Autor Tema: HUESOS DE DRAGÓN, capítulo 3  (Leído 706 veces)

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HUESOS DE DRAGÓN, capítulo 3
« en: Abril 09, 2015, 10:14:18 pm »
3
Wardwick
Quedé atrapado en la red que había tejido. En vez de liberarme, intenté convencerme a mí mismo de que estaba más seguro allí.
—Al menos sabe luchar —oí que mascullaba uno de los hombres a otro. No podía estar seguro de quién era sólo por la voz, y mis ojos estaban ocupados en mi oponente.
—Uno a uno, cuando no tiene que recordar órdenes. Pero en tres años, será él quien de las órdenes. Para entonces yo me habré ido. —Indiscutiblemente la voz extrañamente nasal de tenor del segundo de Stala. En las tres semanas que habían pasado desde la muerte de mi padre, había sido tratado con varias variantes de esta conversación.
Una maldición mascullada de mi oponente devolvió mi atención a la lucha. Ilander de Avinhelle era nuevo en la Guardia, y esta era la primera vez que me había atraído a un desafío.
La Guardia Azul atraía a luchadores de cuatro de los cinco reinos; Shavig, Tallven, Avinhelle, y Seaford. Si un hombre duraba algunos años aquí, podía esperar ser primero o segundo en cualquier guardia. No había oranstonianos porque hacía quince años, los Guardias Azules bajo el mando de mi padre habían sido utilizados para aplastar la Rebelión Oranstoniana.
Ilander puede que fuera nuevo, pero entendía que mi tía me había entrenado desde que había podido coger una espada, así que no debería haber asumido que sería fácil. Aun así, me había observado toda la semana en los entrenamientos después de que Stala hubiera anunciado los participantes en la matanza semanal. Pero los entrenamientos son entrenamientos, y los desafíos eran batallas. Durante los entrenamientos, normalmente "olvido" los padrones, especialmente si Stala los cambia con frecuencia. Soy más lento y me niego a utilizar toda mi fuerza contra un oponente que sólo está interesado en balancearse bien. ¿Era culpa mía que Ilander pensara que eso significaba que soy lento y torpe? Ilander, que pensaba que jugar con el chico tonto era realmente gracioso.
Le sonreí suavemente mientras daba un tajo torpe con la espada en un intento aparentemente débil de esquivar su estocada mortal. Eso hizo que él pareciera realmente malo cuando mi quite funcionó. Gruñó y balanceó la espada por encima de su cabeza, con la errónea impresión de que yo no podría golpear su cuerpo con una estocada mortal y detener su hoja antes de que me podara algo importante... como mi cabeza.
Stalla emitió un silbido chillón con dos dedos tan pronto como la punta de mi espada azotó la barriga de su armadura, pero fue mi hoja la que detuvo su espada. En una pelea real, él habría acabado muerto. Si no hubiera detenido su hoja, yo había acabado muerto, práctica o no. Él quería continuar; podía ver la rabia en sus ojos cuando sostuve su mirada sin inmutarme.
—Buena pelea —dije con seriedad, retrocediendo y dejando que su espada se liberara de la mía—. Fue una buena pelea, ¿no, Stala?
Stala resopló.
—Ilander, no eres un niño. Deberías ser más listo y no enfadarte con tu oponente. Cuando te enfrentas a alguien que ya ha probado ser más fuerte que tú, no digamos ya más rápido, es el colmo de la estupidez realizar ese movimiento sobre la cabeza. Tienes suerte de no haber resultado herido.
—Siento haberte enfadado, Ilander —dije, ofreciéndole mi mejor mirada bovina—. No lo volveré a hacer.
Ilander, que había estado retorciéndose bajo el aguijón de la lengua de mi tía, volvió a su anterior estado de rabia. Su cara se ruborizó, y sus fosas nasales se abrieron.
—Tú...
—Cuidado —ladró Stala, e Ilander apretó los dientes con un chasquido audible. Cuando aceptó satisfecha que no iba a decir nada más, se relajó—. Ve a lavarte. Tienes libre el resto del día. Lucky ocupará tu lugar en el turno de guardia.
La posición de Lucky en el círculo de guardias estaba justo detrás de la de Stala y a su derecha. Siendo un hombre relativamente inteligente, resopló aprensivo. Ella ni siquiera le miró, mantuvo los ojos en la tierra delante de ella.
—Te dije que dejaras de esquilar el dinero a los polluelos, Lucky. ¿Cuánto le has ganado?
—Un plata, señora.
—Apostando a que no podría derrotar a Ward.
—Sí, señora.
—¿Sabes qué? A veces puedo hacer magia mejor que Licleng. Mírame. ¡Puff! —Levantó las manos en un ademán teatral—. Esa apuesta no ha ocurrido.
Él pensó en discutir, abrió la boca para hacerlo dos veces.
—Sí, señora —fue todo lo que dijo.
Habiéndose ocupado de Lucky, volvió su atención hacia mí.
—Ward, ni siquiera has sudado.
Fruncí el ceño pensativo, decidí que olerme la axila sería sobreactuar, así que asentí con la cabeza.
—Después de que todos terminen, tú y yo nos veremos las caras, ¿eh?
Sonreí y asentí. Si nadie hubiera pensado que era estúpido antes, la sonrisa les habría convencido. Nadie derrotaba a Stala. Como Lucky, me pregunté cuándo sabía ella. ¿Sabía, por ejemplo, que había puesto un cebo a Ilander deliberadamente? ¿Tenía intención de que nuestro enfrentamiento fuera un castigo para mí?
* * *
Sudando suficiente incluso para Stala, cojeé escaleras arriba por la torre. Cada movimiento dolía, pero era lo esperado. Stala era alta para ser una mujer, y treinta años de lucha la habían hecho musculosa. Yo era más fuerte, más rápido, y tenía un alcance más largo que ella, pero Stala peleaba sucio. En un desafío, lo único que importaba era ganar, y a ella le gustaba ganar.
Me froté el ojo izquierdo cuidadosamente, eliminado unos cuantos granos más de tierra. Yo no podía utilizar trucos como el de la arena sin delatar mi actuación, pero, de todos modos, los estaba aprendiendo.
Cuando abrí la puerta, Oreg me estaba esperando en la habitación con una sonrisa abierta en la cara. Le perdoné la sonrisa tan pronto como vi la tina de agua caliente. Dejé caer mi incómoda ropa húmeda y me metí en el agua. La tina había sido construida para mi padre (la única cosa además de Axiel me habían asignado), así que yo encajaba dentro. Suspiré cuando el calor relajó la rigidez de mis músculos doloridos.
—¿Le doy las gracias a Axiel o a ti? —pregunté, extendiendo la mano en busca de un trozo de jabón.
—Axiel transportó el agua, pero yo la volví a calentar.
—Gracias —dije, hundiendo la cabeza bajo el agua y quedándome allí un rato. Pero la mancha de lo que había hecho esta mañana se pegaba a mí. Oh, no había ninguna vergüenza en perder contra mi tía. Todo el mundo perdía contra ella... pero la mayoría de ellos no podía hacerla trabajar para ganar. Lo que me molestaba era la pelea con Ilander.
Subí a buscar aire.
—Vi tu pelea —dijo Oreg, sentándose en el taburete y balanceándolo sobre dos patas sin poner los pies en el suelo. Me pregunté si su equilibrio era tan bueno o si estaba usando magia. Mi habilidad para detectar la magia era algo vago, y Oreg inundaba cualquier zona en la que estuviera directamente de magia, así que era difícil decir a veces si había pequeños hechizos en funcionamiento. Se parecía a la magia de Hurog, y en ocasiones me preguntaba si él era la magia que siempre podía sentir aquí o si sólo se conectaba con ella.
Él usaba su magia mucho más que la mayoría de los magos que yo conocía... incluso los buenos de la corte. No podía decir si era más poderoso, menos discreto, o si estaba intentando impresionarme.
—¿Quieres decir cuando mi tía casi me evisceró?
—No —sonrió hacia la pared detrás de mí—. Cuándo hiciste quedar como un idiota al guardia nuevo, Ilandei. No, ese es un nombre tallvenishniano y él es avinhellishniano, Ilander.
Mi padre estaba muerto. Mi tío actuaba como un regente concienzudo, llevando los asuntos de Hurog tan bien como si esta fuera una de sus propiedades. Mejor, quizás. Durante los tres últimos días, había estado la mayor parte del día trabajando en reclamar las tierras que la sal había tomado. Había traído conchas traídas del mar en carretas y había dirigido su despliegue sobre la sal. No había funcionado. Mi varias veces tatarabuelo, Seleg, había intentado algo similar cuando la sal había aparecido por primer vez, pero no había funcionado. Lo había leído en sus diarios.
Yo podría haberle ahorrado a Duraugh tres días de trabajo. Pero un idiota difícilmente habría leído los garabatos más ilegibles y polvorientos ocultos en un estante remoto de la biblioteca. La culpabilidad competía con el miedo. Ya no era miedo por mi vida... nada tan noble.
Así que me distraje de la culpa de ver a Duraugh poner todo su esfuerzo en una causa perdida, jugando con un guardia desafortunado mientras mi tío luchaba por hacer lo mejor para Hurog.
—Le empujaste —continuó Oreg inútilmente—. No volverá a intentar ese truco con harina y cascos de nuevo. No contigo. Aprenderá a tratar al Hurogmeten con más respeto.
Observé a Oreg con atención. ¿Era un comentario o estaba pescando? ¿Podía ver Oreg la culpa que me carcomía? No podía decirlo. El trato con mi padre se había asegurado de hacerme muy bueno leyendo a la gente, pero Oreg era otra cuestión totalmente distinta. Había sido esclavo durante mucho tiempo.
Agarré otro trozo de jabón y lo usé para frotarme las manos y limpiar el olor metálico de la espada.
—¿Cómo era mi tío de niño? —pregunté para distraerle de la pelea de esta mañana.
—Creo que me gustaba. —El taburete de Oreg se balanceaba adelante y atrás—. Ha pasado demasiado tiempo. Solía recordarlo todo, pero dejé de hacerlo. Ahora olvido tan rápido como puedo. —Su cara tenía una mirada perdida que me intranquilizaba. Normalmente precedía a uno de sus raros momentos.
—Tú crees que debo sincerarme —acusé—. Tú eres el que me dijo que escuchara a mis instintos.
Volvió a colocar el taburete con cuidado sobre las cuatro patas, luego se bajó y se alejó, colocándose fuera de mi alcance. Pensamiento avanzaba mucho más rápido que Oreg, pero Pensamiento sólo tenía cuatro años de malos tratos que olvidar. ¿Qué podría hacer en realidad? Ya no tiene doce años. Creo... creo que este fingimiento le hace más daño que bien.
—Me voy a montar —dije, levantándome con un chorro de agua, ignorando su mueca de desagrado ante mi movimiento súbito. Cogí un trozo de toalla y me sequé con brusquedad—. Necesito despejarme la cabeza.
Mientras me secaba, no pude evitar que mi labio se curvaba en una sonrisa de mofa hacia mí mismo. Oreg tenía razón. Fuera mi tío o no de confianza, ya era hora de librarse del disfraz, pero de ahí provenía el miedo. No quería confesar a mi tío que me había ocultado a mí mismo bajo una máscara de estupidez durante siete años por miedo a mi padre. Había sido más fácil hablar con Oreg, pero Oreg sabía el padre que yo había tenido. Él había estado presente cuando mi padre me había golpeado casi hasta la muerte en un frenesí de rabia celosa.
Era una hermosa ironía. Yo, que había fingido durante un tercio de mi vida ser un idiota, no quería parecer un tonto.
Reí un poco y rebusqué en el armario ropa limpia.
—Cuando vuelva, le contaré a mi tío que no soy tan tonto como parezco.
* * *
Aún no había montado mucho a Pensamiento, y el paseo que preveía no le haría ningún bien en su estado. Mi montura habitual en mis viajes por las montañas era una gran yegua castaña llamada Pluma por una mota blanca en su frente amplia. Era de pecho robusto, huesos grandes, y le encantaba correr tanto como yo necesitaba que corriera.
Para ella, una carrera loca por la colina de las montañas de Hurog era divertida, para mí, era un escape necesario. Mientras corríamos por los estrechos senderos y sobre pronunciados desfiladeros, mantenía mi mente en adónde íbamos en vez de dejar que mis pensamientos tergiversaran y corrieran alrededor de cuestiones sobre las que no tenía ningún control.
Mientras corríamos, la única cosa real era el peso de su gran cuerpo moviéndose bajo mis canillas y el trueno de sus cascos. Olía el sudor de su esfuerzo y oía el ritmo constante de su respiración. Cuando ese ritmo se rompiera, yo me detendría.
El sendero por el que la dirigí ese día era desafiante, lleno de árboles caídos y giros bruscos. Ambos lo conocíamos bien. Normalmente, nos deteníamos en lo alto de una cordillera escarpada cerca de un árbol golpeado por un rayo y girábamos de vuelta hacia Hurog a un paso más cuerdo. Pero cuando pasamos el árbol, Pluma estaba fresca, y yo todavía me retorcía entre el bien y la vergüenza.
Doblamos una esquina aguda en lo alto de una cuesta empinada. Apoyé mi peso en el interior para ayudarla a tomar el giro brusco, y el suelo suave bajo el caso exterior cedió.
Se hubiera caído entonces, habríamos rodado hasta el fondo de la montaña, pero cambié mi no poco considerable peso y le giré la cabeza, enviándonos a galopar velozmente por una bajada algo mejor que la cara de un acantilado.
La aferré con las piernas y observé sus orejas para poder anticipar la dirección en la que esquivaría entre las grandes rocas. Tenía que estabilizar su cabeza sin interferir en su frenético intento de mantener las patas debajo mientras nuestro peso combinado nos empujaba hacia abajo. Si la cuesta no hubiera sido tan pronunciada, podría haber echado mi peso hacia atrás y pedirle que se deslizara sobre las ancas, pero aquí tal movimiento habría sido fatal. Había un enredo de arbustos en el fondo, y de algún modo se las arregló para brincar y saltar a través de ellos a una velocidad que ningún caballo sano habría alcanzado.
Si ella hubiera sido una fracción menos robusta, nunca lo habríamos conseguido. Honestamente no sé cómo se mantuvo en pie... ni como me las arreglé para permanecer sobre ella mientras lo hacía... pero todavía estábamos en pie cuando se detuvo tambaleante. Su respiración me mecía, y el sudor del terror y el esfuerzo calentaba mis piernas.
—Shh, Pluma —dije, palmeándole el cuello—. Que buena chica eres, que señora — y otras tontería parecidas hasta que el blanco abandonó sus ojos y se frotó la cabeza con mi rodilla con una de esas increíbles contorsiones de las que los caballos son capaces.
Me bajé y aterricé sobre piernas inestables. Comprobé a Pluma concienzudamente, pero sólo tenía dos cortes menores y ninguna cojera. Para cuando estábamos a medio camino de casa, estaba fresca y relajada, al contrario que yo. Casi nos había matado a los dos con mi estupidez. Cuando llegáramos a casa, se lo explicaría todo a mi tío.
* * *
Cuando entré en el patio del establo los mozos estaban trabajando con un par de caballos desconocidos que parecían incluso más cansados que mi pobre Pluma. Por los colores de sus arreos, oro y gris, eran de Garranon.
Garranon era un noble oranstoniano; además, era el favorito del alto rey. Normalmente, pasaba todo su tiempo en la corte o cazando en las haciendas de otros porque los señores oranstoniano, incluso los favoritos del rey, tenían prohibido pasar mucho tiempo en sus propias fincas, una consecuencia de la rebelión oranstoniana. No podía imaginar qué estaba haciendo aquí.

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Re:HUESOS DE DRAGÓN, capítulo 3
« Respuesta #1 en: Abril 09, 2015, 10:17:49 pm »
No había nadie en el gran salón excepto Oreg cuando entré. Estaba de pie con las piernas separadas, con las manos cogidas detrás de la espalda, y mirando el antiguo mensaje, la maldición Hurog, tallada en la pared.
Había tal intensidad en su expresión que yo también la miré, pero no había cambiado. Las runas todavía parecían haber sido talladas rudamente con un cuchillo de caza, pero ningún cuchillo que yo hubiera visto se clavaría en la piedra. En algunos lugares, la escritura se hundía casi un dedo, y en otras, era poco más que un arañazo superficial. Cada runa era casi tan alta como yo.
—¿Oreg? —dije, después de una mirada rápida para confirmar que la habitación estaba vacía. Yo era el único que podía verle siempre que estaba presente. Solía utilizar algún tipo de magia para evitar que los demás le vieran; aunque normalmente se mostraba también ante Ciarra. Había aprendido a ser muy cuidadoso al hablarle en lugares públicos. Se suponía que era estúpido, no que estaba loco.
La magia empezó a acumularse en la habitación con tanta fuerza que trajo un rubor a mi cara. Mucha más magia de la que normalmente rodeaba a Oreg.
—¿Oreg? —pregunté con un poco más de urgencia.
—Yo escribí esto —dijo, ondeando la mano hacia la pared—. Lo hice después de que matara al dragón. Los ojos de ella relucían con oleadas de plata, y él la mató, así que le presenté el futuro de Hurog.
—Parece mucho trabajo —observé, intentando atraer su atención. Había empezado a reconocer cuando Oreg estaba a punto de tener uno de sus ataques. Algunas veces hablaba con gente que no estaba ahí o sólo que quedaba mirando ciegamente a través de mí. Normalmente, se marchaba bruscamente, y la siguiente vez que le veía, estaba bien. Pero una o dos veces, había sido capaz de atraer su atención hacia mí y evitar el ataque.
—Él no podía leerlo... bastardo analfabeto. —Su voz golpeó la última palabra con odio puro.
—Está en antiguo shavig. No mucha gente puede leerlo —comenté.
—Hizo que me golpearan cuando le dije lo que ponía. —Mientras hablaba, los hilos de su camisa se dividieron en una especie de línea corta y recta bajando por la espalda desde el hombro a la cadera derecha. Se sobresaltó, y otra línea de hilos rotos apareció. Increíblemente, vi sangre oscurecer los bordes de la tela, pero Oreg no apartaba su atención de la pared.
—Oreg —dije, intentando mantener la voz tranquila, aunque esta vez pude oír el chasquido del látigo cuando un tercer golpe invisible le golpeó.
Mi madre podía fabricar ilusiones. Algunas veces entraba en una habitación en el castillo, y estaba llena de enredaderas y flores exóticas de su tierra natal en el sur de Tallven. Esto no parecía una ilusión: le goteaba sangre por la espalda hasta el suelo polvoriento.
—Oreg, eso fue hace mucho tiempo. Él ya no puede hacerte daño —dije.
—Podría haberme matado —continuó Oreg con esa voz antinaturalmente tranquila.
Me coloqué entre él y la pared para atrapar su mirada, pero cuando vi su cara, no dije otra palabra. Su cara estaba magullada más allá del reconocimiento, y se le veía el hueso blanco a través de su mejilla.
—Pero no lo hizo. Hizo que otro utilizara el látigo. ¿Sabes por qué?
—No —susurré—. Dime.
—Porque no quería perder Hurog. Sabía cuanto quería yo morir. Él llevaba el anillo así que sólo él podía matarme, y sabía que por eso le provocaba. Así que hizo que lo hiciera otro.
—Oreg —dije, tocándole la coronilla de la cabeza gentilmente, ya que era el único lugar no marcado por un antiguo dolor.
—¿Ward? —dijo mi tío a mi espalda—. ¿Con quién estás hablando? —Su voz era suave, se parecía mucho a la voz que yo estaba usando con Oreg, a quien obviamente él no podía ver.
Al cuerno con mi plan de explicar a Duraugh que yo era en realidad normal.
—Estaba leyendo las palabras de la pared —dije sin mirar alrededor—. Mi hermano Tosten intentó enseñármelas una vez, pero sólo recuerdo un poco.
—Ah —dijo mi tío, sonando muy aliviado—. Garranon y su hermano están aquí.
Le di la espalda bruscamente a Oreg, intentando no reaccionar cuando empezó el gemido agudo mientras me colocaba alrededor el escudo de estupidez. Los visitantes se habían quedado atrás mientras mi tío se aproximaba, pero sólo hicieron falta unas cuantas zancadas para alcanzarlos.
—¡Garranon! —Estreché su mano fuerza y la sacudí vigorosamente, a pesar de su decoroso intento por escapar. Luego le golpeé la espalda, sujetándole en posición con la mano que todavía sostenía.
Soltó un chillido amortiguado. Mi tío me puso un brazo alrededor de los hombros y me apartó discretamente.
—Lord Garranon y su hermano Landislaw han montado todo el camino desde la corte esta pasada semana —dijo mi tío.
Garranon era más o menos de estatura media con rasgos de huesos finos, cabello marrón rizado, y labios finos que sonreían con demasiada facilidad. Parecía más joven de lo que era en realidad, lo que supongo atraía al rey. Su hermano Landislaw se le parecía mucho, pero de algún modo Landislaw hacía que los mismos rasgos parecieran rudos en vez de aristocráticos. En Landislaw, la nariz fina de Garranon se volvía fuerte y masculina. Los labios estrechos eran firmes, la sonrisa encantadora. Con los dos juntos, uno pensaba en estudioso y guerrero o ciervo y toro... o eso decían las damas de la corte.
Después de hacer que todo el mundo se sintiera lo bastante incómodo por mirarles fijamente, asentí con la cabeza.
—La corte es aburrida. Yo también habría venido aquí.
Landislaw rió.
—Bien dicho. He disfrutado más la pasada semana que en cualquier semana en la corte. Lamentaré volver. —Landislaw era un alcahuete y un matón al que yo aborrecía.
Garranon todavía se estaba frotando el hombro discretamente, pero tenía modales cortesanos.
—Deseo expresar mis condolencias.
Le miré interrogante.
—Por tu padre —dijo.
—Oh —dije con repentina comprensión—. Sí, por mi padre. Murió hace unas cuantas semanas.
Desconcertado por mi falta de luto filial, el discurso practicado de Garranon le abandonó. Me gustaba más Garranon de lo que querría que me gustara el favorito del alto rey. Me gustaba incluso más ahora que su presencia significaba que tenía que esperar para contar a Duraught la verdad.
Mi tío intervino con facilidad.
—Ahora que Ward está aquí, tal vez nos diréis lo que os trae por Hurog, mis señores.
—¿La caza? —pregunté. Oreg había dejado de hacer ruido excepto por unos gruñidos suaves, pero el sonido de cuero golpeando la carne resonaba en el salón, y la magia evitaba que me concentrara en nuestros invitados.
Garranon bufó agriamente.
—Sí, estamos de caza... pero no del tipo que piensas. Landislaw compró una esclava a un conocido. Ahora hemos averiguado que la esclava no era de su amigo para venderla.
¿Una esclava? Estos actos despreciables eran comunes en Estian, en la corte tallvenishna del alto rey al igual que en otras partes de los Cinco Reinos. Los shavin no poseían esclavos.
—Pertenecía a su padre —añadió Landislaw con una mueca de disgusto.
—Su padre —continuó Garramon agriamente—, es Black Ciernack.
—¿El prestamista? —preguntó mi tío, claramente sorprendido. Tal vez no había oído los rumores sobre el hermano de Garranon.
Oh, Landislaw no estaba en deuda, todo lo contrario. Vendía a sus amistades de la corte en garitos acogedores, justo lo bastante sórdidos para atraer a los jóvenes cortesanos hastiados. Los garitos pertenecían a Ciernack. Si los amigos de Landislaw perdían dinero allí, estaba claro que no era culpa suya. Preguntadle sino.
—El prestamista —concedió Garranon—. Antes de que Landislaw pudiera devolverla, se escapó. Así que la hemos estado persiguiendo desde entonces. Francamente, si Landislaw no hubiera descubierto que alguien la había estado alimentando con historias sobre que Hurog es un refugio para esclavos, nunca la hubiéramos encontrado. Por los rastros que hemos seguido, está en un túnel junto al río. No sé cómo entró allí. Nosotros no pudimos mover la verja. Pero sus huellas continúan más allá de la entrada.
Garranon estaba hablando para mí en vez de a mi tío. Era una de las cosas que hacían que me gustara. La mayoría de la gente en la corte intentaba olvidar a toda costa que yo estaba allí, aun si estaba de pie a su lado.
Fruncí el ceño al suelo.
—Alcantarillas.
Garranon chasqueó los dedos.
—Por supuesto. Me preguntaba qué era ese túnel. Olvidaba que este lugar... —Hizo un gesto que abarcaba la habitación— ...fue construido por enanos.
—No —corregí—. Sólo las alcantarillas.
—Ah —Garranon asintió—. Incluso así. Tenemos una esclava huída en vuestras alcantarillas, y no podemos atravesar la verja que parece sellada a la boca del túnel.
No cuando estuve allí por última vez, pensé. Por lo que yo sabía, la verja todavía debía estar fuera de los goznes, porque la había dejado olvidada así. Oreg debía haberla sellado después de que entrarla la esclava. Él tenía más razones que la mayoría para preocuparse por un esclavo fugado. Tal vez había sido eso lo que provocara su ataque.
Detrás de mí, el sonido del látigo se volvió rítmico, aunque Oreg había dejado de producir ningún sonido en absoluto.
—Dejamos a los hombres y los perros allí y vinimos aquí para ver si tenéis una forma de entrar en las alcantarillas —dijo Garranon.
—No —dije.
—Tú has estado en las alcantarillas, Ward —recordó mi tío con un ceño—. Desde luego sabes cómo entrar en ellas.
Asentí con la cabeza. Desde luego.
—No hay esclavos en Hurog.
Garranon y su hermano me miraron con cautela, pero mi tío empezó a fruncir el ceño. Sabía lo que quería decir, podría ver la aprensión en sus ojos. Yo no sentía ningún cariño en particular por la esclavitud o por Landislaw. Si Oreg quería salvar a esa pobre alma, no sentía ningun escrúpulo por ayudarle.
—La seguimos —dijo Landislaw lentamente, quizás pensando que yo lo entendería mejor así—. Atravesó la verja. Pudimos rastrearla hasta ahí. Pero no podrá volver a salir por ese camino, ya que dejamos hombres vigilando la verja. Necesitamos entrar.
—El único camino es a través de la verja —dije llanamente.
—¿Puedes abrirla? —exclamó Landislaw, descartando su trato amable. Debía estar realmente preocupado. No me importaba verle sudar. Uno de los chicos a los que Landislaw había conducido a las redes de Black Ciernack se había suicidado. Había sido un buen chico, amable con sus estúpidos amigos.
—Sí —coincidí.
—Entonces vamos a sacar a la esclava —exclamó Landislaw, ignorando la mano de su hermano en el hombro.
—No hay ninguna esclava —dije, sonriéndole como si pensara que era duro de entendederas.
Mi tío inclinó la cabeza, sacudiéndola lentamente.
Tal vez olvidando que la estupidez estaba en mi cabeza y no en mi cuerpo, Landislaw me agarró la parte superior de los brazos.
—Lucha —dije feliz y le tiré a una docena de pies de distancia sobre el montón de mastines que normalmente se repantigaban alrededor del fuego cuando nadie los sacaba a cazar—. Me gusta la lucha.
—No —dijo mi tío firmemente—, no en la torre, por favor, Ward.
Me mostré herido y señalé a Landislaw.
—Empezó él.
Garranon se dio la vuelta así que yo fui el único que vio su sonrisa.
—No creo que tuviera intención de luchar contigo, Ward —replicó Duraugh con una voz sufrida. Caminó hacia el lord que luchaba con las leguas alegres de media docena de perros—. Vamos, Maldito, compórtate. Abajo, Dos Manchas. Mi señor, toma mi mano. Deberías recordar que nada gusta más a mi sobrino que una buena pelea. No es lo bastante civilizado si alguien le pone las manos encima. —Había una reprensión fresca en su voz.
Landislaw me dirigió una mirada fría, pero había traspasado los límites de los modales de un invitado, y lo sabía. Tomó la mano de mi tío y se puso en pie.
—Creo que sé lo que Ward estaba intentando decirle —continuó Duraugh, escoltando a Landislaw de vuelta a donde esperábamos Garranon y yo—. Como alguien debe haber dicho a su fugitiva, debido a una ley antigua, no hay esclavos en Hurog.
—Lo sabía, milord —dijo Garranon—. pero ¿qué tiene que ver nuestra esclava con que escojan no tener esclavos propios?
—No entienden, señores —se disculpó mi tío. Repitió para sí mismo—: No hay esclavos aquí. Si su esclava ha entrado en las tierras de Hurog, entonces ya no es esclava.
Landislaw le miró incrédulo.
—Bromea.
Garranon se volvió hacia mi tío, aunque mantenía una garra firme sobre el brazo de su hermano.
—Lord Duraugh, seguramente podría hacer una excepción esta vez.
—No —dije firmemente, aunque mi tío asentía con la cabeza—. No hay ningún esclavo en Hurog. Como yo soy Hurogmeten, guardián de estas tierra, no hay ningún esclavo aquí. Todo el que venga a Hurog es libre de quedarse aquí en paz; Hurog es un santuario para todos. —Me llevó largo rato sacarlo, no era particularmente rápido con la lengua.
Mi tío reconoció la canción citada, una de las sagas más famosas de mi héroe, el Hurogmeten Seleg. (Seleg no había empezado la tradición contra la esclavitud... había sido un antiguo Hurogmeten que necesitaba gente para cultivar las granjas... pero Seleg la había revivido). Los otros dos hombres, sin ser de Hurog, me miraron como si fuera una vaca que de repente hubiera empezado a hablar.
—Ward, eso es sólo una historia —dijo Duraugh con cuidado. Poniéndome a prueba, creo, para ver cómo podía persuadirme.
Sonreí.
—Madre me dijo que debía ser como Seleg. —Pude ver el desmayo en los ojos de mi tío.
Todo hombre que viviera en las tierras de Hurog conocía las historias, y no había hombre aquí (o mujer ya que estábamos) que no reverenciara al viejo Seleg. Recordando que Seleg se había enorgullecido del estatus de refugio de Hurog, todos estarían de mi lado, estuviera de acuerdo o no mi tío, y él lo sabía. Landislaw no iba a marcharse con su esclava. Pobre Landislaw.
Duraugh me frunció el ceño.
—Caballeros, dadme un momento para hablar con Ward.
—Deberían encerrarlo... —dijo Landislaw.
Mi tío alzó la voz.
—Estoy seguro de que vosotros y vuestros hombres estaréis cansados. Colocaré a unos cuantos miembros de la Guardia Azul en el túnel de la alcantarilla y os conduciré a vosotros y vuestros hombres a descansar. Os sentiréis mejor después de una buena comida y algo de sueño. Ward, tú tienes que cambiarte y quitarte la ropa de montar. Subiré en un rato a discutir algunos asuntos que han surgido desde que te marchaste esta mañana.
Oreg gritó de repente, y no pude evitar sobresaltarme.
Garronan se tensó, una mirada rara y a la expectativa apareció en su cara.
—¿Qué fue eso?
—¿Qué? —preguntó Duraugh.
—Ese sonido. Como algo muriendo... —su voz se apagó cuando comprendió que nadie más reaccionaba.
—Fantasmas —dije casualmente—. Iré a asearme ahora. —Me incliné ante todos en general y subí saltando las escaleras manteniendo mi personaje. Tan pronto como todo estuviera despejado, planeaba volver y comprobar cómo estaba Oreg.

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Re:HUESOS DE DRAGÓN, capítulo 3
« Respuesta #2 en: Abril 09, 2015, 10:17:58 pm »
Axiel me esperaba en mis habitaciones. Sin decir nada, me ayudó a desnudarme y lavarme. Ni siquiera comentó el nuevo juego de ropas cosidas por Oreg que yacían sobre mi cama listas para la cena. Tendría que hablar con Oreg de eso. No me importaba que Axel supiera lo del "fantasma de la familia", pero no le daría tema de cotilleos.
La puerta de mi habitación se abrió de repente cuando Axiel estaba apretando el lado de brazo izquierdo... el derecho ya estaba hecho.
—¿Podría hablar un momento contigo a solas? —preguntó mi tío.
Asentí con la cabeza.
Axiel terminó de tirar e inclinó la cabeza bruscamente.
—Estaré en mi cuarto si me necesita.
Duraugh esperó hasta que el ayuda de cámara salió antes de empezar a pasearse arriba y abajo.
—Aparte de en boca de niños y... —Se interrumpió antes de añadir "idiotas"—. ¿De dónde sacaste ese sentido del bien y del mal, Ward? De Fen no, lo juro. Por mucho que le quisiera, era tan canalla como nuestro padre, y Papá se habría reído hasta orinarse si alguien le hubiera recordado que se supone que Hurog es un refugio.
Me quedé de pie donde estaba, moviendo la cabeza cuando él pasaba... algo que parecía particularmente idiota. Me detuve cuando recordé que iba a contarle a mi tío la verdad.
Se detuvo a media zancada, como si hubiera sido sólo el movimiento de mi cabeza lo que animaba sus pasos.
—Subí aquí para discutir contigo. Si se extiende la noticia, seremos objetivo de cada esclavo huido de los Cinco Reinos. Seremos el hazmerreír de la corte del rey. Pero eso no te importa, ¿verdad?
No parecía que requiriera una respuesta, así que no le respondí directamente.
—En Hurog no hay esclavos.
Suspiró, pero sonó casi un suspiro de alivio. Miró más allá de mí, hablando para sí mismo.
—No hay esclavos en Hurog. La antigua ley, escrita en nuestra acta de constitución por el primer alto rey declara que cuando alguien esclavo pone el pie aquí, es hombre libre a partir de ese momento. El que mi padre y el tuyo eligieran olvidarla no la hace menos cierta. Landislaw y Garranon tendrán que arriesgarse con Ciernack. Las palabras de Seleg todavía conserva su validez en Hurog.
—Garrranon está bien —dije—. Landislaw puede pudrirse.
Duraugh frunció el ceño.
—¿No te gusta? ¿Por qué no?
Esta era mi oportunidad de decirle que era más listo de lo que él creía. Pero mi lengua nunca había sido rápida, y al final, sólo me encogí de hombros. Esperaría hasta que Garranon se fuera.
—Si te hubiera gustado, ¿habrías declarado libre a la esclava? —preguntó mi tío.
Le fruncí el ceño. Era una buena pregunta. ¿Mi decisión se basaba en el despecho? ¿Habría recordado la antigua ley si Landislaw no hubiera estado implicado? Pensé en Oreg rondando por el gran salón y el dragón encadenado en algún lugar bajo la torre. Demasiados Hurog había olvidado sus leyes a lo largo de los siglos.
—No hay esclavos en Hurog —dije.
Mi tío me dedicó una sonrisa rara y se inclinó en un gesto de respeto.
—Desde luego. —Cerró la puerta a su espalda.
—¿Ward? ¿No la vas a entregar? —dijo el único esclavo que permanecía en Hurog.
Me giré para ver a Oreg de pie ante la sección de la pared que había abierto al pasadizo. Los cortes y marcas habían desaparecido, y volvía a parecer lúcido, aunque se abrazaba y movía de un pie a otro ansioso.
De repente deseé saber cómo liberarle a él también. Tal vez hablara con uno de los hechiceros del rey la próxima vez que fuera a la corte, aunque no estaba seguro de que quisiera que nadie supiera nuestros secretos. También dudaba que incluso un mago del rey pudiera deshacer un encantamiento que había durado tantos años. Todo el mundo sabía que los magos eran más poderosos en la Era del Imperio.
—No la entregaré —dije.
Oreg alzó la barbilla.
—¿De veras?
—De veras. —Esperaba que la firmeza de mi voz fuera suficiente para convencerle—. ¿Te has ocupado de que tenga cama y comida?
—Sí —susurró—, pero todavía está asustada. La deje en la caverna con los huesos de dragón. —Con una voz más suave, dijo—: No me ha visto. Sólo puse cosas calientes y comida en la cueva. Debería habértelo dicho esta mañana.
—¿La has encerrado en la cueva? —pregunté—. ¿Lleva allí todo el día?
Asintió con la cabeza.
—Iré a verla —dije—. Debería estar bien en la torre, incluso si Garranon y Landislaw no se marchan aún. O puede esperar allí si le gusta y tú no tienes ninguna objeción.
Oreg había venido a mí en busca de ayuda. Ayer, Pensamiento había relinchado cuando había ido a su prado. Los milagros ocurren. Oreg me miraba inseguro... parecía tan joven como mi hermano aquel último día. A veces podría olvidarme de qué era Oreg, pero no después de la escena del gran salón de hacía unos minutos. Había venido en busca de ayuda, pero no confiaba en mí lo suficiente para aceptarla.
—Estará a salvo —le aseguré.
Aunque no se movió, el panel tras él se abrió. Giró sobre sus talones y lo atravesó. Le seguí, y el panel se cerró detrás de mí. Esta vez, el pasadizo fue muy corto hasta la caverna del dragón, como si meramente estuviera adyacente a mi habitación en vez en las profundidades del corazón de Hurog. Mientras cruzaba la caverna, noté dos cosas: la primera fue un extraño sonido retumbante dentro, y la segunda fue la magia que llenaba la caverna como la sopa espesa llena un cuenco. Podía ver destellos débiles e intermitentes entre las rocas, y la nuca me decía que había cosas observando entre las sombras.
Cuando me detuve, Oreg se volvió hacia mí y dijo:
—Está intentando hacer magia, pero no es lo bastante fuerte para romper mi protección sobre los huesos aquí en Hurog.
No llegamos en silencio, pero ella no pareció consciente de nuestra presencia mientras maniobrábamos entre los escombros hasta la zona arenosa donde yacían los huesos del dragón. Estaba sentada delante de la calavera. Su cabello colgaba en mechones enredados y sucios que le caían hasta media espalda. Estaba tan sucia que era difícil decir mucho más sobre ella, incluso con la luz proveniente de las marcas de los enanos. El sonido retumbante que había oído era ella cantando, aunque no se parecía a ninguna música que yo hubiera oído.
La estaba observando tan atentamente, que me llevó un momento notar que las cadenas habían desaparecido del esqueleto. Había pensado hacerlo yo mismo pero había llegado a la conclusión de que eso se parecía mucho a ocultar la culpa de mi familia. Los restos de un dragón en las profundidades de Hurog no era algo sorprendente; el que estuvieran encadenados dejaba clara nuestra culpa ante cualquiera que lo viera. Así que lo había dejado como estaba.
—Bienvenida, buena viajera, al corazón de Hurog. —Le ofrecí el saludo tradicional, dándole el estatus de invitada real, lo notara ella o no.
Debía estar absorta en sus hechizos, porque ante mis palabras, se puso en pie de un brinco como un conejo sobresaltado, y su voz se atragantó. Antes de que pudiera decir nada más, hizo un gesto de lanzamiento con la mano derecha y un chisporroteo flameante de algo salió lanzado de su mano a una velocidad cegadora.
Luego se detuvo a varios metros de nosotros y se apagó.
—Paz, hermanita —canturreó Oreg—. Lamento haberte dejado aquí, pero tenía que saber cuáles eran las intenciones del Hurogmeten antes de saber que hacer contigo.
Ella alzó la barbilla.
—No soy tu hermana. —Su voz tembló, disfrazándolo todo sobre su acento excepto que tenía.
—¿Por qué has venido a Hurog? —dije pacífico.
—Creía que Hurog era un refugio, donde dragones y esclavos están a salvo. Los demás se rieron de mí. Entonces vine aquí y descubrí que tenían razón. —Gesticuló hacia las cadenas del dragón que yacían cerca de ella.
Decidí que probablemente fuera de Avinhelle, aunque el acento de Ilander era mucho más marcado. A la gente de Avinhelle se la entregaba como esclavos, así que tenía sentido. Pero algo en ella no cuadraba, no parecía tan servicial como debería si hubiera sido esclava.
—Estás a salvo aquí —dije serio—. Puedes quedarte en Hurog si lo deseas. Podría ser sensato quedarse aquí hasta que Garranon y Landislaw se vayan, pero eso es cosa tuya.
—¿Quién eres para decir eso? —preguntó desdeñosa tras mirarnos un momento—. Los dos sois poco más que niños. —El efecto quedó arruinado cuando su voz se rompió.
Líneas de cansancio se acumulaban alrededor de su boca y ojos. Garranon y Landislaw habían parecido cansados, pero ellos iban a caballo. Ella... bajé la mirada y ahogué una exclamación. Iba desnuda.
—Oreg —dije, ignorando la pregunta anterior—, ¿Ves sus pies?
Él bajó la mirada.
—Conseguiré una cubeta de agua y algo del mejunje de olmo escocés de Penrod de los establos —dijo y se desvaneció.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, y se sentó bruscamente.
—¿Quién eres? —Esta vez no había acusación en su voz.
—Ward —dije en tono amistoso—. Mi padre, Fenwick de Hurgo, murió hace unas semanas, así que soy el Hurogmeten... aunque mi tío controla Hurog hasta que cumpla veintiuno.
—¿Y él? —preguntó gesticulando vagamente hacia donde Oreg había estado.
—Oh, ¿Oreg? —Pensé en qué contarle—. Es un amigo.
—Es un mago —dijo, casi para sí misma.
—Bueno —confié, hundiéndome en mi papel de idiota, porque así es como trataba siempre con la gente—. En realidad no creo que sea un mago. Tenemos un mago aquí, pero no se parece para nada a Oreg.
—Los magos no tienen todos el mismo aspecto —dijo sorprendida.
—El mago de tío Duraugh y el de padre se parecen —protesté.
—Eso es porque son hermanos, Ward —murmuró Oreg con gentileza, volviendo de sus correrías.
Parpadeé hacia él un momento. Era más fácil de lo normal parecer estúpido. No estaba acostumbrado a que se desvaneciera y apareciera de golpe delante de mí.
—Oh, vale. Lo había olvidado.
Señalé a la mujer una repisa de roca quebrada que era lo bastante baja para resultar cómoda.
—Soy bastante bueno en esto —dije, cogiéndole el cubo a Oreg y colocándolo en el suelo a una distancia cómoda delante de ella—. La Mocosa solía cortarse los pies todo el tiempo porque no le gustaba llevar zapatillas de mujer. Le conseguí unas buenas botas de trabajo. A Madre no le gustaron, pero tampoco tuvo ya que buscar un médico para los pies de Mocosa. —Para cuando terminé de hablar, parecía más calmada.
Cogí el bote que contenía el mejunje de Penrod y lo descorché. Vertí una porción considerable en el cubo. Cautelosamente, ella metió el pie en él, siseando cuando el desinfectante tocó los cortes. Sumergí el cepillo vegetal limpio que Oreg me ofrecía en el cubo y saqué un pie.
Se había hecho algún daño. La planta entera del pie estaba en carne viva y con suciedad incrustada. Sabiendo que no había nada que yo pudiera hacer para aliviar el dolor de la limpieza, me empeñé en hacerlo bien, así no tendría que repetirlo. Cuando quedé satisfecho de haber sacado toda la tierra y la porquería del pie, lo volví a colocar en el agua y saqué el otro.
Con todo, era una esclava extraña, pensé. En primer lugar, había demostrado ser una maga de nacimiento al lanzarnos magia. Aunque se suponía que un mago podía ser esclavizado, nunca había oído que ocurriera. En segundo lugar, cansada como estaba, no mostraba nada de la impotencia adormecida que yo había visto en todos los esclavos que había conocido.
—¿Qué hará tu tío cuando sepa que estoy aquí? —preguntó tensa.
—Ya lo sabe —repliqué, frunciendo el ceño. Ya había comenzado una infección en este pie.
—¿Mi señor? —dijo Oreg, con la cara distante—. Tu tío te busca. La cena está lista.
—¿Puedes terminar aquí? —pregunté.
Asintió con la cabeza, con los ojos todavía desenfocados.
—Si te das prisa, podrás encontrarte con él en tus habitaciones.
* * *
Garranon y Landislaw estaban sentados a ambos lados de mi madre, frente a mi tío y Mocosa, mientras yo me sentaba a la cabeza de la mesa. Garranon mostraba su acostumbrada soltura, pero Landislaw estaba sombrío y silencioso.
—Entonces —dijo Duraugh—. ¿Qué noticias hay de la corte? No he estado allí desde la caída del invierno.
Garranon tragó el bocado que había estado masticando y dijo:
—El rey Jakoven sigue preocupado por Vorsag. —Vorsag estaba justo al sur de los Cinco Reinos, al borde del extremo sur de Oranstone—. El nuevo gobernante, Kariarm, se dice que es inestable, y hay dudas sobre si mantendrá los tratados de su padre.
—Había algunas dudas sobre si el padre de Kariarn mantendría los tratados —replicó mi tío—. He conocido a Kariarn, y diría que no hay duda respecto a él. Los mantendrá mientras le convenga y ni un momento más. He oído que han habido asaltos fronterizos de vorsagianos en Oranstone.
Garranon asintió.
—He enviado a la mayor parte de mis hombres a mis tierras con mi maestro de armas.
—Pero vuestra finca está a más de seis leguas de Vorsag —dijo Duraugh, su voz se tensó de la conversación relajada al interés honesto—. Si hay bandidos tan lejos, ¿por qué el rey no envía tropas?
—El rey Jakoven acepta las reclamaciones de Kariarn de que son clanes aislados de bandidos que incrementan su actividad, o que son los propios oranstonianos los que se asaltan a sí mismos. —Nunca había oído a Garranon decir una palabra contra el alto rey, pero había un borde amargo en su voz—. Jakoven no va a declarar la guerra por unos pocos asaltos de bandidos.
—¿Guerra? —pregunté, intentando sonar ansioso, como diría un idiota que era bueno en la guerra.
Garranon se encogió de hombros.
—El rey no va a declarar la guerra a Oranstone a menos que Vorsag decida empezar a tomar tierras en vez de riquezas y vidas. —Lo dijo con una facilidad casual, y me pregunté si me había imaginado la amargura de antes. Él era orantoniano, pero había sido el amante del rey durante los últimos quince años.
Volví mi atención exteriormente hacia la comida. La guerra dejaría Hurog en manos de... alguien... mientras Duraugh, yo, y la Guardia Azul viajábamos cruzando los Cinco Reinos hasta Oranstone. Con la amenaza de una mala cosecha, eso no haría a Hurog ningún bien en absoluto, excepto porque habría menos bocas que alimentar.
Como mi tío, yo había conocido al rey vorgasaniano, Karian, en la corte. Era uno de esos hombres que no habían sido particularmente bendecidos en rasgos y forma pero te hacían creer que sí. Había estado engalanado con encantos óseos y le seguían un manojo de magos. Se decía que él mismo era un mago, pero yo no lo creía. Su actitud respecto a la magia era errónea para un mago; reverentemente obsesiva, cuando los magos que yo conocía la celebraban.
—¿No crees, Ward? —preguntó Landislaw.
Levanté la vista.
—¿Qué? Estaba pensando.
Él sonrió.
—Tu tío nos estaba hablando del caballo de tu padre. Dice que es un asesino, pero tú lo tienes siguiéndote como el cachorro de una dama.
—Es fácil conseguir que un caballo te siga —dije alegremente—. No tanto montarlo. Me ha tirado tres veces esta semana.
—Hmm —dijo Landislaw neutral—. Comentaba a tu tío que coleccionas inadaptados como el garañón. Lo hacías en la corte. ¿Recuerdas a aquella chica torpe del año pasado, Garranon? E incluso tu hermana... aunque una mujer que no puede hablar no es mala cosa. Y ahora estás intentando añadir a mi esclava.
Duraugh y Garranon sonreían cortésmente, Mocosa parecía nerviosa e intentaba hacerse invisible en su asiento.
Madre levantó la vista y dijo en medio de ese ensueño divagador en el que estaba inmersa últimamente de día.
—Por supuesto que sí. Si no fuera el heredero, habría sido enviado de aprendiz con los magos, pero su padre no quería oír hablar de ello. El alto rey Jakoven mismo ordenó a Fen que lo hiciera. Casi no tenemos suficientes magos ya. Pero antes de que Fen pudiera enviarle, ocurrió aquel terrible accidente. Y luego Ward ya no era apropiado para aprender magia. —Volvió a su comida.
Landislaw le frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso con los protegidos de Ward?
Madre msaticó refinadamente y tragó, luego bajó su comida con un pequeño sorbo de vino.
—Es un buscador... como los de las historias. Encuentra cosas perdidas... y ellas le encuentran a él. —Sus pupilas estaban contraídas, aunque el salón sólo estaba débilmente iluminado por aquellos tragaluces cubiertos de tela encerada. Me pregunté qué hierbas de su jardín había estado comiendo. La hierba del sueño no afectaba a las pupilas.
Casi había esperado que mejorara tras la muerte de Padre, pero en vez de eso parecía estar perdiéndose a sí misma en el papel de viuda afligida. La mujer que había hecho que mis bloques se movieran por la habitación había desaparecido para siempre.
—No creo que funcione así, Lady Hurog —objetó mi tío—. Si todavía fuera un buscador, y Fen me dijo que sus habilidades habían desaparecido cuando... —Me miró fijamente, pero yo masticaba despreocupado y bastante ruidosamente una zanahoria cruda—. Cuando resultó herido. Si todavía fuera un buscador, encontraría cosas; ellas no le encontrarían a él.
—Sí, querido —dijo Madre, justo como hacía con Padre—. Estoy segura de que tienes razón.
Tosí, sintiendo pena por mi tío. Era difícil discutir con alguien que se salía de la cuestión como avena mojada alrededor de una cuchara. Garranon parecía particularmente incómodo, y se me ocurrió que comer en una mesa con Madre y conmigo no era precisamente un regalo.
Terminé el último trozo de pan de mi bandeja de madera y me levanté. Duraugh me miró y frunció el ceño, intentando recordarme que era una grosería que el anfitrión se marchara mientras la gente todavía estaba comiendo. Pero pensé que dejaría que Duraugh explicara que Hurog se iba a quedar con la esclava de Landislaw sin mí.
—Pensamiento —dije—. Necesita algunas zanahorias. —Mostré a todos unas que había robado de la mesa. Mocosa recogió los restos de su pan y se levantó de un salto detrás de mí.
—Muy bien —dije antes de que mi tío pudiera decir algo sobre sus modales—. Puedes venir. Quédate fuera del paso. Si Pensamiento te hace daño, eso hará que se sienta mal.