Autor Tema: LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 1  (Leído 446 veces)

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LA SANGRE DEL DRAGÓN, capítulo 1
« en: Octubre 12, 2015, 08:22:31 pm »
Capítulo 1
Tisala en Estian.

Hacen falta muchos años de trabajo duro y dedicación para producir un torturador competente. Los jóvenes no quieren tomarse el tiempo necesario para aprender el arte.
Lioth de Edelbreck, Torturador Real.

-Es como despellejar un conejo -dijo el viejo a su nieto. Había fuerza en su agarre desmintiendo la edad de su cara mientras arrancaba otra tira de carne del dedo de Tisala.
-Nunca he despellejado un conejo vivo -El chico parecía asqueado, como un recluta ante su primera sangre, pensó Tisala.
El viejo casi perdió la paciencia con él.
-No seas idiota. Ahora mira.
El siguiente movimiento del cuchillo obligó a Tisala a prestar atención a su cuerpo. Tarde o temprano le diría al viejo lo que quería saber, pero si podía esperar lo suficiente, puede que no confiaran en nada de lo que dijera. Pero sólo llevaba aquí dos días y ya el cuerpo le dolía y la mente divagaba por lo que le habían hecho.
-¿Qué sabes sobre la chusma de Alizon, pequeña? Dímelo y dejaré de hacerte daño. -canturreó mientras el cuchillo obraba su magia-. No me gusta hacer daño a las muchachitas, pero estás ocultando algo que nuestro rey necesita saber. Un hermano no debería intentar hacer daño a su propio pariente. Lo que Alizon está haciendo está mal y lo sabes. Todo lo que tienes que hacer es decirme quién le está ayudando y pararé.
No temía a la muerte, ni siquiera a la muerte por tortura. La muerte era un compañero constante en el campo de batalla, con frecuenta tanto una amiga como una enemiga. La traición, sin embargo, la traición era verdaderamente aterradora. Mejor morir rápido, antes de que pudiera hacer daño a alguien que le importara. Había esperado su momento con intención de utilizar su lengua para irritar a su torturador y que cometiera un desliz. Alguien le había contado una vez que su lengua era su arma más formidable, y eso algo que ellos no podían quitarle.
-¿Cómo puedes hacer esto todo el día? -preguntó el chico apasionado-. ¿Abuelo, los magos no pueden hacer que una persona hable?
El viejo resopló.
-Los magos pueden hacer que una persona diga lo que ellos quieran que diga, pero no pueden conseguir auténtica información por medio de la magia. La buena información proviene sólo de los hombres como yo. Salvamos vidas en el campo de batalla, proporcionamos a nuestro rey sus victorias.
-¿Por qué haces esto aquí, en vez de en el castillo? –La bravata, no la curiosidad, salpicaba la pregunta. Tisala podía haber dicho que ella ya conocía la respuesta.
-Secreto -La voz del viejo tembló, traicionada por la edad.
El chico resopló.
-Porque si sus preciosos nobles supieran lo que hacemos aquí a una mujer noble, se unirían a la rebelión de Alizon. Torturar a una débil mujer es trabajo sucio, indigno del torturador del rey. Se librará de ti también, abuelo, cuando hayas terminado aquí.
Es muy probable, pensó Tisala.
-Hago lo que se me dice, chico. Soy un hombre del rey. -El viejo estaba tan agitado que cortó con el cuchillo y la sangre bajó en cascada por el brazo de Tisala y hasta la mano.
El chico observó el desastre, tragó con dificultad, luego se dio la vuelta y huyó, cerrando de golpe la pesada puerta de madera tras él, dejando al viejo distraído de su trabajo, maldiciendo a la madre que había criado a su hijo tan débil y tonto.
Tisala casi no podía creer que el viejo maestro fuera tan estúpido, pero él continuó mirando a la puerta sujetando el cuchillo en la mano ensangrentada... tan cerca de su mano, sostenido sin atención. Tisala nunca esperaba a segundas oportunidades. Retorció la muñeca, liberándose de su agarre, y luego empujó el hombro hacia adelante. Cogió la mano que sostenía el cuchillo y la utilizó para cortar la garganta del viejo.
Atada al banco sobre el que yacía, no pudo ralentizar la caída del viejo, ni apartarse del paso de la sangre que le borboteaba de la garganta cortada. Pero le sujetó la mano con la suya propia, herida y sangrante como estaba. Mientras el cuerpo se relajaba, lentamente pasó de sujetar la mano a sujetar el cuchillo.
Por un terrible momento, pensó que el cuchillo iba a resbalar de sus dedos débiles, y se quedaría atada a la mesa. Pero cuando el brazo del viejo cayó, ella todavía tenía el cuchillo desesperadamente aferrado en la mano.
El cuchillo, pequeño pero afilado, cortó las cuerdas con tanta facilidad como se había deslizado a través de su piel. Su cuerpo se movió con torpeza, rígido por haber estado atado tanto tiempo, y débil por la conmoción y las indignidades por las que había pasado. Ignoró sus dolores lo mejor que pudo, y encontró un trapo para envolverse la mano. Nadie vino a investigar el sonido que el cuerpo había hecho. La esperanza escaló un grado mientras Tisala sopesaba sus posibilidades.
El chico había dicho que no estaban en el castillo, pero tenía suficiente sentido común para no confiar en nada que hubiera oído en un lugar como este. Aún así, si no era verdad, bien podía cortarse la garganta ahora mismo. En cualquier situación sería difícil atravesar los salones reales sin llamar la atención. Tal vez el chico estuviera en lo cierto.
La esperanza de escapar la hizo titubear con el vendaje burdo de su mano. ¿Adónde podía ir? Tenía que tomar la decisión correcta pero sus pensamientos fluían como lodo.
Tenía amigos aquí en Estian que la ocultarían.
Si alguien seguía su rastro a través de la ciudad... algo muy posible en su estado actual... estaría sentenciando a sus amigos a muerte. No podía permitirse huir a casa, a Callis en Oranstone, por su cuenta. Si iba a casa ahora, estaría firmando la sentencia de muerte de su padre. Su distanciamiento público, supuestamente porque estaba cansada de su insistencia en mantener los votos de lealtad hacia el rey, era lo único que mantenía a su padre fuera de las celdas de Jakoven. Si él veía lo que el hombre de Jakoven le había hecho, empezaría una guerra por su cuenta... y este no era el momento correcto.
Volvió de inmediato a la situación actual. Piensa, Tisala, piensa. Cinco reinos bajo el control de Jakoven, seguramente habría algún lugar donde esconderse.
Fuera de la ciudad, Tallven estaba firmemente en manos del Alto Rey Jakoven, cuya familia le había dado nombre. Tallven era todo tierra llana, sin montañas donde ocultarse. Hacia el sur estaba Oranstone, adonde no podía ir a causa de su padre. Al este estaba Avinhelle, y tenía conocidos allí, pero hacía cuatro años los señores de Avinhelle habían conspirado para traicionar a los Reinos. Atrapados y humillados por multas y ahorcamientos, los señores que quedaban la entregarían tan pronto como comprendieran que era una oportunidad de demostrar su lealtad al rey. Al oeste estaba Seaford, pero no conocía a mucha gente allí. Los de Seaford eran marineros y exploraban los océanos, dejando que los políticos gobernaran a la gente. Al norte... los shavig eran salvajes de corazón frío. Recordaba ver a una tropa de hombres shavig cuando era una niña muy pequeña, con su cabello pálido ondeando tras ellos mientras cargaban contra un pueblo indefenso sobre sus monstruosos caballos. Recordaba los gritos de terror de sus compatriotas.
-Shavig -gritaban-. Shavig. -Shavig. Se estremeció.
-¿Bárbaros? -se rió Ward, apartándose el pelo exóticamente pálido de los ojos-. Tisala, somos testarudos, odiosos, y rudos. Pero difícilmente bárbaros. Incluso cocinamos nuestra comida... si nos conviene.
Ward de Hurog. Tuvo una imagen repentina y vívida de él la última vez que le había visto, con su espada empapada de sangre vorsag. Era fuerte, lo bastante para enfrentarse al Alto Rey si hacía falta. Por encima de todo no estaba involucrado en la rebelión Alizon, el medio hermano del rey. Vivía en una propiedad en la costa, no demasiado lejos de la frontera tallven. Seguro que podía encontrarla.
Mejor aún, tenía información para él… en pago por su ayuda. Se puso los zapatos del viejo para protegerse los pies y cogió su capa de la pared. Se habría puesto su ropa también, pero la muerte había liberado algo más que meramente sangre. Envolviendo la capa alrededor de su desnudez, decidió que podría robar ropa antes de abandonar la ciudad.
Abrió la puerta y subió un largo tramo de escaleras hasta otra puerta. La abrió también, esperando encontrar un pasillo u otra habitación, pero sólo encontró el frío aire nocturno y un conjunto de escalones de madera que conducían a un callejón diminuto. El guardia que estaba delante de la puerta ni siquiera se dio la vuelta, sus ojos observaban el techo y las sombras.
-Aprenderá, Maestro Edelbreck. Los chicos crecen -dijo con los tonos planos y nasales de un nativo de Estian.
No vivió lo suficiente para comprender que no había sido el torturador el que había abierto la puerta tras él. El cuchillo estaba muy afilado, y Tisala cogió el cinturón del guardia y la vaina para llevarlo. El cuchillo de él era burdo, un utensilio para comer más que un arma y lo dejó en el suelo junto al cuerpo. Dejar la espada fue una decisión más difícil. Anhelaba la tranquilidad de su peso, pero en Tallven, sólo los hombres de armas y los nobles llevaban espadas.
Sin espada, Tisala desapareció en el laberinto de Estian, sin dejar rastro para que los hombres del rey la siguieran.