agotados, luego dormirían.
Invidia miró a la pequeña familia, reunidos como madera a la deriva por las fortunas de la invasión y la guerra, y aferrándose unos a otros lo más fuerte que podían. Incluso ahora, aquí, al final de todas las cosas, especialmente a los niños. Asintió hacia la mesa iluminada por una vela, donde los adultos compartían unas sonrisas amables con otros, y los niños algunas veces sonreían e incluso reían.
-Así -dijo en voz baja-. Era así.
La joven reina miró hacia la casa. Luego dijo:
-Ven. -Se adelantó, grácil y despiadada como una araña.
Invidia apretó los dientes y se quedó donde estaba. No quería ver más muerte.
El parásito se retorció en una agonizante amonestación.
Siguió a la reina vord.
La reina abrió la puerta de golpe, desdeñando la manija de la puerta, para hacer pedazos el marco entero. Aunque la había exhibido pocas veces, su fuerza física podía ser increíble para una figura delgada... incluso para Invidia, que estaba muy acostumbrada a ver a artífices de tierra efectuar proezas de fuerza sobrehuamana. La reina avanzó sobre las astillas y entró en la cocina, donde la pequeña familia cenaba en la mesa.
Todos se quedaron congelados. El menor de los niños, un hermoso chico de tal vez un año, dejó escapar un gemido, que la joven madre silenció aferrando al niño y colocándole una mano sobre la boca.
La reina se concentró en la madre y el niño.
-Tú -dijo, señalando a la joven madre con un dedo-. ¿El niño es de tu sangre?
La joven madre miró a la reina vord con los ojos desorbitados y aterrados.
Asintió al instante.
La reina vord se adelantó y dijo:
-Dámelo.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. Sus ojos recorrieron la habitación, perseguidos, buscando a alguien con la mirada... alguien... que pudiera hacer algo. Ninguno de los otros aldeanos pudo sostenerle la mirada. La joven madre miró a Invidia suplicante, y comenzó a sollozar.
-Señora -susurró-. Mi señora, por favor.
Su estómago se retorció y se rebeló, pero Invidia había aprendido hacía mucho que las náuseas provocaban convulsiones a los parásitos, que le hacían de todo excepto matarla. Últimamente, rara vez comía.
-Tienes otra hija -dijo a la joven madre con voz dura y tranquila-. Sálvala a ella.
El hombre sentado junto a la joven se movió. Cogió al niño con gentileza de sus brazos, inclinándose para besarlo en el pelo, y se lo ofreció a la reina vord.
El niño lloró en protesta e intentó volver con su madre.
La reina tomó al niño y lo sostuvo delante de ella. Le dejó patear y gemir un momento, observándole con sus extraños ojos. Luego, con mucha calma, sostuvo al niño cerca de su cuerpo con un brazo y le retorció la cabeza a un lado. Los gemidos cesaron.
Invidia se descubrió a punto de perder el control de su estómago, pero luego vio que el niño seguía vivo. Tenía el cuello retorcido al punto de la rotura, respiraba con pequeños y trabajosos jadeos... pero estaba vivo.
La reina vord miró a la madre sollozante. Luego dijo:
-Ella siente dolor. No le he hecho daño aún, pero siente dolor.
-El niño es suyo -dijo Invidia-. Le ama.
La reina inclinó la cabeza.
-¿Y él la ama a cambio?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque está en la naturaleza del amor corresponder del mismo modo. Especialmente los niños.
La reina inclinó la cabeza hacia el otro lado. Luego miró al niño. Después a la joven madre. Luego al hombre sentado a su lado. Se inclinó y tocó con los labios el pelo del niño e hizo una pausa, como considerando la sensación.
Después, moviéndose lentamente y con cuidado, soltó al niño y se lo volvió a pasar a la madre sollozante. La joven estalló en un llanto tembloroso, abrazando al niño.
La reina se giró y salió de la casita. Invidia la siguió.
La joven reina subió a una colida cercana y, una vez la coronaron y tuvieron a la vista el paisaje vord que se extendía ante ella, se detuvo dando la espalda a la pequeña explotación.
-El amor no siempre es correspondido entre tu raza.
-No -dijo Invidia con sencillez.
-Cuando no lo es -dijo-, es una especie de dolor para el que ama.
-Sí.
-Es irracional -dijo la reina... y para sorpresa de Invidia, había un ardor en sus palabras. Una rabia. La reina vord estaba furiosa.
Invidia sintió que se le secaba la boca.
-Irracional -dijo la reina. Sus dedos se flexionaron, las uñas se alargaron y contrayeron-. Un derroche. Ineficiente.
Invidia no dijo nada.
La reina se giró bruscamente, el movimiento fue tan rápido que Invidia a penas lo siguió. Miró a Invidia con ojos extraños e ilegibles. Invidia podía ver mil diminutos reflejos de sí misma en ellos, una mujer pálida casi muerta de hambre con el pelo oscuro, vestida únicamente con un caparazón de quitina vord que se pegaba a ella como su propia piel.
-Mañana -dijo la reina vord, controlando la furia que llenaba el tono normalmente vacío de su voz-, tú y yo cenaremos. Juntas.
Luego se dio la vuelta y se desvaneció en un borrón de seda verda entre las interminables olas del croach.
Invidia luchó con la sensación de terror que se extendía por su estómago. Volvió a mirar a la colección de casitas. Desde su posición en la colina, la explotación parecía encantadora, con lámparas de furia brillando en su pequeña plaza y dentro de las casas. Un caballo relinchó en un pasto cercano. Un perro ladró varias veces. Los árboles, las casas, todo parecía tan perfecto. Como casitas de muñecas. Invidia se encontró suprimiendo una risa que se alzaba a través de la locura de los últimos meses, por miedo a no poder parar.
Casitas de muñecas.
Después de todo, la reina vord sólo tenía nueve años. Tal vez fueran eso después de todo.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #1 en: Enero 01, 2018, 01:35:10 am »
Varg, Maestro de Guerra de la desaparecida tierra de Narash, oyó el sonido familiar de los pasos de su cachorro sobre la cubierta del Sangre Verdadera, buque insignia de la flota narashan. Retrajo los labios de sus dientes con una diversión macabra. ¿Podía ser el buque insignia de la flota narashan si el propio Narash ya no existía? Según los códigos, era el último trozo de territorio soberano de Narashan en la faz de Carna.
¿Pero podían tenerse en cuenta realmente los códigos de la ley de Narash sin un territorio para gobernar? Si no, entonces el Sangre Verdadera no era más que madera, cuerdas y tela, que no pertenecían a ninguna nación, vacío de significado excepto como medio de transporte.
Igual que Varg se encontraba a sí mismo vacío de significado... un Maestro de Guerra sin un rango que proteger.
Una furia amarga ardió dentro de él en un destello, y las nubes blancas y el mar azul que podía ver por las ventanas del camarote se volvieron de repente rojos. El Vord. El maldito Vord. Había distruído su hogar y matado a su gente. De millones de narashans, poco más de cien mil habían sobrevivido... y el vord respondería ante él por sus acciones.
Contuvo su temperamento antes de que pudiera inducirle a una rabia de sangre, respirando profundamente hasta que volvieron los colores normales del día. Los vord pagarían. Habría un momento y lugar exactos para la venganza, pero no era ni aquí ni ahora.
Tocó con la punta de una garra la página del libro y pasó con cuidado a la siguiente. Era una creación delicada, este tomo alerano, un regalo de Tavar. Como el joven demonio alerano, era diminuto, frágil... y contenía mucho más de lo que sugería su interior. Ojalá la letra no fuera de un tamaño tan diminuto. Era un desgaste constante para la vista de Varg. Uno tenía que leerlo de día. Con una lámpara apropiada de luz oscura roja, no podría haberlo hecho en absoluto. Se produjo un arañazo educado en la puerta.
-Entre -gruñó Varg, y su cachorro, Nasaug, entró en el camarote. El cane más joven desnudó la garganta con respeto, y Varg le devolvió el gesto ligeramente con menos énfasis.
Cachorro, pensó Varg, mientras miraba con cariño a su camada. Tenía cuatrocientos años, y según todos los estándares razonables debería ser un Maestro de Guerra por derecho propio. Había luchado con los demonios aleranos en su propio terreno durante dos años y había sobrevivido apesar del poder de estos. Pero suponía que un padre nunca olvidaba lo pequeño que habían sido un día sus cachorros.
-Informe -indicó.
-El Maestro Khral ha llegado -dijo Nasaug-. Pide una audiencia.
Varg desnudó los dientes. Colocó con cuidado un diminuto trozo de tela coloreada entre las páginas del libro y lo cerró con gentileza.
-Otra vez.
-¿Debería volver a lanzarle a su bote? -preguntó Nasaug. Había una nota triste en su voz.
-Me siento tentado -dijo Varg-. Pero no. Tiene derecho, según los códigos, a buscar compensación a sus quejas. Tráele.
Nasaug desnudó la garganta otra vez y abandonó el camarote. Un momento después, la puerta volvió a abrirse, y el Maestro Khral entró. Era casi tan alto como Varg, más cerca de los tres metros que de los dos y medio cuando estaba completamente erguido, pero al contrario que el guerrero cane, era tan delgado como una espiga de trigo. Su pelaje estaba moteado de rojo, marcado por las vetas de pelo blanco nacidas de las cicatrices infringidas por el ritual y no en una batalla honesta. Vestía un manto con capucha de piel de demonio, a pesar de las repetidas peticiones de Varg de que no desfilara por la flota con ropa hecha de las pieles de las criaturas que actualmente eran responsables de mantenerlos a todos con vida. Llevaba un par de bolsas en los cinturones que le cruzaban el cuerpo, cada una contenía una redoma de sangre, que los ritualistas necesitaban para llevar a cabo su hechicería. Olía a piel sucia y sangre podrida, y destilaba una confianza que era demasiado tonto para ver que no tenía ninguna base real.
El ritualista miró con tranquilidad a Varg durante varios segundos antes de desnudar por fin la garganta lo suficiente para no dar excusa a Varg para desgarrársela. Varg no devolvió el gesto en absoluto.
-¿Maesro Khral? ¿Qué pasa ahora?
-Lo mismo de cada día, Maestro de Guerra -replicó Khral-. Estoy aquí para suplicarte, por el bien de las gentes de Narash y Shuar, que dejes a un lado esta peligrosa senda que ata a nuestra gente con los demonios.
-Ya te lo dije -gruñó Varg-, a la gente de Narash y Shuer les gusta comer.
Khral resopló.
-Somos canim -escupió-. No necesitamos que nadie nos ayude a llegar a nuestro destino. Especialmente no los demonios.
Varg gruñó otra vez.
-Cierto. Tomaremos en nuestras manos nuestro destino. Pero obtener comida es otra cuestión.
-Se volverán contra nosotros -dijo Khral-. En cuanto hayan terminado de utilizarnos, se volverán y nos destruirán. Sabes que es cierto.
-Es cierto -dijo Varg-. También será mañana. Hoy, yo estoy al mando.
La cola de Kharl se sacudió con irritación.
-Una vez nos hayamos separado de los barcos de hielo, podremos acelerar el paso y tomar tierra en una semana.
-Quieres decir que podemos ofrecernos como comida a los leviatanes -replicó Varg-. No hay ningún mapa de patrones del mar tan al norte. No tendriamos forma de saber cuando entramos en territorio de los leviatanes.
-Somos los amos del mundo. No tenemos miedo.
Varg gruñó bajo en el pecho.
-Encuentro curioso con cuanta frecuencia los aficionados confunden coraje con idiotez.
Los ojos del ritualista se entrecerraron.
-Puede que perdamos una nave aquí o allá -reconoció Khral-. Pero no deberemos nuestras vidas a la caridad de los demonios. Una semana, y luego podremos empezar a reconstruir.
-Dejando los barcos de hielo -dijo Varg-. Los mismos barcos que llevan a más de la mitad de nuestros supervivientes.
-Deben hacerse sacrificios si tenemos que mantenernos fieles a nosotros mismos -declaró Khral-, su nuestros espíritus, nuestro orgullo y nuestra fuerza va a permanecer pura.
-He notado que los que hablan como tú rara vez están dispuestos a incluirse entre los sacrificados.
Una chasquido furioso surgió de la garganta de Khral, y una mano-pata se lanzó hacia la bolsa que colgaba a su costado.
Varg no hizo ademán de levantarse de su asiento. Sus brazos se movieron, sus hombros se rotorcieron con un poder nervudo mientras lanzaba el libro alerano a Khral. Este navegó por el aire en un borrón de movimiento circular, y su lomo duro golpeó al maestro ritualista en la garganta. El impacto echó los hombros de Khral hacia atrás contra la puerta, y rebotó hasta caer en la cubierta del camarote, emitiendo sonidos amortiguados.
Varg se levantó y caminó hacia el libro. Su hojas se habían abierto, y algunas de las delicadas páginas se habían doblado. Varg lo recogió con cuidado, alisó las páginas, y volvió a evaluar la creación alerana.
Como Tavar, pensó, al parecer era más peligroso de lo que aparentaba. Varg se quedó de pie un momento, mientras los jadeos de Khral se transformaban en respiración trabajosa. No había aplastado del todo la tráquea del ritualista, lo que resultaba decepcionante. Ahora tendría que volver a sufrir a el muy estúpido mañana. Después de sobrevivir al conflicto de hoy, sería improbable que Khral diera a Varg otra oportunidad de eliminarle.
Mejor así. Algún seguidor ambicioso podría convertir a un Khral muerto en un mártir. Sería del todo posible que el ritualista fuera más peligroso muerto que vivo.
-Nasaug -gritó Varg.
El cachorro abrió la puerta y estudió la forma postrada en el suelo.
-¿Maestro de Guerra?
-El Maestro Khral está listo para volver a su bote.
Nasaug desnudó la garganta, sin ocultar su diversión.
-Inmediatamente, Maestro de Guerra. -Se inclinó, agarró a Khral por el tobillo, y simplemente le sacó arrastras del camarote.
Varg dio unos minutos a Nasaug para llevar a Khral a su bote, luego salió a la cubierta del Sangre Verdadera.
El barco estaba pintado de negro, como la mayoría de las naves narashan. Ofrecía la ventaja del sigilo cuando se movían en la noche, y durante el día recogían suficiente calor para ayudar a que la impermibilización adhesiva del buque permaneciera flexible. También les daba un aire amenazador, particularmente para los demonios aleranos. Ellos estaban casi cegados por la noche y pintaban sus propios barcos de blanco para poder verlos un poco más claramente en la oscuridad. La misma idea de un barco negro les resultaba extraño, y la oscuridad era un miedo primigenio para su especie. Aunque su ceguera y su miedo no evitarían que atacaran, especialmente teniendo su hechicería a mano, evitaban que cualquier individio independiente o grupo intentara abordar la nave narashan por cualquier alocada razón que pudieran inventar.
Los aleranos eran muchas cosas, pero no estúpidos. A ninguno le gustaba la idea de ir tropezando por ahí en la oscuridad mientras los canim de mirada aguda venían a por ellos.
Varg fue a la proa del barco y miró hacia el mar. Estaban en aguas que se encontraban a cientos de millas más al norte de cualquier lugar donde hubieran navegado antes, y el mar estaba picado. El tiempo seguía despejado, ya fuera como resultado de la suerte o de la hechicería alerana, y la flota había hecho un largo y lento viaje desde Canea sin incidentes serios... algo que Varg habría considerado imposible solo unos meses antes.
El viaje de Canea a Alera era de un mes navegando con un viento moderadamente favorable. Habían hecho falta tres meses para llegar tan lejos como estaban ahora, y todavía quedaban tres semanas de océano por delante al paso que llevaban. Varg giró la vista al sur y estudió la razón de su lentitud.
Tres barcos casi increíblemente enormes que navegaban en el centro de la flota, alzándose del mar como montañas y empequeñeciendo incluso al Sangre Verdadera hasta la insignificancia... pero su tamaño no era lo más notable de ellos. Los barcos habían sido construidos de hielo.
Los aleranos habían utilizado su hechicería para dar forma a icebergs hasta dar forma navegable a un glaciar, con múltiples cubiertas y bastante capacidad para su preciosa carga... todo lo que quedaba de la una vez orgullosa Canea. Hacedores, hembras, y cachorros llenaban los tres barcos, y los capitanes narashan de las naves que las escoltaban tenían órdenes de derramar la sangre de la tripulación como si fuera agua salada si era lo que hacía falta para proteger a los civiles.
Los barcos tenían cubiertas enormes y planas, y ningún mástil podía ser tan alto o amplio para colgar suficiente vela que moviera la nave, pero los aleranos se las habían arreglado para solucionar el problema con su típica ingenuidad. Cientos de palos con barras cruzadas habían sido colocados en la cubierta superior de los barcos, y colgaba de ellos cada pieza de ropa que uno podía imaginarse. Por sí solo, eso no propulsaban las montañas de hielo, pero Tavar era de la opinión de que incluso una pequeña contribución podía ahorrar algo de tiempo. No le faltaba razón. Además, los demonios del viento de la flota alerana estaban encargados de levantar suficiente brisa para aligerar la carga de los demonios del agua que eran los que de verdad movían los enormes barcos.
Accionados primordialmente por la brujería alerana, los barcos de hielo habían probado ser firmes en el agua. Si las habitaciones de su gente eran un poco frías... si bien menos de lo que uno hubiera imaginado... su incomodidad era un precio pequeño a pagar por la supervivencia. Algunos de los enfermos y más ancianos habían sido transferidos a los transportes de Varg para alejarlos del frío, pero la mayor parte del asunto había sido de una simplicidad relativa.
Varg recorrió con la mirada su barco, observando a sus marineros atender su trabajo. Sus guerreros y marineros estaban dolorosamente flacos, aunque no cadavéricos. Reunir raciones había sido algo apresurado durante la escapada, y había miles de bocas que alimentar. Primero tenían prioridad para la comida los demonios aleranos del agua y el viento, luego los marineros, con los civiles muy cerca tras estos. Les seguían las Legiones demonio, gracias a la necesidad de manutención de sus frágiles formas, y por último los guerreros de Varg. El orden podría haber sido al revés durante una campaña en tierra, pero aquí, en mar abierto, los más vitales para el progreso y propósito de la flota tenían prioridad.
Varg observó como un barco vagabundo volvía a acercarse a la flota desde la formación exterior. Se movía con lentitud, incluso con todo el velamen, pero su velocidad era adecuada para atrapar a los barcos de hielo. Una forma enorme flotaba en el agua tras la nave exploradora... el cadáver de un leviatán de tamaño medio.
Los demonios volvían a entrar en acción. Los leviatanes eran ferozmente territoriales, pero odiaban el frío de las aguas heladas que rodeaban a los barcos de hielo. Las naves exploradoras salían de las aguas amargamente frías y atraían la atención de un leviatán. Luego los demonios del aire y el agua trabajaban juntos para matarlo, ahogando de algún modo a las criaturas con aire incluso mientras estaban en el agua.
Era un asunto peligroso. Dos de cada diez veces los barcos no volvían... pero cuando lo hacían, traían suficiente comida con ellos, en forma de leviatanes, para alimentar a la flota entera durante dos días. El sabor de la carne y la grasa de leviatán era indescriptiblemente horrible, pero mantenía un cuerpo vivo.
Nasaug llegó a su lado y observó el barco explorador con Varg.
-Maestro de Guerra.
-¿El buen Maestro se ha ido?
-Sí -dijo Nasaug-. Y hosco.
Varg desnudó los dientes en una sonrisa.
-Padre -dijo Nasaug. Hizo una pausa para escoger las palabras con cuidado. Varg se giró para enfrentarse a él y esperó. Cuando Nasaug decía eso, lo que tenía que decir era en general incómodo... o valía la pena escuchar.
-En tres semanas alcanzaremos Alera -dijo Nasaug.
-Sí.
-Y lucharemos con el vord junto a los demonios.
-Sí.
Nasaug se quedó en silencio un momento. Luego dijo:
-Kharl es un estúpido maquinador. Pero tiene razón. No hay ninguna razón para que los aleranos nos mantengan con vida una vez hayamos ganado la guerra.
Las orejas de Varg se agitaron con diversión.
-Primero debemos ganar la guerra -gruñó-. Pueden pasar muchas cosas con el tiempo. Paciencia.
Nasaug movió las orejas mostrando conformidad.
-Khral está ganando seguidores. Hablando en reuniones en los barcos de hielo. Nuestra gente tiene miedo. Está utilizando ese miedo.
-Eso es lo que hacer los sangrantes -dijo Varg.
-Podría ser peligroso.
-Con frecuencia los tontos lo son.
Nasaug no le contradijo, pero raramente lo hacía. El cane más joven enderezó los hombros con resignación y miró al mar.
Varg puso una mano sobre el hombro de su cachorro.
-Conozco a Khral. Sé como es. Cómo piensan. Como se mueven. He tratado con ellos antes, como hiciste tú cuando alimentaste a Tavar con Sarl.
Nasaug le mostró los dientes en una sonrisa de añoranza.
Varg asintió.
-Si es necesario, volveremos a tratar con ellos.
-Puede que este problema sea más fácil de eliminar ahora que luego.
Varg gruñó.
-Aún no ha dado un paso fuera del código. No le mataré de forma impropia.
Nasaug se quedó quieto un momento más. Luego volvió a mirar tras ellos hacia el diminuto camarote construído justo detrás del castillo de proa, la más maloliente e incómoda habitación del barco.
Era donde vivían los Cazadores de Varg.
-Los Cazadores no existen para circunvalar el código -gruñó Varg-, sino para preservar su espíritu contra su letra. Por supuesto que podrían hacer el trabajo. pero solo daría a la ambición de Khral alimento adicional y una queja genuina para congregar tras ella a sus seguidores. Puede que necesitemos a los ritualistas antes de que todo esto acabe. -Apoyó las mano-patas sobre la barandilla y giró la nariz hacia el viento, saboreando el cielo y el mar-. El Maestro Marok es hermano de uno de mis mayores enemigos, y el más anciano de los seguidores de la Vieja Senda. Tengo su apoyo en el campamento ritualista.
Nasaug sacudió las orejas con equidiscencia y pareció relajarse un poco. Se quedó de pie junto a su padre un momento, luego desnudó la garganta y volvió a sus tareas.
Varg pasó una hora o así en cubierta, inspeccionando, ofreciendo ánimos, gruñendo a la imperfección. Todo estaba tranquilo, lo cual le hacía desconfiar. No había habido suficiente adversidad en este cruce. La fortuna debía estar conteniendo el perno de la ballesta hasta asegurarse de que fuera letal.
Varg volvió a su libro, al parecer una antigua escritura alerana escrita en la prehistoria de su gente. Tavar había dicho que no estaban seguros de que parte del material era original y cuanto se había añadido con el paso de los siglos... pero si la mitad era cierto, entonces el maestro de guerra alerano que se describía en sus páginas había sido competente, aunque algo arrogante. Era fácil ver cómo su recuerdo habían influenciado las estrategias y tácticas de las Legiones aleranas. Aunque, pensó Varg, no estaba del todo convencido de que este Julius, quienquiera que fuera, hubiera tenido mucho que enseñar a Tavar.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #2 en: Enero 01, 2018, 02:14:16 am »
Sir Ehren ex cursori caminaba hacia la tienda del corazón del vasto campamento de la legión en las afueras de la antigua ciudad de Riva. Levantó la vista hacia la colina que dominaba la ciudad y se sentió incómodo por centésima vez en los últimos días. Las murallas de Riva eran altas y gruesas... y le ofrecían una conspicua falta de confort, considerando que él y las Legiones supervivientes a las órdenes del Primer Señor Aquitaine estaban fuera de ellas. Tradicionalmente, cuando atacaban una ciudad, era allí donde el enemigo tendía a congregarse.
Oh, desde luego, las empalizadas que rodeaban cada legión eran una barrera defensiva perfectamente correcta, lo sabía. Pero los modestos terraplenes y muros de madera no eran suficiente para detener a los vord.
Aunque bueno, las murallas de la propia Alera Imperia no los habían detenido tampoco. Ehren sacudió la cabeza y se sacó de encima los pesados pensamientos con un suspiro. No hacía ningún bien recordar que ni siquiera el verdadero Primer Señor de Alera, Gaius Sextus, había sido incapaz de evitarlo. Pero al menos al morir, Gaius había dado a la gente de Alera una oportunidad de sobrevivir. La montaña de fuego que se había alzado cuando el vord había cerrado sus mandíbulas sobre el corazón de Alera había acabado con la horda, y las legiones que contra toda esperanza habían llegado del norte con Gaius Isana, habían salvado a los supervivientes.
Contra cualquier otro de los enemigos a los que los aleranos se habían enfrentado, eso habría sido suficiente, reflexionó Ehren. Parecía injusto que semejante acto de caprichosa destrucción resultara no ser nada más que un moderado contratiempo para el enemigo.
La parte tranquila y racional de su mente, la parte que se ocupada de las matemáticas cuando se enfrentaba a columnas de números, le decía que el vord sería el último enemigo de Alera. No había ninguna forma en absoluto de derrotarlos con las fuerzas que les quedaban. Simplemente se reproducían demasiado rápido. La mayoría de las guerras, al final, eran una cuestión de números. Los vord los tenían.
Eran tan sencillo como eso.
Ehren dijo con firmeza a esa parte de su mente que se fuera a los cuervos. Su deber era servir y proteger el Reino con sus mejores habilidades, y no estaría atendiendo a ese deber si escuchaba esas tontería desmoralizadoras, por correctas que fueran en un sentido histórico y literal.
Después de todo, incluso de rodillas, Alera todavía era una fuerza a ser tenida en cuenta. La mayor reunión de legiones en mil años se había congregado en campo abierto alrededor de Riva... la vasta mayoría de ellas compuestas por veteranos que llegaban continuamente de las ciudades de Antillus y Phrygia. Oh, cierto, algunas de esas tropas eran milicias... pero la milicia de las ciudades hermanas del norte eran literalmente tan formidables como cualquier legión activa del sur. Y los herreros estaban fabricando armas y armaduras para las legiones más rápidamente que en ningún otro momento de la historia de Alera. De hecho, si pudieran producir incluso más equipamiento, el Reino tenía voluntarios suficientes para una docena de Legiones más que añadir a las treinta que ya estaban acampadas allí.
Ehren sacudió la cabeza. Treinta legiones. Más de doscientos mil legionarios enfundados en acero, cada uno parte de una legión, una máquina de guerra vivita y coleando. Las filas más bajas de la ciudadanía habían sido distribuidas entre las legiones, de forma que cada legión había doblado el tamaño de su cohorte de caballeros listos para la batalla. Y, más aún, una maldita legión Aeris, cuyas filas estaban compuestas sólo por aquellos con las habilidades de los caballeros Aeris, liderada por los rangos superiores de la ciudadanía, habían estado acosando al enemigo durante meses.
Y por encima incluso de esa fuerza estaba el Primer Señor y los Altos Señores del Reino, cada uno un artífice de un poder casi increíble. Había fuerza suficiente en ese campamento para arrancar la tierra de sus mismísimos huesos, para encender los cielos, para atraer el mar hambriento del norte, alzar los vientos de la mortífera guadaña que destruiría a cualquiera que se interpusiera ante él, todo protegido por un mar hirviente de acero y disciplina.
Y aun así los refugiados, huyendo de la destrucción que se extendía desde el corazón del Reino, continuaban fluyendo. Había un filo desesperado en las voces de los centuriones que conducían a sus tropas en los entrenamientos. Correos, jinetes de viento, pasaban rugiendo por el cielo en columnas estruendosas de aire guiado por las furias, tantos que el Princeps se había visto obligado a establecer una política de sendas de aproximación, a fin de evitar que los voladores colisionaran. Los herreros hacían funcionar sus forjas día y noche, creando, preparando, reparando, y continuarían haciéndolo hasta que el vord les superara.
Y Ehren sabía qué lo impulsaba todo.
Miedo. Terror sin mitigar.
Aunque el poder de toda Alera se extendía durante millas alrededor de Riva, el miedo era un perfume en el aire, una sombra revoloteando en los bordes de la visión. El vord se acercaba, y las voces tranquilas y quedas susurraban en cada mente con la capacidad de pensar que ni siquiera el poder allí reunido sería suficiente. Aunque Gaius Sextus había muerto como un gargante rebelde llevado al matadero, aplastando a sus enemigos mientras caía, el hecho es que había caído. Había un pensamiento tácito que acechaba tras los ojos de todos... Si Gaius Sextus no había podido sobrevivir al Vord, ¿qué posibilidades tenían todos los demás?
Ehren asintió hacia el comandante de la guardia que rodeaba la tienda de mando, pronunció la actual contraseña, y fue admitido en la tienda sin necesidad de frenar sus pasos. En realidad no había mucho que frenara los pasos de Ehren estos días, reflexionó. La carta que Gaius Sextus al entonces Alto Señor Aquitaine al parecer se había ocupado de eso... entre otras cosas.
-Cinco meses -exclamó una voz retumbante, mientras Ehren entraba en la tienda-. cinco meses llevamos sentados aquí. ¡Deberíamos haber avanzado hacia el sur contra el vord hace semanas!
-Eres un táctico brillante, Raucus -contestó una voz más profunda y tranquila-, pero el largo plazo creo que nunca fue tu fuerte. No podemos saber qué sorpresas nos tiene reservadas el vord en un terreno que han tenido tiempo de preparar.
-Nunca ha habido evidencia de ninguna defensa -replicó Antillus Raucus, Alto Señor de Antillus, cuando Ehren hacía a un lado la segunda cortina de la tienda y entraba en la tienda propiamente dicha. Raucus se enfrentaba al Princeps sobre una mesa de arena de tamaño doble en el centro de la tienda, que soportaba un mapa de toda Alera. Era un hombre grande, fuerte, con una cara escapada bastante acostumbrada a los vientos de invierno, y llevaba las cicatrices de un soldado en la cara y las manos, recordatorios de muescas y cortes que habían sido tan numerosos y frecuentes que ni siquiera sus considerables capacidades con las furias pudieron suavizarlas-. En toda nuestra historia, esta es la fuerza más poderosa jamás congregada. Deberíamos coger este ejército, metérselo por la garganta, y matar a esa puta de la reina. Ahora. Hoy.
El Primer Señor era un hombre leonino, alto y delgado, con el pelo dorado oscuro y ojos negros y opacos bajo la banda de acero simple y sin decoración de su corona, la tradicional corona del Primer Señor en tiempos de guerra. Vestido todavía con sus propios colores escarlata y negro, Aquitainus Attis... Gaius Aquitainus Attis, supuso Ehren, ya que Sextus le había adoptado legalmente en su última carta... se enfrentó a la declaración insistente de Raucus con absoluta calma. En eso, al menos, se parece a Sextus, pensó Ehren.
El Primer Señor sacudió la cabeza.
-Está claro que los vord son extraños para nosotros, pero obviamente son inteligentes. Hemos preparado defensas porque es una medida inteligente que incluso los tontos comprenden que incrementan la capacidad de defender y controlar nuestra tierra. Seríamos tontos si no asumiéramos que el vord no puede sacar la misma conclusión.
-Cuando Giaus condujo nuestras fuerzas contra los vord, tú le aconsejarte atacar -señaló Raucus-. Nada de retirada. Era el correcto curso de acción.
-Teniendo en cuenta cuantos vord llegaron al asalto final de Alera Imperia, al parecer no -replicó el Primer Señor-. No teníamos ni idea de cuantos había. Si hubiera seguido mi consejo, nuestro asalto se habría desplegado y habría sido destruído... y el vord estaba esperando que lo hiciéramos.
-Ahora sabemos cuantos son -dijo Raucus.
-Creemos que sí -devolvió Aquitaine, con el ardor tocando su voz por primera vez-. Esta es nuestra última oportunidad, Raucus. Si estas legiones caen, no habrá anda que detenga al vord. No malgastaré la sangre de un solo legionario si no puedo asegurar que el enemigo pague por ella. -Cruzó las manos tras la espalda, inspiró, y volvió a soltar el aire, reasumiendo su aire de absoluta calma-. Vendrán a nosotros, y pronto, y su reina se verá obligada a acompañarlos y coordinar el ataque.
Raucus frunció el ceño, bajando sus cejas peludas.
-Crees que puedes atraparla como a un ratón.
-Una batalla defensiva -replicó Aquitaine, asintiendo-. Atraerles hasta nosotros, soportar el asalto, esperar nuestro momento, y contratacar con todo lo que tenemos.
Raucus gruñó.
-Ahora ella está operando con furias. Y a una escala igual a cualquiera de nosotros. Y sigue teniendo una guardia de aleranos que tomó antes de que el Conde y la Condesa de Calderon arruinaran esa parte de su operación.
Ni siquiera Antillus Raucus, notó Ehren, estaba dispuesto a señalar abiertamente al nuevo Princeps que su esposa estaba entre los que habían sido compelidos a tomar las armas del lado vord.
-Es desafortundado -dijo Aquitaine, con voz dura-. Pero tendremos que pasar por encima de ellos.
Raucus le estudió unos segundos.
-¿Cuentas con poder matarla tú mismo, Attis?
-No seas ridículo -dijo Aquitaine-. Soy un Princeps, vamos a ser yo y tú, y Lord y Lady Placida y cualquier otro Alto Señor y Señor y Conde que pueda esgrimir un arma y toda la Legión Aeris y cualquier otra Legión que pueda poner de nuestro lado.
Raucus alzó las cejas.
-Contra un vord.
-Contra el Vord -replicó Aquitaine-. Mátala, y el resto de ellos serán poco más que animales.
-Animales muy peligrosos.
-Entonces estoy seguro de que la moda de ir de caza cobrará impulso -contestó Aquitaine, se giró y asintió-. Sir Ehren. ¿Han llegado informes?
-Sí, señor -dijo ehren.
Aquitaine se giró hacia la mesa de arena e hizo un además con la mano en señal invitación.
-Muéstrame.
Ehren se acercó tranquilo a las mesas y tomó un cubo de arena verde. Raucus hizo una mueca cuando lo vio hacerlo. La arena verde marcaba la extensión del croach a través de Alera. Ya habían gastado varios cubos.
Ehren metió una mano en el cubo y vertió con cuidado arena verde sobre el modelo de una ciudad que en la mesa que representaba Parcia. La ciudad se desvaneció entre un montón de granos esmeralda. A Ehren le parecía una forma inadecuada de representar el fin de cientos de miles de vidas en Parcia, población civil y un basto número de refugiados del sur que habían buscado allí seguridad. Pero no podía haber ninguna duda. Los cursores y espías aéreos estaban seguros: Parcia había caído ante el vord.
La tienda quedó en silencio.
-¿Cuándo? -preguntó Aquitaine.
-Hace dos días -dijo Ehren-. La flota de Parcia continuó con la evacuación justo hasta el mismo final. Si se quedaron cerca de la costa, pueden haber empleado naves mucho más pequeñas también y cargado bien todos los barcos. Pueden haberse llevado como mucho a setenta o incluso ochenta mil persona hasta los cabos de Rhodes.
Aquitaine asintió.
-¿Parcia desató a las grandes furias de la ciudad contra los enemigos?
-Malditos cuerpos, Attis -dijo Raucus con reprobación en la voz-. La mitad de los refugiados del sur entero estaban en Parcia.
El Primer Señor le miró directamente.
-La cóngoja no cambiará lo que ha ocurrido. Pero una acción presta basada en el pensamiento racionar salvaría vidas en un futuro cercano. Tengo que saber lo dañado que estará el enemigo cuando ataque.
Raucus frunció el ceño y cruzó sus pesados brazos, mascullando por lo bajo. Aquitaine puso una mano sobre el hombro del otro hombre un momento, luego se giró para enfrentarse a Ehren.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #3 en: Enero 01, 2018, 02:14:38 am »
-¿Sir Ehren?
Ehren sacudió la cabeza.
-No hay nada que indique que lo hiciera, Su Alteza. Por lo que hemos oído de los supervivientes, el Alto Señor Parcius fue asesinado. El vord no asaltó y superó las murallas hasta después de que él cayera. -Se encogió de hombros-. Los informes indican incidentes con furias salvajes a consecuencia de ello, pero eso era lo esperado dado el número de muertes.
-Sí -dijo Aquitaine. Se cruzó de brazos y estudió el mapa en silencio.
Ehren dejó que sus ojos lo recorrieran también.
Alera era una tierra de vastas extensiones de tierras salvajes escasamente pobladas o deshabitadas entre las enormes ciudades de Altos Señores. Las calzadas entre las grandes ciudades, y una gran cantidad de corrientes de agua, proporcionaban líneas de comercio y creaban estructuras de apoyo natural para las ciudades más pequeñas, pueblos y villas que se extendía por la campiña a su alrededor. Explotaciones, aldeas, se esparcían por las zonas entre los pueblos y ciudades, cada una conteniendo entre treinta y trescientas personas o así.
Todo eso había cambiado.
La arena verde cubría el núcleo de Alera, más espesa en la tierra debastada que una vez había sido la ciudad de Kalare, atravesando las tierras ricas y productivas del Valle de Amaranth, sobre el cadáver de la ciudad de Ceres,y subiendo por las cuestas suaves del volcán que ahora se erguía donde una vez había estado Alera Imperia. Hebras, como ramas de algún árbol alienígena, se extendían desde el vasto tronco central, espaciéndose por las grandes áreas que rodeaban a varias de las otras ciudades... ciudades que se habían empecinado en luchar hasta el más amargo final y habían resistido con terquedad durante meses de asedio. Forcia, Attica, Rhodes, y Aquitaine habían sido todas sitiadas y actualmente luchaban con los invasores a sus puertas. A las suaves planicias que rodeaban Placida les había ido mejor, y el croach no se había logrado acercar a más de veinte millas más o menos de las murallas de la ciudad... incluso así... los testarudos placidanos perdían terreno lenta e inexorablemente, y estarían en la misma posición que los demás en cuestión de semanas.
Antillus y Phrygia, en el lejano norte, se había ahorrado los ataque por ahora... pero las columnas de croach se hinchaban, brotaban y crecían con firmeza y descuido hacia ellos, al igual que hacia el noreoeste, hacia Riva, y por extensión, hacia Ehren ex Cursori. Aunque admitía que era posible que se lo estuviera tomando como algo personal.
-Los refugiados de Parcia van a ejercer más tensión sobre los suministros de comida de Rhodes -murmuró Aquitaine, al fin-. Raucus, solicita voluntarios. Enviaremos a Rhodes cada artífice de tierra que esté dispuesto a ir y ayudar a producir más comida.
-No podemos seguir así, Attis -dijo Raucus-. Oh, los artífices pueden acelerar una estación de trigo a un mes, si tienen que hacerlo hasta más rápido. Pero no hay suficiente suelo dentro de las murallas de la ciudad. Agotan el suelo más rápido de lo que pueden restaurarlo.
-Sí -dijo Aquitaine-. Sólo pueden mantener ese tipo de producción un año. Dieciocho meses como mucho. Pero incluso con cada tejado y avenida de Rhodes convertido en campos de maíz, será difícil llenar ocho mil barrigas. Una vez llegue la hambruna, le seguirá la enfermedad, y con la ciudad tan atestada, nunca se recobrarán. -Se encogió de hombros con elegancia-. Esto estará decidido en menos dieciocho meses, después de los cuales romperemos el asedio. Mantengamos vivos a todos los que podamos hasta entonces. Envía a los artífices.
Raucus se llevó el puño al corazón en un saludo de la legión y suspiró.
-No lo entiendo. Esos campos están produciendo nuevos vords. La Legión Aeris los quema antes de que puedan tener más de una o dos cosecha.s ¿Cómo pueden haber tantos malditos bastardos de esos?
-En realidad -dijo Ehren-. Creo que sé la respuesta a eso, mis señores.
Aquitaine levantó la vista y arqueó una ceja hacia Ehren.
-Tengo un informe de un viejo conocido comercial en las afueras de Forcia. Es un contrabandista de afrodina que solía utilizar furias para hacer crecer las cosechas de hollybells en cavernas subterráneas. -Hollybells, la preciosa flor azul con la que se hacía la droga afrodina, podía prosperar sin luz solar en ciertas condiciones. Los contrabandista que fabricaban la droga para uso recreativo, a pesar de las leyes contra tal actividad, se habían aprovechado de ese hecho-. Dice que las zonas donde el vord parece ser más numeroso coinciden casi exactamente con las zonas que tienen un gran número de tales cavernas adecuadas.
Aquitaine sonrió un poco.
-Los campos en la superficie son una treta. -murmuró-. Algo con lo que llamar nuestra atención, hacernos sentir que estamos teniendo éxito... y evitar que busquemos la verdadera fuente de los números enemigos hasta que sea demasido tarde para que sirva de algo. -Sacudió la cabeza-. Eso es cosa de Invida. Es su forma de pensar.
Ehren tosió en el silencio torpe subsiguiente.
-Attis -dijo Raucus, evidentemente escogiendo las palabras con cuidado-, ella está ayudando a la reina vord. Tal vez por voluntad propia. Sé que es tu esposa, pero...
-Es una traidora al Reino -dijo Aquitaine, con voz tranquila y dura-. Que se haya vuelto contra Alera por propia voluntad o no, es irrelevante. Es un activo enemigo que debe ser eliminado. -Agitó la mano gentilmente en el aire-. Estamos perdiendo el tiempo, caballeros. Sir Ehren, ¿qué más tiene que informar?
Ehren concentró sus pensameintos y fue conciso en su informe. Aparte de la pérdida de Parcia, poco había cambiado.
-Las demás ciudades aguantan. Nadie informa de haber visto a una reina vord.
-¿Alguna señal de que el croach haya invadido la Jungla Feverthorn? -preguntó el Primer Señor.
-Aún no, señor.
Aquitaine suspiró y sacudió la cabeza.
-Supongo que lo que sea que los Hijos del Sol dejaron atrás nos ha mantenido lejos de ella durante quinientos años. ¿Por qué iba a ser el vord diferente? -Miró a Raucus-. Si tuvieramos más tiempo, podríamos utilizarlo contra ellos, de algún modo, estoy seguro.
-Si los deseos fueran caballos -devolvió Raucus.
-Salir con un cliché trillado no lo hace menos cierto -dijo Aquitaine-. Por favor, continúa, sir Ehren.
Ehren tomó un profundo aliento. Este era el momento que llevaba temiendo toda la mañana.
-Señor -dijo-. Creo que sé como ralentizar su avance hacia Riva.
Raucus dejó escapar una risa amortiguada.
-¿De veras, chico? ¿Y ahora se te ocurre mencionarlo?
Aquitaine frunció el ceño y cruzó los brazos.
-Di lo que tienes en mente, cursor.
Ehren asintió.
-He estado haciendo cálculos sobre la tasa de avance del vord en varias etapas de su campaña, y he aislado dónde se mueven más lento y donde más rápido. -Se aclaró la garganta-. Puedo mostrale las cifras si...
-Si no confiara en tu competencia, no estarías aquí -respondió Aquitaine-. Sigue.
Ehren asintió.
-El Vord se movió más rápido durante su avance através del Valle de Amaranth, señor. Y su avance fue más lento cuando cruzaron la Devastación de Kalare... y otra vez cuando avanzaron a través de la región que rodea Alera Imperia. -Tomó aliento-. Señor, como sabe, el vord utiliza el croach como una especie de comida. Es principalmente líquido gelatinoso, bajo una concha dura y correosa.
Aquitaine asintió.
-Y de algún modo pueden controlar el fluído de nutrientes a través de él. Se parece a un acueducto; solo que en vez de agua, transporta su suministro de comida.
-Sí, señor, así lo creo, y para crecer, el croach necesita consumir otras formas de vida... animales, insectos, hierba, árboles, otras plantas, etcétera. Es como una envoltura alrededor de una semilla. Sin esa fuente inicial de nutrientes, la semilla no crece, no puede echar raíces, y no pueden empezar su vida.
-Te sigo -dijo Aquitaine.
-La Devastación de Kalare estaba virtualmente yerma. Cuando el croach la alcanzó, su ratio de avance descendió de golpe. Y también cuando estaba cruzando la región que había sido bombardeaba por las fuerzas que desató Gaius Sextus... otra zona que había sido virtualmente privada de vida.
-Mientras que en el Valle, la riqueza del suelo y la tierra alimentó al croach muy bien, capacitando que se extendiera con más rapidez -murmuró Aquitaine-. Interesante.
-Francamente, señor -dijo Ehren-, el croach es un enemigo tan peligroso com cualquier criatura que cree la reina Vord. Ahoga la vida, alimenta al enemigo, le sirve de centinela... y quien sabe, puede que haga incluso más cosas que aún no sabemos... y sabemos que el cuerpo principal de sus tropas no avanza sin que el croach los apoye. El único momento en que lo han hecho...
-Fue en presencia de la reina vord -dijo Aquitaine, con ojos brillantes.
Ehren asintió y exhaló. El Primer Señor lo había entendido.
-¿Cuánto tiempo puede comprarnos esto?
-Asumiendo que mis cálculos sean correctos y que el ratio de progreso se ralentice en un grado comparable, cuatro o cinco semanas.
-Dándonos tiempo suficiente para equipar al menos a cuatro legiones más, y una alta probabilidad de obligar a la reina Vord a aparecer para conducir a la horda por terreno abierto -asintió Aquitaine, con expresión complacida-. Excelente.
Raucus miró de uno al otro, frunciendo el ceño.
-Entonces... si podemos evitar que el croach crezca, ¿la reina vord tendrá que aparecer para luchar con nosotros en persona?
-En esencia, sí -dijo Aquitaine-. el tiempo extra para prepararnos tampoco vendrá mal. -Miró fijamente a Ehren y asintió-. Contarás con toda la autoridad de la Corona para reclutar a los artífices de fuego necesarios, evacuar a todo el que quede en ese corredor de aproximación, y negar sus recursos al enemigo. Ocúpate de ello.
-¿Ocuparse de qué? -dijo Raucus.
-Para frenar el croach y compelir a la reina a revelarse -dijo Ehren en voz baja-, tendremos que estrangularlo. Quemar todo lo que crezca. Salar los campos. Envenenar las cosechas. Asegurarnos de que no quede nada que pueda echar raíces entre la actuál línea de avance y Riva.
Los ojos de Raucus se desorbitaron.
-Pero eso significa... malditos cuervos. Eso son casi trescientas millas de tierra de labranza. Algunas de las cuales son todavía salvajes. Estás hablando de quemar las mejores tierras que nos quedan. Destruir miles de explotaciones de nuestra gente, ciudades, hogares. Crear diez mil refugiados más.
-Sí -dijo Aquitaine con sencillez-. Y será un montón de trabajo. Será mejor empezar ya, sir Ehren.
El estómago de Ehren se retorció con repulsión. Después de todo lo que había pasado desde que había llegado el vord, había visto más que sufiente destrucción y pérdida infringida por el enemigo. ¿Cuánto peor podría ser ver a Alera más destruída... esta vez a manos de sus propios defensores?
Especialmente cuando, profundamente en sus entrañas, sabía que eso no supondría ninguna diferencia. Hicieran lo que hicieran, esta guerra sólo podía terminar de un modo.
Ehren se puso el puño sobre el corazón en un saludo y se inclinó hacia el Primer Señor. Luego se giró y salió de la tienda, para arreglar el mayor acto de destrucción premeditada jamás perpetrado por las fuerzas aleranas. Sólo esperaba que no estuvieran haciéndolo por  nada... que al final, la desolación que estaba a punto de crear sirviera para algún propósito.
Tal como iban las cosas, pensó Ehren, era una esperanza bastante pequeña y anémica, pero el pequeño y delgado cursor decidió nutrirla de todos modos.
Después de todo.
Era la única que le quedaba.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #4 en: Enero 01, 2018, 02:32:40 am »
Gaius Isana, la teórica Primera Dama de Alera, se envolvió en su gruesa capa de viaje con un poco más de firmeza y miró por la ventana del carruaje de viento cerrado. Debían estar muy cerca de su casa ya... el Valle de Calderon, una vez considerado la frontera más lejana y primitiva de toda Alera. Bajó la vista al paisaje que pasaba lentamente, muy por debajo, y se sintió algo frustrada. Había visto Calderon muy pocas veces desde el aire, y el campo bajo ella se extendía durante millas y millas a la redonda. Todo parecía igual... o bosque agreste, con montañas ondulantes que parecían arrugas en un mantel, o tierras de labranza, marcadas por amplias líneas anchas de campos de invierno siendo preparados para la primavera, sus carreteras parecían líneas rectas entre explotaciones y ciudades.
Por lo que sabía, podría estar viendo su casa en ese preciso instante. No tenía ningún punto de referencia que reconociera desde esta altura.
-... que tuvo el efecto de reducir la extensión de la enfermedad a través del campo de refugiados -dijo una calmada voz de jovencita.
Isana parpadeó y miró a su compañera, una joven delgada, de aspecto serio, con pelo etéreo y rubio platino que le caía como una sábana sedosa hasta los codos.
Isana pudo sentir la paciencia de la chica y su amable diversión, contaminada por una tristeza igualmente tierna, irradiando de ella como el calor del horno de una cocina. Isana sabía que Veradis sin duda sentía su propio atolondramiento cuando los pensamientos de Isana dibagaban.
Veradis levantó la vista de una hoja de notas y arqueó una ceja pálida. El más leve indicio de una sonrisa tocó su boca, pero mantuvo la ficción.
-¿Mi señora?
-Lo siento -dijo isana, sacudiendo la cabeza-. Estaba pensando en casa. Puede acabar distrayendo.
-Muy cierto -dijo Veradis, inclinando la cabeza-. Por esto estoy intentando no pensar en la mía.
Una lanza de pena amarga destelleó en la joven, su base se moldeaba en culpabilidad, su punta de rabia. Tan rápidamente como apareció, la sensación se desvaneció.
Veranis aplicó sus furias para ocultar sus emociones de los agudos sentidos de agua de Isana. Isana agradeció el gesto. Sin un talento para el metal que equilibrara la sensibilidad empática propias de cualquier artífice de agua de la habilidad de Isana, las emociones fuertes podían ser tan sorprendentes y dolorosas como un golpe súbito en la cara.
No es que Isana pudiera culpar a la joven por sentirlo. El padre de Veradis era el Alto Señor de Ceres. Ella había visto lo que había pasado en su hogar cuando llegó el vord.
Nada humano moraba allí ahora.
-Lo siento -dijo Isana-. No estaba pensando.
-Sinceramente, mi señora -dijo Veradis, con voz tranquila y ligeramente desapegada, signo delator del uso del metal para estabilizar y ocutar una emoción-. Tienes que superarlo. Si intentas evitar cualquier tema que pueda recordarme Cer... mi antiguo hogar, nunca me volverías a dirigir la palabra. Es natural que ahora sienta dolor. Tú no haces nada para causarlo.
Isana estiró la mano para tocar la de Veradis ligeramente, un momento, y asintió.
-De todos modos, niña.
Veradis le dedicó otra sonrisita. Bajó la vista a sus papeles, luego la alzó otra vez hasta Isana. La Primera Dama enderezó la espalda y los hombros y asintió.
-Perdón. ¿Qué estabas diciendo? ¿Algo sobre ratas?
-No teníamos ni idea de que pudieran transmitir la enfermedad -dijo la joven-. Pero tras establecer medidas de seguridad para proteger los tres campamentos contra los tomadores vord, la población de ratas se ha visto severamente reducida. Un mes más tarde, esos mismos campamentos se han visto casi completamente libres de la enfermedad.
Isana asintió.
-Entonces utilizaremos el presupuesto restante de seguridad de la Liga Diánica para empezar a implementar las mismas medidas en los demás campamentos. Dando prioridad a lo que han sido golpeados con más dureza por la enfermedad.
Veradis asintió y retiró un segundo papel de la pila. Se lo pasó a Isana, junto con una pluma.
Isana estudió el movimiento y sonrió.
-Si ya sabías lo que iba a responder, ¿por qué no procediste sin mí?
-Porque yo no soy la Primera Dama -dijo Veradis-. No tengo ninguna autoridad para dispensar los fondos de la Liga.
Algo en el tono de voz de la joven o tal vez en su postura, encendió una alarma en la mente de Isana. Había sentido una suspicacia similar cuando Tavi había estado ocultándole la verdad, de niño. Un niño muy pequeño. Al crecer, se había vuelto cada vez más capaz de evitar tales descubrimientos. Las habilidades de evasión de Veradis simplemente no tenían comparación.
Isana se agarró la garganta y miró a la joven con una ceja arqueada.
Los ojos de Veradis chispearon, y aunque sus mejillas no se ruborizaron, Isana sospechó que era sólo porque la joven estaba utilizando sus furias para evitarlo.
-Aunque, mi señora, teniendo en cuanta las vidas que están en juego, emití las cartas de crédito a los contratistas apropiados, para que pudieran adelantar y empezar el trabajo, comenzando por los peores campos.
Isana firmó ambos documentos y sonrió.
-¿No sería lo mismo hacerlo sin mí?
Veradis recuperó el documento, sopló con gentileza en la tinta para que se secara, y dijo, con tono satisfecho.
-Aún no.
De repente a Isana le dolieron los oídos, y frunció el ceño, volviendo a mirar por la ventana. Estaban descendiendo. En un minuto, hubo un golpecito cortés en la ventana de Isana, y un joven con una brillante armadura recientemente fabricada de acero ondeó una mano hacia ella en el exterior. Isana bajó la ventana, dejando entrar el aullido del aire frío y el rugido de las columnas de viento que mantenían el carruaje volando.
-Su Alteza -gritó el joven oficial, tocandónse el corazón con el puño con cortesía-. Llegaremos en un momento.
-Gracias, Terius -respondió Isana-. ¿Te ocuparías de que enviaran un mensajero a mi hermano tan pronto como aterricemos, por favor?
Terius volvió a saludar.
-Por supuesto, mi señora. Asegúrense de abrocharse los cinturones de seguridad.
Isana le sonrió y cerró la ventana del carruaje, y el joven oficial remontó y volvió a su lugar a la cabeza de la formación. La repentina falta del rugido dentro del carruaje pareció demasiado silencio.
Después un momento de silencio mientras se volvía a arreglar el pelo que había despeinado el viento, Veradis dijo:
-Es posible que él lo sepa, ya sabes.
Isana la miró extrañada.
-¿Hmm?
-Aquitaine -dijo Veradis-. Podría saber lo de las fortificaciones que tu hermano ha estado construyendo. Podría saber por qué has venido aquí hoy.
-¿Qué te hace pensar eso?
-Vi a uno de los hombres de Terius entrar en la tienda del Senador Valerius esta mañana.
Valerius, pensó Isana. Un hombre repulsivo. Me alegro bastante de que Bernard haya encontrado necesario romperle la nariz y dos dientes.
-¿De verdad? -preguntó Isana en voz alta. Lo pensó un momento, luego se encogió de hombros-. En realidad no importa si lo sabe. Puede decir lo que quiera y llevar en la cabeza lo que le plazca... pero no es el Primer Señor, y nunca lo será.
Veradis sacudió la cabeza.
-Yo... mi señora... -Extendió las manos-. Alguien debe mandar.
-Y alguien lo hará -dijo Isana-. El Primer Señor por derecho, Gaius Octavian.
Veradis bajó la vista.
-Si -dijo, muy bajito- es que está vivo.
Isana cruzó las manos en el regazo y miró por la ventana mientras el valle de abajo empezaba a hacerse más grande, los colores más brillantes.
-Está vivo, Veradis.
-¿Cómo puedes saberlo?
Isana miró por la ventana y frunció el ceño, débilmente.
-Yo... no estoy segura -dijo al fin-. Pero lo siento. Es como si... como si casi fuera la hora de cenar, y él estuviera a punto de llegar de atender al rebaño. -Sacudió la cabeza-. No literalmente, por supuesto, pero la sensación, la emoción, es la misma.
Veradis observó a Isana con ojos tranquilos y serios, y no dijo nada.
-Está de camino a casa -dijo con calma-. Octavian vuelve a casa.
Hubo un silencio. Isana observaba las murallas de Garrison, la ciudad fortaleza que controlaba su hermano, más grande y más clara. Cambiaron de las líneas de bordes afilados a construcciones de piedra pulcra moldeada por las furias. La bandera del Primer Señor, un águila escarlata sobre un campo azul, ondeaba con ls brisa, y junto a ella el estandarte de su hermano... un oso marrón sobre un campo verde.
La ciudad había vuelto a crecer, aunque Isana había estado allí hacía sólo dos semanas. La mísera villa originalmente erigida justo fuera de las murallas de Garrison había sido reemplazada por edificios sólidos de piedra de artificio, y una nueva muralla se había alzado para protegerle. Luego un segundo poblado miserable había aparecido en la base de esa pared, e Isana había estado allí el día en que los ingenieros habían pensado en la tercera, otro estrado de círculos concéntricos que envolvían la creciente ciudad.
Las chabolas habían desaparecido, reemplazadas por más edificios de piedra... edificios cuadrados de piedra con muy pocas diferencias entre ellos, pero Isana estaba segura de que eran perfectamente funcionales y prácticos.
Y fuera de la tercera muralla, todavía estaba creciendo otra ciudad de chabolas, como musgo en la cara norte de la piedra.
Los ojos de Veradis se abrieron cuando vio el lugar.
-Mi... Esta es una ciudad bastante grande para estar al cuidado de un Conde.
-Hay mucha gente sin hogar estos días -dijo Isana-. Mi hermano probablemente te dará alguna explicación perfectamente lógica sobre por qué están aquí, si se lo preguntas. pero la verdad es que nunca ha podido echar a nadie de su puerta. Cualquiera que llegue tan lejos... -Sacudió la cabeza-. Hará lo que pueda por ellos. Y se asegurará de que estén bien cuidados. Aunque todo lo que pueda hacer es darles la capa que lleva a la espalda. Mi hermano termina lo que empieza.
Veradis asintió pensativa.
-Él educó a Octavian, ¿verdad?
Isana asintió.
-Especialmente los últimos años. Estaban muy unidos.
-Y por eso siente que Octavian volverá. Porque termina lo que empieza.
-Sí -dijo Isana-. Está volviendo a casa.
Veradis se quedó en silencio un momento más mientras el carruaje sobrevolaba las murallas exteriores de Garrison. Luego inclinó la cabeza, y dijo:
-Como tú digas, mi señora.
Isana apartó la fea preocupación que había empezado a abrirse paso entre sus pensamientos desde que su hijo había marchado con la armada canim.
Tavi volvía a casa.
Su hijo volvía a casa.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #5 en: Enero 01, 2018, 03:06:32 am »
Gaius Octavian, hijo de Gaius Septimus, hijo de Gaius Sextus, y el Primer Señor de Alera aún sin coronar, yacía tendido sobre la espalda, mirando las estrellas. Dado que estaba en el suelo de una caverna, probablemente no fuera una buena señal.
Buscó en su memoria una explicación de por qué podría estar haciendo tal cosa, y por qué las estrellas eran tan brillantes y giraban tan rápido, pero parecía haber descolocado ese hecho. Tal vez el chichón que sentía hinchándose en su cráneo había estropeado su memoria. Tomó nota mental de preguntar a Kitai si lo habían visto tirado en el suelo en alguna parte.
-Un intento razonablemente educativo, niño -murmuró una voz de mujer-. ¿Ves por qué es importante no sólo mantener una corriente de aire bajo tu cuerpo sino un escudo de viento delante de ti?
Ah, esa era la razón. Lecciones. Estaba tomando lecciones. Haciendo un examen, en realidad, con un tutor particulamente astuto. Luchó por recordar en qué tema habían estado trabajando. Si estaba trabajando tan duro, los exámenes debían ser pronto, y la Academia era poco simpática con los estudiantes durante el penoso caos de los exámenes finales.
-¿Estábamos con historia? -masculló-. ¿O matemáticas?
-Se que tu intuición te dicta no proyectar viento a la vez por delante y por detrás de ti -continuó su tutor con tono tranquilo-. Pero tu cuerpo no está diseñado para el vuelo de alta velocidad. Si no tomas medidas para protegerte, especialmente tus ojos, hasta una cantidad mínima de partículas en el aire podría dejarte ciego o conducir tu vuelo a una conclusión terminalmente instructiva. Los adeptos al vuelo lo hacen de forma tan natural que no tienen necesidad de pensar conscientemente en crear el escudo.
Las estrellas empezaron a apagarse. Tal vez el clima estuviera cambiando. Se hubiera preocupado por la lluvia si no estuviera ya en una cueva... lo que de nuevo presentaba la pregunta de dónde demonios habían salido las malditas estrellas.
-Ay -dijo Tavi. La cabeza le latía mientras las estrellas palidecían, y de repente recordó dónde estaba y qué estaba haciendo-. Ay.
-Dudo que mueras, niño -dijo Alera con calma-. Repitamos el ejercicio.
La cabeza de Tavi latía. Se sentó, y de algún modo algo de presión se alivió. Se había golpeado la cabeza contra un carámbano colgante de casi un metro en la base. y esa cosa había resultado ser más dura que una piedra. Aturdido, estudió la caverna, que estaba iluminada por un brillo incandescente que manaba de una charca circular de diez metros de diámetro situada en el centro, el agua estaba justo al nivel del suelo. La luz y las sombras danzaban y ondeaban por la caverna de hielo, separadas en bandas de diversos colores por el agua.
El hielo gemía y crujía alrededor de ellos. El suelo de la cueva se tambaleaba y ondeaba con un movimiento firme, aunque el tamaño del barco de hielo hacía que se moviera mucha más amablemente que la cubierta de cualquier nave.
-Tal vez no debería llamarla cueva -dijo pensativo-. En realidad es más una bodega de carga.
-Por lo que sé -dijo Alera-, los ocupantes de una nave generalmente son conscientes de la presencia de una bodega de carga. Este lugar es secreto excepto para ti, para mí, y para Kitai.
Tavi intentó sacudirse el pitido de los oídos y miró a su tutora. Alera parecía ser una joven alta. A pesar del frío de la cueva, sólo llevaba un vestido ligero que al principio parecía de seda gris. Más de cerca parecía estar hecho de niebla humeante tan oscura como los nubarrones. Sus ojos cambiaban constantemente con bandas de colores, pasando interminablemente por cada tono imaginable. Su pelo era del color del trigo maduro, sus pies estaban desnudos, y era inhumanamente hermosa.
Lo cual resultaba apropiado, suponía Tavi, ya que Alera no era en absoluto humana. Era la personificación de una furia, tal vez la furia más grande sobre la faz de Carna. Tavi no sabía lo vieja que era, pero hablaba del original Gaius Primus, el fundador casi legendario del Reino, como si hubiera estado teniendo una conversación con él sólo el otro día. Nunca había exhibido el tipo de poder que podría tener... pero dadas las circunstancias, Tavi había decidido tratarla con la máxima cortesía y respeto probablemente sería un curso de acción más sabio que intentar solicitarle algún tipo de demostración.
Alera arqueó una ceja hacia él.
-¿Repetimos el ejercicio?
Tavi se levantó con un gemido y se sacudió la nieve fina y suave de la ropa. Había más de treinta centímetros de polvo en el suelo. Alera decía que lo había puesto allí para incrementar sus posibilidades de sobrevivir al entrenamiento.
-Dame un segundo -dijo Tavi-. Volar es duro.
-Al contrario, volar es bastante simple -dijo Alera. Su boca se curvó en una sonrisa divertida-. Sobrevivir al aterrizaje menos.
Tavi dejó de fulminarla con la mirada después de un segundo o así. Luego suspiró, cerró los ojos, y se concentró en su artificio de viento.
Aunque el aire de la caverna no contenía ninguna furia manifiesta y discreta, como las furias salvajes o Cirrus, la furia de la Condesa Calderon, estaba no obstante llena de furias. De forma individual eran diminutas, minúsculas, apenas sin poder, pero cuando se reunían por la voluntad y poder de un artífice, su fuerza combinada era enorme... una montaña hecha de granos de arena.
Reunir el número de furias ambientales necesarias para volar era un proceso tedioso. Tavi empezó a imaginar las furias en su mente, visualizarlas como motas de luz que se arremolinaban en el aire como una nube de luciérnagas. Luego empezó a visualizar cada mota individual siendo guiada hacia él como un soplo de viento, una por una al principio, luego dos a la vez, luego tres, y así, hasta que cada una de ellas se hubo reunido en el aire a su alrededor. La primera vez que había logrado con éxito llamar a las furias del viento, le había llevado media hora lograrlo. Desde entonces, había acortado el tiempo a tres minutos, y se volvía más rápido, pero todavía tenia un camino considerable por delante.
Supo cuando estaba listo. El mismo aire a su alrededor empujaba contra su piel, presionando y acariciando. Entonces abrió los ojos, llamó a las furias en sus pensamientos, las reunió en una corriente que se arremolinó y giró, luego le levantó con gentileza del suelo nevado de la caverna. Guió a las furias para que le alzaran hasta que las suelas de sus botas estuvieron a un metro del suelo, y se quedó allí, frunciendo el ceño concentrado.
-Bien -dijo Alrea con calma-. Ahora redirige... y no te olvides del escudo esta vez.
Tavi asintió y retorció el ángulo de la corriente, para que presionara contra él desde detrás y abajo, y empezó a moverse lentamente por la caverna. La concentración requerida era enorme, pero intentó dividir el foco en una partición separada de sus pensamientos, manteniendo la corriente de aire mientras se concentraba en formar un escudo de aire sólido delante de él.
Por un segundo, pensó que estaba funcionando, y empezó a presionar hacia delante con más fuerza, para moverse con un viento más rápido. Pero segundos después, su concentración falló, las furias de viento se separaron como la pelusa de un diente de elón, y cayó a plomo... directamente al centro de la charca. El shock del agua casi congelada le robó el aliento de los pulmones, y aleteó durante unos segundos, hasta que se obligado a utilizar su mente en vez de los pulmones. Se extendió hacia las furias de agua, reuniéndolas en menos de un cuarto de minuto... era más aficionado a los artificios de agua... y las dispuso para que le alzaran del agua y le depositaran en el suelo nevado de la caverna de hielo. Eso no redujo particularmente el amargo y doloroso aguijón de grío, y yació allí temblando.
-Sigues mejorando -dijo Alera, mirándole. Consideró su estado medio congelado con calma-. Técnicamente.
-Nnnnno eeeestaaaás ssssiendo úuuuutil -tartamudeó Tavi entre temblores.
-Ciertamente no -dijo Alera. Se ajustó el vestido como si fuera cualquier otra ropa y se arrodilló junto a él-. Eso es algo que debes entender sobre mí, joven Gaius. Puedo aparentar tener una forma similar a la tuya, pero no soy de carne y hueso. No siento como tú, sobre gran número de cosas.
Tavi intentó concentrarse en el artificio de fuego que empezaría a incrementar el calor de su cuerpo, pero le quedaba tan poco calor que sería un proceso largo, asumiendo que pudiera hacerlo en absoluto. Necesitaba una fuente de llama para que fuera más fácil, pero no había ninguna.
-¿Qqqqué qqqquieres dddecir?
-Tu muerte potencial, por ejemplo -dijo-. Podrías morir congelado en este suelo, ahora mismo. No me sentiría particularmente molesta.
Tavi pensó que era buena idea concentrarse en su artificio de fuego.
-¿Ppppor qqqqué no?
Ella le sonrió y le apartó un mechón de pelo de la frente. Crujió, y cayeron trozos de hielo de sus pestañas.
-Todas las cosas mueren, joven Gaius -dijo. Sus ojos se quedaron distantes un momento, y suspiró-. Todas las cosas. Y yo soy vieja... mucho, mucho más vieja de lo que podrías comprender.
-¿Ccccómo de vvvvieja?
-No tienes un marco de referencia útil -dijo-. Tu mente es excepcionalmente capaz, pero ni siquiera tú podrías imaginar la cantidad de un millón de objetos, mucho menos la actividad de un millón de años. Yo he visto miles de millones de años, Octavian. En un tiempo semejante, los océanos se hinchan y desvanecen. Los desiertos se convierten en granjas. Las montañas se convierten en polvo y valles, y nacen nuevas montañas en medio del fuego. La misma tierra fluye como el agua, grandes territorios de tierra giran y colisionan, y las mismísimas estrellas giran y toman nuevas formas. -Sonrió-. Es la gran danza, alerano, y la vida de tu raza no tiene más que la medida de un latido.
Tavi tembló incluso con más fuerza. Sabía que eso era buena señal. Significaba que estaba entrando más sangre en sus músculos. Se estaban calentando lentamente. Siguió con el artificio de fuego.
-En ese tiempo -dijo-, he visto la muerte de muchas cosas. Especies enteras van y vienen, como las chispas alzándose de un fuego de campamento. Entiende, joven Gaius, no tengo contigo ninguna enemistad. Pero cualquier vida individual es tan insignificante que, para ser honesta, tengo problemas para distinguir a uno de vosotros del siguiente.
-Ssssi eso es cierto -dijo Tavi-, eeeentonces ¿pppor qué eeestás aaaquí conmigo?
Ella le dedicó una sonrisa pesarosa.
-Tal vez me permito un antojo.
-Tttal vez nnno me ccccuentas toda la vvverdad.
Se rió, un sonido cálido, y de repente Tavi sintió que su calor corporal aumentaba, y sus músculos empezaban poco a poco a soltarse.
-Astuto. Esa es una de las cosas que hacen a tu raza atractiva. -Hizo una pausa, frunciendo el ceño pensativa-. En todo mi tiempo -dijo al fin-, nadie me había hablado nunca. Hasta que tu llegó tu gente. -Sonrió-. Supongo que disfruto de la compañía.
Tavi sintió la calidez que empezaba a reunirse en su barriga cuando el artificio cobró impulso al fin. Ahora tenía que tener cuidado para que no fuera demasiado. Podía estar cansado del frío, pero no pensaba que prender fuego a sus intestinos fuera a ser más placentero a largo plazo.
-¿Ppppero si yyyo muero, ¿tendrías a alquien con quien hablar?
-Sería molesto, pero supongo que podría buscar y encontrar a alguien de otro linaje.
Los temblores al fin...¡al fin!... se redujeron. Tavi se sentó lentamente, y estiró el brazo para echarse hacia atrás el pelo mojado. Sintió los dedos rígidos y particialmente entumecidos. Se le cayeron trozos de hielo del pelo. Mantuvo el artificio de fuego en marcha.
-¿Como Aquitainus Attis? -sugirió Tavi.
-Probablemente -dijo ella, asintiendo-. Se parece mucho más a tu predecesor que tú, después de todo. Aunque entiendo que su nombre es Gaius Aquitainus Attis ahora. No estoy segura de entender por qué un proceso legal altera su identidad personal.
Tavi hizo una mueca.
-No lo hace. Solo altera lo que todos los demás piensan de él.
Alera sacudió la cabeza.
-Criaturas desconcertantes. Os resulta bastante dificil controlar vuestros propios pensamientos, ya no digamos los de otros.
Tavi sonrió, presionando los labios contra los dientes.
-¿Cuánto tardaremos en ser capaces de enviarles un mensaje y hacerles saber que vamos en camino?
Los ojos de Alera se quedaron distantes por un momento antes de hablar.
-El vord parece haber comprendido ya cómo utilizar las corrientes de agua como medio de comunicación. Retienen muchas corrientes y han apostado furias centinelas para interceptar furias mensajeras dentro de todos los subafluentes y ríos principales. Casi han envuelto los litorales de las orillas occidentales y del sur del continente. Como resultado de ella, parece improbable una conexión vía corrientes de agua hasta que hayamos avanzado varias docenas de millas tierra adentro, al menos.
Tavi hizo una mueca.
-Tendremos que enviar mensajeros aéreos tan pronto como estemos lo bastante cerca. Asumo que los vord saben que llegamos.
-No está claro -dijo Alera-. Pero parece sabio asumirlo. ¿Dónde tomaréis tierra?
-En la costa noroeste, cerca de Antillus -contestó Tavi-. Si el vord está allí, ayudaremos a los defensores de la ciudad y dejaremos a nuestros civiles antes de marchar tierra adentro.
-Estoy segura de que el Alto Señor Antillus estará encantado con la idea de cientos de miles de canim acampando a sus puertas -murmuró Alera.
-Yo soy el Primer Señor -dijo Tavi-. O lo seré. Lo superará.
-No si el canim devora sus recursos... su comida, su ganado, sus aldeanos...
Tavi gruñó.
-Dejaremos varias tripulaciones de cazadores de leviatanes tras nosotros. Estoy seguro de que no le importará si unas cuantas docenas de millas de sus costas son despejadas de bestias.
-¿Y cómo alimentarás a tu ejército en la marcha hacia el interior? -preguntó Alera.
-Estoy trabajando en ello -dijo Tavi. Frunció el ceño-. Si no se detiene al vord, toda mi especie probablemente será destruída.
Alera giró sus ojos relucientes y cambiantes hacia él.
-Sí.
-Si eso ocurre, ¿con quién hablarás? -preguntó Tavi.
La expresión de su hermosa cara era ilegible.
-No es que eso me preocupe a la larga. -Ella sacudió la cabeza-. A su modo, el vord es casi tan interesante como tu raza... aunque mucho más limitado en cuanto a flexibilidad de pensamiento. Y la variedad es inexistente entre ellos, y la mayoría no habla. Probablemente me cansen pronto. Pero... -se encogió de hombro-. Será lo que sea.
-Y aún así nos ayudas -dijo Tavi-. El entrenamiento. La información que puedes proporcionarnos. Son de valor incalculable.
Inclinó la cabeza hacia él.
-Es muy distinto a tomar acciones contra ellos. Te estoy ayudando, joven Gaius. No les estoy haciendo daño.
-Una distinción muy fina.
Ella se encogió de hombros.
-Es lo que es.
-Me dijiste que actuaste directamente en la batalla de Ceres.
-Cuando Gaius Sextus invocó mi ayuda, me pidió condiciones predominantes que afectarían a todos los presentes con igual intensidad.
-Pero esas condiciones eran más beneficiosas para los aleranos que para el vord -dijo Tavi.
-Sí. Y estaban dentro de los límites que expuse a la Casa de Gaius hace mil años. -Se encogió de hombros-. Así que hice lo que pedía... como he moderado el tiempo para la flota durante este vieaje, como pediste. -Inclinó la cabeza ligeramente-. Parece que has sobrevivido a tus lecciones previas. ¿Lo intentamos de nuevo?
Tavi se puso en pie ,agotado.
El siguiente intento de volar duró medio minuto más que el primero, y se las arregló para caer en nieve agradable y suave en vez de sobre el agua helada.
-Huesos rotos -dijo Alera-. Excelente. Una oportunidad de practicar los artificios de agua.
Tavi levantó la vista de su pierna grotescamente retorcida. Apretó los dientes e intentó levantarse, pero el brazo izquierdo no le obedecía. El dolor era increíble. Se recostó en la nieve y tanteó su cinturón hasta que su mano encontró la empuñadura de la daga. Un momento de concentración, transfiriendo su foco y sus pensamiento en la matriz cristalina del acero de alto grado, y el dolor dio paso a la calma, la falta abstraída de sensación que venía con el artificio de metal.
-Estoy cansado -dijo. Sintió su propia voz sonar desapegada, de algún modo, separada del resto de él-. Arreglar huesos en un trabajo agotador.
Alera sonrió y empezaba a responder cuando la charca de agua explotó en una nube de gotas voladoras y salpicaduras furiosas.
Tavi se protegió la cara contra el repentino diluvio helado, y parpadeó hacia la charca mientras Kitai salía del agua sobre una columnia de furia líquida y caía pulcramente sobre el suelo de la caverna. Era una joven alta, de exótica belleza y extraordinaria gracia. Como la mayoría de los marat, su pelo era de un suave y puro blanco. Se lo había rapado cerca del cráneo en un lado, según la costumbre de la tribu del caballo de los marat. Estaba vestida con una ropa de vuelo ajustada azul y gris. La ropa mostraba admirablemente un fisico esbelto, estaba significativamente mejor musculada que la chica alerana media. Sus ojos almendrados era de un verde brillante idéntico a los del propio Tavi, y ahora eran brillantes y duros.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #6 en: Enero 01, 2018, 03:06:54 am »
-¡Alerano! -exclamó, su voz resonó en las paredes congeladas. Su furia era palpable, un fuego que Tavi podía sentir también dentro de su propia barriga.
Hizo una mueca.
Kitai se acercó a él y se colocó los puños en las caderas.
-He estado hablando con la Tribuno Cymnea. Me informó de que has estado tratándome como a una puta.
Tavi parpadeó. Varias veces.
-Um. ¿Qué?
-No te atrevas a hacerte el inocente conmigo, alerano -escupió-. Si alguien está en posición de saberlo, esa es Cymnea.
Tavi luchó por dar sentido a las declaraciones de Kitai. Cymnea era la Tribuno Logística de la Primera Legión Alerana... pero antes de las circunstancias y la emergencia que la habían obligado a convertirse en la Tribuno Cymnea, había sido Madame Cymnea, propietaria de El Pabellón, la más fina casa de mala reputación del campamento que seguía a la legión.
-Kitai -dijo Tavi-. No entiendo.
-¡Aghhh! -dijo ella, y lanzó las manos al aire-. ¿Cómo un comandante tan brillante puede ser tan idiota? -Se volvió hacia Alera, señalando a Tavi con un dedo acusador, y dijo-: Explícaselo.
-Creo que no estoy muy cualificada -replicó Alera con calma.
Kitai volvió a mirar a Tavi.
-Cymnea me ha dicho que es costumbre, entre tu gente, que los que desean casarse con otro no yazcan juntos antes de hacer sus votos. Es una costumbre ridícula... pero es como lo hace la ciudadanía.
Tavi miró a Alera y sintió que se ruborizaba un poco.
-Um. Sí, bueno, esa es la forma apropiada de hacerlo, pero no siempre se hacen en todos...
-Me informa -continuó Kitai-, de que la gente de tu rango normalmente toma cortesanas en su cama simplemente por placer... y las dejan de lado una vez encuentran una esposa apropiada.
-Y... algunos jóvenes ciudadanos hacen eso, sí, pero...
-Llevamos años juntos -dijo Kitai-. Hemos compartido cama y placer el uno con el otro a diario. Durante años. Y finalmente te estás volviendo competente.
Tavi pensó que sus mejillas realmente podrían estallar en llamas.
-¡Kitai!
-Me informa de que el hecho de que llevemos juntos tanto tiempo será fuente de mofa y vergüenza entre los ciudadanos de Alera. Que todos me considerarán la puta del Princeps. -Frunció el ceño-. Y por alguna razón desconcertante, eso se considera algo muy malo.
-Kitai, tú no eres...
-No seré tratada de este modo -exclamó-. Idiota. Ya tienes problemas suficientes para asumir la Corona sin dar a tus enemigos entre los ciudadanos una debilidad tan obvia que explotar. ¿Cómo te atreves a permitirme ser un riesgo para ti?
Tavi la miró indefenso.
La rabia cedió en la expresión de ella.
-Por supuesto -dijo, con voz muy baja-, todo eso asumiendo que tengas intención de convertirme en tu esposa.
-Honestamente, Kitai. Yo no... ni siquiera había pensado en eso.
Ella abrió los ojos de par en par. Se quedó con la boca abierta en una expresión casi de horror.
-Tú... ¿no has? -Tragó-. ¿Planeas tomar a otra?
Tavi sintió que sus propios ojos se desorbitaban.
-No. No. cuervos, no, Kitai. No lo he considerado porque nunca he pensado que terminaría de ningún otro modo. Quiero decir, para mí estaba fuera de toda cuestión, chala.
Por un instante, su inseguridad se vio reemplazada por alivio. Y luego esa expresión dio paso a otra: Kitai entrecerró la mirada peligrosamente.
-Asumiste que yo aceptaría.
Tavi hizo una mueca. Otra vez.
-Asumiste que yo no tendría ninguna otra opción. Que estaría tan desesperada que me vería obligada a convertirme en tu esposa.
Estaba claro, cualquier cosa que dijera empeoraría las cosas. Mantuvo la boca cerrada.
Kitai se colocó sobre él, agarrándole por la pechera de la túnica, levantándole varios centímetros, a pesar de la diferencia de tamaños. La joven marat era mucho más fuerte que un alerano de su tamaño, incluso sin emplear las furias.
-Esto es lo que va a pasar, alerano. Ya no yacerás más conmigo. Me tratarás exactamente como harías con cualquier joven dama de la ciudadanía. Me cortejarás, y lo harás bien, o te estrangularé hasta matarte.
-Um -dijo Tavi.
-Y -dijo, con una cualidad altamente amenazadora en la voz- me cortejarás apropiadamente según la costumbre de mi gente. Lo harás con una habilidad y buen gusto legendarios. Y sólo cuando esté hecho compartiremos cama otra vez.
Giró sobre sus talones y se dirigió hacia la charca.
Tavi tartamudeó un segundo, y luego farfulló.
-Kitai. Podría ser de ayuda que me dijeras qué costumbres de tu pueblo están involucradas.
-Podría haber sido de ayuda que me hubieras concedido la misma cortesía -replicó ella con acritud, sin darse la vuelta-. Averígualo tú mismo, ¡como hice yo!. -Se acercó a la superficie de la charca como si esta fuera tierra sólida, se giró, y le lanzó una última mirada indignada, con los ojos verdes centelleantes, y se desvaneció en el agua.
Tavi la miró atontado unos segundos.
-Bueno -dijo Alera-. No soy buena jueza de las intrincadas visicitudes del amor. pero me parece que has causado a la joven un perjucio grave.
-¡No era mi intención! -protestó Tavi-. Cuando nos involucramos el uno con el otro yo no tenía ni idea de quién era mi padre. Era un donnadie. Quiero decir, nunca consideré siquiera que pudiera ser necesario un cortejo adecuado. -Ondeó una mano hacia el agua-. ¡Y no es que ella no estuviera dispuesta, malditos cuervos! ¡Estaba más ansiosa que yo! ¡Apenas me dio a elegir en la cuestión!
Alera frunció el ceño pensativa.
-¿Y en qué manera es eso relevante?
Tavi frunció el ceño.
-Te pones de su parte porque es una chica.
-Sí -dijo Alera, sonriendo-. Puede que no sea una experta, pero he aprendido suficiente de vuestras costumbres como para saber qué lado de este debate estoy obligada a apoyar.
Tavi suspiró.
-Es vord está a punto de destruir el Reino y el mundo. Podría haber escogido un momento mejor.
-Es del todo posible que no haya ningún otro momento -dijo Alera.
Tavi se quedó callado ante eso, mirando a las ondeantes aguas de la charca.
-Será mejor que se me ocurra algo pronto, entonces -dijo al fin-. Estoy bastante seguro de que ella no aceptará el fin del mundo como excusa válida.
Alera dejó escapar otra risa.
-Continuemos -dijo, con regocijo en la voz-. Empezaremos con la forma correcta de arreglar un hueso, después de lo cual reasumiremos las lecciones de vuelo.
Tavi gimió.
-¿Cuánto tiempo vamos a seguir con esto?
-Otra media docena de vuelos o así -dijo Alera con calma-. Por esta noche, en todo caso.
¿Media docena?
De repente Tavi se sintió muy cansado. Su imaginación le proporcionó una imagen repentina... él, yaciendo en la nieve como si fuera una medusa de mar, con cada hueso de su cuerpo reducido a polvo, mientras una Kitai con forma de calmar furioso le estrangulaba.
Alera le miró con una sonrisa severa.
-¿Seguimos?

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #7 en: Enero 01, 2018, 03:08:00 am »
Por delante nos quedan 57 emocionantes capítulos y un epílogo con acción en cada uno de ellos.
Voy leyendo por el 22 y todavía no he encontrado ninguno aburrido.

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #8 en: Enero 01, 2018, 04:59:53 am »
Gracias por el comienzo del libro final, Feliz Año nuevo! pasadla genial!!!  06a

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #9 en: Enero 01, 2018, 08:03:06 am »
Gracias y feliz comienzo de año

Desconectado daival

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #10 en: Enero 01, 2018, 09:38:11 am »
 17a 17a 17a 17a

Genial, muchas gracias Cris. Y feliz año a todos los integrantes del foro. A parte una cosilla, a mi leerlo via web me da mucha pereza. Es para pedirte permiso para copiarmelo y hacerme un epub para leerlo el ebook.

« última modificación: Enero 01, 2018, 09:41:30 am por daival »

Desconectado mariad

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #11 en: Enero 01, 2018, 09:52:27 am »
 19a   Feliz Año Nuevo !

Desconectado crislibros

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #12 en: Enero 01, 2018, 10:40:50 am »
Daival, no tienes que pedir permiso, aquí no somos del tipo egoista.
En cuanto se coloca en un foro público ya se da por hecho que la gente va a hacer con el texto lo que le de la gana.
Además, ¿para qué lo quiero yo, si ya lo he leído?
Vaya por delante mi permiso para colarlo, pasarlo, repartirlo o hacer lo que os de la gana con el contenido de la página entera. Jejeje, lo ibais a hacer de modos, porque no puedo veros.

Y os confieso que yo no podría leerlo por capítulos, siguiendo el ritmo de otro lector, me moriría de agonía.
Sería de esos que se esperan hasta el final.
Os prometo que para este no me tomaré pausas, y que intentaré acabarlo lo antes posible.

Ya podéis todos ir pensando en el siguiente libro que sea bueno y que sólo se pueda leer en inglés, porque cuando mi hija me quita el pc sólo me queda un notebook cascado en el que sólo puedo escribir, porque navegar es una tortura leeeeeeenta. ¿Y qué hace entonces una? Traducir algo.
Este acelerón al final del libre es culpa de las vacaciones de navidad, que no puedo tocar el pc excepto a estas horas de la mañana, cuando está dormida. 36a

Desconectado daival

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #13 en: Enero 01, 2018, 11:38:53 am »
Muchas gracias, lo ire subiendo según vaya añadiendo capítulos por si alguien lo quiere.

Desconectado opticon

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Re:FELIZ AÑO NUEVO! Codex Alera 6 - LA FURIA DEL PRIMER SEÑOR - Prólogo.
« Respuesta #14 en: Enero 01, 2018, 01:44:17 pm »
Muchas gracias por este detallazo y feliz año a todos!!!

Y como idea de otros libros en inglés y siguiendo con sagas inconclusas en castellano yo propongo la saga de Temerario.