Autor Tema: LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1  (Leído 1820 veces)

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LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« en: Febrero 22, 2015, 05:49:37 pm »
No sería genial que volviéramos a las lecturas compartidas.

Bueno, os voy poniendo en varios trozos el primer capítulo para que sepamos todos de qué va este libro propuesto, ya que es el primero de dos y no podemos comparar con nada.

Ojo, lo voy subiendo poco a poco porque un sólo mensaje no me permite pegar tanto texto.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #1 en: Febrero 22, 2015, 05:49:59 pm »
1 WARDWICK DE HUROG
Hurog significa dragón.

Respirado pesadamente por la subida, me senté sobre la antiguas puertas de bronce que algún ancestro muy lejano había colocado horizontalmente en lo más alto de la cara de la montaña. Las puertas eran enormes, cada una tan ancha como alta y dos veces de esa longitud. Como el terreno estaba inclinado, la parte alta de las puertas eran más altas por varios pies que el fondo. En cada puerta, desgastados por años de duro clima del norte, un dragón de bronce en bajorelieve observaba el valle de abajo.
Por debajo de mí, la torre Hurog estaba posada sobre su nido fabricado por el hombre. Los muros de piedra oscura de la antigua fortaleza se alzaban protectores alrededor de la torre, formidable aún, aunque había pocas posibilidades de que el enemigo atacara ahora. Para los estándares de los Cinco Reinos, Hurog sólo era una pequeña torre, apenas capaz de sostenerse por sí misma más allá de lo que las magras cosechas del clima del norte y el suelo rocoso permitían. Pero desde el puerto marino visible al este hasta la montaña pelada del oeste, esta tierra pertenecía a Hurog.
Como la mayor parte de las torres en Shavig, la zona más al norte de los Cinco Reinos del Alto Reino de Tallvenish, Hurog era más grande en tierras que en riqueza. Era mi legado, pasado de padre a hijo, como mi cabello rubio y mi gran tamaño.
En la vieja lengua, Hurog significa dragón.
Impulsivamente, alcé los pies y abrí mi mente tullida para poder sentir la magia de Hurog acumularse a mi alrededor, pulsando a través de mis venas y rugiendo con el grito de batalla de Hurog.
Hurog.
Mío, si mi padre no me mataba primero.


*****


-Nos matará. -La voz de mi primo Erdrick, aunque apagada, llegaba del río junto al sendero.
Los sauces eran tan gruesos entre el sendero que yo había seguido y el río , que él no podía verme mucho más de lo que yo podía verle a él. Estuve tentado a dejarme ver. Mi primo y yo no eramos amigos, pero la fastidiosa certeza de que yo era el "él" al que se refería mi primo me hizo hacer una pausa.
-No es culpa mía, Erdrick -Beckram, el gemelo de Erdrick, habló con suavidad-. Tú la viste. Salió corriendo como un conejo asustado.
Habían vuelto a molestar a mi hermana. Puede que Erdrick tuviera razón; puede que los matara esta vez.
-La próxima vez, no te burles de una chica con un hermano del tamaño de un buey.
-Menos mal que el cerebro no le va a juego -dijo Beckram serenamente-. Vamos, salgamos de aquí. Aparecerá sana y salva.
-Él sabrá que fuimos nosotros -predijo Erdrick con su acostumbrada sobriedad.
-¿Cómo? Ella no puede decírselo.
Mi hermana es muda de nacimiento.
-Puede señalar, ¿no? ¡Te lo digo, nos matará!
Hora de pillarlos y averiguar qué habían hecho. Tomé un profundo aliento y me concentré en parecer un buey estúpido en vez de un hermano vengativo antes de avanzar aplastando los arbustos hacia la rivera del ría donde la alcantarilla de la torre vaciaba en el río. Con mi tamaño y rasgos, nadie esperaba de mí que fuera inteligente.  Yo lo aceptaba y me aprovechaba de ello. El estúpido Wardwick no era ninguna amenaza para la posición de su padre.
Puede que ellos tuvieran veinte años frente a mis diecinueve, pero yo era una cabeza más alto que ellos y tres medidas más pesado. Había salido de caza, así que la ballesta me colgaba del hombro, y llevaba el cuchillo de caza en el cinturón. Ellos estaban desarmados. No es que tuviera intención de usar un arma con ellos. En realidad.
Mis manos servían igual de bien.
-¿Quién os matará? -pregunté, desenrredándome de una rama que me había pillado la camisa mientras salía de los arbustos.
Mudo de repente, Erdrick se quedó mirándome con horror mudo. Beckram estaba hecho de pasta más dura. Su cara móvil se curvó en una sonrisa encantadora como si se alegrara de verme allí.
-Ward. Buenos días, primo. ¿Has salido a cazar? ¿Ha habido suerte?
-No -repliqué.
Desde su pelo castaño claro, rasgos hermosos, y complexión oscura a sus peculiares ojos púrpura (azul Hurog), eran virtualmente idénticos en apariencia, aunque no en espíritu. Beckram era atrevido y carismático, dejando a Erdrick como la sombra siempre a mano de Beckram.
Miré hacia el río, los árboles, la salida de la alcantarilla. Cuando mis ojos se cruzaron con esto ultimo, Erdrick contuvo el aliento, así que la examiné más atentamente. La reja, que mantenía a la fauna salvaje fuera, estaba suelta, dejando una abertura estrecha. Un pie pequeño se había hundido hasta el tobillo en el barro junto al tunel de entrada.
Me acerqué a la verja y la miré un rato. Erdrick se estremeció de tensión. Extendí la mano, conteneé la reja, y cedió con facilidad. La abertura se abrió a un pasadizo lo bastante largo para que mi hermana pequeña se escabullera dentro.
Después de una larga pausa, me volví hacia Beckram.
-¿Ciarra entró ahí? Esa es la huella de su pie.
-Eso creemos. Justo la estábamos buscando.
-¡Ciarra! -bramé hacia el tunel-. ¡Mocosa, sal!
Utilicé mi apodo cariñoso para ella, por si la acústica del túnel distorsionaba mi voz. Yo era el único que la llamaba Mocosa. Mi bramido resono en las profundidades del túnel como el rugido de un dragón. No hubo réplica, pero, por supuesto, Ciarra no podía emitir ninguna.
No necesitaba las huellas en el barro para saber que ella estaba allí dentro en alguna parte. Lo único que quedaba del don mágico de mi infancia... aparte de unos pocos trucos menores... era un talento para encontrar cosas. Ciarra estaba allí en alguna parte; podía sentirla. Levanté la vista hacia el sol. Si llegaba tarde a la cena, el Hurogmeten, nuestro padre, la golpearía. Solté el paquete en el que llevaba mis cosas y un poco de almuerzo.
-¿Que le habéis hecho? -pregunté.
-Intenté detenerla. Le dije que era peligroso entrar ahí -suplicó Erdrick antes de que Beckram pudiera detenerle.
-¿Ah? -Me enderezé y di un paso hacia Beckram.
-Es una gallina tonta -balbuceó Beckram, perdiendo finalmente los nervios y retrocediendo-. No iba a hacerle daño. Sólo un poco de flirteo inofensivo.
Le golpeé. Si hubiera querido, podría haberle matado o roto la mandíbula. En vez de eso, utilicé el puño y le obsequié el principio de un hermoso ojo morado. Le aturdí lo suficiente para fijar mi atención en Erdrick.
-En realidad, Ward, todo lo que hizo fue decirle que le gustaba su pelo -dijo.
Continué mirándole fijamente.
Finalmente, Erdrick se retorció y mascullo:
-Pero ya sabes cómo es él, no es lo que dice, sino cómo lo dice. Ella salió corriendo como un ciervo asustado y se lanzó hacia la verja. La seguimos porque es peligroso para una chica sola.
Erdrick podía ser un debilucho irritante, pero normalmente era sincero. No había ni ratas ni insectos en la alcantarilla... alguna magia de los enanos que la habían construido, aunque mi hermano Tosten la había poblado de todo tipo de monstruos en sus historias.
La abertura por la que Mocosa se había deslizado no era ni de cerca lo bastante grande para mí. Tiré con fuerza, pero la verja sólo rechinó.
-No cabrás -predijo Beckram, sentándose y tocándose el ojo con delicadeza. Debía sentirse culpable, o habría intentado devolverme el golpe. Beckram podía ser un matón, pero no un cobarde-. Ni Erdrick ni yo pudimos. Saldrá cuando esté lista.
Ya era casi la hora de la cena. No podía soportar cuando padre la golpeaba. No lo soportaría otra vez, y era demasiado pronto para eso. Yo no era lo bastante bueno aún para desafiarle. Me quité la gruesa túnica de cuero y la dejé junto a mi ballesta.
-Llevad mis cosas a la torre -dije y agarré bien la verja y tiré. Había un modo más fácil, por supuesto, pero un idiota no pensaría en ello. Tenía que seguir tirando hasta que mis primos se hubieran ido o Beckram perdiera la paciencia...
-Sacar el perno, luego arrancamos la maldita cosa -masculló Beckram. Yo tenía razón, se sentía realmente culpable.
-¿Perno? -pregunté. Retrocedí para mirar mejor la verja, cuidando de no mirar hacia el sencillo gozne pesado.
-El tornillo que sujeta la verja -suspiró Erdrick.
-Ah. -Miré la verja un buen rato hasta que Erdrick sacó su cuchillo y manipuló el viejo perno sacándolo de los goznes. Arruinó su cuchillo al hacerlo.
Con el p erno desaparecido, la verja de hierro se soltó de improviso, y la saqué de la abertura.
-Demonios -maldijo Beckram con suavidad mientras yo movía la verja y la dejaba caer cerca de la abertura.
La verja era pesada. Si no hubiera estado intentando impresionar a mis primos, habría pedido ayuda. Así las cosas, Beckram podría recordar esto cuando pensara en volver a asustar a la Mocosa.
Tan cerca del río, el túnel estaba recubierto de musgo, con caminos a ambos lados de una profunda y estrecha zanja que corría espesa con agua sucia. Los pasillos habían sido construídos para enanos, no para brutos más altos que la mayoría de los hombres adultos. Con un suspiro, me dejé caer sobre manos y rodillas y empezé a arrastrarme a través del barro apestoso.
-¡Mocosa! -grité, pero el sonido sólo se hundió entre el musgo que cubría las paredes.
El túnel tomó una inclinación que obsureció lo que quedaba de luz diurna. Delante de mí, a ambos lados de la pared, las marcas labradas de los enanos se encendían cuando me aproximaba, iluminando el túnel con una luz azul pálida. La mayor parte de las torres ya no tenían alcantarillas, ni siquiera el nuevo palacio del alto rey en Estian. Los trabajos de piedra a esa escala habían sido dominio de los enanos, y ahora se habían ido, llevándose con ellos sus secretos.
El túnel se estrechaba en un largo tubo, y yo sabía que los muros exteriores de la torre esaban arriba y justo delante de mí. No es que hubiera explorado mucho las alcantarillas, pero había copias de los planos antiguos en la biblioteca, enterradas donde pocos se molestaban en mirar. En cierto momento, el túnel se estrechaba dos tercios para que un ejército invasor no pudiera utilizar la alcantarilla para socavar las paredes. Ni siquiera un niño podría mecer una piqueta o palear en los estrechos confines de piedra.
El sudor se acumuló en mi frente por el esfuerzo de seguir rastreando a Ciarra a través de la magia. Rara vez usaba la magia porque me hacía recordar cómo era poder hacer más, pero por Ciarra, sola y tal vez asustada, agradecía lo poco que me había quedado.
Avancé a gatas en la estrecha sección, intentando no pensar qué era el barro en el que acababa de poner la mano. Por otro lado, mi nariz estaba mostrando signos de autodefensa porque los olores resultaban menos abrumadores.
También había marcas de enanos en el túnel más pequeño. No eran lo bastante brillantes para permitirme ver a través de qué estaba gateando, pero eso me iba bien. Ciarra se estaba alejando más de mí ahora, pero ella era mucho más pequeña y no se veía entorpecida por el tamaño del túnel.
Como el mayor, yo siempre había cuidado de mi hermano y hermana. Tosten llevaba dos años a salvo lejos de Hurog. Pero dado que Ciarra era a la vez aventurera y muda, su seguridad era una tarea constante. Se suponía que Ciarra estaría ayudando a Madre hoy. Pero yo conocía a Madre. Y conocía también a Ciarra. Mi tío y mis primos estaban aquí, debería haberme quedado en casa, pero las montañas me habían llamado.
Ya llegabamos tarde para la cena, a menos que la partida de caza de Padre ocupara más tiempo de la habitual. Pero al menos con ambos igualmente culpables, mi padre se concentraría en mí en vez de en Ciarra. El túnel se estrechaba y ramificaba, haciéndome lamentar los tres dedos de altura que había ganado ya este verano mientras me arrastraba por el más limpio y más pequeño de los dos túneles. Podía ver las marcas de los enanos brillando allá abajo, donde alguien las había activado, mientras que el otro, el más grande, estaba oscuro. Confié en que Mocosa hubiera elegido el más pequeño.
Agaché la cabeza, luchando con la sensación de que las paredes se colapsaban. Después de un rato, el túnel se inclinaba dramáticamente hacia arriba durante unos cuantos cuerpos de longitud antes de empezar a caer casi a plomo. Me golpeé la cabeza con un punto bajo y me detuve a pensar un minuto. Puede que yo no fuera un enano, pero sabía que las alcantarillas trabajaban porque fluían colina abajo.
Este túnel había sido diseñado para evitar que el agua saliera por él en vez de dejar que el agua fluyera en el río. Cerré los ojos e intente visionar lo que el mapa había indicado, pero lo había encontrado hacía meses. Y más allá de anotar un par de características interesantes, no le había prestado mucha atención. ¿Cómo se suponía que iba a adivinar que mi hermana escogería huir por los túneles de las alcantarillas?
Me froté la cabeza y decidí que este debía ser un túnel de huída. Todo los viejos castillos los tenían, un legado de los días en los que Hurog, rico por el comercio con los enanos, había sido acosado. Todavía estaba considerando esto cuando Ciarra pasó de estar no demasiado lejos de mí a estar en algún lugar mucho más abajo. Dejé de respirar.
Debía haber caído, pensé mientras avanzaba a rastras frenéticamente, tal vez a través de alguna puerta trampa que pretendía evitar que los sitiadores siguieran a algún ancestro largamente olvidado mientras huía de sus atacantes a través de este túnel. Dioses, oh dioses, mi hermanita.
Avancé como una rana, empujando con las piernas y extendiendo las manos con el estilo torpe que había adoptado en el pequeño túnel, mientras pensaba todo el tiempo, Está demasiado abajo. Ha caído demasiado lejos.
En un momento estaba avanzando, y al siguiente no podía hacer más que parpadear. Mi cara se quedó entumecida, y la magia fluyó a mi alrededor. Bajo mi mano, la piedra lisa del túnel empezó a brillar roja y verde, mucho más que la débil luz del las marcas de los enanos. Era tan brillante que después de un momento tuve que cerrar mis ojos empañados en lágrimas contra tal intensidad. Por eso no tuve advertencia cuando el suelo del túnel desapareció debajo de mí y caí.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #2 en: Febrero 22, 2015, 06:17:39 pm »
La magia me dejó yaciendo sobre el estómago en la negrura absoluta. Empujé hacia arriba, pero el techo se había cerrado sobre mí, dejándome apenas suficiente espacio para levantar la cabeza del suelo. Mis manos estaban atrapadas debajo de mí, aunque tiré y me retorcí, no podía sacarlas. Cedí al pánico y luché ferozmente contra las paredes de piedra que me aprisionaban. Lloré como una doncella estúpida, pero no había nadie allí que me oyera.
La idea detuvo mi lucha inútil. Si alguien me hubiera oído, mi madre lo habría sabido y había pasado mucho más tiempo atrapado en la oscuridad. Los hombres no sienten pánico, no lloran, no se acongojan.
Pero yo lo hacía. Parpadeé para contener las lágrimas, pero me goteaba la nariz. Había perdido el contacto con Ciarra cuando el hechizo golpeó. La busqué otra vez, esperando que estuviera atrapada en el mismo hechizo que me retenía a mí pero ella todavía estaba más abajo. No se movía. Tenía que llegar hasta ella.
El tunel era más pequeño que el otro por el que había estado gateando antes. En mi ataque de pánico (bueno, mi intento de ataque, en cualquier caso), había establecido que el techo era tan sólido como parecía, sin importar que acabara de caer a través de él. Había algo que me bloqueaba el camino detrás, pero un aire frío y fresco me golpeaba la cara, así que probablemente podía ir hacia adelante si podía sacar las manos de debajo de mi cuerpo donde estaban atrapadas.
Habiendo ya probado que no podía sacarlas las dos al mismo tiempo, empecé con la mano izquierda, que estaba atrapada más arriba que la derecha. El terror a estar atrapado con las manos sujetas a los lados me provocó una o dos rachas de pánico. Pero cuando hube acabado y yací sudando y temblando en la oscuridad, todavía no tenía nada que hacer excepto continuar retorciendo la mano. La parte más difícil era tirar del codo hasta mi pecho y hombros, y luché largo rato antes de admitir la derrota.
Yací sudando y relajado un momento. Impotente, apoyé mi peso a la derecha y empujé el brazo hacia adelante.
Salió.
Lo estiré sobre mi cabeza y lo retorcí. Cuando el alivio me dejó pensar con claridad una vez más, comprendí lo que debía haber ocurrido. Relajados, mis hombros ocupaban menos espacio que tensos por la fuerza de mis luchas. La mano derecha fue más fácil que la izquierda, pero para cuando terminé, el frío de la piedra me había calado los huesos, y estaba temblando.
Con ambas manos tirando delante, y moviendo el resto de mi cuerpo como podía, fui capaz de empezar a avanzar. Me dolían lo antebrazos de arrastrarme por la piedra áspera cada vez que tiraba, y tenía los hombros arañados porque eran más anchos que el túnel; probablemente para cuando terminara, serían unos cuantos centímetros más estrechos.
Empujaba también con los pies, o al menos con los dedos de los pies. No estando acostumbrado a tan extraño ejercicio, se acalambraron al cabo de un rato. Los estiré lo mejor que pude, aunque era enloquecedor no poder inclinarme y frotármelos con las manos. Parecía que hubiera estado arrastrándome durante siglos cuando la oscuridad absoluta delante de mí aflojó. En algún lugar adelante había luz.
Perversamente, fue casi más duro seguir, como si el conocimiento de que la cosa acababa hiciera más difícil continuar con el esfuerzo. Después de un rato, la luz seguía creciendo. Por supuesto, con mi suerte, la luz podía provenir de una marca de enano en la pared que sellaba el túnel. Pero el pesimismo perdió. Mi túnel se curvó, y vi que la luz provenía de un agujero en el suelo.
Deslicé la cabeza por el borde y me asomé para ver un largo camino por debajo de mí, el suelo de una gran caverna natural. La visión estaba oscurecida por retorcidas estalagtitas que rodeaban la abertura. No podía decir si el cuerpo de Ciarra yacía abajo, aunque la magia me susurraba que probablemente estuviera en esa caverna.
A mano derecha del borde de mi agujero había dos alcayatas introducidas en la roca. Atada a cada una había una cuerda. Una de las cuerdas tenía alrededor de treinta centímetros de largo y estaba deshilachada al final; la otra colgaba a través de las más gruesas estalactitas hasta perderse de vista. La cuerda parecía muy vieja, y yo no era un peso ligero. Pero Ciarra me esperaba abajo; así que estiré la mano hacia ella y aguantó cuando saqué el resto de mi cuerpo a la caverna. El alivio de estar libre del abrazo de piedra fue casi suficiente para hacerme olvidar a Ciarra un momento.
La cuerda no era una escalera de mano, aunque podría haber sido parte de una una vez, pero era mejor que nada. Después de que se despejara las formaciones de piedra en el techo de la caverna, puede ver que la cuerda sólo alcanzaba dos terceras partes del camino hasta el suelo. Me preocupó lo que iba a hacer durante los últimos tres metros, pero al final no tuve que hacer nada. La cuerda se rompió antes de llegar tan lejos.
Cuando golpeé el suelo, rodé como el maestro de armas de mi padre me había inculcado hasta que fue una segunda naturaleza. Incluso así, el golpe fue duro. Después de dar tumbos una o dos veces, me detuve contra una afloración quebrada. Yací allí un momento, demasiado ocupado en recuperar el aliento para preocuparme de donde estaba. Al fin el aire llegó en una bocanada, y me puse en pie tambaleante.
Me apoyé contra lo que quedaba de una columna rota que parecía haberse alzado desde el suelo al techo en eras pasadas. La caverna era enorme, al menos dos veces más grande que el gran salor de la torre. La boca del tunel por el que había caído estaba al borde de la habitación y relativamente abajo. En el centro de la habitación el techo era mucho más alto, tal vez tan alto como los muros de Hurog, aunque era difícil juzgarlo. Había marcas de enanos por todas partes, más brillantes que los de la alcantarilla, haciendo que la habitación realmente resplandeciera más que el castillo durante el día.
No había ningún cuerpo acurrucado en el suelo. Ciarra no estaban a la vista. Pero estaba cerca.
-¡Hola! -grité-. ¿Mocosa?
Una forma pequeña se lanzó hacia mí y hundió la cabeza en mis costillas. Agarré a Ciarra por la cintura y la balanceé dos veces antes de colocarla firmemente en pie y sacudirla.
-¡Me has asustado a muerte, Mocosa! ¿Qué idea estúpida te inundó la cabeza para que te metieras en las alcantarillas?
El largo cabello rubio de Ciarra (más claro aún que el mío) colgaba en enredos cubiertos de barro por su espalda. Vestía túnica y pantalones similares a los míos, y sus pies estaban desnudos. Parecía apenada, pero yo no era tonto. Apenada no era arrepentida.
-Vamos, Mocosa -dije con resignación-, busquemos una salida.
Aunque el alivio inicial al encontrarla había sido abrumador, si no podía encontrar una salida, puede que al final hubiera estado mejor de haber muerto. Desde luego no ibamos a salir por donde yo había entrado. Las marcas de los enanos sugerían que la habitación había sido utilizada una vez; tenía que haber un modo mejor de salir.
Aunque la habitación estaba bien iluminada y una vez debió haber sido bastante amplia, las formaciones de la caverna origial y los escombros donde grandes estalactitas había caído en épocas pasadas hacían difícil decir que había dentro. Tal vez una vez guardó un tesoro, pero ahora no había nada. El centro de la caverna era más alto que los bordes exteriores, y había más estalagmitas y escombros. Los pies de Ciarra eran duros como pezuñas ya que rara vez llevaba zapatos, pero la alcé sobre lo peor de los escombros. Mientras remontaba una pila de rocas rotas, vi lo que había causado el estropicio.
Se rumoreaba hacía mucho que había un tesoro oculto en Hurgo desde la época en que los enanos habían llegado aquí y comerciado con sus gemas y metales. Desde luego aquí había un tesoro, pero uno que seguro nadie habría visto. Olvidando momentáneamente a Ciarra, bajé deslizándome por las rocas y me acerqué a él.
La calavera del dragón, todavía con un bozal del hierro, eran tan larga como yo alto. Unas cadenas de hierro sujetaban sus patas, y cuatro juegos más de cadenas rodeaban los delicados huesos de sus alas. En vida el malnacido de entre mis ancestro que hubiera cometido este crimen había atravesado la carne del dragón para pasar el hierro a través de las alas.
-¡Estúpido! -exclamé, aunque la acción se había cometido hacía mucho y los que la habían cometido no podían oirme. En la caverna el sonido de mi voz resonó y volvió a mí. Parpadeé para contener las lágrimas.
Corazón tierno, me llamaba mi padre cuando más enfadado estaba. Era algo que él odiaba más que mi estupidez. Un hombre con un corazón tierno no puede sobrevivir aquí, decía, y lo que es peor, lo que le rodean también morirían. Le creía. Incluso así, no pude evitar las lágrimas, aunque abrí tanto los ojos que ninguna humedad se derramó por mis mejillas.
Ya no había dragones. Ni uno. Fue ver dragones viviendo en nuestras montañas lo que hizo que vinieran los enansr, intercambiando regalos por el privilegio y la usura en un tiempo en el que Hurog había sido lo torre más rica de los Cinco Reinos.
Hurog había sido el último reducto de la raza del dragón. Donde iban ellos, iban los enanos también, decían las viejas historias y las tierras que pertenecían a Hurog habían empezado a morir cuando lo hicieron los dragones. Habían muerto de pena, decían las viejas historias, dejando sólo recuerdos y el emblema de mi casa para recordar al mundo lo que habían sido una vez y lo que fue Hurgo.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #3 en: Febrero 22, 2015, 06:37:11 pm »
Mi familia había sido la protectora de la raza del dragón; habían muerto por mantener su presencia a salvo, habiéndoles sido confiada la tarea por el primer alto rey o, según sostienen algunos de los viejos cuentos, por los mismos dioses. Hurogmeten en la vieja lengua Shavig significa guardián de dragones.
Toda me vida me he aferrado a la gloria de tuvo una vez Hurog. Cuando era niño, jugaba a ser Seleg, el más famoso de todos los Hurogmetens, y defendía Hurog de los invasores llegados del mar. Cuando no quedara nadie más que Mocosa, Tosten, y yo, bajaría la maltrecha arpa y cantaría las viejas canciones de dragones y joyas de enanos tan grandes como cabezas de caballos.
Aquí, enterrado en el corazón de Hurog, estaba la prueba de que uno de mis ancestros había traicionado todo lo que simbolizaba Hurog. Acaricié la calavera bajo el bozal de hierro, arrodillándome como era apropiado ante la criatura a la que Hurog había servido a lo largo de los siglos.
-Era hermosa -dijo una voz suave de tenor detrás de mí.
Levanté la cabeza de golpe y vi a un chico, un año o dos más joven que yo. No era nadie que yo conociera, un desconocido en el corazón de Hurog.
Me habría llegado al hombro si yo hubiera estado de pie, pero también la mayoría de los hombres. En Hurog, sólo mi padre era más alto que yo. El cabello del chico era muy oscuro, tal vez incluso negro, y sus ojos eran de un azul ligero y purpúreo. Los huesos de su cara era afilados, casi como los de un halcón, tan aristocrática como no era mi propia cara.
Se abrazaba a sí mismo mientras me miraba. Su postura me recordaba a un caballo de buena crianza listo para saltar ante un ruido fuerte  o una palabra dura. Ciarra estaba sentada a mi lado, imperturbable ante el extraño chico, acariciando distraída la calavera del dragón como si fuera la cabeza de uno de los perros de la torre. Me moví hasta colocarme entre ella y el desconocido.
-Ojos plateados -dijo el chico-, y una canción que hacía que el corazón de un hombre latiera más rápido. Debió dejarla en paz. Así se lo dije. -Su voz estaba sin aliento, un poco temblorosa.
Le observé, sin duda con la peculiar expresión estúpida en la cara que volvía loco a mi padre. Pero estaba pensando. Estaba en las profundidades de la torre, y un chico al que nunca había visto antes estaba también aquí. El último de los dragones había desaparecido hacía siete u ocho generaciones, y aun así este chico afirmaba haber hablado con el hombre que había hecho esto.
Supe quién era.
El chico que me estaba mirando con ojos grandes y empañados era el fantasma de la familia. Oh, todos sabíamos de él, aunque no contábamos nada a los extraños. No había nadie en la familia al que no le hubiera ocurrido algo inexplicable.
Si le gustabas al fantasma, podía ser servicial. Las agujas de tejer de la doncella de mi madre siempre estaban en su bolsa cuando las buscaba, aunque en varias ocasiones yo las acababa de ver en otra parte. Si no le gustabas... bueno, mi tía no nos había vuelto a visitar desde que había abofeteado a Mocosa.
Nadie sabía que yo nunca le había visto, aunque había en la familia historias de gente que sí. Me esperaba algo más formidable, no un muchacho con aire de un perro al que habían apaleado una vez con demasiado frecuencia... un perro Hurog, pensé. Aunque sus rasgos eran más refinados que los míos, todavía podía verse una similitud en la forma de las mejillas. Excepto por su color, se parecía mucho a mi hermano menor, Tosten, y sus ojos, como los de Tosten y Ciarra, eran de azul Hurog.
Me observó con la alerta inmóvil de un halcón sin capucha, esperando mi respuesta a su discurso.
-Esto es una profanación -dije deliberadamente y tomé los huesos de marfil de apariencia frácil. La magia se propagó hacia mí a través de las yemas de mis dedos, y siseé de forma involuntaria.
-Esto es poder -replicó el chico con una voz suave que me erizó el vello de la nuca-. ¿Te resistirías a la oportunidad de enjaezarlo? Tú eres un mago, Ward, aunque estés lisiado. Sabes lo que significa aquí el poder. Significa comida para la gente, riqueza y poder para Hurog. ¿Qué habrías hecho tú si tu gente estuviera hambrienta, y el poder estuviera aquí gratis?
Atrapado por la fuerza del impulso mágico, le miré a los ojos y no pude hablar; no sabía que respuesta podía dar. La mano de Ciarra se aferró a mi antebrazo, pero no la miré. En los ojos del muchacho leí desesperación y terror... el tipo de miedo que mantiene a los conejos inmóviles ante el zorro. Nunca antes había visto esa mirada en una cara humana.
Esperé.
Al final dije:
-No podría haber hecho esto.
Se dio la vuelta, y mis dedos resbalaron de la calavera. No sabía qué respuesta había estado buscando, pero no era la que le había dado.
-Respuestas difíciles para un hombre simple -dijo, pero había más pena que burla en su voz.
Dije:
-No tienes que decirme que esto fue una estupidez. -Extendí la mano y cogí la cadena que conducía del bozal de hierro a un gancho más grande que mi puño enterrado en la tierra-. Pero la gente desesperada hace cosas estúpidas todo el tiempo.
Me volví hacia él, medio esperando que desapareciera o volviera, pero se quedó donde estaba, aunque el miedo no había abandonado sus ojos. A pesar de la magia que había utilizado conmigo... si en realidad había sido su magia y no los huesos de dragón... a pesar de saber que era siglos más viejo que yo, sentí pena por él. Yo sabía lo que era tener miedo.
Cuando era más joven, solía tener miedo de mi padre.
-Tengo algo para ti, Lord Wardwick -dijo, extendiendo una mano cerrada. Su puño tenía los nudillos blancos, y había tensión alrededor de su boca.
Todavía arrodillado porque no quería intimidarle, puse mi mano bajo la suya, y dejó caer un anillo en ella. Era plano y estaba desgastado por el uso, sólo quedaban una pocas abolladuras de las ornamentaciones, aunque el metal era platino, mucho más duro que el oro. Sabía que era platino y no plata porque era el anillo de mi padre.
-Soy Oreg -dijo cuando el anillo aterrizó en mi palma-. Soy tuyo como tú eres de Hurog.
Por su actitud, casi esperaba los relámpagos que acompalaban a las demostraciones más espectaculares del mago de mi padre, pero sólo sentí el frío metal del anillo en mi mano.
-Esto es de mi padre.
-Ahora es tuyo -dijo-. De su mano a la tuya.
Fruncí el ceño.
-¿Por qué no me lo da él mismo?
-Esa no es la forma en que se hace -dijo. Luego levantó la vista hacia arriba, con rapidez-. Vamos, mi señor, te están buscando. ¿Quieres seguirme?
Sujetando el anillo, le seguí a una abertura en la pared que debía haberme perdido cuando estaba explorando la caverna, Ciarra trotaba a mis talones. La abertura era un pasadizo estrecho que giraba y con bastante frecuencia, de forma que ya no tenía ni idea de si viajabamos al norte o sur. En algunos puntos las paredes cambiaban de roca a piedra labrada, aunque yo no notaba cuando ocurría el cambio.
Al fin nos detuvimos y presionó contra una roca que a mis ojos parecía exactamente igual que todas las demás. Una sección de pared del tamaño de una persona se abrió, y me encontré en mi habitación. Salí del tunel con una exclamación de incredulidad. La sección del alcantarialla en la que había estado estaba bajo tierra, y había caído muy abajo hasta la caverna de los huesos de dragón. Juraría sobre la tumba de mi abuelo que el pasadizo del fantasma había estado absolutamente nivelado. ¿Entonces cómo era que había salido en mi habitación en el tercer piso de la torre?
La puerta del pasadizo se cerró detrás de Ciarra y de mí, y cuando me volví, Oreg se había ido, dejándome con el misterio de nuestra ruta. ¿Magia? No había sentido más que las corrientes habituales que siempre estaban presentes dentro de la torre.
La puerta de mi habitación se abrió detrás de mí.Ciarra, con su rapidez característica, se metió bajo la cama.
-¡Ward! -exclamó Duraugh, mi tío y el padre de los gemelos, entrando sin permiso. Como mi padre, era un hombre grande, aunque no tanto como yo. En su juventud, se había cubierto de gloria, y la gratitud del alto rey le había proporcionado una heredera Tallvenish con la que casarse y un título más alto que el de mi padre, su hermano mayor. A pesar de que su propiedad, Iftahar, era más grande y rica que Hurog, él seguía pasando gran cantidad de tiempo aquí. Mi padre decía con frecuencia "La sangre le llama. Los Hurog están atados a esta tierra".
Normalmente mi tío me evitaba. Ni siquiera habría pensado que sabía donde estaba mi habitación.
-¿Tío Duraught? -pregunté, intetando sonar sereno y adecuadamente estúpido. Un estúpido no suponía una amenaza. Las palabras nunca había saltado fácilmente a mi lengua, y suponía que muchos habrían pensado que era estúpido, aunque no hubiera intentado parecerlo.
Sus ojos viajaron desde la punta de mi cabeza a la punta de mis pies y otra vez de vuelta, tomando nota del barro y la sangre. Se llevó la mano a la nariz; yo mismo ya me había acostumbrado al olor.
-Cuando los gemelos dijeron que estabas en las alcantarillas, pensé que estaban bromeando. Es una travesura para alguien de la mitad de tus años, chico. Se requiere tu presencia en el gran salón al momento... aunque supongo que mejor te cambias de ropa.
Noté por primera vez que mi tío seguía llevando su ropa de caza, que estaba manchada de sangre fresca. Había salido con mi padre y una partida de caza esa mañana.
Me deslicé casualmente el anillo que Oreg me había dado en el tercer dedo de la mano derecha y pregunté:
-¿Buena caza? -mientras me quitaba los restos de mi camisa. La sangre de arañarme los hombros en la pared de la caverna se había secado, y la camisa no salió con facilidad.
Cogí la ropa que yacía junto al siempre presente cuenco de agua limpia sobre la mesita de noche.
-Endemoniadamente afortunada -replicó cortante-. El caballo de tu padre le tiró. El Hurogmeten se está muriendo.
Dejé caer la toalla que había estado sujetando y le miré.
Me miraba a la cara, que yo sabía debía estar blanca por la sorpresa, una reacción mucho más honesta de la que normalmente proporcionaba a nadie. Giró sobre sus talones y se marchó, cerrando la puerta tras él.
Ciarra volvió a salir y me envolvió con los brazos ferozmente. No había pena en su cara, sólo preocupación. No sé por qué estaba preocupada por mí. Yo le odiaba.
-Estoy bien, Mocosa -dije, aunque le devolví el abrazo-. Deja que busque a tu doncella; tú también necesitarás limpiarte.
Afortunadamente, la doncella y guardiana de mi hermana estaba zurciendo ropa en la habitación de Ciarra. Hizo una mueca cuando le ofrecí a Mocosa.
Volví corriendo a mi habitación, dentro me quité los restos del camino, frotando rápido, y poniéndome la ropa para la corte que utilizaba para ocasiones formales. Los brazos de la camisa eran demasiado cortos, y me apretaba los hombros magullados, pero tendría que valer.
Cuando abrí la puerta, Mocosa estaba esperando fuera. También había tenido tiempo de lavarse y vestirse con ropa respetable. La hacía aparentar su auténtica edad de dieciseis años en vez de doce. También la hacía parecerse a Madre, huesos frágiles y hermosa. Pero era el espíritu feroz de mi padre el que ardía en Ciarra, purificado por su corazón dulce.
-Shh -dije, recibiendo, estaba seguro, tanto consuelo del abrazo como ella-. Entiendo. Baja conmigo, Mocosa.
Asintió y se alejó de mí, limpiándose los ojos bruscamente con la manga. Luego tomó un profundo aliento, arrugó la nariz porque obviamente se había lavado mejor que yo, y extendió la mano con ademán imperial. Sonreí, a pesar de los acontecimiento que indudablemente se desplegaban en el gran salón bajo nosotros, y le ofrecí mi brazo. Lo tomo y caminó a mi lado escaleras abajo con el aire regio que adoptaba delante de desconocidos y gente que no le gustaba.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #4 en: Febrero 22, 2015, 06:48:23 pm »
Habían improvisado una cama ante el fuego. Mi madre estaba arrodillada a su lado, con la cara pálida y compuesta, aunque pude ver que había estado llorando. A mi padre le disgustaban las lágrimas.
Stala, la maestra de armas, todavía iba vestida con ropas de caza. Sostenía su yelmo en una mano y descansaba la otra en el hombro de mi madre. Stala era la medio hermana de mi madre. Era, como le gustaba jactarse a mi padre, la mejor parte de la dote de mi madre y la razón principal de que la Guardia Azul mantuviera su reputación durante el mandato de mi padre.
Se había entrenado con el ejército del rey y había permanecido en él dos servicios antes de que alguien reparara en que no era un hombre. Volvió al hogar de su familia, luego siguió a Madre a Hurog cuando me padre le ofreció el puesto de maestro de armas cuando ningún otro señor del país la habría mirado dos veces. Su cabello era gris plateado, pero yo recuerdo cuando era castaño oscuro como el de Madre. Stala podía ser mejor que mi padre en todo excepto en la lucha mano a mano.
Había pena en su cara cuando nuestras miradas se encontraron, pero sus ojos contenían una aguda advertencia. Cuando vio que había captado mi atención, miró cuidadosamente al mago de mi padre que garabateaba frenéticamente en un trozo de piel de oveja.
Tiré de Mocosa conmigo hasta un lugar donde mi padre pudiera vernos. Su cara estaba pálida, su cuerpo más inmóvil de lo que nunca lo había visto bajo las mantas manchadas de sangre. Como Ciarra, siempre parecía lleno de una energía ilimitable. Ahora lo único vivo en él eran sus ojos, que mi fulminaban con una cólera inútil, y la rabia se incrementó cuando vio el anillo plateado en mi mano. Me pregunté si realmente se lo había dado al fantasma de la familia para mí o si Oreg se lo habría quitado.
Toqué el hombro de Stala.
-¿Qué ocurrió? -Al contrario que los demás miembros de la familia, Stala siempre me hablaba como si yo no fuera estúpido. Parciamente, supongo, porque podía utilizar una espada tan bien como cualquiera.
-Stygian estaba más loco de lo habitual -dijo Stala, levantando la vista hacia mí, su voz expresaba su disgusto hacia la montura de mi padre. El garañón puede que actuara de forma salvaje, pero tenía tal poder y velocidad que yo creía que hacía que valiera la pena todo lo demás. Mi tía estaba en desacuerdo; ella decía que montar a un caballo como Stygian era como luchar con una espada defectuosa... siempre se rompía cuando más la necesitabas-. Tiró al Hurogmeten sobre un árbol muerto. Ninguna de las heridas externas son serias, pero rompió algo dentro. Me sorprende que haya sobrevivido tanto.
-Morir en casa como mi padre antes que yo -gruñó el Hurogmeten, mirándome fijamente.
Nunca le había visto parecer tan viejo. Siempre me había parecido que mi padre era varios años más joven que Madre, aunque en realidad era mayor. Este día parecía un anciano, y mi madre, junto a su cama, no mayor que Ciarra.
-Ya es bastante malo que tenga que dejárselo todo a este zoquete -me dijo-, pero todavía peor morir sin haber cumplido mis votos. Cuando mueras, le darás a tu heredero lo que yo te he dado a ti... júralo. -Este discurso sonó roto pero no obstante enérgico.
Sólo podía estar hablando del anillo.
-Sí -dije, frotándolo.
Hizo un corto asentimiento con la cabeza, aunque no pareció aliviado.
-Bien. ¿Lo has hecho ya, Licleng?
-Sí, milord -replicó el mago, extendiendo arena sobre su escritura, luego sacudió la página y se la llevó a mi padre.
Mi padre no era ningún tonto, ni siquiera en su lecho de muerte, leyó lo escrito. Luego gesticuló hacia la pluma y firmó con su nombre con una mano manchada de sangre que temblaba tanto que su firma fue casi ilegible.
-Eres demasiado joven para ocuparte de Hurog. Demasiado suave. Demasiado estúpido -me dijo-. No puedo hacer mucho con la suavidad, aunque lo he intentado... ni con la estupidez.
La estupidez es culpa tuya, pensé, pero no lo dije. Cuando tenía doce años, me había golpeado hasta dejarme sin sentido. Cuando me recobré, yo había cambiado, pero no tanto como la mayoría de la gente pensaba.
Después de cojer un par más de alientos llenos de dolor, mi padre dijo:
-Debería haberme casado con Stala en vez de con Muellen, pero un joven tiene su orgullo. -Madre no dio signos de que sus palabras la molestaran; oía sólo lo que quería oir-. El Hurogmeten no puede casarse con una plebeya bastarda, sin importar quién sea su padre. No puedo ver a ningún hijo de Stala siendo tan suave como tú. Pero mi hermano controlará Hurog hasta que alcances tu veintiun cumpleaños... luego los lobos de Siphern se cebarán con Hurog.
Mi padre, el Hurogmeten, empujó al papel hacia el viejo mago. La pluma había quedado aplastada en un espasmo de dolor o de bilis ante la injusticia de una vida que le dejaba con el mayor de sus hijos siendo un idiota, el más joven un fugitivo, y su hija muda. Demasiado preocupado con el presente para preocuparme por el futuro, simplemente asentí con la cabeza en reconocimiento de lo que había dicho.
El Hurogmeten sonrió con malevolencia hacia mí a pesar del dolor que debía sentir.
-Lo único que te dejo es a Stygian. Conociendo a Duraugh, haría que mataran a la bestia. Si no puedes montarlo, utilizalo para cría.
Stala resopló.
-Y pasar ese temperamento a toda su prole... aunque supongo que ninguno de ellos terminará contigo. -Nunca estaba seguro de sí a Stala le gustaba mi padre o solo devolvía su rencor del mismo modo. Desde luego habían sido amantes durante años, aunque no estaba seguro de si alguien lo sabía aparte de mí.
El Hurogmeten hizo un gesto para despachame con la mano derecha.
-¿Duraugh?
Mi tío se acercó, con intención de ocupar el espacio donde estaba Mocosa. Me puse delante de él, bloqueándole el paso, antes de que pudiera empujarla hacia atrás. Con algo más de catorce piedras, yo era un peso mucho menos móvil que ella.
El tío Duraugh alzó una ceja antes de ir por el otro lado de la cama, terminando delante de Madre.
-¿Sí, Fen?
-Te ocuparás de Hurog.
-Por supuesto.
-Bien. -Mi padre suspiró-. Duraugh, Tosten será el heredero de Ward. Encuéntrale, donde quiera que esté.
-Yo sé donde está -repliqué imprudente. Pero no pude resistir el impulso. Sería la única oportunidad que tendría nunca de sugerir a mi padre que podía estar equivocado conmigo.
El Hurogmeten me miró, sorprendido. Me había golpeado hasta hacerme sangrar cuando mi hermano pequeño había desaparecido hacía dos años. Luego había decidido que si hubiera sabido algo de Tosten, se lo habría dicho; todo el mundo sabía que era demasiado estúpido para mentir bien.
-¿Dónde? -preguntó, pero yo negué con la cabeza.
Si mi tío supiera donde estaba, Tosten sería arrastrado hasta aquí, y él no quería eso. Yo había evitado que se cortara las muñecas una noche de otoño poco después de su quince cumpleaños y le había persuadido de que había una forma mejor de abandonar Hurog.
-Está a salvo. -Esperaba que fuera cierto.
Él suspiró de nuevo, cerrando los ojos. Bruscamente, los volvió a abrir mientras luchaba en busca de aire y perdía una batalla por primera vez en su vida.
Madre se levantó. Canturreó una pequeña melodía extraña, mirando el cuerpo durante un momento, luego se giró y abandonó la habitación.
Yo me sentí perdido y traicionado, como si finalmente hubiera ganado un juego a expensas de un gran esfuerzo y tiempo, y mi oponente hubiera abandonado el campo de juego antes de comprender que le había vencido. Lo cual, por supuesto, era lo que había ocurrido.
Ciarra me apretó y apoyó la mejilla en mi brazo, su cara era una máscara blanca. Mi cara, lo sabía por la larga práctica, parecía vagamente vacuna; los profundos ojos castaños que Madre me había dado se añadían a la apariencia general bovina de mi expresión.
Mi tío me miró atentamente.
-¿Entiendes lo que acaba de ocurrir?
-El Hurogmeten está muerto -contesté.
-Y tú eres el nuevo Hurogmeten, pero yo ocuparé tu lugar durante dos años. -Los ojos de Duragh se velaron durante un momento, y bajo su cara severa había excitación al igual que culpa. Duraugh quería Hurog.
-Yo conseguí el caballo de padre -dije, tenía que buscar el comentario más absurdo que pudiera hacer-. Voy a verlo ahora.
-Cámbiate de ropa primero -sugirió mi tío-. Cuando vuelvas, tu madre y yo tendremos que decidir cómo honrar a tu padre. Tendremos que llamar a tu hermano a casa para el funeral.
Cuando yo esté muerto y enterrado, pensé, pero asentí de todos modos.
-Muy bien.
Me giré como si hubiera olvidado que Mocosa me sujetaba el brazo. Ella se tambaleó, intentando mantenerse conmigo, así que la alcé y me la puse bajo el brazo, llevándola escaleras arriba a paso rápido. En realidad ella era muy mayor ya para ese tipo de juego, pero los dos lo disfrutábamos, y le recordaba a mi pa... mi tío, lo fuerte que era yo. Es parte del juego, pensé, parte del juego.
Así mi tío pasó tomar el lugar de mi padre como mi oponente.


FIN DEL CAPÍTULO UNO

Ala, ¿qué os parece?
Espero que perdonéis los errores, no se lo he pasado antes a ningún corrector. Ya lo pulirán posteriormente.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #5 en: Febrero 23, 2015, 09:16:17 pm »
¡Que ganas de seguir con la historia!Este,este,vamos a traducirlo.

He votado esta mañana por otro, pero me retracto. No puedo esperar.

¿Me lo podrías pasar?

No soy adicta a la lectura, puedo dejarlo en cuanto  termine un capitulo más.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #6 en: Febrero 24, 2015, 02:27:58 pm »
Me he leído el capítulo del tirón. Pinta muy bien.

Yo lo quiero!!!

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #7 en: Febrero 25, 2015, 06:51:04 am »
Y? Cuando comenzamos?

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #8 en: Marzo 21, 2015, 10:21:41 pm »
no hay más??
Mi destino es no dejarme someter

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #9 en: Marzo 26, 2015, 01:42:47 pm »
Unas correcciones simples (en negrita las correcciones):

[...] hacia la rivera del ría donde la alcantarilla [...] ->  [...] hacia la rivera del río donde la alcantarilla [...]
[...] Con el p erno desaparecido[...] -> [...] Con el perno desaparecido[...]
[...] sido construídos para[...] -> [...] sido construidos para[...] (http://goo.gl/6JyEvr)
[...] obsureció [...] -> [...]oscureció [...] http://goo.gl/qvcjsQ
[...] huída [...] -> [...] huida[...] http://goo.gl/XchX7U
[...] vinieran los enansr, intercambiando [..] -> [...] vinieran los enanos, intercambiando [...]
[...] Hurog había sido lo torre más [...] -> [...] Hurog había sido la torre más [...]
[...] los relámpagos que acompalaban a las demostraciones [...] -> [...] los relámpagos que acompañaban a las demostraciones [...]
[...] pregunté, intetando sonar [...] -> [...] pregunté, intentando sonar [...]



No he señalado la falta de acento (p.e. tunel) o sobrantes (salvo los mencionados explicitamente)



Unas frases o incisos que creo que quedarian mejor (el primer texto es el original de Cris, el segundo la modificación)...

Citar
Me deslicé casualmente el anillo que Oreg me había dado en el tercer dedo de la mano derecha pregunté:
—¿Buena caza? —mientras me quitaba los restos de mi camisa. La sangre de arañarme los hombros en la pared de la caverna se había secado, y la camisa no salió con facilidad.
por
Citar
Deslicé casualmente el anillo, el que tenia en el tercer dedo de la mano derecha, que Oreg me había dado.

—¿Buena caza? —pregunté mientras me quitaba los restos de mi camisa. La sangre de arañarme los hombros en la pared de la caverna se había secado, y la camisa no salió con facilidad.

¿mejor? en el tercer dedo de la mano derecha que en el dedo corazon de la mano derecha
Si es mejor tambien habria que cambiarlo aqui
Citar
Me deslicé casualmente el anillo que Oreg me había dado en el tercer dedo de la mano derecha.

Citar
—Beckram, el gemelo de Erdrick, habló con suavidad—
 
Citar
—habló con suavidad Beckram, el gemelo de Erdrick—

por
Citar
Puede que ellos tuvieran veinte años frente a mis diecinueve, pero yo era una cabeza más alto que ellos y tres medidas más pesado. Había salido de caza, así que la ballesta me colgaba del hombro, y llevaba el cuchillo de caza en el cinturón. Ellos estaban desarmados. No es que tuviera intención de usar un arma con ellos. En realidad.
Mis manos servían igual de bien.
por
Citar
Puede que ellos tuvieran veinte años frente a mis diecinueve, pero yo era una cabeza más alto que ellos y tres medidas más pesado. Había salido de caza, así que la ballesta me colgaba del hombro, y llevaba el cuchillo de caza en el cinturón. Ellos estaban desarmados. No es que tuviera intención de usar un arma con ellos. En realidad, mis manos servían igual de bien.

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Mudo de repente, Erdrick se quedó mirándome con horror mudo.
demasiados "mudo"
Citar
Enmudeció Erdrick, que se quedó mirándome horrorizado.

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Así las cosas, Beckram podría recordar esto cuando pensara en volver a asustar a la Mocosa.
por
Citar
Aún así, Beckram lo recordaría cuando pensara en volver a asustar a la Mocosa.

Citar
Ya no había dragones. Ni uno. Fue ver dragones viviendo en nuestras montañas lo que hizo que vinieran los enansr, intercambiando regalos por el privilegio y la usura en un tiempo en el que Hurog había sido lo torre más rica de los Cinco Reinos.
por
Citar
Ya no había dragones. Ni uno. Fue ver dragones viviendo en nuestras montañas lo que hizo que vinieran los enanos, intercambiando regalos por el privilegio y la usura en un tiempo en el que Hurog había sido la torre más rica de los Cinco Reinos.

Citar
Dije:
—No tienes que decirme que esto fue una estupidez. —Extendí la mano y cogí la cadena que conducía del bozal de hierro a un gancho más grande que mi puño enterrado en la tierra—. Pero la gente desesperada hace cosas estúpidas todo el tiempo.
por
Citar
—No tienes que decirme que esto fue una estupidez —comenté, extendiendo la mano y cogiendo la cadena que ataba el bozal de hierro a un gancho más grande que mi puño enterrado en la tierra—. Pero la gente desesperada hace cosas estúpidas todo el tiempo.

Citar
Al fin nos detuvimos y presionó contra una roca que a mis ojos parecía exactamente igual que todas las demás
por
Citar
Al fin nos detuvimos y presionó una roca que, a mis ojos, parecía exactamente igual que todas las demás

Citar
Morir en casa como mi padre antes que yo —gruñó el Hurogmeten, mirándome fijamente.
por
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Moriré en casa como mi padre antes que yo —gruñó el Hurogmeten, mirándome fijamente.

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Pero mi hermano controlará Hurog hasta que alcances tu veintiun cumpleaños…
por
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Pero mi hermano controlará Hurog hasta que alcances tu vigésimo primer cumpleaños…

Sorry but you are not allowed to view spoiler contents.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #10 en: Marzo 26, 2015, 01:46:03 pm »
Por cierto he añadido la dedicatoria  y los agradecimientos (hay varios terminos en ingles que no los entiendo ni sueltos ni en el contexto)

Desconectado crislibros

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #11 en: Marzo 27, 2015, 09:53:35 pm »
Eljosemi, está claro que controlas. No te molestes en informarme. Haz los cambios que consideres oportunos sin revisarlos conmigo.

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Re:LOS HUESOS DEL DRAGÓN, Patricia Briggs, capítulo 1
« Respuesta #12 en: Marzo 27, 2015, 11:02:03 pm »
A Collin, Amanda y Jordan.
Que siempre tengáis sueños de dragones.

Reconocimientos.
Para Mike Briggs, Kaye Roberson, Anne Soward, Nanci McCloskey, y los Wordos de Eugene, que leyeron la peor parte y me dieron buenos consejos. A Virginia Kidd, Jim Allen, Linn Prentis, y el resto de la gente de la Agencia Virginia Kidd por su paciencia y sabiduría. A Big Cesar (Motor 9), Sirocco, Scratch, Skipper W, Teddy, Hussan, MonAmi, Meekum, y el resto de la Multitud Terra Verde de Gazania, y a mi propio Nahero, que me permite hacer personajes de mis caballos ficticios. Como siempre, los errores son míos, pero hay pocos a causa de esta gente.