Autor Tema: CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 10  (Leído 388 veces)

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CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 10
« en: Julio 29, 2017, 11:11:15 pm »
                                                CAPITULO 10

Gradash estaba de pie junto a Tavi en la proa del Slive. El vigía en la cofa del mástil había avistado tierra momentos antes, así que estaban esperando que fuese visible desde su posición en la cubierta. Finalmente Tavi divisó la sombra oscura y sólida en el horizonte.
Gradash se encorvó hacia adelante, pero aún paso más otro minuto largo hasta que el canoso viejo cane enderezó las orejas y gruño satisfecho:
-Ah.
-¿Te alegras de volver a casa? -preguntó Tavi-, o, al menos, a la zona aproximada.
Gradash gruñó.
-Aún no estamos allí. Ya lo verás.
Tavi arqueó una ceja hacia al viejo cane, pero este no dijo más. Casi una hora después, Tavi lo comprendió. El Slive se aproximó a la “tierra” que el vigía había avistado y esta resultó ser una inconcebíblemente grande manga de lo que parecía hielo fangoso. La flota tuvo que cambiar su formación para maniobrar alrededor de ella. Era del tamaño de una montaña, tan grande como la ciudad de Alera Imperia.
-Es un glaciar -dijo Gradash, cabeceando en dirección a la montaña de hielo-. Cuando llega el invierno, el hielo se acumula y hay puntos donde esas montañas son empujadas hacia el mar.
-Es toda una visión -murmuró Tavi.
El cane le dirigió una breve mirada especulativa.
-Oh, sí. Pero no para verla desde muy cerca. -Ondeó una zarpa hacia el hielo-. Son peligrosos. A veces se extienden bajo la superficie. Si navegamos demasiado cerca, puede desgarrar la panza del barco como si fuese una piel de cordero.
-¿Son habituales, entonces?
-En estas aguas -dijo Gradash, asintiendo con un movimiento de oreja-, los  leviatanes no se acercan a ellos, así que cualquier cane que haya navegado por la regiones del norte en algún momento, ha pasado algún tiempo navegando cerca de ellos para evitar un encuentro o para cruzar el territorio de una de esas bestias.
-Siempre me he preguntado -dijo Tavi- como trata tu gente con los leviatanes. Quiero decir, cuando cruzasteis por primera vez, supuse que la tormenta os impulsó con rapidez, evitando que os encontraseis con ellos. Y eráis tantos que no debisteis perder muchas naves. Pero difícilmente podéis repetir esas condiciones navegando por vuestras aguas de forma habitual.
La cola de Gradash, llena de cicatrices de batalla, se agitó una vez con ligera diversión.
-No es un gran secreto, alerano. Trazamos sus territorios en las aguas cercanas a nuestros hogares. Y luego los respetamos.
Tavi alzó las cejas.
-¿Y eso es todo?
-El territorio es importante. El territorio que uno reclama y defiende es importante. Nosotros lo entendemos. Los leviatanes lo entienden. Así que respetamos su territorio.
-Eso debe complicar las rutas de navegación.
Gradash se encogió de hombros.
-El respeto va antes que la conveciencia.
-Y, además -añadió Tavi secamente-, si no los respetas, te devoran.
-La supervivencia también precede a la conveniencia -convino Gradash.
El vigía grito otra vez desde lo alto, un segundo aviso de “¡Tierra!.
El cane gruño y ambos volvieron las cabezas para otear hacia adelante.
-Allí -masculló Gradash-. Eso es Canea.
Era una tierra desolada y negra.. o lo parecía desde el punto de vista de Tavi a bordo del barco. La costa era una pared continua de piedra oscura que salía del mar como las murallas de una vasta fortaleza. Por encima de los acantilados de granito oscuro se alzaban las formas sombrías de las montañas veladas por las nubes, cubiertas de nieve sus laderas y más altas que cualquiera que Tavi hubiera visto jamás. Soltó un silbido bajo.
-Shuar -gruñó Gradash-. Todo su condenado territorio es una roca helada.-El canoso cane había aprendido a maldecir en alerano de Maximus y lo hacía con fluidez-. Los vuelve a todos condenadamente locos, ¿sabes?. Pasan los dos días de verano preparándose para el invierno y, después, todo el condenado invierno persiguiendo cosas alrededor de esas montañas heladas, para que sus cazadores puedan morir sin ningún sentido en alguna grieta y, cuando consiguen llevar algo de carne a casa, sus hembras la preparan con unas especias que le pegarían fuego a estos barcos y les dicen a esos hoscos bastardos que es por su propio bien.
Tavi se encontró a si mismo sonriendo, aunque sin enseñar los dientes. El gesto tenía connotaciones diferentes para los canim que para los aleranos.
 -¿No te gustan, entonces?
 Gradash se rascó la barbilla con las garras oscuras de una de una mano-pata.
-Bueno, te diré algo a favor de esos bastardos nevados comecuervos de Shuar... al menos no son los Maraul.
  -¿Tampoco te gustan los Maraul? -preguntó Tavi.
-Amantes del fango, repta-pantanos, salta-arboles, comedores de hongos -dijo Gradash-. No ha nacido uno solo de ellos que no merezca morir gritando en las fauces de un leviatán furioso. Pero diré algo a favor de los Maraul... al menos no son aleranos.
Tavi soltó una aguda carcajada, y esta vez sí que le enseñó los dientes a Gradash.
Le parecía que el cane acababa de hacer un chiste rebuscado. O quizá lo que había hecho era un retorcido cumplido a los aleranos, comparándolos con enemigos a los que, evidentemente, Gradash respetaba tanto como para dedicar semejante esfuerzo a insultarles.
Probablemente las dos cosas al mismo tiempo. Entre los Canim, un enemigo respetado era tan valioso como un amigo... tal vez más. Según la manera de pensar canim, mientras un amigo podía llegar a decepcionarte, sin duda se podía confiar en que un enemigo se comportara como un enemigo. Ser insultado en compañía de enemigos ya respetados no era un insulto en absoluto, desde la perspectiva de canim.
Tavi escudriñó las cumbres de los riscos mientras la flota giraba para dirigirse hacia el sur, tal vez a media milla de la costa.
-Nos están vigilando -señaló.
-Siempre -aseveró Gradash-. Las fronteras entre territorios siempre están vigiladas, al igual que las costas y los ríos.
Tavi frunció el ceño, escudriñando la cima de los acantilados, y deseó una vez más que su limitado dominio de las furias incluyera la habilidad de usar furias de viento para ver a lo lejos.
-Esos son... jinetes No sabía que tu gente empleara caballería.
-Taurga -informó Gradash-. No son aptos para los viajes marítimos y no han llegado a Alera.
Una sombra se agitó en la cubierta, y Tavi miró hacia arriba para ver a Kitai descansando en el aparejo del mástil más cercano, aparentemente dormida en equilibrio, como un gato. Pero un destello de verde a través de sus pestañas plateadas le dijo que estaba despierta, y la más débil curva en su boca reveló su satisfacción. En realidad, ya habían sabido algo al respecto.
Tavi vocalizó sin sonido los palabras:
-Lo sé, ya nos lo habías dicho.
La boca de ella se abrió en una carcajada silenciosa y, después sus ojos se cerraron, quizá realmente dormida.
-¿A qué distancia estamos del puerto, hermano mayor?
-A este ritmo, quizá a unas dos horas.
-¿Cuanto tiempo crees que tardará Varg en tener respuesta de los Shuarans?
-Tarde lo que tarde -Bajó la mirada a su cola-, será mejor que sea pronto. Queda menos de un día para que la próxima tormenta esté sobre nosotros.
-Si tienen terreno seco para aterrizar, es probable que alguno de los míos puedan hacer algo con respecto a la tormenta -dijo Tavi.
Gradash dirigió a Tavi una mirada de reojo.
-¿De verdad? ¿Por qué no lo hicieron durante la tormenta anterior?
-Un artífice de viento necesita estar allí arriba durante la tormenta para afectarla. El viento que usan para volar puede levantar un montón de salpicaduras desde el océano cuando se acercan al barco -respondió Tavi-. El agua de mar lleva una gran cantidad de sal, que daña e inhibe sus furias de viento. Con mal tiempo, los despegues son peligrosos y los aterrizajes casi suicidas.
Gradash soltó un gruñido seco.
-Por eso vuestros aviadores llevan mensajes en mares tranquilos, entonces, pero usáis botes cuando hay oleaje.
Tavi asintió con la cabeza.
-Pueden aterrizar con seguridad en la cubierta o, si hay riesgo de salpicura, pueden caer al mar y ser recogidos por las tripulaciones de los buques con un riesgo mínimo. No les arriesgaré de ningún otro modo.
-¿Tu gente puede detener la tormenta?
Tavi se encogió de hombros.
-Hasta que la hayan visto y puedan juzgar su tamaño y fuerza, no tengo forma de saberlo. Al menos deberían ser capaces de frenarla y debilitarla.
Las orejas de Gradash se movieron atrás y adelante en reconocimiento.
-Entonces yo sugeriría que comiencen su trabajo. Puede ser de utilidad para tu gente, al igual que para la mía.
Tavi reflexionó sobre esa declaración por un momento, y llegó a la conclusión de que Gradash estaba hablando de negociaciones. Los shuar tendrían una posición de negociación mucho más fuerte, para hacer demandas al Narashan Canim y los aleranos, si tenían la tormenta echándoles el aliento en la nuca.
-Puede que no sea mala idea -convino Tavi.

*****
 
-Es una idea terrible -gruñó Antillar Máximus. Llegaría a decir que es una locura... incluso para tus criterios, Calderón.
Tavi terminó de atarse la armadura, entrecerrando los ojos un poco en la penumbra. El sol aún no se había puesto, pero por primera vez en varias semanas, la masa de la tierra hacia el oeste significaba un crepúsculo real en lugar de la repentina oscuridad de una puesta de sol náutica, y las sombras eran densas dentro de su cabina.
Se inclinó para mirar por una de las ventanitas redondas. Las enormes y oscuras paredes de granito del fiordo se elevaban por encima de las naves a ambos lados, y lo que se parecía mucho a las viejas máquinas románicas lanza-piedras, con las que él y Magnus habían experimentado en las ruinas de Appia, se alineaban en lo alto de los acantilados a intervalos regulares. La entrada al puerto de Molvar era un guantelete mortal si sus anfitriones decidían tomar represalias con cualquier visitante.
Sólo el Slive y el Sangre Verdadera habían sido autorizados a entrar en el fiordo mismo. El resto de la flota aún esperaba más allá en mar abierto... vulnerable al clima que amenazaban los cielos amenazadores.
-Los shuarans no nos han dejado muchas opciones, Max. Ni siquiera discutirán sobre derechos de desembarco hasta que hayan hablado con los líderes de ambos contingentes de la flota, a solas. Tenemos demasiados barcos, ahi fuera, que no lo lograrán si no encontramos un puerto seguro.
Max dio vida a la única lampara de Furia del camarote con un murmullo y cruzó los brazos, frunciendo el ceño.
 -Vas a entrar en una ciudad llena de canim, por voluntad propia. Sólo porque sea necesario no es menos locura. Tavi...
Tavi se abrochó el cinturón y comenzó a sujetar los pesados brazales de acero a sus antebrazos. Dirigió a su amigo una sonrisa torcida.
-Max. Estaré bien.
-Eso no lo sabes.
-Los Canim tienen algo buen... no se andan con subterfugios cuando quieren matarte. Son muy directos. Si me quisieran muerto, ya habrían empezado a caer piedras sobre el barco.
Max hizo una mueca.
-No deberías haber enviado fuera a los caballeros Aeris. Desearemos tenerlos con nosotros, si esos lanzadores de piedras se ponen en funcionamiento.
-Hablando de eso -dijo Tavi-. ¿Ha vuelto tu hermano?
-No. Y el viento está aumentando. Vamos a perder hombres en el mar cuando regresen, si no tienen tierra firme donde aterrizar.
-Mayor razón para que vaya, entonces -dijo Tavi en voz baja-. Al menos sabemos que están frenando la tormenta. Crassus no los mantendría allí si no estuvieran haciendo algún bien.
-No -admitió Max-. No lo haría.
-¿Cuánto tiempo pueden permanecer ahí arriba?
-Llevan allí desde mediodía -dijo Max-. Otras tres o cuatro horas, como mucho.
-Entonces, será mejor que me apresure.
-Tavi -dijo Max, lentamente-. ¿Qué pasa si vuelven y no hemos acordado algo con los shuarans?
Tavi respiró profundamente.
-Díles que aterricen en tierra, a la vista de la flota. Toma a algunos artífices de tierra, crea un camino hasta la cima y tráelos de vuelta a bordo.
-Quieres que aterricen en una costa hostil, mientras fabricamos un muelle y una escalera de asalto en lo que obviamente pretende ser una defensa inexpugnable. -Max sacudió la cabeza-. El Shuaran canim podría llamar a eso un acto de guerra.
-Seremos lo más corteses posible, pero si lo hacen, que lo hagan. No voy a dejar que nuestra gente se ahogue por protocolo. -Terminó de ponerse los brazales y se levantó para deslizar la vaina de su gladius sobre el hombro. Luego,tras un momento de consideración, cogió la correa del gladius de Kitai y se lo colgó del lado opuesto, de modo que el arma adicional se apoyaba en su otra cadera.
Max miró fijamente la segunda arma y arqueó una ceja.
-Uno para los shuarans -dijo Tavi-. Y otra para Varg.
Tavi y Max fueron los únicos que subieron a la lancha.
-¿Estás seguro de esto, alerano? -preguntó Kitai, con ojos preocupados.
Tavi miró a través de la corta distancia que les separaba del Sangre Verdadera, donde estaban bajando al agua una lancha más grande. Pudo reconocer la enorme figura de Varg en la proa.
-Tan seguro como puedo estar  -dijo-. Causar una buena primera impresión hará más por evitar problemas que cualquier otra cosa que podamos hacer. -Se encontró con la mirada de Kitai-. Además, chala, los barcos están en mar abierto. Si llegamos una pelea, tener más hombres con la lancha no cambiaría nada.
-Es más sencillo si trabajo solo, Kitai -le aseguró Max-. De esa manera si hay problemas, no tengo que ser suave. Si los shuarans comienzan a tratarnos como lo hizo Sarl, puedo arrasar todo lo que no sea Su Alteza Real.
-Su Alteza Real lo aprecia -dijo Tavi-. ¿Dónde está Magnus?
-Aún está furioso porque no permitieses que Maximus tomara tu lugar -dijo Kitai.
Tavi sacudió la cabeza.
-Aunque consiguiera parecer mi gemelo, Varg lo habría sabido en el momento que estuviese lo bastante cerca como para olerle.
-Yo lo sé. Magnus lo sabe. Está enfadado porque sabe que es cierto. -Kitai se inclinó sobre el costado de la lancha y besó a Tavi con fuerza en la boca, sujetándole fuertemente del pelo por un momento. Luego, se separó con brusquedad, buscó sus ojos y dijo-: Sobrevive.
Él le guiñó un ojo.
-Estaré bien.
-Por supuesto que lo estará -dijo Max-. Si hay el menor problema, incendiará algo... es fácil pegarle fuego a algo, creeme... y yo veré el humo y derribaré todos los edificios entre él y el muelle, iré a buscarle y nos iremos. Nada más simple.
Kitai miró a Maximus fijamente. Luego sacudió la cabeza y dijo:
-Y lo realmente increíble es….que de verdad te lo crees
-Embajadora, más de una vez en mi vida, he sido demasiado ignorante como para saber que algo era imposible, antes de hacerlo de todas formas. No veo razón alguna para estropear ese logro.
-Sin duda, eso explica sus hábitos de estudio en la Academia -señaló Tavi-. Estamos listos, capitán.
Demos, que había estado dirigiendo los asuntos de la nave de cerca, gritó una orden a la tripulación y los marineros del Slive bajaron el bote a las frías aguas del fiordo.

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Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 10
« Respuesta #1 en: Julio 29, 2017, 11:11:39 pm »
Tavi se echó la capa escarlata sobre los hombros y la sujetó a los cierres de la armadura, mientras Max se sentaba en la parte trasera del bote. El gran antillano metió una mano en el agua un momento, murmuró algo y, un segundo después, la lancha avanzaba silenciosamente hacia adelante, impulsada por una corriente borboteante que presionaba contra su popa.
Tavi se puso en pie, erguido en la popa, de forma que el viento hiciera ondear su capa mientras la lancha avanzaba silenciosa.
-Primeras impresiones, ¿eh? -murmuró Max.
-Correcto -dijo Tavi-. Cuando estén lo bastante cerca como para verte, procura que parezca que nada te impresiona.
-Hecho -dijo Max.
La lancha alteró el rumbo para navegar paralela al bote que venía del buque de Varg. El bote de Varg era tripulado por siete guerreros Canim, seis de ellos a los remos mientras que un séptimo sostenía el timón de la lancha. Varg, como Tavi, estaba en la proa de su barco. No llevaba capa, pero, de alguna manera, la menguante luz del día se las arreglaba para refulgir sobre la gema de sangre engastada en el arete de oro de su oreja, aquí y allá sobre su armadura negra y carmesí, y sobre la empuñadura de la espada curvada que colgaba a su costado.
-Lleva un montón de gemas de sangre encima -observó Max.
-Tengo la impresión de que Varg no ha hecho muchos amigos entre los ritualistas - dijo Tavi-. Si yo fuera él, también llevaría muchas gemas de sangre.
 -Ser aniquilado de golpe por un relámpago rojo o convertido en un charco de fango por una nube de ácido, cierto. Trajiste tu piedra, ¿no?.
-La tengo en mi bolsillo. ¿Tú?
-Crassus me prestó la suya -confirmó Max.-.¿De verdad crees que aparecer sólo nosotros dos impresionará a los shuarans?
-Puede ser -dijo Tavi-. Más que nada, me siento mejor sabiendo que no voy a dejar a nadie desamparado ante la brujería Canim en el muelle, detrás de mí, para ser tomado prisionero o herido para ralentizarme.
Max bufó.
-No hablaste de eso a bordo del barco.
-Bueno. No.
-Solo haces esto para impresionar a la chica, ¿eh, Alteza?
Tavi le lanzó una mirada maliciosa por encima del hombro.
-Fue un beso realemente bueno..
Max resopló y luego se quedaron en silencio hasta llegar a la bocana de Molvar.
Enormes barras de hierro negro surgían del frío mar, apoyadas a ambos lados por muros de bloques de granito tallados a mano. Incluso sin el uso de furias, el Canim había logrado, de alguna manera, convertir el lecho marino en algo bastante sólido como para sostener las masivas paredes, construidas a los lados del fiordo. Tavi no podía imaginar cuánto esfuerzo puro y bruto, cuánto sudor y fuerza muscular habían empleado en su construcción, o qué técnicas habían sido utilizadas, incluso con la increíble fuerza de los trabajadores canims, para maniobrar los enormes bloques de piedra. Hacían que las ruinas de Appia parecían proyectos infantiles en comparación.
Cuando los dos botes se acercaron, las compuertas de la bocana gimieron y comenzaron a moverse, separándose lentamente. Una fosforescencia recorrieron las barras de metal, y espeluznantes ondas de luz bailaron sobre la superficie del agua. El metal golpeaba contra metal, con un espeluznante y regular “tump, tump, tump” mientras las puertas se abrían, provocando remolinos de agua a su estela.
Los barcos pasaron, y Tavi vio varios Canim en los muros sobre ellos, con armaduras oscuras y extrañas, largas capas, de apariencia viscosa, casi ocultos en sus embozos. Cada uno llevaba uno de los lanzadores de virotes de acero en sus manos, las mortales ballestas que se habían cobrado la vida de tantos caballeros y legionarios en las guerras del valle de Amarant, y los omóplatos de Tavi desarrollaron una picazón distintiva a medida que pasaba el bote. Un perno lanzado por una de esas armas mortales podría atravesar las placas traseras de su armadura, su cuerpo y su pectoral en un instante, y aún llevar suficiente impulso para matar a un segundo hombre acorazado que estuviera al otro lado.
Tavi no se permitió girar la cabeza ni alterar su postura, erguida y confiada. La postura y el gesto eran de enorme importancia entre los Canim. Alguien que se comportaba como si esperase ser atacado, muy posiblemente lo sería, simplemente como consecuencia de las declaraciones, inintencionadas pero muy reales, que hacía su cuerpo.
Un frío reguero de sudor se deslizó a lo largo de la columna vertebral de Tavi. No era el momento de que una comunicación chapucera estropeara un día, por otro lado, razonablemente bueno. Después de todo, estaba a punto de salir de las malditas aguas por primera vez en semanas.
Dejó escapar el aliento en una callada risa al pensarlo y se calmó mientras su bote, junto con el de Varg, cruzaba el puerto de Molvar.
Era enorme, de un kilómetro y medio como mínimo, lo bastante grande como para albergar a toda su flota y la de los canim. De hecho, en la luz menguante, contó al menos treinta naves de guerra canim, cuyos diseños diferían sutilmente de los diseñados y construidos por los navieros de Varg. Los acantilados de granito enmarcaban el puerto, a excepción de una larga franja de muelles de piedra, tan grandes como cualquiera que Tavi hubiera visto en Alera, donde buques de guerra y otros, con diseños más parecidas al de mercantes, estaban atracados.
Un muelle estaba separado de los otros. Las antorchas habían sido encendidas en su extremo y ardían escarlatas, con más intensidad que cualquier fuego normal. Estaba lleno de Canim, también con sus extrañas capas de aspecto húmedo, pero Tavi vislumbró una armadura de acero azul medianoche debajo de ellas y un armamento similarmente teñido en sus manos.
La lancha de Varg se dirigió a ese muelle, y sin que se lo dijera, Max cambió ligeramente el rumbo para hacer lo mismo. Los dos botes se detuvieron en lados opuestos del muelle en un silencio casi total. El único sonido era el repiqueteo de madera y metal de los remeros de la embarcación de Varg recogiendo sus remos.
Desde allí, pensó Tavi, mirando hacia el muelle, sin duda parecían haber muchos más Canim presentes que un momento antes. También parecían un poco más altos. Y sus armas mucho más afiladas. Sin duda, pensó, es solo un efecto de la luz.
-No hay miedo -murmuró para sí. Luego dio una zancada hacia el muelle y pasó de la lancha a la piedra de Shuaran.
Frente a él, Varg hizo lo mismo, aunque tuvo menos dificultad con la escala de la construcción. Inclinó ligeramente la cabeza hacia Tavi, que devolvió el gesto de forma precisa, con la misma profundidad y duración. Se volvieron simultáneamente hacia los guerreros reunidos en el muelle.
Se hizo el silencio.
Aumentó la tensión.
Nadie se movió.
Tavi se preguntó si debía decir algo para romper el hielo. Su período en la Academia, tanto sus estudios académicos como su formación como cursor, había incluido una considerable exposición a la diplomacia y al protocolo. Ambos campos de conocimiento ofrecían varios cursos potenciales de acción fructífera que podría seguir. Lo meditó un momento, luego los desechó por completo en favor de una lección que su tío Bernard le había enseñado en la explotación: que difícilmente un hombre podía quedar como un tonto si mantenía su condenada boca cerrada.
Tavi contuvo la lengua y esperó.
Un momento después, se oyeron pisadas, y se acercó un comedor. Era un joven adulto canim, flaco y veloz, corriendo casi tan rápido como un caballo, con su extraña capa ondeando tras él. Su piel era de un color extraño que Tavi nunca había visto en los guerreros lobo, una especie de marrón pálido y dorado que se aclaraba en las puntas de sus orejas y cola. Trotó hasta el final del muelle, descubrió su garganta profundamente a uno de los guerreros, y gruñó: "Se ha hecho según lo acordado", en canim.
El guerrero en cuestión movió sus orejas en señal de reconocimiento y dio un paso adelante. Se enfrentó a Varg, deteniéndose unos cuantos centímetros más allá de lo que Tavi juzgaba que sería el alcance de la espada de Varg, si la blandiese.
-Varg -gruñó el cane desconocido-. No eres bienvenido aqui. Vete.
Los ojos de Varg se entrecerraron, y sus fosas nasales aletearon durante unos segundos.
-Tarsh -gruñó, con puro desprecio en la voz-. ¿Lararl perdió el juicio en la nieve, convirtiéndote en líder de la manada
Tarsh levantó una manopata para retirar la capucha de su capa, revelando a otro cane de piel dorada. El hocico de este era muy marcado, e incluía una extraña cresta de tejido cicatricial a través de la piel negra de su nariz. Le faltaba la mitad de una oreja, y Tavi notó que en lugar de una espada, llevaba un hacha en la cadera, con una larga y cruel punta que sobresalía por detrás.
-Cuidado, Varg -escupió, ásperamente-. Una palabra mía y tu sangre se verterá en el mar.
 -Sólo si alguien la escucha -respondió Varg-. “Yo no regateo con piojos como tú, Tarsh. Ordena a tus hombres que se preparen para recibir a mi pueblo. Te daré mi promesa de paz. Desembarcaremos aquí y acamparemos fuera de los muros de la ciudad, para que te sientas más seguro. Me facilitaras un correo extraordinario para comunicar a Lararl nuestra llegada y la necesidad de la presencia de alguien con la estatura necesaria para tratar conmigo.
Tarsh descubrió cada colmillo de su boca.
-Esto no es Narash, corredor del arbol. No tienes autoridad aquí.
-Yo soy garada para Lararl, Tarsh -retumbó la voz de Varg-, y todo los guerreros del territorio lo saben. Lararl dispondrá de la garganta de cualquiera que le prive de derramar mi sangre.
Tarsh gruñó.
-Enviaré un mensajero a Lararl, por supuesto. Pero eso es todo. Puedes esperar aquí la respuesta. Tus barcos se quedarán donde están.
-¡Inaceptable!
Tarsh soltó una carcajada.
-Lo aceptarás, Varg. Aquí, yo soy el líder de la manada.
-Una tormenta se acerca -dijo Varg-. Muchos de mis barcos están dañados. Muchas vidas se perderán innecesariamente si no les das refugio en el puerto.
-¿Qué son para Shuar, mono Narashan? Mis guerreros tienen sus órdenes. Si vuestros barcos intentan navegar por el fiordo, los destruiremos.
Los labios de Varg descubrieron sus colmillos.
-¿Es ésta la hospitalidad Shuaran?, ¿el honor Shuaran?.
-Si no te interesa -dijo Tarsh, con voz burlona-, busca en otra parte.
Los ojos de Varg se entrecerraron aún más.
-Si no estuviera obligado por honor a pelear con Lararl en vez de con sus líderes de la manada, tendría tu garganta.
El gruñido de Tarsh pareció sonar aún más satisfecho.
-Muchas criaturas viejas y decrépitas han usado tal excusa para ocultar su debilidad.
Varg, en lugar de contestar, miró a un lado, sólo por un instante, a Tavi.
Tavi parpadeó.
Insultos como los que Tarsh estaba ofreciendo a Varg eran más que una mera invitación o un desafío a luchar, prácticamente lo exigían. Bajo cualquier circunstancia normal, cualquier cane que hablara a otro de esa manera podría esperar una respuesta instantánea y violenta. Varg, en particular, no era alguien a quien agradasen los insultos ni los tontos. Y, por lo que sabía Tavi, no sabía lo que era retroceder ante una pelea. Lo que significaba que, por alguna razón, por algo relacionado con el concepto canim del honor, Varg no podía actuar contra ese fanfarrón.
Pero tal vez Tavi pudiera.
Parecía que este era el momento de la diplomacia.
-Varg tiene razón -dijo Tavi con calma, dando un paso adelante-. No hay tiempo para este sinsentido. Su gente y la mía buscan refugio del invierno y te damos nuestra palabra de que nuestras intenciones son pacíficas. Necesitamos idear la mejor forma de traerles a todos a puerto antes de que llegue la tormenta.
Cada par de ojos en el muelle se giró hacia Tavi y lo golpeó como un peso físico.
-Oh, cuervos sangrientos -susurró Maximus, en algún lugar detrás de él.
-Esta criatura -preguntó Tarsh al cabo de un momento-, ¿es el líder alerano?
-Lo soy -dijo Tavi
Tarsh gruñó y se volvió hacia los guerreros que había detrás de él.
-Matadlo.
Oh, cuervos sangrientos, pensó Tavi.
El tío Bernard había tenido razón después de todo.

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Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 10
« Respuesta #2 en: Agosto 04, 2017, 10:22:10 am »
 06a 06a
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Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 10
« Respuesta #3 en: Agosto 14, 2017, 03:50:18 pm »
Gracias  06a