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FANTASTICA / Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 15
« Último mensaje por ronubeco en Octubre 08, 2017, 07:54:42 pm »
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FANTASTICA / Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 15
« Último mensaje por tronmedieval en Octubre 06, 2017, 09:50:28 pm »
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FANTASTICA / CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 15
« Último mensaje por crislibros en Octubre 06, 2017, 09:44:02 pm »
CAPÍTULO 15
Marcus hizo una pausa fuera del camarote del Princeps ante el sonido de voces airadas en el interior.
-¿Qué se suponía que debíamos hacer, Magnus? -exigía Maximus en un tono rudo-. El Princeps... y todos los cane del rango de Shuar, al parecer... creen que es necesario.
-Es un riesgo inaceptable -respondió el ayuda de cámara de la Legión, con voz crujiente de cólera contenida-. El Princeps de Alera simplemente no vaga por tierras de un poder extranjero solo, vulnerable y desprotegido.
-No es como si fuera un bebé indefenso -señaló Antillus Crassus más tranquilo, con voz más mesurada-. Tal vez mi hermano tenga razón, Magnus.
Marcus sonrió ligeramente. Para entonces ya conocía a Crassus lo bastante bien como para saber que el joven era demasiado sensato para estar de acuerdo con Maximus sobre enviar al Princeps, solo, al corazón de la nación canim. Pero alinearse con su hermano subvertiría con pulcritud la objeción de Máximus cuando Crassus capitulara.
-La vida de Octavian es irremplazable -declaró Magnus-. Si cada vida individual en esta expedición tuviera que ser sacrificada para verle a salvo de vuelta en Alera, sería nuestro deber hacer todo lo que estuviera en nuestra mano para asegurar que tal cosa ocurriera tan rápida y eficientemente como fuera posible. Nosotros somos prescindibles, caballeros. Él no.
-Yo no soy ni un caballero ni prescindible -intervino la joven marat-. No veo como las muertes de todos los vuestros podrían posibilitar que mi alerano volviera a salvo al hogar. Le habéis visto en mar abierto. ¿Honestamente creéis que puede manejar un barco por su cuenta?
Hubo una pulsación de silencio alarmado.
-Estaba hablando en términos hipotéticos, embajadora.
-Ah -dijo Kitai, con tono seño-. Explícame otra vez la diferencia entre hipótesis y farsa.
-Muy bien -dijo Octavian con su voz resonante de barítono. En realidad, Marcus creía oír la gravedad de una autoridad mayor asentándose en la voz del joven-. Creo que hemos golpeado a este gargante en particular hasta la muerte.
-Su Alteza... -empezó Magnus.
-Magnus -dijo Octavian-. Ya soy, para cualquier propósito práctico, un prisionero... al igual que nuestra flota. Los shuarans controlan el puerto. Si no voy a ver al Maestro de Guerra Lararl para reclamar la protección de su respeto, nada va a evitar que vuelvan esas catapultas hacia nosotros, y nos envíen a todos al fondo de su puerto... incluyéndome a mí. No hay forma de llevarme a salvo de vuelta a Alera.
-Podríamos ganar la libertad -dijo Magnus rígido.
-Tal vez. Si rompemos la tregua y nuestra palabra, traicionamos la confianza que han depositado en nosotros, y les atacamos primero. -La voz de Octavian se endureció ligeramente-. Eso no va a ocurrir, Magnus. Podría acabar siendo más peligroso a largo plazo.
-Su Alteza...
Octavian no alzó la voz por la rabia. De hecho, se hizo más queda, aunque más afilada y pronunció con más claridad.
-Ya basta.
Marcus alzó la mano, llamó una vez a la puerta, y la abrió sin esperar respuesta, como hacía normalmente. Su entrada sorprendió a todos los de dentro. Todos se volvieron hacia él parpadeando.
Marcus saludó.
-Su Alteza. Oí por casualidad su debate mientras me aproximaba. Si no es impertinencia, señor, ¿puedo hacer una sugerencia?
Las cejas de Octavian se alzaron casi hasta la línea de su cabello.
-Por favor.
-Señor, cuando Varg estaba en la capital, ¿no llevaba con él su propia guardia de honor? ¿Una señal de su estatus o algo así?
-Desde luego.
-A mí me parece que podría usted reclamar lo mismo.
Maximus frunció el ceño y sacudió la cabeza.
-Los canim han dicho que tenía que viajar solo.
-Una guardia de honor es apropiada para un hombre de su posición -replicó Marcus-. ¿Qué van a hacer? ¿Echarse atrás porque temen a unos cuantos hombres que lleve con él?
Octavian sonrió y señaló con un dedo a Marcus.
-Cierto. Si lo expresamos así, no tendrán más elección que aceptarlo o parecer cobardes. Unos cuantos hombres no podrían ser una amenaza para los shuarans.
Magnus negó con la cabeza.
-Ese es precisamente el problema. Yo preferiría que el guardaespaldas del princeps pudiera aniquilar a mil atacantes al menos.
Octavian se echó hacia delante en su asiento.
-No necesito aniquilar a miles, Magnus. Pero unos cuantos hombres podrían sacarme volando de problemas y devolverme al barco si casualmente fueran caballeros Aeris. U ocultarnos y hacer que viajemos tras un velo si fueran artífices de la madera. Yo diría que sería necesario tanto astucia como poder. ¿Estás deacuerdo, Marcus?
-En esencia -dijo Marcus-. Sí, señor. Incluso aunque la fuerza entera estuviera con usted, señor, no podrían luchar contra un país lleno de canim y ganar... pero tenemos suficiente fuerza para tomar y contener este puerto un tiempo, si hace falta. Lo que se necesita es un grupo lo bastante pequeño para no alarmar a los canim... pero lo bastante fuerte para salir de un aprieto y lo bastante delicado y hábil para volver aquí a través de un territorio hostil si hace falta.
Octavian asintió agudamente.
-Eso suena bastante razonable.
-¿Cual es el alocado estándart? ¿Bastante razonable comparado con qué? -preguntó Magnus. Su voz era seca, pero el tono amargo había desaparecido.
-¿Sugerencias? -preguntó Octavian, dedicando a Magnus una mirada tolerante y divertida.
-Yo -dijo Maximus al instante.
-Hecho -coincidió Marcus. El gran antillano era un prodigio de destrucción en la lucha a cualquier escala.
-Yo -dijo Crassus un segundo después.
-Sí -dijo Magnus-. Dijiste que también necesitabas delicadeza.
-Yo voy -declaró Kitai.
-Señora embajadora -empezó Magnus-, puede que sea mejor...
-Yo voy -repitió Kitai, en el mismo tono exacto de voz, mientras se levantaba e iba hacia la puerta del camarote-. El alerano te lo explicará.
Marcus se hizo a un lado mientras la mujer marat abandonaba el camarote y cerraba la puerta tras ella.
Octavian sacudió la cabeza y suspiró.
-Eso hacen tres. ¿Quién más se os ocurre? ¿Radeus? Puede que un volador rápido sea útil.
-Durias, señor -dijo Marcus, sin dudar.
Octavian arqueó una ceja ante la sugerencia.
Crassus frunció el ceño.
-Es... ¿No es el Primera Lanza de la Legión Libre Alerana?
Marcus asintió.
-Ridículo -dijo Magnus-. No sabemos nada sobre ese hombre. No le debe nada al Reino y no tiene ningún interés en mantener al Princeps a salvo. De hecho, es un traidor.
-No sacudamos mucho los arbustos, Magnus -dijo Octavian-. Nunca sabes quién está pringado.
Marcus se encontró sonriendo débilmente, y Octavian respondió a la expresión con una propia. El joven pensaría que Marcus estaba sonriendo por las acciones del joven Princeps el año anterior, cuando se había infiltrado en la Torre Gris de Alera Imperia y raptado al embajador Varg bajo las narices de la Guardia Gris. Que lo hiciera. Octavian tenía bastantes cosas en la cabeza sin cargar con otro retazo de información incómoda.
-¿Por qué Durias, Primera Lanza? -preguntó Octavian.
-Conoce a los canim, señor -contestó Marcus-. Trabajó estrechamente con ellos, marchó a su lado, entrenó con uno. Los conocerá mejor que cualquiera de nosotros... incluso mejor que usted, señor. Conoce sus capacidades en comparación con las nuestras, conoce sus métodos, como piensan. Será más capaz que casi cualquiera de la expedición de decirle lo que el canim sabe o no sabe de las capacidades aleranas, y a menos que me equivoque, no está poco dotado en los artificios de tierra o de batalla.
El viejo cursor miró en silencio a Marcus un rato, antes de hablar finalmente.
-La cuestión es -dijo Magnus-, si estará dispuesto o no a compartir ese conocimiento contigo, mi señor. Durias no ama a Alera ni a sus ciudadanos.
-Yo tampoco lo haría, su hubiera vivido como él -replicó Octavian-. Los aleranos le esclavizaron. La gente de Varg le liberó de la esclavitud y le enseñó a luchar para que pudiera proteger esa libertad. Yo estaría más que medianamente dispuesto a permitir que Alera se hundiera, si hubiera crecido en las mismas circunstancias.
-Entonces le aconsejo que elija a otro -dijo Magnus.
Octavian negó con la cabeza.
-El Primera Lanza tiene razón, Magnus. Max y Crassus, entre ellos, tendre todos los artificios que cualquiera podría necesitar. Kitai es una de las mejores exploradores y rastreadores de la Legión. Confío en que será capaz de encontrar el camino de vuelta al barco aunque los canim le vendaran los ojos y la metieran en un saco de camino a visitar a su Maestro de Guerra. -Tamborileó un dedo contra el costado de su cabeza-. Lo que es más valioso para nosotros ahora, más que cualquier número de espadas o furias, es el conocimiento... todo el que podamos conseguir. Durias lo tiene. Nosotros lo necesitamos. Así que le necesitamos a él.
-¿Y qué te hace pensar que cooperará? -dijo Magnus.
Octavian sonrió.
-Le hice una buena llave una vez.
Maximus resopló.
-Sí. Su nariz tampoco volvió nunca a estar recta después de tu llave.
-Déjadmelo a mí -dijo el Princeps, con tono confiado-. Magnus, te importaría hacerle llegar un mensaje. Invítale a venir a verme en cuanto le convenga, por favor.
-Por supuesto, mi señor.
-Bien. Caballeros, si me perdonan, me gustaría hablar con el Primera Lanza un momento.
Los demás se levantaron y salieron del camarote, dejando a Marcus solo con el Princeps.
-¿Señor? -dijo Marcus, una vez estuvieron solos.
-Siéntate, por favor -dijo Octavian, señalando a la otra silla del camarote.
Marcus cogió la silla y así lo hizo, frunciendo el ceño.
-¿Está a punto de degradarme o algo así, señor?
La boca de Octavian dibujó una sonrisa abierta.
-Algo así. Magnus me dice que hiciste un trabajo excelente reuniendo información durante el viaje. Que te las arreglaste para echar un vistazo a varios mapas más... y que es contigo con quien contactaron los Cazadores cuando quisieron pasarnos información.
Marcus se encogió de hombros.
-El Sangre Verdadera es una nave muy grande, y su buque insignia. Cuanto más gente yendo y viniendo, cuando más tráfico, más actividad. Imagino que cualquiera podría haber hecho lo que yo.
-No obstante, fuiste tú quien lo hizo -dijo Octavian-. Fuiste más allá de lo que podría haberse esperado razonablemente de ti, Marcurs. -Cruzó los brazos y frunció el ceño-. Y estoy a punto de pedirte que vayas incluso más allá.
Marcus frunció el ceño y esperó.
-Voy a dejarte al mando de las Legiones -dijo Octavian.
Marcus alzó las cejas.
-¿Señor? No puede hacer eso.
-Y un cuervo que no puedo. Soy el Princeps de la maldita Alera y el comandante de esta espedición. Puedo establecer la cadena de mando que considere apropiada..
Marcus sacudió la cabeza.
-Señor, hay gran número de tribunos de la Primera que me superan en rango... y no estoy nada seguro de que al Capitán de la Libre Alerana vaya a gustarle la idea de que un centurión de la Primera Alerana le de órdenes.
-Tienes más experiencia de campo que otros dos tribunos de cualquier legión juntos -replicó el Princeps-. Y no hay muchos hombres vivos que sean miembros de la Casa de Valientes de la Corona. Incluso en la Libre Alerana, el nombre de Valiar Marcus es respetado.
Marcus frunció el ceño y bajó la vista a los nudillos con cicatrices de sus manos.
-Ya es más o menos un secreto a voces -continuó Octavian-, que Magnus no es en realidad un simple ayuda de cámara.
-¿Cursor? -preguntó Marcus, por pura formalidad. Valiar Marcus necesitaría confirmar una sospecha, después de todo. No estaría seguro al cien por cien.
El Princeps asintió.
-Mi abuelo le nombró mi consejero en cuestiones políticas. Tengo intención de que sus decisiones guíen la expedición en cuestiones diplomáticas mientras yo esté fuera. Tú tendrás la autoridad en seguridad o decisiones militares. Aunque en realidad, Marcus, espero que mantengas todo unido hasta que yo regrese.
Marcus exhaló lentamente.
-Entiendo, señor.
-Pronto me reuniré con los tribunos, y les haré saber como espero que funcionen las cosas en mi ausencia... y con los oficiales de la Libre Alerana, después de eso. Teniéndolo todo en consideración, creo que estarán lo bastante nerviosos por estar rodeados de canim hostiles que estarán dispuestos a cooperar, si son tratados con respeto.
-Romperé algunas cabezas para llegar a ese punto, señor -prometió Marcus.
-Bien -dijo Octavian, levantándose, y Marcus imitó su gesto.
-¿Señor? -preguntó Marcus-. ¿Puedo hacer una pregunta?
-Por supuesto.
-¿Realmente espera volver vivo de esta reunión con el Maestro de Guerra shuaran?
La cara del joven Princeps se convirtió en una máscara inexpresiva.
-¿No crees que vaya a reunirse conmigo de buena fe?
-Su Alteza -dijo Marcus-, por lo que he oído, hay un maldito idiota de la casta guerrera al cargo aquí.
-Sí -dijo el Princeps-. Es cierto.
Marcus hizo una mueca.
-Entonces están tramando algo.
-¿Por qué dices eso, Primera Lanza?
-Piense en ello. Si tienes un maldito puerto fortificado en toda tu costa, ¿dejarías a un incompetente a cargo de él? ¿O pondrías al mejor comandante que pudieras encontrar para esa posición?
Octavian frunció el ceño, arrugando la frente.
-No tiene ningún sentido -dijo Marcus-. Hay algún tipo de presión detrás de esto. Lo que me dice que este Maestro de Guerra no tiene el tipo de control que le gustaría tener. Si yo fuera usted, señor, querría saber por qué no. Podría ser importante.
-Tienes razón -dijo Octavian con voz queda-. No había pensado en ello en estos términos, pero tienes razón. Gracias.
Marcus asintió.
-Señor.
-Partiré dentro de dos horas -dijo Octavian-. En ese tiempo, quiero que me hagas una lista de cualquier cosa para la que creas que necesitarás mi aprobación. Haz una lista con cuestiones por separado, y las firmaré antes de irme.
-Sí, señor -dijo Marcus-. Buena suerte en su viaje, señor.
-Para ambos, Marcus. Aunque preferiría que ninguno de los dos la necesitara.
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FANTASTICA / Re:Oathbringer de Brandon Sanderson
« Último mensaje por crislibros en Octubre 06, 2017, 09:42:43 pm »
Jo, empecé a leérmelo y tengo que releerme al menos el final del último, que se me olvida quien es quien.
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FANTASTICA / Re:Oathbringer de Brandon Sanderson
« Último mensaje por Fotolit en Octubre 06, 2017, 06:12:32 pm »
Ya van por el 18...
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FORO PRINCIPAL / Re:Nuevo EREADER con romántica por fin añadido.
« Último mensaje por mariad en Octubre 05, 2017, 12:34:18 pm »
 
He estado perdda,pero he vuelto, y que alegria ver que seguis aqui. Gracias por tanto

 23a    Afortunadamente, aún tenemos este rinconcito.
      Rebienvenida, Isap.
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FANTASTICA / Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 14
« Último mensaje por tronmedieval en Octubre 02, 2017, 07:30:13 pm »
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FANTASTICA / Re:CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 14
« Último mensaje por ronubeco en Octubre 02, 2017, 11:09:38 am »
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FANTASTICA / Re:Oathbringer de Brandon Sanderson
« Último mensaje por crislibros en Octubre 01, 2017, 07:53:34 pm »
Me dan ganas de abandonar codex alera un ratito.
No me planteéis estos dilemas.
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FANTASTICA / CODEX ALERA 5: LA FURIA DEL PRINCEPS, capítulo 14
« Último mensaje por crislibros en Octubre 01, 2017, 07:52:25 pm »
CAPÍTULO 14

-El arte de la diplomacia es el arte del compromiso -dijo Lady Placida, con calma, mientras el carruaje aéreo comenzaba su descenso hacia la Muralla Escudo-. La clave aquí es encontrar el compromiso que satisfaga a todos los involucrados.
-Eso suponiendo que todos los involucrados estén dispuestos a comprometerse -respondió Isana-. Los Hombres de Hielo llevan siglos en guerra con Alera. Y no puedo imaginar A los Señores de Antillus o Frigia particularmente inclinados a ser corteses, después de generaciones de combates contra las tribus del norte.
Aria suspiró.
-No lo estaba presumiendo. Esperaba que te hubieras percatado de ello. Pensé simplemente que, tal vez una actitud positiva por tu parte, podría desequilibrarles lo suficiente para que conseguir algo.
 Isana sonrió débilmente.
-¿Qué puedes decirme de Antillus Raucus?
-Es un gran luchador, probablemente el más aclamado táctico de Alera y, casi sin duda, el más experimentado Artífice de Batalla del Reino. Ha vencido en importantes batallas contra...
Isana negó con la cabeza, frunciendo el ceño mientras el aire se hacía cada vez más frío. Se ciñó la capa más apretada alrededor.
-No es eso -dijo suavemente-. Eso no es lo que necesito saber. Háblame de él.
Aria cerró los ojos un momento y sacudió la cabeza en ademán de autorecriminación.
-Por supuesto. Lo siento, he estado pensando en términos militares durante la mayor parte del viaje. Cómo asegurarme de poder seguir recibiendo comida y provisiones para mi marido y sus hombres, ese tipo de cosas.
-Es comprensible -dijo Isana suavemente-. ¿Raucus?
 Aria cruzó las manos en su regazo y frunció el ceño hacia la ventana durante un rato.
-Apasionado -dijo, finalmente-. No creo haber conocido a un hombre más apasionado que Raucus. Eso es, en parte, lo que hace tan fuerte su Artificio de Fuego, creo. Él cree con furia en lo que sea que esté haciendo. O sólo hace aquello en lo que cree con más furia. Supongo que depende del punto de vista de cada uno.
-¿Es leal al Reino? -preguntó Isana.
Aria respiró hondo.
-Es... leal al concepto de lealtad -dijo finalmente.
-No estoy segura de ver la diferencia.
-Raucus cree que cada Alto Señor debe lealtad al Primer Señor -dijo Aria-. No soporta a los buscadores de poder como los Aquitania, Rhodes y Kalarus, y se aferra escrupulosamente a lo que él ve como el ideal de comportamiento de un Alto Señor... pero detesta a Gaius. Preferiría arrancarse los ojos a mostrarle el más mínimo respeto personal voluntariamente al hombre que actualmente lleva la Corona, en contraposición al respeto debido a la propia Corona.
-¿Por qué? -preguntó Isana-. No es que Gaius no haya hecho mucho por ganarse enemigos en sus tiempos... pero ¿por qué Raucus?
-Él y Septimus estaban muy unidos cuando eran jóvenes -dijo Aria-. Inseparables, en realidad, después de un año o así de dificultades iniciales. Tras la muerte de Septimus, Raucus dejó de atender los mensajes, dejó de escribir a la Ciudadela y se negó a responder directamente a las cartas del Primer Señor.
Los ojos de Isana se abrieron de par en par. Septimus no había muerto realmente en la batalla con los marat, como se había hecho creer al Reino en general.  Fue asesinado durante la batalla como resultado de las acciones de un grupo de ciudadanos, una conspiración de artífices lo suficientemente poderosos como para neutralizar las furias de Septimus y dejarle vulnerable ante los bárbaros. De hecho, ese intento exitoso no había sido el primero, sino el último de una serie de media docena de incidentes de ese tipo. Isana sabía que Septimus creía haber averiguado quiénes había detrás de la conspiración... y estaba en proceso de reunir pruebas cuando murió.
Si Raucus había sido tan amigo de Septimus, era posible que su difunto marido compartiera lo que sabía con el, por aquel entonces, joven señor de Antillus.
-Grandes furias -exhaló Isana-. Sabe algo.
Aria arqueó una ceja roja y dorada.
-¿Sabe algo? ¿Qué quieres decir?
Isana agitó la cabeza rápidamente.
-Nada, nada, nada. -Le dirigió a Aria una rápida sonrisa de disculpa. -Nada que pueda compartir en este momento.
Aria abrió la boca en un "ah" silencioso y asintió. Frunció el ceño y se ajustó la capa al cuerpo.
-Siempre hace frío en la Muralla.
Isana miró por la ventana, para ver la Muralla Escudo, una enorme construcción de piedra oscura, quizás a veinte metros por debajo de ellos. Era de madrugada, y un círculo de luces marcaba un espacio de aterrizaje sobre la Muralla. El campo alrededor, cubierto de nieve, resplandecía con la fantasmal media luz del invierno.
-Dime una cosa, Aria -dijo Isana-. A tu juicio... ¿es un buen hombre?
Aria parpadeó. Dudó durante varios segundos, como si luchase con un concepto nuevo.
-Yo... -extendió las manos impotente-. No estoy segura de cómo responder. Ha habido días en los que no me he sentido orgullosa de las cosas que he tenido que hacer en nombre del deber.
Isana sonrió levemente.
-Yo también he tenido días así -dijo en voz baja-. Y eso no cambia nada, ni invalida la pregunta. Pregúntale a tu corazón. ¿Es un buen hombre?
Lady Placida evaluó a Isana con detenimiento durante un momento, antes de que apareciera en su boca una sonrisa algo cansada, junto con una sardónica risita.
-Para ser un Alto Señor. Sí. Es testarudo y arrogante, su ego está hinchado hasta el tamaño de una montaña, es testarudo, a menudo desconsiderado, más que grosero de vez en cuando, intolerante con cualquiera a quien no respete y malhumorado con cualquiera que lo desafíe. Y debajo de todo eso, hay más de lo mismo... pero más curtido. Pero, por debajo de eso... Sí. Envié a mis propios hijos a Antillus para que entrenaran bajo su mando cuando alcanzaron la mayoría de edad. Hasta ese punto confío en Antillus Raucus.
Isana le sonrió y dijo:
-Gracias, Aria. Eso es alentador. Tal vez tengamos la oportunidad de hacer que esto funcione, después de todo.
-Tal vez no escuchaste la mayor parte de lo que acabo de decir -contestó Aria, con tono seco.
El carruaje aterrizó con un ligero golpe, y los vientos murieron. Un segundo después, una banda de la Legión comenzó a tocar el himno de la Corona.
Isana hizo una mueca.
- Es la  tradición -murmuró Aria.
- Sí, sí -suspiró, Isana-. Pero la melodía es espantosa. Suena como un gargante enfermo agonizando. ¿Qué es exactamente lo que lo califica para ser el Himno de la Corona?
-Tradición -contestó Aria con prontitud.
-Y nada más que la tradición, al parecer -dijo Isana-. Aunque tal vez mis gustos musicales sean simplemente… poco cultivados.
-Oh, no, para nada -dijo Aria- Yo estoy muy versada en varias tradiciones musicales y te aseguro que el Himno de la Corona es absolutamente horrible.
Araris, que se había sentado silencioso e inmóvil durante la mayor parte del viaje... dormido, en realidad, aunque con la ligereza de un felino y podría haberse despertado instantáneamente si hubiese sido necesario, abrió los ojos cuando los Caballeros que habían llevado el carruaje aéreo se acercaron a la puerta y la abrieron.
-Señoras -murmuró- Si me disculpan. -Salió del coche en primer lugar... como insistía en hacer siempre, estos días... y, un momento más tarde, volvió la cabeza hacía el interior y extendió su mano a Isana-. Muy bien, señoras.
Isana tomó la mano de Araris y salió del carruaje, emergiendo, no a la luz de lamparas de Furia, sino a la de una antorcha desnuda sobre la pared. Era mucho más tenue y, en cierto modo, más primitiva que los diminutos y limpios faroles blanco-azulados del carruaje aéreo. La luz roja y las sombras caían pesadamente sobre todo, y ella se encontró instintivamente más alerta de su entorno.
Isana comprendió que estar en lo alto de la Muralla Escudo se parecía más a estar sobre una carretera o un puente que sobre cualquier edificio. O, más concretamente, como estar de pie en la plaza de un pequeño pueblo. La Muralla tenía cincuenta pies de ancho y existían varias estructuras en lo alto de la misma, a la vista del lugar de aterrizaje del carruaje, enmarcados por cuatro torres que se alzaban desde el Muro; los habituales baluartes aleranos se elevaban otros siete metros por encima de la superficie de la Muralla. Muretes de piedra se alzaban aquí y allá a su alrededor, e Isana se dio cuenta de que debían ser barandas alrededor de las escaleras que se hundían en la estructura misma del Muro. Un estimación rápida mostró a Isana que el área del Muro en el que se encontraban podría albergar suficientes estructuras para formar un pueblo.
Imaginó que eso podría explicar el gran número de legionarios reunidos para recibir el carruaje, a pesar de la hora tardía. Allí se encontraba la mayor parte de dos cohortes completas...  o, supuso, la Primera Cohorte de la Legión... formada en filas frente al carruaje, mientras que, al menos, cinco veces más legionarios, estaban, obviamente de servicio, a la vista de su posición, haciendo guardia en las almenas de los bordes de los baluartes, en cada nivel y en posiciones iluminadas por toda la Muralla, hasta tan lejos como se podía ver.
El pectoral de cada legionario llevaba las tres barras diagonales escarlata de las Legiones de Antillus; aunque, sobre varios cascos y escudos, Isana vio una representación más gráfica del diseño heráldico, evidentemente pintado por los propios legionarios: tres heridas sangrientas y desgarradas, como abiertas por las garras de uno de los enormes osos del norte.
Un hombre, con el pectoral más refinado y el elaborado casco de un tribuno dio un paso adelante y saludó. Era alto, bien afeitado y cada pulgada de él parecía un soldado profesional.
-Su Alteza, Su Gracia. En nombre de mi señor, Su Gracia, Antillus Raucus, bienvenidas a la Muralla. Mi nombre es Tribuno Garius.
Isana inclinó la cabeza hacia él. El frío en el aire la hizo estremecer a pesar de la ropa cálida y la capa pesada que llevaba.
-Gracias, tribuno.
-¿Puedo preguntar, tribuno -dijo Aria- por qué lord Antillus no está aquí para saludarnos personalmente?
-Lamenta que sus deberes le impidieran estar aquí -dijo el hombre con suavidad.
-¿Deberes? -preguntó Aria.
Garius la miró fijamente, su mirada inquebrantable, e hizo un gesto hacia el lado sur de la pared.
-Véalo usted misma, Su Gracia.
Aria miró a Isana, quien asintió con la cabeza, y las dos, acompañadas por Garius y el silencioso Araris, caminaron hacia el lado sur del Muro. Lo primero que notó Isana fue que la temperatura subió notablemente... varios grados, por lo menos... en los pocos pies que recorrieron. La segunda, fue que el suelo al otro lado del Muro estaba iluminado.
Cerca de cien hombres se encontraban esparcidos por el suelo, trabajando a la luz de las antorchas. Al parecer, acabatan de construir una especie de bastidor de madera para soportar varios cajones, y luego, con un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la estación, Isana se dio cuenta de que eso eran cajones.
Eran ataúdes.
Los hombres... ingenieros de la Legión, como ahora podía ver... se habían formado en filas, frente a los ataúdes, que estaban dispuestos sobre un pedestal de madera.
-Ah -dijo Aria en voz baja-. Ya veo.
-¿Aquí queman a los muertos? -preguntó Isana.
Aria asintió con calma.
-A los legionarios, al menos. Los que caen contra los Hombres de Hielo están casi siempre cubiertos de escarcha. Se ha convertido en una costumbre, entre las Legiones, prometer a sus compañeros que no importa lo que suceda, nunca yacerán sobre la fría tierra.
Entre los ingenieros apareció una figura alta y silenciosa, con amplios hombros y un manto carmesí. Puso una mano sobre el hombro de un veterano canoso, evidentemente el líder de la cohorte de ingenieros, luego dio un paso adelante, e hizo un gesto con la mano.
Las antorchas estallaron en un fuego blanco y extrañamente silencioso que se abrió y extendió de forma casi deliberadamente delicada desde sus fuentes hasta cada una de las antorchas, que florecieron en esferas de luz hasta envolver todo el armazón y los ataúdes. Allí abajo, el Alto Señor... Isana, no tenía duda de que era Antillus... hizo una copa con ambas manos y las levantó bruscamente hacia el cielo, y con ese gesto, el fuego blanco se reunió y se elevó en una repentina fuente que se dispersó en el aire, difundiéndose  en el cielo nocturno, como si se dispersase para unirse a las mismas estrellas.
Un momento después, volvieron los colores y el brillo habituales de la noche de invierno. El suelo al pie de la Muralla quedó vacío de ataúdes, armazón, cuerpos y cenizas. Tampoco había nieve, ni césped, ni nada que no fuera tierra desnuda. El fuego lo había barrido todo.
-En realidad -comentó ociosamente Garius-, no eran legionarios, Su Gracia. Perdimos casi doscientos legionarios en nuestra última acción contra los Hombres de Hielo, y los quemamos tres días después. Estos hombres eran veteranos. Los Hombres de Hielo se infiltraron sobre el Muro en varios puntos hace dos noches. Estos hombres cayeron defendiendo sus explotaciones y sus familias, antes de que nuestra caballería y nuestros Caballeros pudieran llegar a ayudar -dijo, en tono tranquilo y objetivo-. Pero lucharon y cayeron como legionarios. Merecían ser despedidos como legionarios.
En el suelo de abajo, el Gran Señor Antillus inclinó la cabeza y se cubrió eñ rostro con ambas manos. Permaneció así un momento, sin moverse. Incluso desde allí, Isana podía sentir los ecos de su dolor y culpa, y el dolor de la compasión que ondulaban a través de los hombres a su alrededor. Hombres que, evidentemente, se preocupaban por él.
Aria dejó escapar un suspiro.
-Oh -susurró-. Oh, Raucus.-
El entrecano centurión gruñó una orden, y los ingenieros de abajo marcharon en formación. Un momento después, Antillus también se fue, caminando de vuelta hacia la base del Muro y desapareciendo de su vista.
-Le recordaré que han llegado -murmuró Garius.
-Gracias, Garius -murmuró Aria.
-Por supuesto, Madre. -El joven tribuno se alejó rápidamente.
En pocos instantes, Antillus Raucus subió una de las escaleras que Isana había visto antes, Garius caminando justo detrás de su hombro izquierdo, el centurión de ingenieros de cabello grisáceo detrás del derecho. El Gran Señor se dirigió directamente a Isana y se inclinó cortésmente, primero ante ella, luego ante Aria.
-Su Alteza. Su gracia.
Isana devolvió el gesto con la mayor elegancia posible.
-Su Gracia.
Raucus era un hombre grande y fornido, musculoso como una casa construida con madera basta. Su peñascoso rostro le recordó a Isana sorprendentemente al joven amigo de Tavi, Maximus... aunque desgastado por más años de preocupación y disciplina y afilado con más amargura e ira. Tenía el cabello oscuro, atravesado por brillos de hierro, y sus ojos estaban llenos de fatiga y dolor.
-Lamento que no estuviera en mi mano recibirlas en persona -dijo, con la voz hueca-. Tenía deberes que requerían mi atención personal.
-Por supuesto, Su Gracia -dijo Isana-. Yo... Por favor, acepte mis condolencias por el sufrimiento de su pueblo.
Él asintió, un gesto vacío de cualquier significado real.
-Hola, Aria.
-Hola, Raucus.
Hizo un gesto hacia el desnudo parche de tierra y brilló en sus ojos algo ardiente y desagradable.
-¿Has visto lo que acabo de hacer?
-Sí -dijo Aria.
-Si a mis hombres no les gustase tanto robar sus espadas y llevárselas a casa al final de su servicio, mientras yo procuro mirar hacia otro lado, también hubiesen estado las mujeres y los niños de esas explotaciones en el fuego -gruñó.
Aria apretó los labios y bajó la mirada, sin decir nada.
Antillus volvió su dura mirada hacia Isana, y dijo:
-Hay sólo una clase de paz que puedes alcanzar con los Hombres de Hielo.
Isana levantó ligeramente la barbilla y respiró hondo.
-¿Qué quiere decir?
-Son animales -escupió Antillus-. No negocias con animales. Los matas, o los dejas en paz. Puede hablar todo lo que quiera, Primera Dama. Pero cuanto antes se de cuenta de esa verdad, antes podrá ayudarme a mí y a Phrygia a hacer lo que sea necesario para conseguir alguna auténtica ayuda para el Sur.
-Su Gracia -dijo Isana con cautela-. Eso no es lo que el Primer Señor...
-¡El Primer Señor! -dijo Antillius, con desprecio en cada sílaba- No tiene idea de cómo es la vida aquí arriba. No tiene ni idea de cuántos legionarios he enterrado, la mayoría de ellos de dieciséis y diecisiete años. No tiene idea de lo que son los Hombres de Hielo o de que son capaces de hacer. Nunca lo ha visto. Nunca tuvo que sacarse la sangre de encima. Yo tengo que hacerlo. Cada día.
-Pero...
-No te atrevas a pensar que puedes pasearte por aquí media hora y hablarme sobre mi propio dominio, Alteza gruñó Antillus-. No me dejaré intimidar por la mascota de Gaius...
-Raucus -espetó Aria. Su voz fue apenas más que un susurro, pero sacudió el aire entre los tres con su intensidad.
El Gran Señor cerró la boca y miró fijamente a lady Placida. Luego apartó la mirada y sacudió la cabeza.
-Tal vez deberías descansar un poco -sugirió Aria.
Raucus gruñó. Un momento después, dijo a Isana:
-Tu salvaje está aquí. Acampado fuera, con mis salvajes. Os reuniréis por la mañana. Garius os mostrará vuestros aposentos.
Se giró, su capa escarlata flameó y se alejó, saliendo de la luz de las antorchas.
Isana tembló de nuevo y se frotó los brazos con las manos.
-Señoras -dijo Garius-, si me siguen, por favor, les mostraré sus habitaciones.
¿El arte del compromiso?
¿Cómo demonios se suponía que encontraría un compromiso cuando un bando, al menos, sencillamente no quería encontrar una solución pacífica?
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