Autor Tema: LA Biblia de Drácula  (Leído 1342 veces)

nickmiranda

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LA Biblia de Drácula
« en: Febrero 27, 2013, 11:46:39 am »

Hola a todos.
Hace poco he publicado La Biblia de Drácula, mi primera novela. En la conocida web Bubok podéis descargaros gratis el primer capítulo. Si os gustan, si os atraen esas primeras páginas, os animo a descargarlo entero, pues la historia os enganchará hasta el final.

                                       Os muestro algunos extractos:



Era un hombre tan misterioso y con un influyente poder que Ana no creía que tuviera ningún ser humano. Su sola presencia influenciaba a cualquiera, en el sentido de que algo maligno tenía que regir su existencia. Los que trataban de cerca con él, al igual que la propia Ana, rehuían la mirada con frecuencia de aquellos ojos grises como un día de tormenta y capaces de penetrar en alguien sin revelar sentimiento u emoción.


Luis Armando Zuloaga se consideraba un hombre de negocios con tanto poder como para no perder jamás. Si algo llegaba a torcerse o perderse, la culpa recaía siempre sobre el subordinado responsable de ello. En tal mundo de corrupción y con su exclusivo sentido del bien, Luis Armando debía mantener su imperio y evolucionar a mayores status de poder. Pero estaba claro que no era nada fácil. Sobre todo cuando regresaba su viejo enemigo: el Diablo Personal. Aquel adversario era el sistema que le impedía conseguir lo que quería. El Diablo Personal era inmortal e inesperado. Se le podía vencer, pero sólo devolviéndole a su lugar durante un cierto tiempo. Y no siempre con agrado por lograr lo deseado.



La noche en Santa Dragonera. Las calles refugiando a toda clase de habitantes; delincuentes partidarios de su sentido del bien y del orden, ladrones de poca monta, pendencieros, toxicómanos, borrachos, violadores, proxenetas, traficantes, mafiosos, asesinos. Y entre todos ellos, el honrado (en la medida de lo posible) contraste de habitantes descontentos o aterrorizados (o las dos cosas), resignándose sin remedio los que no pueden marcharse a otro lugar. Pero justos y pecadores, bienhechores y malhechores, honestos e indeseables, todos ellos suelen seguir un esquema de actos típico, encaminado a fines típicos.



Un escalofrío recorrió la espalda de Pelayo.
Se sacó la pequeña linterna de la boca y apuntó la luz en todas direcciones.
Oyó otro chillido y el barrido del haz se hizo frenético. Y los tres siguientes paralizaron de terror a Pelayo, escurriéndosele la linterna de entre los dedos y rodando por la acera mojada. El foco se paseó apuntando adelante, lo suficiente para revelar una sombra surgiendo por el pasadizo derecho de la bifurcación.



El calvo Amancio era una hoguera andante; el fuego abrasaba casi todo su cuerpo a lo bonzo, como un muñeco fallero que hubiera cobrado vida. El ambiente se llenaba del olor de carne a barbacoa. Pero lo peor de todo, era la expresión de serenidad de Amancio, como si quemarse vivo fuera una experiencia bella en la vida. Observando como desaparecía el bigote rojizo de Amancio, Pepita imaginó a un demonio sin tiempo de haberse sacudido las llamas al aparecer de golpe en la Tierra.



Conservaba una sonrisa amplia y unos ojos brillantes tras las lentes. Quien la hubiera visto habría afirmado la felicidad en una perturbada. Era un insignificante reflejo de lo que había enloquecido por dentro, pero era un enloquecer de beatitud.



-Padre, devuelve a los ángeles caídos a su morada en el infierno. Ten misericordia de esta pobre sierva que suplica tu perdón por todo el daño que haya podido hacer al prójimo...
Al fondo de la casa, el chirrido al abrirse la puerta de la sala de estar, se convirtió en la revelación más terrorífica que la anciana hubiera oído nunca.
Una figura negra traspasó el umbral, seguida de otra; se deslizaron lentamente hasta situarse al pie de la cama, cada una de ellas en una esquina ante la visión desorbitada de la anciana.



Una pareja de adolescentes pasó riendo y cogida de la mano ante el parabrisas de la Nissan. Seminublada la cordura de Daniel, creyó que se reían de él y disparó el puño e hizo añicos el cristal ahumado de la izquierda. Los jóvenes echaron una mirada sobresaltada en la dirección del ruido y en cuanto vieron al gigante furioso que abría la portezuela, el chico arrastró a su novia como alma que lleva el diablo.
Daniel observó como se alejaban con ojos salvajes y en sombra bajo la visera de la gorra. Respirando con fuerza se imaginó perseguirlos y arrollarlos bajo las ruedas de la furgoneta. Poco a poco y cuando no estuvieron a la vista, se fue serenando.


Saludos.