Autor Tema: LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 2 parte 1  (Leído 638 veces)

Desconectado crislibros

  • Administrator
  • ¡Que alguien le haga callar!
  • *****
  • Mensajes: 10662
  • Karma: +277/-32
  • Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo
    • www.libroslibroslibros.org
LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 2 parte 1
« en: Octubre 12, 2015, 08:25:05 pm »
Capítulo 2
Wardwich en Hurog

Descubrí que tras el término de la cosecha, tenía tiempo para renovar viejas relaciones y discusiones políticas.


-Haces trampa -dijo Oreg, y el dolor empañó mi visión, debilitándome hasta que el fuego que brillaba en el cuenco de agua titiló con una llama triste y pálida y murió-. Te dije que no recurrieras a la magia de Hurog... podrías encontrarte en algún otro lugar y necesitar magia, y ¿entonces qué?
Me limpié el sudor de la frente y le fulminé con la mirada. Parecía más un joven de pelo oscuro y pálidos ojos violeta que un viejo dragón, pero con frecuencia las apariencias engañan... algo que en ocasiones yo mismo había encontrado útil . Oreg parecía joven y vulnerable, y yo grande y tonto. Ninguna de las dos cosas era verdad.
Oreg ignoró mi ira y asintió con la cabeza hacia el cuenco.
-Vuelve a intentarlo, Ward. -Sostenía un escudo que me separaba de la magia de Hurog, y el dolor había difícil trabajar con el poder que me quedaba. Perder el contacto con Hurog dolía-. Concéntrate, Ward.
Con el paso de los últimos años había llegado a odiar esas palabras. Pero practicar magia con Oreg se había convertido en mi refugio cuando la presión de gobernar Hurog se hacía demasiado grande. No es fácil reconstruir una propiedad.
Técnicamente, Hurog, las tierras y la fortaleza, pertenecían a mi tío, Duraugh. Pero hacía cuatro años, mi tío me había proclamado Hurogmeten a la muerte de mi padre. Irónicamente era Hurog, y la no rica propiedad de mi tío, Iftahar, lo que le había proporcionado el poder para hacerlo... porque Hurog, que había yacido en ruinas por mis propias acciones, estaba en el corazón de Shavig, la parte más al norte de los Cinco Reinos bajo el dominio tallven. Si mi tío, Duraugh de Hurog, me declaraba Hurogmeten, todo Shavig estaría preparado para ir a la guerra en defensa de esa proclamación.
El Rey Jakoven, que no estaba dispuesto a una guerra civil cuando ue posición estaba tan comprometida en el trono, ignoró Hurog. Yo me quedé en las tierras de Hurog, donde ignorarme era más fácil.
Pero aunque mi tío no me hubiera devuelto Hurog, todavía seguiría siendo mío, por vínculo de sangre y hueso.
Miré fijamente al cuenco de agua y visualicé una llama rugiendo en la superficie. Mi mundo se estrechó al agua del cuenco. Algo se removió en mi cabeza, y el cuenco de piedra se agrietó cuando la llama llovió sobre el suelo trasmitida por una hoja de agua. El poder rugió desde la planta de mis pies hasta el pelo de mi coronilla, y temblé por el esfuerzo de redirigirla de vuelta por donde había venido.
Cuando al fin me quedé vacío, comprendí que el sonido que oía era la risa de Oreg. Ondeó la mano hacia el fuego y este se disipó, dejando sólo una mancha húmeda en el suelo de piedra de la guardia de la torre.
-Si puedes atravesar mi escudo -dijo, todavía hipando de risa-, supongo que hay posibilidad de que puedas tirar de la magia de Hurog donde quiera que estés.
Sentí una oleada de triunfo reemplazar el vacío, y sonreí hacia él.
-¿Rompí tu magia?
-Hurog atravesó mi escudo cuando la llamaste -corrigió, y su humor dio paso a confusión.
Recogí los trozos del cuenco y los coloqué en una mesilla.
-Siento la magia de Hurog de forma diferente ahora que antes de matarte -dije. Sabía que sonaba raro, pero nunca olvidaría que le había matado. Solo que no había muerto de la forma en que ambos esperábamos.
-¿Diferente cómo? -Se encaramó al borde del único taburete de la torre. La habíamos amueblado parcialmente, así sería menos lo que se quemaría cuando mi magia se descontrolara. La torre era una de la seis sobre el muro que rodeaba la edificación propiamente dicha, así que había solo piedra alrededor. Los trozos de roca renegrida en las paredes probaban la sabiduría de la elección de Oreg en cuanto al aula de estudio. Casi cuatro años de trabajo y todavía tenía ocasionales, y espectaculares, errores de cálculo.
-¿Recuerdas Menogue? -pregunté. La colina en la que se alzaba el templo desierto de Aethervon a las afueras de Estian... desierta de gente, es decir. Habíamos tenido una demostración vívida de que Aethervon no había abandonado el templo sagrado cuando sus sacerdotes habían muerto hacía unos siglos.
-Sí.
-La magia que hay aquí en Hurog no es tan concentrada como esa, pero a veces siento como si hubiera alguna inteligencia tras ella. -Le miré-. Algo que podría romper tus escudos cuando lo llamo. Se ha hecho más fuerte durante los últimos meses, desde que me enseñaste a separar mi magia de la de Hurog.
Las cejas de Oreg se juntaron.
-Interesante. ¿Había alguna conexión entre tú y la tierra alterada?
Negué con la cabeza.
-No que yo haya notado.

*****

Dejé a Oreg en la torre y crucé el patio interior hacia la fortaleza. Tenía uno rato antes del entrenamiento, y siempre que tenía un minuto libre, trabajaba en la fortaleza
Una vez Hurog había estado enteramente hecha de piedra negra, pero muchas de las piedras se habían hecho pedazos cuando la muerte de Oreg había destruído la fortaleza y sus muros. La piedra negra era cara, y cuando empezamos a reconstruir, había habido poco oro para comprarla. El nombre de la cantera que había suplido al constructor original de la piedra se había perdido en el tiempo, siempre suponiento que consiguieran la roca en algún lugar cercano, como se acostumbraba... Oreg no recordaba ni una cosa ni otra.
Pero Hurog tenía una vieja cantera de granito, así que utilizamos granito en lugar de piedra negra y el resultado fue... raro. El picado de negro con gris hacía la fortaleza mucho menos imponente, y parte de mí se lamentaba con amargura por la pérdida del viejo torreón.
Habíamos reconstruído las paredes del patio interior, excepto que en vez de una entrada apropiadamente segura teníamos sólo unas primitivas puertas de madera mientras nuestro herrero y nuestros armero trabajaban con ahínco para proporcionarnos el trabajo de hierro que necesitábamos. La mayor parte del exterior estaba terminado también. Nuestros progresos habían sido inusualmente rápidos por la ayuda de los enanos, pero sospechaba que no estaría completamente reconstruída hasta que mi cuerpo fuera polvo en la tumba. La fortaleza no era demasiado grande para los estándares de los Cinco Reinos, pero tampoco el grupo de trabajadores que teníamos para reconstruírla. La muralla exterior no era más que una pila de escombros rodeando casi treinta acres de tierra. Aún no había tenido ánimos para empezar con ella.
La cosecha de este año había sido la mejor que se recordaba, ayudada no en poco por la desaparición de la capa de sal que cubría los mejores campos desde antes de la época de mi tatarabuelo. Magia, susurraba la gente, y me miraban con temor reverencial. Huesos de dragón, pensaba yo, y esperaba que lo cosechado no envenenara a la gente que lo comiera. No había sido así el año pasado, ni el anterior a ese. Ni, para mi alivio, parecía tener otras propiedades inusuales.
Con la cosecha terminada, mientras los demás cazaban para comer o por deporte, yo trabajaba en reconstruir la fortaleza con quienquiera que quisiera ayudar. Los enanos iban y venían a su propio capricho... y ahora no había ninguno aquí. Dos días a la semana, pagaba a una partida de trabajadores, pero ni siquiera con una cosecha tan buena Hurog era rico. Habíamos terminado el techo y las paredes de carga interiores de la fortaleza el invierno pasado, pero todavía no era más que una concha con habitaciones a medio terminar.
En el interior, el gran salón se parecía mucho a lo que había sido en tiempos de mi padre, ya que yo me había mostrado firme en no utilizar el granito donde se viera desde el interior. La pared con la maldición familiar había requerido la mayor parte del tiempo. Encontrar las piedras correctas y colocarlas en el orden adecuado fue más exigente que los puzzles de las damas de la corte, ya que cada una de las piezas pesaba más de cien libras, y varias habían quedado machacadas cuando Hurog cayó. Mi tío pensó que era un tonto por trabajar tan duro en ello, ya que la maldición, que predecía la caída de Hurog ante la Bestia Stygian de la mitología, ya había sido rota. Mi hermano, Tosten, había dicho que yo lo hacía porque había sido el instrumento que la había roto. Pero no comprendí, hasta que vi la cara de Oreg, que lo había hecho para protegerle a él de los cambios demasidado rápidos de los últimos años. Cuando tienes un milenio, los cambios, hasta los que son para mejor, son algo duro. Y había sido él, tanto como yo, el que había roto la maldición.
Toqué la pared ligeramente con una mano y me incliné para recoger un cubo de argamasa. Durante las últimas semanas, habíamos estado trabajando en los suelos. Un hombre de la Guardia Azul, de Avinhell, era hijo de un albañil. Había echado un vistazo al amasijo agrietado que quedaba del suelo del gran salón tras la caída de la fortaleza y lo había declarado posible de arreglar. Si hubiera sabido la cantidad de trabajo que iba a dar el estúpido suelo, lo habría entarimado, o incluso lo habría dejado de tierra. Nos hicieron falta meses para nivelar el suelo lo bastante para nuestro albañil. Creo que disfrutaba la oportunidad de darme órdenes.
Las puertas principales de la fortaleza estaban esperando bisagras capaces de soportar su gran peso, así que no hubo nada que frenara al chico que entró corriendo al gran salón. Se detuvo delante de mí y abrió la boca, pero no pudo pronunciar una palabra por falta de aliento.
-Toma aliento, chico -dije. Un largo rato y  varios falsos comienzos después, pudo hablar. Entretanto, le examiné en busca de pistas sobre su identidad.
Estaba bastante bien vestido, incluso para ser el hijo de un hombre libre. Los pantalones de lana habían sido teñidos hacía poco, y la camisa era de lino... una tela que había sido comprada, ya que el lino no creía en nuestro clima.El chico parecía uno de los de Atwater, alto con ojos oscuros que se tragaban la luz.
-Señor, hay bandidos. Abajo en la granja de Pa. Me envió aquí a avisarle. -Estaba cubierto de sudor, y una vez barbotó su mensaje, tuvo que volver a emplearse en respirar.
-¿Tu padre es Atwater? -pregunté, y asintió con la cabeza.
Yo siempre sabía cuando había problemas fraguándose en la tierra de Hurog. Oreg decía que era porque estaba atado a ella por la sangre, y me había dicho que varios de mis ancestos lejanos tenían el mismo vinculo con la tierra. Hurog me hablaba... cuando yo escuchaba.
Un veloz toque de magia me mostró que ahora no había ninguna lucha cerca de la granja de Arwater, lo que significaba que los bandidos habían sido rechazados. Si Atwater o uno de los suyos hubiera muerto, yo lo habría sabido. Ellos pertenecían a Hurog de una forma que no tenía nada que ver con la ley y todo con la sangre.
-No te preocupes, chico -dije-. Atwater lleva luchando con bandidos desde antes de que yo naciera. Vamos a por mi caballo, ¿vale?

*****


« Última modificación: Octubre 12, 2015, 08:26:43 pm por crislibros »