Autor Tema: CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 28  (Leído 772 veces)

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CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 28
« en: Diciembre 08, 2017, 10:05:48 am »
CAPÍTULO 28
Isana se encontró con los jefes tribales de los Hombres de Hielo dos días después, en el mismo lugar en el que había hablado con Grandes Hombros.
-Esto es ridículo -dijo Lady Placida, paseándose por la nieve reciente. Estaba cubierta de capas de abrigos y temblando-. Honestamente, Isana. En siglos, ¿no crees que alguien habría notado que los Hombres de Hielo tienen artífices?
-No dejes que el frío pueda contigo -dijo Isana, luchando por ignorarlo ella misma. Había ciertos artificios de agua que podían mitigar el frío, pero mantener la sangre fluyendo por sus extremidades era una cosa, y convencer a la nieve y el hielo de que no debían enfriar su carne ya era otra cosa. Combinado con una buena capa, era suficiente para estar cómoda, pero sólo apenas. Dudaba que Aria hubiera practicado nunca la combinación de técnicas necesarias, y apesar de sus habilidades que eran casi seguro mayores que las de la propia Isana, la Alta Señora se veía obligada a pasearse.
-Es un artificio ssssimple -replicó Aria, temblando. Varias hebras de pelo rojo escaparon de su capucha verde y danzaron sobre su cara con el frío viento del norte-. Tan simple que todo legionario de las Legiones del norte puede aprenderlo. Y hace falta tan poca habilidad con las furias de agua que ni siquiera se nota que lo usas a quince metros de distancia. Seguro que no estás diciendo que los Hombres de Hielo no sólo son capaces de utilizar las furias, sino que son tan hábiles como los ciudadanos aleranos, por añadidura.
-No creo que alguien que esté utilizando ese artificio para mantenerse caliente sea capaz de pensar con claridad cuando los Hombres de Hielo están cerca -dijo Isana con calma-. Creo que hay algún tipo de efecto secundario indeseado implicado... uno que hizo que fueras fácil de provocar en el primer encuentro.
Aria sacudió la cabeza.
-Creo que estás exagerando el hecho de que...
-¿De que casi atacaste a Doroga, un aliado que estaba allí para ayudarnos y que no nos amenazó en modo alguno? -interrumpió Isana con amabilidad-. Yo estaba allí, Aria. Lo sentí en ti. No iba en absoluto con tu carácter.
La Alta Señora apretó los labios, frunciendo el ceño.
-Los Hombres de Hielo aún no habían llegado.
-Sí, habían llegado -Intervino Araris-. Solo que no lo sabíamos aún.
Aria alzó la mano en un gesto de concesión.
-¿Entonces por qué no ocurre constantemente? ¿Por qué sólo cuando los Hombres de Hielo están cerca?
Isana sacudió la cabeza.
-No sé. Tal vez sea una de resonancia con sus propias emociones. Parecen capaces de proyectarlas de algún modo hacia los demás. Tal vez experimentemos parte de su reacción hacia nosotros.
-¿Así que sugieres que ellos también son artífices? -preguntó Aria... pero sus ojos se mostraban pensativos.
-Todo lo que digo es que creo que sería sabio no asumir que lo sabemos todo -dijo Isana llanamente.
Aria negó con la cabeza y miró a Araris.
-¿Tú que crees?
Araris se encogió de hombros.
-Desde un punto de vista estrictamente lógico, es posible. Los Hombres de Hielo siguen a las tormentas más pesadas desde el norte, así que siempre hay más frío cuando se encuentran con los legionarios. Ni que decir tiene que todo el mundo está usando el artificio para calentarse.
-Y nadie está buscando ese tipo de influencia. -dijo Isana-. ¿Por qué iban a pensar que la rabia intensa contra uno de los enemigos de Alera era extraña?
Aria sacudió la cabeza.
-¿Siglos de conflicto debido a alguna especie de hipotético efecto secundario de un artificio?
-Sólo tiene que ocurrir unos cuantos minutos en el momento equivocado -intervino Doroga a varias yardas de distancia.
Todo el mundo se giró para evaluar al bárbaro, que estaba de pie junto al enorme gargante, apoyando el hombro contra la pata tamaño tronco de árbol de Caminante.
-Las primeras impresiones son importantes -continuó Doroga-. Los Hombres de Hielo no os gustan. Eso pone nerviosa a tu gente.
Araris gruñó.
-Un mal primer encuentro. El temperamento. Hay una pelea. Luego más encuentros y más peleas.
-Si ocurre durante bastante tiempo, lo llamas guerra -dijo Doroga, asintiendo con la cabeza.
Lady Placida se quedó en silencio un momento. Luego dijo:
-No es posible que sea tan simple.
-Por supuesto que no -dijo Isana-. Pero un solo guijarro puede comenzar una avalancha.
-Trescientos años -dijo Doroga, pateando ociosamente la nieve-. No por territorio. Ni por terrenos de caza. Ni ganancias de ningún tipo. Sólo os matáis unos a otros.
Aria lo consideró un momento y se encogió de hombros.
-Parece un poco irracional, supongo. Pero después de tanto matar, tanta muerte... la cosa cobra su propio sentido.
El marat gruñó.
-Creí haber oído a alguien decir algo sobre abalanchas hace menos de un minuto. Pero puede que me lo imaginara.
Aria arqueó una ceja imperiosa y exasperada hacia el bárbaro.
Doroga sonrió.
Aria suspiró y negó con la cabeza, cruzando los brazos un poco más cerca del pecho.
- No piensas muy bien de nosotros, ¿verdad, Doroga?
El bárbaro encogió sus pesados hombros.
-Me gustan aquellos con los que hablo. Pero como conjunto, podéis ser bastante estúpidos.
Aria sonrió débilmente al bárbaro.
-¿Por ejemplo?
El cacique lo consideró, con los labios fruncidos.
-Supongo que tu gente ni siquiera consideró nunca que podía ser al revés.
-¿Al revés? -preguntó Lady Placida.
Doroga asintió.
-Al revés. Los Hombres de Hielo no siguen a las tormentas cuando atacan, Su Gracia. -Lanzó a Aria una mirada de reojo cuando una ráfaga particularmente fría de viento lanzó una breve y cegadora cortina de nieve-. ¡Las tormentas -dijo-, les siguen a ellos!
La nieve evitaba que Isana viera la cara de Aria, pero pudo sentir con claridad el pequeño destello de sorpresa... y preocupación... que súbitamente permeó las emociones de la mujer.
El viento murió, y de repente, nueve Hombres de Hielo estaban de pie en un círculo suelto a su alrededor.
Isana sintió a Araris y Aria, cuyos hombros tocaron al instante los de ella a cada lado, formando un triángulo. Araris no exudaba nada... ni tensión, ni incomodidad, ni miedo. Ella no sentía nada más que la firme confianza y desapego de un maestro del metal en comunión con sus furias, ignorando toda emoción e incomodidad para enfrentarse a una amenaza. Esa presencia alentó a Isana, le proporcionó la confianza que tanto necesitaba, y estudió con atención a los Hombres de Hielo que acababan de aparecer.
Vio de inmediato que había diferencias entre ellos.  En vez de llevar ropa y estilos de armas y adornos similares, como había ocurrido con el grupo de Grandes Hombros, cada uno de los nueve era perfectamente distinguible.
Grandes Hombros estaba ahí de nuevo, pelaje, pieles y una lanza hecha a mano pero obviamente funcional. Pero el Hombre de Hielo que estaba a su lado era al menos treinta centímetros más alto y más grueso, con un tinte naranja apenas perceptible en el pelaje blanco. Llevaba un gran garrote hecho de lo que parecía el hueso de la pata de un enorme animal, aunque Isana no tenía ni idea de qué podía tener un fémur de dos metros y medio de largo. El pelaje alrededor de la cabeza estaba veteado de conchas marinas, a las que se había perforado un agujero para convertirlas en abalorios.
El Hombre de Hielo del otro lado del Grandes Hombros era más bajo que Isana, y probablemente tres o cuatro veces más pesado. Estaba arropado en un manto y una pechera de lo que parecía piel de tiburón, y llevaba en una mano un arpón con punta de cabeza ancha, tallado en algún tipo de hueso, y sobre el hombro un carcaj con lo que parecían versiones más pequeñas de la misma arma.
Caminante dejó escapar un bufido bajo que era igualmente saludo y advertencia, y Doroga asintió hacia Grandes Hombros.
-Buenos días.
-Amigo Doroga -dijo Grandes Hombros. Gesticuló hacia el Hombre de Hielo con tintes naranja que estaba junto a él, y dijo-. Amanecer. -Hizo un gesto similar hacia el que llevaba el arpón al otro lado, y dijo-. Agua Roja.
Doroga asintió hacia cada uno, luego dijo, a Isana.
-Amanecer es el mayor de los jefes de paz. Agua Roja es el mayor de los jefes de guerra.
Isana frunció el ceño.
-¿Entonces tienen líderes diferentes?
-Dividen las áreas de autoridad entre tareas de paz y tareas de guerra -la corrigió Doroga.
La presencia de ambos líderes era una declaración, entonces, comprendió Isana. Los Hombres de Hielo estaban igualmente dispuestos a lograr cualquiera de los dos resultados. Podía significar que no querían que sintieran que eran reluctantes a la lucha... o puede que quisieran sabotear cualquier charla posible de paz en favor de las hostilidades. Pero tambien era posible que estuvieran siendo simplemente sinceros.
Isana dejó escapar un suspiro, y bajó las defensas con las que habitualmente se proteguía de las abrumadoras emociones de los demás. Quería cada rastro de compenetración que pudiera conseguir con los hombres de hielo.
La débil ansiedad controlada con firmeza de Lady Aria, se convirtió en una escofina dolorosa contra los sentidos de Amara, como la preocupación de mínima intensidad pero permanente de Doroga por su hija. Tras ella, muy débil, podía sentir literalmente la presencia de los aleranos del Escudo, encapotados por sus gentiles artificios contra el frío. La muralla zumbaba con una sensación de constante y callada emoción de larga duración que podía o no estar en la línea entre la rabia y el odio.
-El joven nos cuenta que estás aquí para buscar la paz -dijo Amanecer tranquilamente, en un alerano con mucho acento pero entendible.
Isana arqueó una ceja y asintió hacia él.
-Es cierto.
Aunque ninguno de ellos se movió o reaccionó, Isana sintió un ondeo de suspicacia e intranquilidad recorriendo el círculo de Hombres de Hielo.
Isana contuvo un rápido aliento, tocando la muñeca de Araris para decirle que se quedara donde estaba, y se adelantó, concentrándose en hacer que sus emociones fueran tan claras y obvias como podía. Se acercó a Amanecer y le ofreció la mano.
Hubo un destello de furia suspicaz, y Agua Roja se colocó bruscamente entre ellos, con la punta malvadamente afilada de su arpón tocando la piel de la mejilla de Isana.
El acero siseó, dos espadas salieron limpiamente de sus fundas, y hubo un brusco destello de luz y calor en el aire a espaldas de Isana.
-¡Aria, no! -exclamó Isana en un tono de repentina y férrea autoridad-. No vas a hacer esto. -Se giró... un movimiento tranquilo y deliberado que no obstante arrastró la punta del arpón de Agua Roja por su mejilla en una línea hormigueante.
Aria y Araris estaba en pie lado a lado, con las armas en la mano. La muñeca izquierda de Aria estaba alzada hacia arriba, y un pequeño halcón de presa hecho de puro fuego blanco ardiente estaba posado en ella, con las alas ya extendidas, listo para lanzarse al cielo a un golpe de su mano.
-Alta. Señora. Placida -dijo Isana en medio del silencio, poniendo énfasis en cada palabra, su voz recorrió el paisaje congelado y rebotó desde el distante Escudo-. Baja el arma y disipa tu furia al instante.
Aria inclinó la cabeza en un ángulo peligroso, con los ojos concentrados en uno de las caciques más grandes que había allí.
-Isana...
Isana dio dos pasos hacia Aria y la abofeteó en la mejilla.
Lady Placida se convulsionó por la sorpresa, perdió el equilibrio, y cayó sobre el trasero en la nieve.
-Mírame -dijo Isana con voz tranquila y calmada.
Aria ya la estaba mirando con los ojos abiertos de par en par. A Isana se le ocurrió que era del todo posible que nadie hubiera hablado nunca en un tono semejante a la Alta Señora desde antes de su adolescencia.
-Estamos aquí en misión de paz, Alta Señora. Desistirás inmediatamente de tus esfuerzos por convertir mi presentación a los principales de una nación extranjera en un baño de sangre. -Alzó la barbilla, y dijo-. Disipa. Tu. Furia.
El pequeño halcón se desvaneció en medio de un siseo de humo.
-Gracias -dijo Isana-. Ahora deja tu espada en el suelo.
Aria lanzó una mirada rápida a los jefes, luego se ruborizó y así lo hizo.
-Por supuesto, mi Señora.
-Gracias. ¿Araris?
Isana se giró para descubrir que Araris ya había enterrado la punta de su espada en la nieve, y estaba de pie un con pañuedo doblado listo para ser usado. Se lo presionó con calma contra la mejilla mientras decía:
-Estás sangrando.
El hormigueo en la mejilla de Isana se convirtió en dolor cuando la tela la tocó. Hizo una mueca. No tenía ni idea de que el arma estuviera tan afilada.
-Ah -dijo, tomando la tela y sujetándola contra el corte-. Gracias.
Araris asintió una vez y se giró para ofrecer su mano a Lady Placida, ayudándola a levantarse de la nieve.
Isana se giró hacia los Hombres de Hielo y volvió a acercarse a Amanecer. Bajó con calma la tela ensangrentada, y sintió una lenta calidez extenderse por su mejilla. Permitió deliberadamente que su incomodidad y malestar se mostraran en su cara y en su postura y miró a Amanecer.
El caudillo mayor se volvió a mirar a Agua Roja, e Isana sintió un repentino e incómodamente afilado pinchazo de desaprobación. Evidentamente Agua Roja lo sintió más intensamente que Isana. Se tambaleó un poco bajo la fuerza del mismo y dio un paso atrás para volver a colocarse junto a Grandes Hombros, irradiando cierta sensación de desazón. La diversión fluyó alrededor del círculo de Hombres de Hielo.
Comprendió que tenían su propia versión de la escena que se había desarrolado entre ella y Aria. Amanecer había abofeteado a Agua Roja... y sin hablar en ningún momento. Apenas se habían movido.
En un impulso, Isana abrió su capa y extendió las manos, demostrando que obviamente no llevaba ningún arma.
Amanecer la estudió un momento, luego asintió y pasó su garrote a Grandes Hombros. Después le ofreció su enorme mano peluda, terminada en garras.
Isana colocó la propia en ella sin dudar, exactamente como lo haría para comunicar su sinceridad a otro artífice de agua. Fuera cual fuera el sentido empático que utilizaban los Hombres de Hielo, funcionaba, y estaba claro que era tan formidable como sus propias habilidades, aunque diferente. No temía que Amanecer le hiciera daño. El nivel de control emocional que había exhibido para cubrir su desagrado con Agua Roja humillaba.
Su enorme mano cubrió la de ella con gentileza, sus garras no le tocaron la piel. El Hombre de Hielo la observaba sin expresión.

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Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 28
« Respuesta #1 en: Diciembre 08, 2017, 10:06:09 am »

-He venido aquí en busca de la paz entre nuestras gentes -dijo Isana, permitiendo que sus sentimientos fluyeran por su mano hasta la garra de Amanecer. Sintió una breve necesidad de soltar una risita. Era del todo posible que la arrogancia alerana de la que Doroga la había advertido volviera a entrar en juego. ¿Qué la hacía suponer que era capaz de ocultar sus emociones a un Hombre de Hielo?
Amanecer tomó un profundo aliento e inclinó la cabeza. Una breve oleada de emoción inundó a Isana, tan real para ella como si fuera suya; culpa, principalmente, una sensación de pérdida y arrepentimiento que había madurado a lo largo de años. Pero mezclada con una feroz exaltación, cansado alivio... y una diminuta, dolorosamente intensa chispa de esperanza.
-Al fin -dijo Amanecer en voz alta-. Tu gente envía un jefe de paz.
Isana sintió que le resbalaban lágrimas por la cara, dolorosamente punzantes cuando entraron en el corte de la mejilla. Asintió sin palabras.
-Esto no será fácil -le dijo Amanecer-. Demasiada...
Una oleada de rabia la golpeó, la del propio Amanecer, aunque estaba bajo control. El gentil agarre de su mano no flucturó-. Demasiada... -Lanzó otra emoción hacia ella: suspicacia, y más que eso... la expectativa de traición.
-Sí -dijo Isana con tranquilidad-. Pero es necesario.
-Porque el enemigo os ataca -dijo Sunset con calma-. Lo sabemos.
Isana se le quedó mirando un momento.
-¿De... verdad?
Él asintió.
-Durante tres años, os hemos presionado aquí, esperando que el enemigo debilitara a tu gente en el sur. Forzandoos a enviar a los guardianes del muro allí para defender vuestras tierras de comida y que tu gente les siguiera y nos dejara en paz.
Y de repente, Isana entendió los ataques de los Hombres de Hielo durante los últimos años... por qué las tormentas de invierno y los hordas aullantes llegaban siempre en el momento preciso para mantener a las Legiones del norte en su lugar. Sabía que muchos habían temido la alianza entre los Hombres de Hielo y el Canim... pero no había sido ni un asalto al azar ni un siniestro complot. Había sido parte de una campaña planificada.
-El enemigo ha cambiado -dijo Isana-. A este no le conocéis.
-Un enemigo u otro -Amanecer se encogió de hombros-, poco nos importa.
Doroga habló por primera vez.
-Debería. Escúchala.
-El enemigo que nos ataca ahora no es una nación. No ansía tierras o control. Está aquí sólo para destruir todo lo que no sea él mismo. Nos atacó sin previo aviso, duda, o piedad. No parlamenta con nosotros de paz. Masacra inocentes y guerreros por igual... y lo habrá con cualquier otro que se encuentre con ellos.
Amanecer la evaluó. Luego dijo:
-Hasta hoy, yo habría dicho lo mismo de tu gente. Puede que aún lo haga.
-Este enemigo se llama Vord. Y cuando termine con nosotros, vendrá aquí a por ti y tu gente.
Amanecer miró a Doroga.
El marat asintió.
-Y a por la mía. Los aleranos consiguieron que nuestras tribus dejaran de lado nuestras diferencias. Ellos eran un enemigo mayor. Ahora ha aparecido otro... uno que nos destruirá a todos si no dejamos de lado nuestras diferencias. -Doroga se apoyó en su garrote y habló con intensidad-. Debéis permitirles retirarse en paz. Dejar que los guardianes del Escudo viajen al sur a luchar con nuestro mutuo enemigo. Y dejar a su gente de aquí en paz.
Amanecer miró fijamente a Doroga un rato.
-¿Qué ha decidido tu gente?
-Dejar que los aleranos luchen -dijo Doroga-. Mi gente no puede desafiar al Vord... ahora no. Son demasiados, demasiado fuertes. Sabes que mi gente no siente amor por los aleranos. Pero no les atacaremos mientras el Vord esté ahí afuera.
Agua Roja escupió:
-¿Así que deberíamos dejar que sus guerreros marchen, pero no van a sacar a su gente de estas tierras? ¿Para que cuando acabe la batalla, sus guerreros regresen y vuelvan a las armas?
Amanecer suspiró. Miró de Agua Roja a Isana.
-Tiene razón.
Isana frunció el ceño y miró a Agua Roja, buscando las palabras correctas.
Araris se colocó junto a ella y se inclinó ligeramente ante Amanecer, y luego hacia Agua Roja.
-Mi gente tiene un dicho -dijo-. Mejor enemigo conocido que amigo por conocer.
Agua Roja miró con dureza a Araris. Luego Grandes Hombros dejó escapar un ladrido de risa que sonó sorprendentemente humano. Se extendió por el círculo de Hombres de Hielo hasta que incluso Agua Roja sacudió la cabeza, y su rígido comportamiento se relajó en cierto grado.
-Nuestros guerreros también tienen ese dicho -admitió Agua Rojas. Asintió hacia la sangre de la punta de su arpón, ahora congelada en cristales escarlata-. Pero lo que dicen los jefes de paz no siempre es lo que hacen los jefes de guerra. Veamos partir a vuestros guerreros. Luego volveremos a hablar de paz.
-Antillus y Phrygia nunca accederá a eso -murmuró Lady Placida-. Nunca.
-Tú has venido a pedirnos la paz -dijo Agua Roja-. Pero no nos ofreces nada.
Isana sostuvo la mirada de Agua Roja.
-A mí me parece que la paz no es un presente que le puedan dar a uno. Sólo puede ser intercambiada en confianza.
Un afilado pulso de aprobación llegó de Amanecer.
Agua Roja le respondió con una oleada de tristeza y precaución.
Amanecer suspiró y asintió. Se volvió hacia Isana, y murmuró:
-Como dije. No será fácil.
-Demasiada rabia -dijo Isana-. Demasiada sangre.
-Por ambos lados -coincidió Amanecer.
Tiene razón, pensó Isana. Desde luego, Lord Antillus había estado menos que dispuesto a aceptar la posibilidad de paz. Lo más que había estado dispuesto a aceptar era la posibilidad de que pudieran golpear a los Hombres de Hielo, desestabilizarlos lo suficiente para enviar una sola Legión al sur...
La firme y zumbona hostilidad procedente del Escudo empujó contra los sentidos de Isana.
Tuvo la repentina y horrible sospecha de que cada Hombre de Hielo del círculo que la rodeaba se ponía más alerta.
-Lady Placida -dijo tranquila-. ¿Puedes decirme si hay algún Caballero Aeris en el cielo?
Aria arqueó una ceja pálida. luego aisntió, cerró los ojos, y alzó la cara a los cielos nevados. Un momento después, contuvo el aliento.
-Furias. Más de cien. Todos los Caballeros Aeris a las órdenes de Antillus. ¿Pero por qué...? -Abrió los ojos de par en par, de repente, mirando a los caudillos de los Hombres de Hielo reunidos.
-Amanecer -dijo Isana-, debéis marcharos. Tú y los tuyos estáis en peligro.
-¿Por qué?
-Porque lo que los jefes de paz dicen no siempre es lo que los jefes de guerra hacen.
De repente un trueno retumbó en lo alto.
Agua Roja gruñó e hizo un gesto veloz y agudo. Los caudillos se reunieron alrededor de él y de Amanecer. Grandes Hombros extendió el garrote de hueso a Amanecer sin palabras. Amanecer miró fijamente a Isana y envió una oleada de lástima. Luego agarró el arma entre sus manos y se giró para comenzar a abrirse paso entre la nieve, con los demás caudillos reunidos a su alrededor mientras el viento volvía a alzarse.
-Demasiado tarde -siseó Aria.
El trueno se hizo más alto y las nubes se arremolinaron en un amplio círculo y se separaron, revelando a una rueda de Caballeros Aeris, diminutas figuras negras contra las nubes grises con un círculo de cielo azul en lo alto. El relámpago danzó de nube en nube y se acumuló en un remolino, saltando entre los Caballeros como los radios de una rueda de carreta. Isana podía sentir el poder acumulándose mientras el rayo se preparaba para caer sobre los caudillos en retirada.
Aria maldijo por lo bajo y se lanzó al cielo, con el viento arremolinándose en un rugido que la elevó... pero incluso mientras lo hacía, el relámpago quemó una veta que atravesó la visión de Isana y golpeó la tierra varias yardas por detrás de los caudillos de los Hombres de Hielo. La rueda de Caballeros se movió, y el relámpago se abrió paso hacia los Hombres de Hielo, cavando un enorme surco en la tierra al pasar.
Isana observó con horror, impotente y furiosa, buscando desesperada en sus pensamientos alguna solución. Pero no había nada allí para los Hombres de Hielo. Palabras y buenas intenciones signficaban poco en las duras tierras de muros de piedra y hombres de acero, cubiertas de hielo y...
Nieve.
Isana tiró su guante y enterró la mano en la nieve, llamando a Rill mientras lo hacía. Después de todo, la nieve era agua. Y había aprendido, durante la desesperada batalla en el mar el año anterior, que era capaz de mucho más de lo que nunca había creído. En su explotación nunca había tenido una causa que empujara sus habilidades más allá de sus límites, excepto en la sanación... y nunca había fallado. Cuando había necesido una inundación para salvar la vida de Tavi, había causado una, aunque en ese momento había creído que era sólo el resultado de su familiaridad con las furias locales.
Pero en el océano, había comprendido otra cosa. Los límites que había conocido antes nunca le habían sido impuestos por Alera. Habían sido presunciones de su propia mente. Todo el mundo sabía que los aldeanos nunca tenían auténtico poder, ni siquiera en los lugares salvajes como Calderon, y había dejado que esa presunción inconsciente diera forma a su percepción. Allí, inmersa en la inmensidad ilimitada del mar, había averiguado que era capaz de mucho más de lo que nunca había creído.
La nieve era agua. ¿Por qué no comandarla como a cualquier otra agua?
Era la Primera Dama de Alera, por las Grandes Furias, y no permitiría que esto ocurriera.
Isana gritó, y el vasto campo de nieve que rodeaba a los Hombres de Hielo se levantó como un mar viviente, respondiendo a su determinación y voluntad. Alzó el brazo, sintiendo una tensión fantasmal alrededor de los hombros cuando la nieve rodeó a los Hombres de Hielo y se apiló en un enorme montículo tras ellos. El relámpago se hundió en un mar de nieve, lanzando enormes olas de vapor, ahogando su calor antes de que pudiera causar daño.
Isana sintió cuando el cielo sobre ellos cambió de repente, fluyendo por todas partes, surgiendo del horizonte en todas direcciones hacia el mismo vórtice en lo alto, cambiando de color, cambiando de blanco azulado a verde dorado. El ardiente eje se espesó e intensificó, e Isana sintió surgir un poder tras el, como si alguna otra enorme voluntad se añadiera a la suya para el golpe.
-Antillus -se oyó jadear a sí misma.
El peso que soportaba presionaba su pecho y la llevó a hincar una rodilla... pero no aflojó. Volvió a gritar, alzando la mano, y la nieve, el vapor y el hielo que continuaban protegiendo la retirada de los Hombres de Hielo desapareció y fluyó imitando a sus dedos, su mano se alzó en un gesto de desafío. El frío interminable del norte chocó con el fuego en los cielos de más al sur, y el vapor empezó a extenderse desde el lugar del impacto, cubriendo el paisaje.
-¡Isana! -oyó llamar a Araris-. ¡Isana!
 Él la sacudía por los hombros, y le miró aturdida. No estaba segura de cuanto tiempo había estado sosteniendo la defensa contra el golpe de Antillus Raucus, pero no podía ver a los Caballeros Aeris. La voz de Araris sonaba extrañamente distante.
-¡Isana! -gritó Araris-. Todo va bien. ¡Los Hombres de Hielo se han ido! ¡Están a salvo!
Ella bajó la mano, y oyó un enorme retumbar amortiguado a su espalda. Se giró para ver la nieve en polvo alzarse en una enorme nube, a través del vapor, como posándose tras una avalancha.
Doroga evaluó el vapor y la nieve que se posaba durante un largo y silencioso momento. Luego miró a Isana aprensivo.
-Si alguna vez vuelvo a invadir Calderon -dijo-, será en verano.
Isana le miró cansada, y dijo:
-Me ocuparé de que nunca vuelvas a conseguir esos pastelidos que te gustan. Jamás.
Doroga la miró herido, resopló, y dijo a Caminante:
-Los aleranos no juegan limpio.
-Ayúdame a levantarme -dijo Isana a Araris-. Ya viene.
Araris lo hizo al instante.
-¿Quién?
-Sólo quédate a mi lado -dijo. Le sostuvo la mirada-. Y confía en mí.
Araris alzó las cejas mientras la ayudaba a levantarse. Luego en vez de responder, se inclinó y la besó. Después de un momento, se apartó, y dijo:
-Con mi vida. Siempre.
Ella le cogió la mano y la apretó muy fuerte.
Segundos después, el viento rugió, y dos formas bajaron atravesando la niebla y el polvo. Antillus Raucus aterrizó con fuerza, levantando una nube de nieve en polvo. Lady Placida venía junto a él, e inmediatamente le puso una mano en el brazo en un gesto de contención.
-Raucus -dijo Arias-. ¡Que los cuervos te lleven, Raucus, espera!
El Alto Señor pesadamente armado se sacudió el brazo y caminó directamente hacia Isana.
-¡Pequeña idiota! -exclamó-. ¡Era nuestra oportunidad de hacerles retroceder, de obligarlos a reorganizarse lo suficiente para enviar alguna ayuda al sur! ¿Qué crees que estás hacien.. ?
Cuando la alcanzó, Isana se echó hacia atrás y le abofeteó la cara con frialdad. Fuerte.
La cabeza de Raucus salió disparada hacia un lado, y cuando la volvió a mirar, el labio inferior se había cortado contra uno de los dientes y sangraba ligeramente. La sorpresa de sus ojos empezó a ser reemplazada por más furia.
-Antillus Raucus -dijo Isana, en ese instante de vacilación-. Yo te acuso de cobardía y traición contra la autoridad del Primer Señor y el honor del Reino. Y aquí, delante de estos testigos, te desafío formalmente a juris macto. -Cogió un profundo aliento-. Y que los cuervos se ceben con el injusto.

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Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 28
« Respuesta #2 en: Diciembre 10, 2017, 09:42:00 am »
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« Respuesta #3 en: Diciembre 18, 2017, 02:38:42 pm »
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« Respuesta #4 en: Diciembre 30, 2017, 03:00:35 am »
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