Mensajes recientes

Páginas: 1 2 [3] 4 5 ... 10
21
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 8
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 07, 2020, 07:50:13 pm »
 06a
22
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 7
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 07, 2020, 07:43:02 pm »
  06a
23
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 5
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 07, 2020, 07:27:05 pm »
Se lo que anima ver que se está esperando con verdadera ansía. Cuando termine un curso que estoy haciendo me pongo a tus órdenes.
24
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 8
« Último mensaje por crislibros en Septiembre 07, 2020, 12:33:44 pm »
Acababa de terminar cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta de su habitación.
-Oh -dijo la voz de un hombre-. Que le condene.-El picaporte traqueteó varias veces y el hombre suspiró con un tono impaciente-. Folly.
-Él no pretendía herir tus sentimientos -dijo la chica con tono de disculpa-. Simplemente es demasiado brillante para ti -La puerta se abrió, y la chica entró apresuradamente sin sostener la mirada de Grimm.
Un hombre entró en la habitación sosteniendo un pañuelo arrugado contra su al parecer sangrante nariz. Era un espécimen huesudo excepto por una pequeña tripa, y eso hacía que sus extremidades parecieran desproporcionadas, casi como una araña. Su pelo era una fregona sucia y gris, su cara estaba cubierta por un rastrojo blanco escaso. Vestía con un traje dos décadas pasado de moda, en tonos sobrios marrones y grises, y grandes y suaves zapatillas hechas de alguna especie de criatura con un pelaje a rayas verde y blanco. Demasiado viejo para ser de mediana edad, demasiado joven para ser anciano, el hombre tenía ojos de un tono vibrante de azul que Grimm sólo había visto en los cielos de otoño muy alto, por encima de la niebla. El hombre caminaba con la ayuda de un bastón de madera coronado con lo que podía haber sido el cristal del cañón ligero de un barco. Era del tamaño del puño apretado de un hombe.
-¡Ah! -dijo-. ¡Aja! Capitán Grimm, bienvenido, bienvenido, que bien poder hablar con usted cuando no está delirante. -Miró de reojo a la chica y refunfuñó algo por la comisura de la boca-. No está delirando, ¿verdad?
La chica negó con la cabeza con los ojos abiertos de par en par que no abandonaban el suelo.
-No, maestro.
Grimm no estaba seguro de cómo responder con cortesía a semejante saludo, pero se enderezó para inclinarse ligeramente por la cintura.
-No nos conocemos, señor. Me temo que estoy en desventaja.
-Sí, nos conocimos, mañana -dijo el viejo-. Y no, no lo está, y lo último es una cuestión a debatir, tal vez. ¿Tú que crees, Folly?
Folly se mordió el labio y tocó su vial de cristales.
-Él no comprende que el capitán Grimm está bastante incómodo porque no conoce el nombre de nadie.
-¡Incierto! -declaró el eterealista con convicción-. Conoce su propio nombre, me atrevería a decir, y al menos uno de los tuyos. Ha tenido segundos y segundos para transferir ese conocimiento a su memoria. A menos, por supuesto, que siga delirando. -El viejo miró de reojo a Grimm-. ¿Está seguro de que está usted lúcido, señor?
-A veces me lo pregunto -replicó Grimm.
Algo muy joven y muy lleno de malicia titiló en la parte de atrás de los ojos del eterealista, y su cara se estiró en una amplia sonrisa.
-Ah. ¡Ah! Un hombre modesto, o muy falso para que pueda ser cierto, o muy cierto para que parezca completamente falso. Puedo ver por qué Bayard habla tan bien de usted, señor. -El viejo tocó el suelo con la punta de su bastón hacia un lado y se inclinó en una elaborada reverencia propia de un bailarín-. Soy Efferus Effrenus Ferus, a su servicio, señor. Y esta es Folly.
-Folly -dijo la chica, y se inclinó cortésmente hacia la esquina más alejada de la habitación.
-Jerseys -dijo Ferus con seriedad-. Jerseys, querida. Y dos pares de calcetines, uno de ellos de lana. Oh, y tráeme un sombrero de caballero de un tamaño no más grande que seis y luego empápalo en vinagre.
La chica se inclinó otra vez y se apresuró a salir de la habitación.
Ferus sonrió.
-Que chica tan dulce. Y siempre recuerda perfectamente. Ahora, veamos, capitán. -Se volvió a girar hacia Grimm-. Tiene preguntas. Yo respuestas. ¿Vemos si podemos emparejarlas?
-Por favor -dijo Grimm-. Parece que soy su invitado. ¿Tengo que agradecerle el cuidar de mí?
Los hombros de Ferus se combaron con evidente desilusión.
-Al parecer no están emparejadas. Yo iba a decir fresas. -Sus labios se comprimieron y sacudió la cabeza-. No es usted muy bueno en este juego, capitán.
-Me lo tomaré como que no me ayudó usted, señor.
Ferus ondeó una mano.
-Bayard hizo mas que yo, en realidad. Pero sí, fui compelido a emplear mis habilidades en su beneficio.
-¿Habilidades, señor?
El eterealista asintió con la cabeza.
-Hoy soy un médico con la cura para una aflicción que casi nadie contrae. Si me hubiera preguntado hace veinte años, le habría dicho que parecía ser una pobre inversión a largo plazo con muy poca viabilidad comercial. Pero aquí estamos.
Grimm se encontró a sí mismo sonriendo.
-Desde luego. Aquí estamos. Gracias por su ayuda.
El viejo sonrió y tamborileó con el extremo de su bastón en el suelo.
-Así es, así es. Fuera cual fuera la bestia que intentó comerle, dejó unas muy buenas y peligrosas estructuras en su sangre… bastante grosero, bastante grosero, y de lo más injusto.
-¿Veneno? -preguntó Grimm.
Ferus meneó la menos de un lado a otro.
-Sí. No, en realidad, ni remotamente, pero para el propósito de esta conversación, sí.
Grimm frunció el ceño.
-Ah. Um. ¿Estoy en algún peligro?
-¡Está muerto como una piedra!
-¿Lo estoy?
-Sí. No, en realidad, ni remotamente, pero para el propósito de esta conversación, sí. -Ferus asintió hacia su brazo-. Se ha alejado usted del tema. Debería comprobar su herida para asegurarme de que mi trabajo fue concienzudo. ¿Le importa?
-No -dijo Grimm-. Supongo que no.
-Excelente -dijo Ferus. Luego se giró y abandonó la habitación, cerrando de golpe la puerta tras él.
Grimm se quedó de pie un momento, frunciendo el ceño. Luego sacudió la cabeza y comenzó a sentarse otra vez.
-¡Agh! -gritó Fergus desde el pasillo-. ¡No, deje de moverse, hombre! ¿Cómo se supone que voy a ver nada con usted danzando una giga por la habitación?
Grimm se quedó congelado en el acto.
-Ah. ¿Así... así mejor?
-Parece bastante torpe, así a medio camino. ¿No estará realizando por casualidad un movimiento intestinal de algún tipo?
Grimm sonrió.
-No.
-Bueno, intenta no hacerlo hasta que haya terminado.
-Ah, Maestro Ferus. Si no le importa que le pregunte, ¿cómo exactamente me está examinando? Seguro que no puede ver la herida desde ahí, ¿verdad?
-¡Incierto! -dijo Ferus-. ¡Desde aquí puedo verlo todo! Ahí, hecho. Hice un buen trabajo, si no está mal que yo mismo lo diga-. Se oyeron pasos amortiguados al otro lado de la puerta y luego se detuvieron dudosos a treinta centímetros de distancia.
La manija de la puerta se movió un poco y luego se quedó inmóvil.
-Cáspita -dijo Ferus-. Maldita cosa. ¿Por qué te burlas de mí?
Grimm cruzó la habitación y abrió la puerta.
Ferus soltó un suspiro.
-Gracias, jovencito, gracias. Si tuviera tu edad, estoy seguro de que aprendería el truco de inmediato, pero la mente, ya sabes. Se vuelve bastante rancia.
-Es lo menos que puedo hacer -dijo Grimm.
-¡Incorrecto! -proclamó Ferus-. ¡Lo menos que podría haber hecho sería nada! Dios mío, espero que sea más brillante de lo que parece. De veras que no tenemos más tiempo que malgastar en su educación capitán.
-¿No? -preguntó Grimm-. ¿Y por qué no?
Y en un instante el viejo cambió.
Su voz anterioremente animada se hizo baja y firme. Algo se movió en su columna y hombros, transmitiendo una sensación de perfecta confianza y fuerza, en desacuerdo con su estatura inocua. Y, sobre todo, cambiaron sus ojos: el brillo en ellos se transformó, se destiló en un fuego apagado que sostuvo la mirada de Grim sin expectativas ni debilidad.
Grimm estuvo de repente seguro de que estaba de pie ante un hombre peligroso.
-Porque, Francis Madison Grimm, hemos llegado al final -dijo el maestro Ferus.
-¿Al final? ¿De qué?
-Del principio, por supuesto -dijo el eterealista-. El final del principio.
25
FANTASTICA / Los aeronautas, capítulo 8
« Último mensaje por crislibros en Septiembre 07, 2020, 12:33:25 pm »
CAPÍTULO 8
Spira Albion. Habble Morning. Túneles de Ventilación.

No hubo tiempo para reaccionar ni espacio para esgrimir ni siquiera la hoja corta y recta de su espada. Grimm cayó bajo un horrible y doloroso peso, y lo empujó con un brazo, apartando algo que gruñía, escupía y arrancaba sangre con dentadas y garras. La criatura era tal vez del tamaño de un niño grande. Salió volando y se alejó de él.
-¡Grimm!
-¡Estoy bien! -exclamó Grimm, rodando hasta ponerse rápidamente en pie. Se quitó la chaqueta de los hombros y se la envolvió rápidamente en el brazo izquierdo-. ¿Gatos?
-No creo. Un gato nunca ha hecho un sonido así.
El sonido aullante se repitió desde todas direcciones del túnel.
-Hay más de uno -dijo Grimm.
-Atrás, atrás -replicó Bayard, y Grimm sintió la repentina y nerviosa presión de los hombros del otro hombre contra la parte media de la espalda.
-Debería trabar amistad con gente más alta -jadeó Grimm.
-Muérdete la lengua, colega, o te quedarás sin tobillos.
Hubo otro movimiento en la oscuridad y la criatura volvió a volar hacia Grimm. Esta vez Grimm interpuso su brazo envuelto en cuero, y sintió como las garras y los dientes se hundían en él. Grimm soltó un grito y giró el brazo izquierda, golpeando a la criatura contra la piedra de la paded de la Aguja. Continuó el movimiento de giro con el brazo derecho, atravesando a la cosa con la hoja corta. Sintió el arma morder afilada y profundamente. Un chillido gorgogeante como nada que hubiera oído antes llenó el pasillo, al mismo tiempo que oyó a Bayar gritar "¡Ah!".  Un gruñido llegó de algún lugar a su espalda.
Grimm no tuvo tiempo de girarse hacia Bayard. La criatura se agitaba como loca, sus garras mordían el brazo de Grimm incluso a través de las capas de cuero grueso. Golpeó con la espada tan rápida y cruelmente como sabía, rezando para no haber malinterpretado su longitud en la oscuridad y empalarse su propio brazo. No podía ver nada más que una forma vaga luchando contra él, pero podía sentir la sangre salpicando de las heridas que su hoja infringía.
La cosa soltó otro grito y luego desapareció. Los gritos resonaron arriba y abajo por los pasillos en ambas direcciones, desapareciendo mientras se retiraban. Grimm encontró instintivamente a Bayar otra vez, y aseguró su espalda contra la del otro hombre durante los siguientes momentos. Ambos jadeaban en busca de aliento. El brazo herido de Grimm latía y quemaba de la forma más desagradable.
-Cobardes -jadeó Bayard un momento después, cuando estuvo claro que el ataque había acabado-. Malditos bichos cobardes.
-Desde luego -dijo Grimm-. ¿No deberíamos salir corriendo ahora mismo?
-Absolutamente -dijo Bayard-. Pero dentro de un momento. Tengo una luz aquí, por alguna parte.
Grimm esperó impaciente mientras la ropa de Bayard emitía algunos murmullos.
-¡Ah! -dijo-. En mi chaleco. Casi lo había olvidado. -Un momento después apareció una débil fuente de luz azul pálida, cuando Bayard sacó un cristal lumínico del tamaño de la uña de un dedo de uno de sus bolsillos y lo sostuvo en alto.
El túnel estaba a oscuras. Sangre que parecía negra a la luzpálida salpicaba por todas partes... más cerca de Grimm que de Bayard. El propio Bayard estaba alterado por la acción. Su espada, sin embargo, tenía manchas negras en la mitad de la hoja.
-Dios del cielo, estás hecho un cromo -dijo Bayard, alzando una ceja-. Hay más sangre que hombre. -Miró más allá de Grimm, a las grandes salpicaduras de la pared-. Te lo juro, chico. Tenías que haberte hecho carnicero.
-Lo intenté -dijo Grimm-. Pero no pude. Tuve que alistarme en la Flota.
-La amargura no te sienta bien, amigo mío -dijo Bayard. Sus ojos oscuros titilaron hacia el vestíbulo-. ¿Qué tal tu brazo?
-Doloroso -dijo Grimm-. Voto por no desenvolver el abrigo de alrededor de él hasta que lleguemos a alguna parte donde podamos encontrar vendas.
-Mejor que nos pongamos en marcha, entonces -dijo Bayard-. Sería bastante divertido ver como corres hasta que tu corazón derrame toda tu sangre, pero me temo que Abigail se enfadaría conmigo. Podría negarme sus atenciones durante horas. Incluso días.
-No podemos permitir eso -dijo Grimm. Sacudió tanta sangre como pudo de la hoja de su espada, y luego hizo una mueca y la limpió en la parte de la pernera de sus pantalones que no estaban ya manchada de esa cosa. Devolvía el arma a su vaina justo cuando Bayard terminó de limpiar su espada con un pañuelo y le ofreció la tela.
-Podrías habérmelo dicho antes -gruñó Grimm.
-De todos modos esa ropa está arruinada.
Grimm le fulminó con la mirada y abría la boca para decir algo más, cuando de repente Bayar se inclinó de lado y empezó a caer.
No, no es así en absoluto, pensó Grimm. Bayard estaba perfectamente de pie e inmóvil. Su amigo no se había caído.. era él. Podía sentir de forma distante el frío suelo de piedraguja bajo la mejilla. La boca de Bayard se estaba moviendo, pero las palabras parecían llegar a él desde un túnel de cientos de metros de longitud, y no podía quedarse con ellas. Grimm intentó poner una mano debajo y empujarse hacia arriba, pero sus extremidades no respondían.
-Hermano -refunfuñó Grimm-. Esto es bastante inconveniente.
Bayard se agachó y estudió atentamente la cara de Grimm. Lo último que Grimm recordaría del momento fue la sensación de estar siendo alzado sobre los delgados y fribrosos hombros de Bayard.

*****

Grimm abrió los ojos y se encontró en una habitación caliente y oscura. El techo estaba hecho de arcilla endurecida... uno de los materiales de construcción más comunes para las residencias más modestas dentro de la Aguja Albion. No había sido pintado de blanco, sino que en su lugar estaba cubierto con un colorido y bastante caprichoso mural que parecía hecho por un niño particularmente entusiasta. Tenía poco sentido, contenía imágenes al azar de aeronaves, el sol, una especie de plantas de aspecto raro que se asemejaban sólo parcialmente a árboles, y una imagen de la luna que resultaba demasiado grande en relación al sol opuesto a ella. Extrañas criaturas ocupaban el mismo lugar, ninguna de las cuales le resultaban familiares a Grimm, aunque podría ser de haber visto algunas en sus más fantasiosos libros de cuentos de la infancia.
La habitación estaba iluminada por docenas, docenas y docenas de diminutos y casi apagados cristales lumínicos, recogidos en jarras de cristal transparente. Su luz era algo nebulosa, lo mostraba todo con claridad y aparentemente originándose de la nada. Era una recámara pequeña y común que lucía el escritorio de un estudiante y una estantería de libros pequeña y atestada. Él yacía sobre una cama de cuerdas entretejidas con una colchoneta fina encima, y mantas apiladas sobre él que amenazaban con sofocarle en vez de mantenerle caliente.
Empezó a apartarlas, sólo para descubrir que le habían atado el brazo izquierdo al pecho. Ambos brazos estaban envueltos en lo que le parecía una irracional cantidad de vendas. No eran blancas. En vez de eso estaban hechas con un amplio espectro de telas de cada color y  textura imaginable. Una de las tiras tenía pequeñas formas de corazones rosa alternadas con brillantes soles amarillos.
Grimm se sentó, hizo una mueca por el dolor del brazo. Tenía un montón de cortes más en la parte superior del cuerpo, al parecer, que también estaban cubiertos de vendas y alguna especie de ungüento esterilizador pungente. No recordaba haber recibido las heridas menores, pero eso no era algo inusual en combate. Tenía mal sabor de boca, y la ardía la garganta por la sed. Había un cántaro y una jarra sobre una bandeja en la mesita de noche, y llenó la jarra de agua y se la bebió tres veces antes de que su cuerpo comenzara a aplacarse.
Alguien llamó a la puerta y luego la abrió. Grimm levantó la vista para ver a una joven entrar en la habitación. Estaba vestida… de forma no tanto descuidada, decidió, como al azar. Su camisa gris estaba echa de seda etérea, parcheada en varios lugares, y parecía haber sido cosida para un hombre casi noventa kilos más pesado que ella. Aunque la camisa era lo bastante larga para servir como vestido por sí misma, llevaba una enagua verde, con una falda crujiente que caía hasta el suelo. Cuando caminó hacia él, pudo ver que llevaba calcetines en vez de zapatos… de puntos verde y blancos en un pie, y rayas naranja y violetas en el otro. Llevaba un delantal… pero parecía hecho de tela, y estaba quemado en varios lugares, la prenda de un herrero en vez de una prenda de cocina. Su pelo había sido teñido de rayas encarnadas y blancas, y luego trenzado hasta parecer un caramelo de menta. Una de las lentes de sus gafas era rosa, la otra verde, y la banda de su sombrero de copa demasiado grande explotaba con hojas de papel dobladas. Llevaba un collar del que pendía un vial de cristal que casi ahogaba la iluminación de los cristales, y llevaba una bandeja cubierta en los brazos.
-Oh -dijo, haciendo una pausa-. Está despierto. Córcholis. Que inesperado. -Inclinó la cabeza, estudiándole primero con una lente de sus gafas y luego con la otra-. ¿Qué tenemos aquí? Está bien. No está loco. Excepto que lo está. Y yo debería saberlo. – Llevó la bandeja hasta una mesilla colocada contra una de las paredes y susurró-. ¿Debería decirle lo impropio que es que un caballero no lleve camisa cuando hay una joven dama presente? No es que no apreciemos la vista, porque es bastante masculino, pero da la sensación de que es eso lo que una debería decir.
Grimm parpadeó mientras se estudiaba a sí mismo y palpaba en busca de las mantas con una mano, cubriéndose.
-Ah, por favor, perdóneme, señorita. Al parecer he perdido mi camisa.
-Cree que soy una dama -dijo ella, y le sonrió ampliamente-. Eso es bastante inusual, en mi experiencia.
Grimm repasó su mente en busca de algo apropiado que decir en tales circunstancias, y encontró poco.
-¿Ser llamada dama?
-Que lo piensen -dijo la joven-. Veamos, aquí hay sopa fresca, que no sabe muy bien, pero él debería comérsela toda porque el veneno creo que es incluso peor.
Grimm parpadeó.
-¿Veneno?
La joven se giró hacia él, se acercó lo bastante para posarle una mano sobre la frente.
-Oh, querido. ¿Tiene fiebre otra vez? No, no. Oh, bien. Tal vez sea solo un simple. Pobrecito.
La joven… no, decidió, la muchacha, contuvo el aliento. Su cuerpo entero se puso rígido y jadeó.
-Oh, cielos. Espero que no decida hacerme daño. Es bastante bueno haciendo daño. Llevó mucho rato limpiar toda la sangre.
-Niña -dijo Grimm en voz baja-. Mírame.
Se quedó congelada de repente. Después de un segundo de silencio, dijo:
-Oh, no debo.
-Mírame, muchacha -dijo Grimm, manteniendo la voz tranquila y amable-. Nadie va a hacerte daño.
La chica le lanzó una mirada muy rápida. Él vio solo un destello de sus ojos sobre las gafas cuando lo hizo. Uno era de un gris firme y estable. El otro era de un tono de verde manzana pálido. La chica se estremeció y pareció combarse, su muñeca se le quedó floja en la mano.
-Oh -jadeó-. Eso es muy triste.
-¿Con quién estás hablando, niña?
-Él no sabe que estoy hablando contigo -dijo la chica. Las yemas de su mano libre rozaron los cristales del pequeño vial de su cuello-. ¿Cómo puede oírme sin comprender algo tan simple?
-Ah -dijo Grimm soltó la muñeca de la chica muy lenta y cuidadosamente, como si fuera el frágil cuerpo de un pájaro-. Eres una eterealista. Perdóname, niña. No me di cuenta.
-Piensa que soy la maestra -dijo la chica, agachando la cabeza y ruborizándose-. ¿Cómo puede ser tan astuto y tan estúpido a la vez? Eso debe doler horriblemente. Pero tal vez sería más cortés si no dijéramos nada. Parece tener buenas intenciones, el pobre. Y está consciente, móvil y lúcido. Deberíamos decir al maestro que parece que sobrevivirá.
Con eso, la chica se escabulló de la habitación, asintiendo para sí misma, con su suave letanía colgando un momento a su estela.
Grimm sacudió la cabeza. Fuera quien fuera la chica, parecía llevar ya un tiempo sirviendo en su aprendizaje, a pesar de su aparente juventud. Todos los eterealistas eran raros y se volvían más raros aún con la edad. Algunos era un poco más viejos que otros. La chica era al menos tan rara como cualquier otro eterealista que hubiera conocido.
Se acercó a la bandeja y la descubrió. Había un cuenco de sopa y varias tostadas, junto con una cuchara que habría sido de lo más modesta si no hubiera estado hecha de lustrosa madera oscura. Saboreó la sopa, preparándose para el amargo sabor de la mayoría de las medicinas, y la encontró sorprendentementeblanda pero agradable.
Agarró un taburete, se sentó ante el escritorio, y devoró la sopa, junto con las tostadas y dos vasos más de agua. Para cuando hubo terminado, casi se sentía un ser humano. Tomó nota de la túnica sencilla que aparentemente habían dejado para él, y se las arregló para atarla con una mano a la cintura.

26
FANTASTICA / Los aeronautas, capítulo 7
« Último mensaje por crislibros en Septiembre 07, 2020, 12:29:29 pm »
CAPÍTULO 7
Aguja Albion, Habble Morning, túneles de ventilación.

Grimm caminaba a zancadas hacia el recinto del Spirearch, sus botas golpeaban el suelo de piedra con impactos agudos y claros, mientras se recordaba a sí mismo que asesinar al idiota que tenía a su lado en un brusco arrebato de gloriosa violencia sería de extremadamente mal gusto.
-Tal vez le ha llegado su hora -dijo el comodoro Hamilton Rook. Era un hombre alto y de aspecto regio que más de un monarca habría deseado, cuya nariz tenía la forma del pico de un águila. Su pelo negro aún no estaba tocado por el gris, lo que Grimm estaba seguro era artificial. Su cara y sus manos estaban aireadas y agrietadas por el tiempo pasado a bordo de un barco, un crucero de batalla llamado Glorioso, similar a la Itasca, aunque no fuera ni remotamente rival para ella. Era refinado, bien educado, exquisitamente cortés, y un asno absoluto. Su uniforme de la Flota era del apropiado tono de azul marino acentuado con una cantidad impropia de filigrana y trenza dorada, y portaba tres bandas doradas en el extremo de cada manga-. ¿Tú qué dices, mi buen Francis?
Grimm miró a Rook de arriba a abajo.
-Como siempre, le pido que no me llame Francis.
-Ah, el segundo nombre entonces, supongo ¿Madison?
Grimm sintió como los dedos de la mano de su espada se tensaban y relajaban.
-Comodoro, es usted muy consciente de que prefiero Grimm.
-Demasiado formal -dijo Rook desaprobador-. Para eso ya podría llamarte “capitán” todo el día, como si todavía fueras parte de la Flota.
De extremadamente mal gusto, pensó Grimm. De asombrosamente mal gusto. De un mal gusto histórico. Sin importar lo bien que sentaría.
-Esperaba que tus recientes éxitos te hubieran hecho menos inseguro -continuó Rook-. Y no has respondido a mi pregunta. Mi oferta es más que generosa.
Grimm giró por un pasillo lateral apartándose del tráfico principal del día en Habble Morning.
-¿Te ofreces a pagarme un cuarto de lo que vale para hacer astillas mi nave? Tengo que asumir que estás haciendo algún intento malsano de humor.
-Vamos, no te pongas en plan romántico – dijo Rook-. Ha sido una buena nave, pero la Depredadora está desfasada como barco de guerra, y es pequeña como barco comercial. Por lo que te estoy ofreciendo, podrías hacerte con un buque mercante con el que harías varias fortunas. Piensa en tu prosperidad.
Grimm sonrió débilmente.
-Y el hecho de que podrías hacerte con su núcleo de cristal para el inventario de tu Casa no tiene nada que ver, supongo.
Los cristales de tamaño y densidad adecuados para servir como núcleo de energía de una nave se habían ido agotando en el transcurso de las últimas décadas y siglos. Los núcleos de cristal no eran caros; eran de valor incalculable. En la Aguja Albion, toda producción actual del cristales estaba reservada a la Flota, dejando un número reducido de núcleos de cristal disponibles para propietarios privados… la mayoría de los cuales no se separarían de ellos a ningún precio. En los últimos dos siglos, las Grandes Casas habían estado adquiriendo sin tregua cristales de sobra. Desde luego podían ser obtenidos en otras Agujas, pero por lo que Grimm sabía, nada en el mundo podía igualar al poder o la calidad de los cristales que producían los Lancaster.
-Por supuesto no perjudicaría a la posición de nuestra Casa -replicó Rook-. Pero, no obstante, es una oferta sincera.
-No -dijo Grimm.
-Muy bien -dijo Rook, con voz tensa-. La doblo.
-No. Dos veces.
El hombre mayor dio un paso delante de Grimm y le detuvo, fulminándole con la mirada.
-Mira, Francis. Pretendo hacerme con ese cristal. He visto el informe de daños que hizo tu ingeniero. Tienes suerte de haber conseguido volver a la Aguja.
-¿De verdad?
-Necesitas baterías completamente nuevas, un nuevo cristal elevador, y al menos tres nuevos cristales auxiliares. He visto tus cuentas. No tienes ni de lejos suficiente dinero para permitírtelos.
-Está herida -dijo Grimm con firmeza-. No desahuciada.
-Herida -dijo Rook, poniendo los ojos en blanco-. Apenas puede cojear de un lado a otro de la Aguja con una correa de sujeción. La Depredadora ya no es una aeronave. Apenas es un molinete.
Grim se encontró de repente enfrentado a Rook, apretando las manos en puños.
Al parecer Rook no reparó en ese detalle.
-Te estoy haciendo una oferta abierta y amigable, Francis. No me obligues a recurrir a otras tácticas.
Grimm se quedó en silencio un momento, mirando a Hamilton Rook con sorna.
-¿Y eso qué significa, señor? -preguntó tranquilamnete-. ¿Cuáles serían esas tácticas?
-Puedo persuadir a las cortes, si es necesario -dijo-. Informar del estado peligrosamente poco correcto de tu nave. Informar del número de bajas que has sufrido. Informar de las quejas y acusaciones de comportamiento criminal que otras Agujas han dirigido a la Flota.
Grimm apretó los dientes.
-Incurrí en tales acusaciones mientras actuaba en nombre de la Flota y lo sabes.
-Y se daría la orden de negarlo -dijo Rook, ampliando su sonrisa-. Honestamente, Francis. ¿De veras piensas que la Flota preferiría apoyarte a ti, un paria deshonrado, a costa de sufrir semejante humillación pública? -La sonrisa se desvaneció-. Voy a conseguir ese cristal, Grimm.
Grimm asintió pensativo. Y entonces, muy rápidamente y sin contenerse por ningún tipo de gallardía, abofeteó al Comodoro Hamilton Rook en la cara.
El sonido del impacto resonó por todo el pasillo. Rook se tambaleó hacia atrás, atónito por el hecho mismo del golpe más que por la fuerza del mismo, y miró a Grimm con los ojos muy abiertos.
-La Depredadora no es una propiedad -dijo Grimm con tono tranquilo y serio-. No es mi posesión. Es mi hogar. Su tripulación no son mis empleados. Son mi familia. Y si amenaza con quitarme mi hogar y destruir el sustento de mi familia otra vez, comodoro, puede que me sienta inclinado a matarle aquí mismo.
Los ojos de Rook relampaguearon y se irguió en toda su intimidante estatura.
-Insecto arrogante -exclamó-. ¿Crees que puedes abofetearme sin pagar por ello?
En respuesta, Grimm dio un paso rápido hacia delante y lo volvió a hacer. Rook intentó esquivar el golpe, pero la mano de Grimm fue demasiado rápida para él. Una vez más el sonido de la bofetada resonó por el pasillo.
-Lo haré en cualquier maldito momento en que me plazca, señor -dijo Grimm con la misma voz tranquila-. Lléveme a los tribunales. Deje que le cuente a los jueces y al archivo público con qué me provocó lo suficiente para golpearle. Se verá humillado públicamente. Si espera mantener algún rastro de su reputación, no tendrá más elección que desafiarme a un duelo. Y, como parte desafiada, insistiré en el Protocolo Mortis.
Rook inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás, apartándose de Grimm, como si hubiera abierto su despensa para sacar queso  y en lugar de eso hubiera encontrado una lagartija.
-No te atreverías. Incluso si ganaras, mi familia te arrancaría el pellejo.
-Cambiaría mi bandera a la Aguja Olympia -dijo Grimm-. Se alegrarán de tenerme. Que los Rooks intenten sus jueguecitos con el capitán de una nave olympiana. ¿Crees que tu cadáver valdrá eso, Hamilton?
Rook apretó los puños a los costados.
-Eso es traición.
-Para un oficial de la Flota, sí -dijo Grimm, mostrando los dientes-. Pero no para un paria deshonrado como yo.
-Eres un pequeño mierdecilla miserable -dijo Rook-. Debería…
Grimm dio un paso adelante, sin romper el contacto visual, obligando a Rook a retroceder un paso.
-¿Debería qué, comodoro? -dijo-. ¿Insultarme a mis espaldas? ¿Desafiarme a un duelo? Ni siquiera tienes agallas para mirar a los ojos de un hombre cuando le matas. Eso es algo que ambos sabemos.
Rook apretó los dientes, buyendo.
-No olvidaré esto, Grimm.
Grimm asintió.
-Sí. Uno de tus muchos excelentes fallos, Hamilton, es que olvidas los favores y recuerdas los insultos.
-Desde luego. Mi Casa tiene buena memoria… y una visión amplia.
Grimm sintió como una oleada de rabia amenazaba con acabar con su control, pero la suprimió del todo, excepto en su voz de tenor.
-¿Visión amplia? ¿Es así como lo llamas? Que sepas esto: Si le ocurre algo a cualquiera de mis hombres, o a cualquiera de sus familias… cualquier cosa, sin importar lo pequeña que sea… te haré personalmente responsable. Te denunciaré al Almirantazgo y ante el Consejo en menos de una hora. Y en el duelo que seguirá a eso, te mataré y lanzaré tu cuerpo desde lo alto de la Aguja… y no necesariamente en ese orden. ¿Lo he dejado perfectamente claro, comodoro?
Rook tragó y dio otro medio paso atrás.
Grimm le señaló con un dedo y dijo:
-Mantente lejos de mi hogar. Mantente lejos de mi familia. Buenos días, señor.
Luego el capitán de la Depredadora se giró con precisión sobre un talón y continuó marchando hacia el palacio.
Grimm no llevaba caminando ni dos minutos cuando una voz tranquila y divertida habló desde la oscuridad de un pasillo lateral poco iluminado.
-¿Qué te ha pasado, Mad?  Has adquirido unas pocas trazas de discreción. Recuerdo una época en la que habrías destrozado a ese bufón pomposo en medio del mercado de la habble al mediodía.
Grimm bufó y no frenó su avance.
-No tengo tiempo para pelearme contigo, Bayard.
La pequeña y esbelta figura de un hombre apareció en la penumbra y se colocó a su lado. Alexander Bayard vestía el uniforme de un comodoro casi con tanta precisión como Rook, aunque no tan ricamente adornado. También estaba mucho más desgastado. Bayar gustaba de pasar sus días a bordo de un barco, en la cubierta de su nave insignia, el pesado crucero Valiente, mientras que Rook se ocultaba de los elementos siempre que podía.
-Sí -dijo Bayard con facilidad. El hombre más bajo alargó sus zancadas para igualar las de Grimm-. Lo he oído. Tienes una nave que apenas puede mantenerse a flote y sin medios para repararla, así como también estoy seguro de que estás deseando salir de puerto otra vez.
-No me hagas batirme en duelo contigo -dijo Grimm.
-¿Por qué demonios no? -dijo Bayard, añadiendo un contoneo adicional a su paso. Tenía ojos oscuros y brillantes y un cabello que había pasado magníficamente a ser plateado décadas antes de tiempo-. Perderías y ambos lo sabemos.
Grimm resopló.
-Eres un auténtico vendedor de violencia, mi terco amigo -continuó Bayard-. Pero no tienes ni un ápice de hielo en tu alma o una mota de reptil en tu sangre.  Hace falta cálculo para ganar un duelo contra un reptil, y tú siempre has sido impaciente.
Grimm se descubrió sonriendo.
-Acabas de llamarte a ti mismo reptil, comodoro.
-Y lo soy -coincidio Bayard-. Soy una víbora que aprovecha todas sus posibles ventajas. -Su sonrisa decayó ligeramente-. Razón por la que yo llevo uniforme y tú no, me temo.
-No sirve de nada que nos estemos arañando -replicó Grimm-. Ya sabes que no aguanto contra ti, Alex.
-No tienes que hacerlo. Yo lo haré por ti. Y en cuanto a Rook… -Bayard se encogió de hombros-. Si se llega a un duelo, espero que me llames como tu segundo.
-Encuentro improbable que vaya a estar tan desesperado -dijo Grimm-. Supongo que si todos los demás se niegan, te tendré en consideración.
-Excelente. Un día de ventaja al menos, si no te importa. Mi amante nunca entendería que me aleje de ella bruscamente.
Grimm ladró de risa.
-Ninguno de vosotros está casado, y lleváis viéndoos de forma exclusiva durante… ¿once años ya?
-Trece -dijo Bayard petulante.
-Por amor de Dios. Y aun insistes en la ficción de que es tu amante incluso ahora. ¿Por qué?
Una sonrisa juvenil se extendió por la cara de Bayard.
-Porque el escándalo, viejo amigo, es incluso más divertido que la propiedad. Cosas así son la sal de la vida.
-Eres un degenerado -dijo Grimm, pero ahora sonreía ampliamente, y la rabia y la frustración que había sentido durante su encuentro con Rook había desaparecido-. ¿Cómo está Abigail?
-Mejillas sonrosadas, ojos brillantes, y contenta, amigo mío. Te envía su cariño.
-Por favor, comunícale mis más cálidos respetos -dijo Grimm. Inclinó la cabeza a un lado y evaluó a Bayard-. Gracias, Alex.
-Rook tentaría la paciencia de un arcángel -dijo Bayard, inclinando la cabeza-. No te faltan amigos, Grimm. No malgastes otro momento preocupándote por ese imbécil.
-No considero malgastado el tiempo empleado en darle una paliza.
Bayard soltó una risa rica y cálida.
-Pocos lo harían, me temo.
Volvieron a una sección oscura de un túnel principalmente sin uso, donde los cristales lumínicos estaban muy espaciados. Grimm apoyó ligeramente una mano sobre la pared del túnel para guiar sus pasos casi ciegos.
-No estabas por aquí sin más cuando y necesitaba una infección de moral. Me estabas siguiendo.
-Obviamente.
-¿Por qué?
-Creo que necesitas hablar con el Spirearch.
-Es ahí adonde voy -dijo Grimm.
-Ah, sí -replicó Bayard-. Pero ya ves, no está en su recinto. Me envía a llevarte hasta él…
Bayard se detuvo en el acto. Grimm siguió su ejemplo casi al instante. El túnel estaba lleno de un susurro: el eco de sus pasos, de sus voces, el distantes exhalar del aire moviéndose a través de los respiradores de la Aguja, y sus propios alientos.
Después Grimm nunca estuvo seguro de qué diminuto sonido y titilar de movimiento en la penumbra traicionó la emboscada… sus instintos simplemente gritaron que el peligro estaba al acecho, y sacó su espada en un susurro líquido de acero arropado en cobre. Junto a él, sintió más que oyó que Bayard hacía lo mismo, y luego algo, alguna cosa, chilló en la oscuridad y una bola de cañón de aullante agonía ardiente golpeó su pecho.
27
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 5
« Último mensaje por crislibros en Septiembre 07, 2020, 09:52:02 am »
Ronubeco, me voy a dar prisa sólo por ti   18a.

Que sepáis que cuando sé que alguien está esperando el siguiente me da cargo de conciencia y le dedico un rato cada día.
Sino, como que me dejo llevar más.
28
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 5
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 06, 2020, 09:52:06 pm »
 06a
29
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 4
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 06, 2020, 09:46:44 pm »
 06a
30
FANTASTICA / Re:Los aeronautas, capítulo 3
« Último mensaje por ronubeco en Septiembre 06, 2020, 09:38:58 pm »
 05a
Páginas: 1 2 [3] 4 5 ... 10