Autor Tema: LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 2 parte 2  (Leído 463 veces)

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LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 2 parte 2
« en: Octubre 12, 2015, 08:26:04 pm »
Al final tres de nosotros seguimos al chico. Estaba claro que él pensaba que necesitábamos más, yo creía que podríamos habernos arreglado con menos. Montar con Oreg y mi hermano siempre era más interesante que placentero.
Mi hermano, Tosten, montaba su nuevo semental ruano de guerra, un regalo de nuestro tío, y había venido con la excusa de que el animal necesitaba ejercicio cuando me encontró ensillando mi propio caballo en los establos.
Tosten nunca iba a ser tan alto como yo, pero los últimos cuatros años le habían proporcionado la cara de un hombre y el cuerpo de un luchador. Parecía frío, competente, e inteligente (como alguna mujer de la corte dijo para que yo oyera). Competente e inteligente, coincidía yo. La frialdad puede que llegara la con la edad... tal vez en cincuenta años o así.
Mientras esperaba a que Tosten ensillara su caballo, apareció Oreg y, sin una palabra, sacó su propio castrado. Excepto por su cabello oscuro y la media cabeza de altura (Tosten era más alto), él y Tosten se parecían como gemelos.
-Bandidos -dije en respuesta a la mitara de Oreg mientras montaba y abría camino fuera del patio.
-Mi hermano los divisó cerca de nuestra granja y Pa me envió aquí a buscar ayuda. -Había un dejo de acusación en el tono del chico. Tres personas, implicaba, no serían de mucha ayuda.
El aire era fresco por el invierno que se avecinaba. Habíamos recogido los últimos restos de la cosecha esta semana. Oreg decía que creía que pronto nevaría, pero hoy las hojas todavía se aferraban a las ramas de los serbales y álamos en brillantes manojos  que aguantaban contra el verde oscuro de los pinos y abetos. Pensamiento, mi garañón, resopló con miedo fingido y se retiró violentamente cuando una hoja cayó revoloteando demasiado cerca. En la batalla, ni siquiera unagolpe pesado podía provocar que se moviera a izquierda o derecha, pero fuera del trabajo serio, Pensamiento adoraba jugar.
El camino más corto a la granja de Atwater recorría la falda de la montaña, donde la tierra era demasiado rocosa para el arado. La granja estaba aislada en un valle aislado de las demás tierras cultivables de Hurog. Ese aislamiento había llevado antes a los bandidos a pensar que era un buen objetivo, pero ninguno se las había arreglado nunca para quitarle algo a Atwater. No creía que eso hubiera cambiado hoy.
El césped era ya lo bastante suave para que el trote firme que había fijado para la marcha no causara mucho estrés a los caballos. La gente era algo totalmente distinto.
-Tenemos que darnos prisa -dijo el chico por tercera vez. Yo había encontrado una yegua mansa para él, pero no había necesidad. Se sentó a su grupa desnuda (elección de él) y estaba impaciente con los demás por retrasarle.
-Nunca llegues a una pelea sin aliento -exclamó Tosten.
-Si hubieran invadido tu granja, ya oleríamos el humo -tranquilicé al chico, lanzando a Tosten una mirada autoritaria-. Puede que no hayan visto la granja o que tu padre los haya rechazado o matado. Sea como sea no tenemos prisa. No pueden ser muchos, o habría sabido de ellos antes de que se adentraran tanto en tierras Hurog.
-No te preocupes por Tosten, chico -dijo Oreg alegre-. Está tan impaciente como tú.
Tosten cayó en el silencio. Oreg, en contraste, estaba inusualmente contento, bromeando con el chico hasta que éste sonrió... lo cual hizo que mi hermano hiciera que su caballo nos adelantara. Con una mirada, el chico hizo que su yegua galopar tras mi hermano... obviamente esperando que yo me apresurara tras los dos.
-Ojalá no hubieras picado a Tosten -murmuré a Oreg.
Oreg sólo sonrió, aunque sus ojos no se iluminaron como hacían cuando estaba realmente divertido.
-Tu hermano ya ha tenido suficiente tiempo para decidir que no soy una amenaza para él. Ya es hora de madurar. Si decido pellizcarle la cola un rato... eso es entre él y yo. Ya no necesita tu protección, Ward.
Puse los ojos en blanco.
-Le animas -dije.
-Le asusto -corrigió Oreg, y hasta su boca estaba seria ahora. Yo no debí parecer convencido, porque sacudió la cabeza y dijo-: Yo no soy una amenaza para su relación contigo, y él lo sabe. Hace tiempo que ya no es por eso -Oreg volvió a sonreír, pero esta vez era una sonrisa genuina-. El pobre chico lucha con dragones.
Era un viejo provervio shavig para cuando alguien estaba mostrando un ataque de bravura impelido por el miedo. La retorcida ironía en el tono de Oreg era porque en este caso resultaba literalmente cierto. El padre de Oreg había sido medio dragón. Oreg podía tomar forma de dragón cuando queria, y consideraba que ambas formas, humana y dragón, eran sus auténticas formas.
Sopesé lo que Oreg había dicho. Tosten era el único que sabía toda la historia de Oreg. Como mi herededro y mi hermano había creído que se lo debía. Tal vez habría sido mejor quedarme en medias verdades.
El chico de Atwater nos esperaba en lo alto del sendero, aunque Tosten todavía iba a la cabeza.
-Tosten me dijo que es la magia lo que le dice que no ha pasado nada en mi casa. Hay mucha gente que tiene miedo de la magia.
Parecía una observación personal, y le miré con agudeza. Se ruborizó, pero sus ojos sostuvieron mi mirada con firmeza.
-La mayoría de la gente sabe que puede usted hacer magia, mi señor -dijo con voz firme-. La mayoría nos alegramos de ello. Padre dice que nunca hubieran encontrado a mi hermano y su partida de caza en medio de la ventisca si usted no se hubiera unido a la búsqueda.
Le sonreí y se colocó a nuestro lado. Tosten, cuando Oreg no estaba alrededor, normalmente sabía como encandilar a la gente y convencerla de que hicieran lo que quería de ellos. Iba con el oficio de bardo, reclamaba, pero yo pensaba que podía ser el revés. Encanto, buena voz, y unos dedos hábiles hacían a los buenos bardos. 
Cuando nos acercamos a la granja de Atwater, la tierra me dijo que la muerte había visitado el lugar recientemente. La muerte no era una desconocida en Hurog... los residentes mortales llegaban a su final con regularidad... pero tuve que asumir que esta muerte tenía algo que ver con que hubiera sido convocado aquí. Quienquiera que hubiera muerto no era de Hurog, lo que significaba que no era Atwater o los suyos. Debían ser los bandidos.
Aun así, cuando traspasamos las fronteras de la granja, saqué mi espada. Tosten (que había dejado gradualmente que le alcanzáramos) y Oreg también desenvainaron el acero. El camino que habíamos tomado se aproximaba a la granja, que desde la retaguardia se parecía más a un fuerte que a una granja, pero un vigía nos vio bajar a caballo hasta el valle y dejó escapar una serie de notas con su cuerno de caza... la llamada del propio Atwater. La tensión abandonó mis hombros.
Un momento después la inconfundible forma del propio Atwater, rodeó la esquina. Al vernos, silbó una clara llamada, así que envainé la espada. El chico soltó un gran suspiro de alivio y animó a su yegua a un galope. Cuando uno es un viejo señor de la guerra o el hijo más joven de un granjero, puede galopar tanto como desee. Ya que yo era un joven señor que estaba intentando ganarse cierta reputación, refrené a mi caballo al paso. Montanto el antigo caballo de guerra de mi padre, pasear era algunas veces peligroso. Pensamiento tenía sentido común, pero le dejé resobrar y bufar y generalmente eso anunciaba a todo el que estuviera mirado que era peligroso y sería mucho más rápido que esa pequeña yegua si yo le dejara.
Atwater asintió con la cabeza hacia mí cuando nos acercamos lo suficiente para hablar.
-Gracias, mi señor, por venir. Pero ya nos hemos ocupado del problema de los bandidos. Tengo los cuerpos si quieres echarles un vistazo.
Atwater era una montaña de hombre, casi de mi altura y constitución. Su cabello rubio pálido que estaba palideciendo imperceptiblemente al gris estaba trenzado al viejo estilo shaving... algo inusual en estos tiempos, pero no valía la pena comentarlo. Su barba, sin embargo, era algo magnífico. Ferozmente roja, le cubría la cara y un buen trozo del pecho. Un poco bárbaro para los estántares de los Reinos, pero mis gentes Hurog estaban empezando a exhibir con orgullo nuestra herencia shavig.
Como muchos de los viejos de Hurog, Atwater había luchado para aplastar la rebelión en Oranstone a las órdenes de mi padre. En algún momento durante la campaña, Atwater había adquirido una aversión por el anterior Hurogmeten. Por mi parte no había sentido cariño por mi padre por mis propias razones, pero incluso yo tenía que admitir que no había muchos hombres que pudieran luchar tan bien como él. No sabía lo que mi padre le había hecho a Atwater, pero me habían hecho falta más de dos años para que viera que yo no era el hombre que había sido mi padre.
Tosten, Oreg y yo seguimos a Atwater y a su hijo al otro lado del edificio hasta el caos de niños y parientes que le ayudaban en la granja y protegían la tierra. En el centro del fervor había tres hombres muertos, cubiertos con decencia por el bien de los niños.
Desmonté, entregué las riendas a Oreg, a cuyo castrado Pensamiento toleraba, y eché a un lado las mantas para echar un vistazo a las caras de los muertos. Me ocupé de mantener las mantas colocadas de forma que los niños no pudieran espiar. Había visto a uno de ellos antes, pero me llevó un momento recordar donde.
-Mercenarios de Tyrfanning -dije, dejando caer las mantas sobre la cara del último hombre. Tyrfanning era el puerto más cercano a medio día de cabalgata hacia el sur. Hurog bordeaba el océano, pero sus costas eran demasiado rocosas para que los barcos atracaran en ellas-. No debían tener trabajo con los comerciantes marchando hacia el sur y decidieron venir aquí autoempleados .-Algunas veces los mercenarios no veían diferencia entre saquear un campo de batalla y saquear a cualquiera que podían-. Me ocuparé de ver si alguien de Tyrfanning quiere los cuerpos. Sino los enterraremos nosotros mismos, ¿vale?
-Sí, mi señor.
Empecé a girarme, entonces caí en algo sobre las heridas que había visto en los cuerpos.
-¿Quién les mató? -Atwater era granjero por juramento y podía usar un hacha con la gente tan bien como en el bosque, pero nunca se habría enfrentado a estos bandidos armado con nada más que un cuchillo. Aun así los dos cuerpos con las heridas mortales más obvias habían muerto por una hoja corta, no con un hacha. No sabía el tercero... y no iba a examinar los cuerpos más atentamente con tanto niño alrededor.
-No, señor. Mi hijo mayor, Fennel, los vio venir a tiempo para advertirnos. Envié a Rowan a buscarle, y esperamos. Después de un rato seguí el rastro de Fennel hasta donde había visto a los bandidos. Y los encontré a los tres muertos, señor, y encontré a quien les había matado también. Nunca lo adivinará.
Mientras hablábamos, la esposa de Atwater había salido de la casa con una duendecilla de alrededor de seis años.
-Fue una chica -canturreó la niña con tono satisfecho-. Una chica mató a los bandidos ella sola.
La ceja izquierda de Atwater se le enterró en la línea del pelo. Su mujer de encogió de hombros.
-Mi tía podría haberlos matado -dije-. ¿Por qué te sorprende tanto que una mujer se ocupara de ellos?
Atwater sacudió la cabeza.
-Tal vez Stala podría. Pero ya sería sorprendente que un hombre en las condiciones en que está esta mujer pudiera caminar desde donde estamos a mi casa, menos matar a tres hombres sanos sin nada más que un débil cuchillo. ¿Podría echarle un vistazo?
Divertido, asentí hacia Oreg.
-¿Te quedas aquí y mantienes a los niños lejos de las patas de Pensamiento, por favor?
Tosten entregó sus riendas a Oreg, también.
La casa de Atwater era oscura y cerrada, aislada del invierno con hierbas secas y paja. Tuve que agachar la cabeza para evitar rozar el techo.
El fuego del hogar era más por proporcionar luz que calor... eso cambiaría cuando se aproximara el invierno. Una de las hijas mayores de Atwater se sentaba en una banco cercano cosiendo, con un cubo de agua a sus pies por si salía volando una chispa y tocaba o las pieles o la paja. Asintió con la cabeza hacia mí, pero se giró tímida de vuelta a su trabajo. No sabía cómo podía coser con tan poca luz. Incluso con el fuego tan cerca, yo apenas podía ver que había una persona enterrada entre las pieles delante del hogar. Pero pude olor el inconfundible olor a la carne podrida. Me arrodillé junto a las pieles y toqué la piel de la nuca de la mujer inconsciente, sintiendo el calor seco.
-No se ha movido desde que la encontré, mi señor -dijo Atwater-. Su arma está sobre la mesa. Después de ver los cuerpos, pensé que sería mejor apartarla de su alcance.
Me levanté y miré el cuchillo que había en la mesa. No era un cuchillo de caza... la hoja era demasiado corta, ni siquiera tenía la longitud de un dedo. Un cuchillo de despellejar, pensé, pero no era común en absoluto. El metal estaba trabajado como la espada más fina, el patrón de su mango era visible incluso en la penumbra de la casa.
Tosten silbó con suavidad.
-¿Se ocupó de tres mercenarios con ese cuchillo?
-La subestimaron -dije, volviendo a colocar el cuchillo en la mesa. Stala decía que los hombres tendía a no tomarla en serio porque era una mujer, y eso le daba una ventaja mayor que la que suponía la diferencia en tamaño y fuerza-. Tosten, ¿puedes ocuparte de los caballo y enviar a Oreg para que eche un vistazo a sus heridas? -Yo sabía algo de enfermería de campaña pero el olor a carne podrida me decía que aquí necesitábamos algo más... y Oreg, entre otras cosas, era un sanador experimentado.
Tosten asintió y giró sobre sus talones sin ningún comentario.
Cuando Oreg apareció en su lugar, la atmófera de la casa cambió. Nadie en la casa actuaba como si tuviera miedo de Oreg, pero mantenían la distancia debida al Mago de Hurog.
El pelo oscuro de Oreg le hacía destacar entre los hombres rubios de shavig, pero sus ojos púrpura, copias de los de Tosten, le proclamaban Hurog de crianza y nacimiento. En los últimos años, desatado de los hechizos que le contenían, había empezado a parecer más un hombre y menos un chico, pero, como Tosten tenía una constitución delgada. No parecía alguien de quién se debiera tener miedo. Todavía menos parecía un hombre que se había alzado de entre los muertos.
Les conté a todos que Oreg había estado hechizado y que matándole yo había roto el hechizo. Parecieron aceptarlo y aceptar a Oreg... pero mantenían las distancias con él cuanto podían.
Oreg alzó la mano mientras se acercaba al hogar, y la luz se reflejó en la curva de su mano e iluminó la pequeña casa como si el techo hubiera desaparecido y permitiera al sol entrar en todas las esquinas oscuras. Lanzó hacia arriba la bola de luz y esta flotó sobre él mientras apartaba las pieles de la mujer para echarle un vistazo mejor.
A la luz de Oreg, sus mejilas estaban ruborizadas de fiebre y sus ojos hundidos. Pero bueno, incluso en sus mejores momentos nunca había sido hermosa... no según los estándares convencionales.
-Tisala -dije, atónito.
Oreg detuvo su exámen para estudiar con interés momentáneo su cara.
-Así es -coincidió con suavidad-. Buena cosa que le quitárais el cuchillo.
-¿La conoces, mi señor? -preguntó Atwater como si no le sorprendiera en absoluto. Había pasado de pensar que yo era tan brutal e irracional como mi padre o esperar incluso milagros desde esa noche el invierno pasado en que había encontrado a su hijo.
-Si, la conozco -dije. No parecía suficiente, así que añadí-. Luché con ella espalda con espalda. -Y no había cumplido mayor que ningún shavig pudiera hacer.
Atwater asintió, satisfecho de que su señor siguiera siendo extraño, parco en palabras y lo supiera todo.
La última vez que había visto a Tisala, su oscuro cabello rizado había sido más corto que el mío, pero ahora le colgaba en mechones lacios hasta los hombros, haciendo que su piel pareciera más blanca.
Las manos de Oreg fueron gentiles, pero cuando tocó la mano izquierda, su cuerpo entero se tensó y gimió.
-Ha sido torturada -declaró seguro.
Asentí. Era difícil no verlo: ambas manos, la izquierda peor que la derecha, ambos pies. No había forma de decir que otros daños sufría. Vestía un viejo par de pantalones, parcheados y flojos, y una camisa cuyos brazos eran demasiado cortos sobre el resto.
-No la retuvieron mucho tiempo -dijo al fin-. Vivirá, si la fiebre y la putrefacción no la matan. Pero tenemos que llevarla a la fortaleza, donde están mis medicinas.
Magia, quería decir. Le había dicho a Oreg que no contara a la gente qué podía hacer exactamente. En realidad no podía curarla, pero podía matar la infección y dejar que su cuerpo sanara por su propia cuenta... lo cual era más de lo que cualquier otro mago del que hubiera oído hablar podía hacer. Sería más seguro para él que todo Shavig no empezara a murmurar sobre lo poderoso que era el mago del Hurogmeten. Mejor evitar la fama para no llamar la atención de ningún otro Kariarn sediento de poder.
Cogí una de las pieles más grandes y envolví a Tisala en ella. Luego la cogí en brazos y me levanté, olvidando lo bajo que eran el techo, así que me di un buen golpe en la cabeza.
Atwater hizo una mueca de simpatía.

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